CAPÍTULO 1
Las zapatillas que corrían solas
Yeray y Joel llegaron al entrenamiento con la misma mochila de siempre, las mismas ganas de correr y una discusión bastante seria sobre quién había ganado la carrera del pasillo aquella mañana.
—He llegado yo primero —dijo Yeray, bajando la cremallera de su chaqueta.
—Has llegado primero porque has salido antes —contestó Joel, que no pensaba rendirse tan fácilmente.
—Eso también es correr rápido.
—Eso es hacer trampas con zapatillas.
Los dos se miraron durante un segundo y después se echaron a reír, porque en realidad les gustaba discutir por esas cosas. Eran hermanos gemelos, se parecían mucho, corrían casi igual y muchas veces pensaban lo mismo, aunque ninguno de los dos quería reconocerlo.
El club de atletismo estaba lleno de niños calentando, padres hablando en la grada y entrenadores colocando conos de colores sobre la pista. Aquella tarde hacía un poco de viento, pero no demasiado. El cielo estaba azul, las nubes parecían hechas de algodón y la pista olía a goma, a hierba recién cortada y a merienda guardada en mochilas.
Yeray dejó su botella de agua junto al banco y miró hacia el grupo de los mayores, donde Arnau ya estaba contando algo con las manos muy abiertas.
Arnau era rápido, hablador y un poco presumido. Siempre decía que no presumía, que solo explicaba cosas que eran verdad, pero todos sabían que le encantaba recordar sus mejores carreras. Aun así, tenía buen corazón y si alguien se caía, era el primero en acercarse.
Un poco más allá estaba Marina, sentada en el suelo mientras se ataba los cordones con mucha calma. Marina hablaba menos que Arnau, pero se enteraba de todo. Veía si alguien estaba triste, si una mochila había cambiado de sitio o si un cono estaba mal colocado. Joel decía que Marina tenía ojos de detective, aunque ella siempre respondía que solo miraba bien.
Roi apareció corriendo desde la entrada, con una magdalena en la mano y la camiseta del club un poco torcida.
—¡No llego tarde! —gritó, aunque sí llegaba tarde.
—Llegas tarde y comiendo —dijo Janna, que estaba estirando las piernas apoyada en la valla.
—Es energía —contestó Roi con la boca medio llena.
Janna puso los ojos en blanco, pero le apartó una piedra pequeña del camino para que no tropezara. Era valiente, competitiva y un poco mandona, aunque siempre cuidaba de todos sin hacer mucho ruido.
El entrenador silbó y pidió que se acercaran. Aquella tarde iban a hacer salidas rápidas, una vuelta suave y después una carrera por equipos. Yeray y Joel se colocaron juntos, como casi siempre, aunque fingieran que no les importaba.
Entonces ocurrió algo raro.
Al principio fue tan pequeño que casi nadie se dio cuenta.
Una mochila azul, que estaba apoyada junto al banco, se movió sola.
Joel la vio primero. No fue un movimiento grande, ni un salto, ni nada parecido. Fue solo un pequeño tirón, como si alguien desde dentro hubiera empujado la tela.
—Yeray —susurró.
—¿Qué?
—Esa mochila se ha movido.
Yeray miró hacia el banco. La mochila azul estaba quieta, con los bolsillos cerrados y una etiqueta blanca colgando de una cremallera. Parecía una mochila normal, de esas que llevan agua, una chaqueta y alguna merienda aplastada en el fondo.
—Será el viento —dijo Yeray, aunque no estaba muy convencido.
Joel iba a responder cuando la mochila volvió a moverse.
Esta vez no fue una duda. La tela se hinchó un poco, la cremallera tembló y algo golpeó desde dentro con dos golpes suaves.
Toc. Toc.
Yeray tragó saliva.
—Eso no lo ha hecho el viento.
Marina, que estaba cerca, levantó la cabeza al instante.
—¿Qué miráis?
Joel señaló la mochila, pero justo en ese momento Arnau apareció por detrás, dando saltitos como si ya estuviera en plena carrera.
—¿Qué pasa? ¿Habéis visto mi velocidad antes de empezar?
—No —dijo Janna, acercándose también—. Están mirando una mochila como si fuera a explotar.
Roi llegó el último, todavía con migas en la camiseta.
—¿Hay comida dentro?
—Roi, no todo va de comida —dijo Marina.
—Casi todo sí.
Joel dio un paso hacia la mochila azul. Nadie del club parecía echarla de menos. No estaba junto a las cosas de ningún niño concreto, sino un poco apartada, al lado del banco viejo que usaban para dejar botellas y chaquetas. La etiqueta blanca se movía con el viento.
Yeray se inclinó para leerla.
En la etiqueta había una frase escrita con letras pequeñas y redondas:
PARA QUIEN SE ATREVA A CORRER DE VERDAD
Los seis se quedaron callados, pero no fue un silencio de miedo, sino de sorpresa. Era una frase demasiado extraña para una mochila de entrenamiento.
—Eso no es de nadie del club —dijo Marina.
—A lo mejor es un premio —dijo Arnau, intentando sonar tranquilo—. Igual el entrenador ha preparado una prueba especial para los más rápidos.
Janna cruzó los brazos.
—Qué casualidad que pienses que es para ti.
—No he dicho para mí. He dicho para los más rápidos.
—Eso es decir para ti, pero con más palabras.
Joel tocó la cremallera con cuidado. La mochila estaba fría, mucho más fría de lo normal, como si hubiera estado guardada en una nevera. Cuando abrió el bolsillo principal, todos se inclinaron un poco para mirar.
Dentro no había ropa, ni botella, ni merienda.
Solo había unas zapatillas.
Eran unas zapatillas antiguas, de color blanco con rayas doradas en los lados. No parecían nuevas, pero tampoco estaban rotas. Tenían los cordones perfectamente atados y la suela limpia, como si alguien acabara de dejarlas allí después de correr por un sitio donde no había tierra.
Roi abrió mucho los ojos.
—Son chulas.
—Son raras —dijo Marina.
—Son pequeñas —añadió Janna—. Parecen de niño.
Yeray metió la mano en la mochila y sacó una de las zapatillas.
En cuanto la levantó, la otra zapatilla se movió dentro. No se cayó ni rodó, sino que se movió como si alguien invisible la estuviera guiando; primero dio un paso, luego otro y después saltó hasta quedar en el suelo de la pista.
Arnau retrocedió un paso.
—Vale, eso no lo ha hecho el viento.
La zapatilla del suelo se quedó quieta durante un momento. Luego se inclinó hacia delante, como si alguien invisible hubiera metido un pie dentro, y avanzó muy despacio por la pista, tranquila, segura, como si supiera perfectamente adónde iba. Pasó junto a un cono naranja y se detuvo justo delante de la línea de salida.
La otra zapatilla saltó de la mano de Yeray.
—¡Eh! —gritó él, sorprendido.
La zapatilla cayó al suelo, se colocó al lado de la primera y las dos quedaron juntas sobre la línea blanca.
Joel sintió un cosquilleo en la barriga. Era una sensación extraña, como si el mundo normal siguiera alrededor, con niños corriendo, padres hablando y entrenadores silbando, pero algo mágico acabara de abrirse solo para ellos.
Marina miró las zapatillas y después miró a Yeray y Joel.
—Vosotros sabéis algo.
Los gemelos se miraron.
Yeray y Joel no sabían exactamente qué era aquel lugar mágico, pero sintieron que tenía algo que ver con las zapatillas. Era un secreto demasiado raro para contarlo así, con niños corriendo, padres hablando y un entrenador silbando a pocos metros.
Pero aquellas zapatillas no parecían querer esperar.
De pronto, los cordones dorados se soltaron solos y se movieron sobre el suelo formando una palabra.
AYUDA
Roi dejó de masticar.
Arnau ya no parecía presumido.
Janna se acercó un poco más, aunque intentó disimular que también estaba impresionada.
Marina respiró hondo y habló muy bajito, como si no quisiera que los adultos la oyeran.
—Creo que estas zapatillas no han venido por casualidad.
Joel miró a Yeray.
Yeray miró las zapatillas.
Y entonces, desde algún lugar que no parecía estar en la pista, ni en el vestuario, ni en ninguna parte visible del club, sonó una campanilla suave, clara y extraña.
Tin, tin.
Yeray y Joel se quedaron muy quietos.
Aquel lugar mágico acababa de llamarlos.