CAPÍTULO 1
La isla que aparecía en los mapas
Daryl vio la isla por primera vez desde la ventanilla del coche, cuando la carretera empezó a bajar hacia el puerto y el mar apareció de golpe, brillante y enorme, como si alguien hubiera colocado una sábana azul al final del camino.
—Ahí está —dijo su madre, señalando hacia delante—. La isla de San Telmo.
Daryl pegó la frente al cristal y entrecerró los ojos para verla mejor. Al principio solo distinguió una mancha verde en medio del mar, rodeada de espuma blanca y rocas oscuras. Después descubrió un faro en la parte más alta, varias casas pequeñas cerca del puerto y una playa curva que parecía sacada de una postal.
Llevaba todo el viaje intentando imaginar cómo sería pasar una semana allí con sus amigos, pero en su cabeza la isla cambiaba cada cinco minutos. A veces era una isla llena de palmeras y tesoros. A veces era un lugar aburrido con mosquitos, adultos hablando y excursiones demasiado largas. Y a veces, cuando su madre había mencionado que allí casi no había cobertura, se convertía en una tragedia.
—¿Seguro que hay wifi? —preguntó desde el asiento trasero.
Su padre soltó una risa.
—Vas a una isla con playa, faro, barcas, caminos, cuevas y tus amigos. Creo que puedes sobrevivir sin ver vídeos cada diez minutos.
—No veo vídeos cada diez minutos —protestó Daryl.
Su madre levantó una ceja por el retrovisor.
—Cada siete, entonces.
Daryl no respondió porque en ese momento el coche entró en el puerto y vio a Dana sentada encima de una maleta rosa, moviendo los pies con impaciencia. Llevaba una gorra amarilla, el pelo rubio algo más corto que la última vez y una mochila tan llena que estaba a punto de explotar. A su lado estaba Christian, con sus gafas redondas, una camiseta azul y una libreta en la mano. Christian siempre llevaba una libreta, incluso cuando no había nada que apuntar, porque decía que uno nunca sabía cuándo podía encontrar algo importante.
Un poco más allá, Indira discutía con su padre porque quería llevarse una bolsa enorme de patatas en la mochila de excursión. Aritz, el más pequeño del grupo, intentaba atarse una zapatilla mientras sujetaba un peluche de pulpo debajo del brazo.
Daryl bajó del coche casi antes de que su padre terminara de aparcar.
—¡Ya estoy aquí! —gritó.
Dana saltó de la maleta y fue corriendo hacia él.
—Llegas tarde.
—No llego tarde. El barco sigue ahí.
—Pero yo llevo esperando once minutos.
Christian levantó la cabeza de su libreta.
—Doce. Casi trece.
Daryl se fijó en el barco que les llevaría hasta la isla. Era blanco y azul, no muy grande, con el nombre escrito en un lateral: La Gaviota Clara. Tenía las ventanas abiertas, una cuerda gruesa atada al muelle y varias cajas de comida colocadas en la parte de atrás. A Daryl le pareció un barco estupendo, aunque olía un poco a pescado, gasolina y verano.
—¿Y eso? —preguntó, señalando la libreta de Christian—. ¿Ya estás escribiendo?
Christian la cerró enseguida, como si guardara un secreto.
—Estoy haciendo una lista de cosas raras.
Indira se acercó con la bolsa de patatas finalmente metida bajo el brazo, muy satisfecha.
—Todavía no hemos subido al barco. No puede haber cosas raras.
—Sí puede —dijo Christian—. En el cartel de la taquilla pone “Excursión a San Telmo”, pero en el mapa antiguo que hay dentro de la oficina pone otro nombre.
Dana se volvió hacia la caseta del puerto. Era pequeña, blanca y tenía una ventana corredera. Dentro había un hombre mayor vendiendo billetes y, detrás de él, colgado en la pared, se veía un mapa amarillento dentro de un marco torcido.
—¿Qué otro nombre? —preguntó.
Christian bajó la voz, aunque alrededor solo había familias, maletas, gaviotas y un señor peleándose con una sombrilla.
—La isla de las siete señales.
Aritz, que acababa de llegar saltando con una zapatilla medio desatada, se quedó asombrado.
—Eso suena a piratas.
—O a excursión aburrida con nombre bonito —dijo Indira, aunque se acercó un poco más a la ventana para ver el mapa.
Daryl también se acercó. El cristal tenía polvo y reflejaba el sol, pero pudo distinguir el dibujo de la isla. No era exactamente igual a los mapas modernos que había visto en internet. Tenía caminos marcados con líneas finas, una zona de rocas junto al faro, una playa larga, un bosque pequeño y siete símbolos dibujados alrededor: una concha, una campana, una estrella, una llave, una ola, un ojo y una puerta.
—Son siete dibujos —murmuró Dana.
Christian asintió, emocionado.
—Por eso se llama así.
—O se llamaba así —dijo una voz detrás de ellos.
Los cinco se giraron al mismo tiempo. El hombre de la taquilla los observaba desde la ventanilla con una sonrisa pequeña, como si hubiera escuchado más de lo que debía. Tenía la piel morena por el sol, el pelo blanco y una camisa de rayas. En la mano sostenía un taco de billetes.
—Ahora casi nadie usa ese nombre —añadió—. Los turistas prefieren San Telmo. Suena más normal.
—¿Y por qué antes la llamaban la isla de las siete señales? —preguntó Daryl.
El hombre apoyó los codos en la ventanilla y dirigió la vista hacia el barco, como si dudara si contestar o no.
—Porque había siete señales escondidas en la isla.
Aritz abrazó un poco más fuerte su pulpo de peluche.
—¿Escondidas por piratas?
—Eso decían algunos —respondió el hombre—. Otros decían que las escondieron unos niños. Y otros decían que no había que buscarlas, porque la isla solo las enseñaba cuando quería.
Indira soltó una risa.
—Las islas no enseñan cosas.
El hombre la miró con calma.
—Esta sí.
Por un momento nadie dijo nada. Daryl sintió un cosquilleo en el estómago, de esos que aparecen justo antes de hacer algo divertido o meterse en un lío. Dana volvió a fijarse en el mapa. Christian abrió su libreta sin disimular. Indira hizo como si no estuviera impresionada, aunque había dejado de masticar patatas. Aritz levantó la mano con mucha seriedad.
—¿Y las señales dan miedo?
El hombre sonrió.
—Solo a quien tiene algo que esconder.
En ese momento una bocina sonó desde el barco, fuerte y alegre, y todos los adultos empezaron a moverse con prisa. Las madres llamaron a sus hijos, los padres cogieron maletas, una abuela preguntó tres veces si alguien había visto su sombrero y el señor de la sombrilla por fin consiguió cerrarla, aunque casi golpeó a una gaviota.
—Venga, chicos —dijo la madre de Dana—. Subimos ya.
El grupo se apartó de la taquilla, pero Daryl no pudo evitar volver a fijarse en el mapa antiguo. Los siete símbolos eran simples dibujos, aunque había algo especial en ellos. La concha, sobre todo, estaba marcada con un círculo rojo, como si alguien la hubiera señalado hacía mucho tiempo.
—Christian —susurró Daryl—, ¿has visto lo de la concha?
Christian asintió con los ojos brillantes.
—Lo he visto.
Dana caminaba delante de ellos, pero también lo había oído.
—Seguro que es una tontería turística para que compremos helados con forma de concha.
—Yo compraría uno —dijo Aritz.
—Tú comprarías cualquier cosa con azúcar —contestó Indira.
Subieron al barco entre risas, mochilas y empujones suaves. Daryl se sentó junto a la barandilla, con el pelo moviéndosele por el viento. Dana se colocó a su lado. Christian abrió la libreta sobre las rodillas. Indira guardó las patatas antes de que algún adulto se las quitara, y Aritz puso el pulpo de peluche mirando hacia el mar, como si también quisiera ver la isla.
Cuando el barco se separó del muelle, el agua empezó a golpear los laterales con pequeños sonidos tranquilos. Las gaviotas volaban alrededor, chillando como si se estuvieran riendo de todos. El puerto se hizo cada vez más pequeño y la isla empezó a crecer delante de ellos.
Desde lejos era preciosa. Tenía árboles, casas blancas, rocas brillantes y un faro alto en la cima. Pero cuanto más se acercaban, más detalles descubrían. Daryl vio una escalera antigua que bajaba hasta unas rocas, una torre medio escondida entre pinos y una especie de arco de piedra junto a la playa.
Entonces Aritz señaló algo con el dedo.
—Fijaos ahí.
Todos siguieron la dirección de su mano. Cerca del agua, en una roca grande y plana, había una marca blanca. Al principio parecía una mancha de sal, pero cuando el barco pasó más cerca, Daryl distinguió la forma con claridad.
Era una concha.
Una concha blanca dibujada sobre la piedra.
Dana dejó de moverse.
—Como la del mapa.
Christian escribió algo a toda velocidad en su libreta.
—Primera señal vista antes de llegar a la isla.
Indira tragó saliva, aunque enseguida puso cara de no estar nerviosa.
—Puede ser decoración.
—Claro —dijo Daryl, sin apartar la atención de la roca—. Porque todo el mundo decora rocas enormes en medio del mar.
El barco siguió avanzando, pero justo cuando dejaron atrás la roca, algo brilló dentro del dibujo de la concha. Fue solo un destello pequeño, como si el sol hubiera tocado un cristal escondido.
Aritz se agarró a la barandilla.
—Se ha encendido.
—No se ha encendido —dijo Indira rápidamente.
—Sí se ha encendido —contestó Dana.
Christian dejó de escribir.
—Lo hemos visto todos.
Daryl levantó la vista hacia el faro, que se alzaba en lo alto de la isla. Por un instante creyó distinguir una sombra detrás de una de sus ventanas, pero el barco giró hacia el puerto y ya no pudo verlo bien.
—A lo mejor el hombre de la taquilla tenía razón —dijo Dana en voz baja.
Indira se cruzó de brazos.
—¿Sobre qué?
Dana señaló la roca de la concha, que ya quedaba atrás, pequeña y blanca entre las olas.
—A lo mejor la isla enseña las señales cuando quiere.
Nadie se rió. Ni siquiera Indira.
Y mientras La Gaviota Clara entraba despacio en el puerto de San Telmo, Daryl tuvo la sensación de que aquellas vacaciones no iban a parecerse a ninguna otra. No sabía si encontrarían piratas, mapas, cuevas o simples dibujos en las rocas, pero sí sabía una cosa.
La primera señal les había estado esperando antes incluso de pisar la isla.