PRÓLOGO
La noche de San Juan
La noche de San Juan tenía una forma extraña de embellecer el pueblo. Durante unas horas, las luces de las terrazas, el humo de las hogueras y el ruido de los petardos disimulaban aquello que el resto del año permanecía expuesto. Las fachadas antiguas del paseo se veían menos cansadas bajo las guirnaldas, el puerto recuperaba un movimiento que en invierno solo pertenecía a los pescadores y la playa empezaba a llenarse de familias, grupos de amigos y turistas cargados con neveras, toallas, bolsas de hielo y esa alegría ruidosa que siempre llegaba con las fiestas grandes. Desde el coche, Claudia Sanz observaba a toda aquella gente con la sensación de contemplar una escena que ya no le pertenecía.
Llevaba casi media hora aparcada junto al puerto, en una zona desde la que podía vigilar el paseo sin llamar demasiado la atención. Con la ventanilla bajada unos centímetros, le llegaban fragmentos de conversaciones, risas, música y el olor mezclado del mar, la leña y la comida de las terrazas. Cualquier otro año habría bajado sin pensarlo. Le gustaba San Juan desde niña: primero por las hogueras y los petardos; después, por las fotos frente al fuego, los vídeos con el mar de fondo y esa sensación de que todos se volvían más guapos, más libres y más dispuestos a dejarse grabar. Durante mucho tiempo había creído que aquella noche era perfecta para enseñar una versión bonita de su vida.
Aquella vez no había ido al puerto para celebrar nada. El móvil estaba sobre el asiento del copiloto, con la pantalla apagada, aunque Claudia lo comprobaba cada pocos minutos. Durante toda la tarde había recibido mensajes que en otro momento habría contestado casi sin pensar: amigas preguntando dónde se había metido, conocidos proponiendo planes, chicos que fingían casualidad y seguidores reaccionando a la última historia que había subido antes de salir de casa. Todo aquello le quedaba lejos, pertenecía a una versión anterior de sí misma: una chica preocupada por salir bien en los vídeos, elegir el filtro adecuado y saber quién la había visto antes de que transcurrieran muchas horas. Ahora solo esperaba un mensaje concreto, y cada minuto de retraso estrechaba un poco más el interior del coche.
Intentó distraerse observando el puerto. En una de las mesas del bar de la esquina, un camarero discutía con un grupo que había unido varias sillas sin pedir permiso; cerca de la fuente, una niña lloraba porque su bengala se había apagado antes de tiempo mientras su abuelo buscaba otro mechero en los bolsillos; junto a los barcos, dos adolescentes se hacían fotos con una naturalidad tan ensayada que Claudia habría podido corregirles el ángulo desde lejos. Todo resultaba normal, casi ridículamente normal, y precisamente por eso le costaba entender que el pueblo siguiera funcionando con aquella tranquilidad mientras ella llevaba semanas sin poder verlo del mismo modo.
Al principio no había querido investigar. Se lo había repetido muchas veces, quizá porque necesitaba creerlo. Todo empezó con una conversación interrumpida cuando apareció en un pasillo, una fotografía borrada con una prisa sospechosa, un nombre repetido por personas que fingían no conocerse y una llamada que terminó en cuanto alguien advirtió que Claudia estaba cerca. Por separado, aquellas cosas no significaban gran cosa. Juntas empezaron a dibujar una imagen incompatible con la versión amable del pueblo y con la de algunas personas que llevaban años saludándola por la calle sin mostrar nada que esconder.
El teléfono vibró cuando ya estaba a punto de convencerse de que nadie escribiría.
Claudia esperó unos segundos antes de cogerlo, con las manos apoyadas en el volante y la mirada puesta en la gente que seguía cruzando hacia la playa. Cuando desbloqueó la pantalla, encontró una ubicación enviada sin saludo, sin firma y sin una sola explicación. No la necesitaba. Conocía aquel lugar porque todos lo conocían de alguna manera, aunque cada persona contara una versión distinta según lo que hubiera oído, visto o preferido olvidar. La masía estaba en la montaña, lejos de las calles por donde esa noche circulaba medio pueblo, y durante años había aparecido en rumores sobre fiestas privadas, reuniones discretas y coches caros subiendo de madrugada por caminos donde no había nada que visitar.
Durante un momento imaginó que borraba el mensaje y volvía a casa. Podía llegar sin que nadie supiera que había estado allí, lavarse la cara, meterse en la cama y decidir que al día siguiente todo le parecería menos grave. También podía bajar al paseo, buscar a sus amigos y dejar que la noche la arrastrara con los demás. Nadie sabría lo cerca que había estado de acudir. Nadie podría reprocharle que eligiera la prudencia. El problema era que Claudia ya había visto demasiado, y una parte de ella prefería sentir miedo antes que seguir siendo tratada como una niña caprichosa, una chica guapa que quería llamar la atención o alguien incapaz de comprender el peligro que tenía delante.
Arrancó el coche y salió del aparcamiento con calma, esperando a que un grupo cruzara por delante sin mirar. Uno de los chicos levantó la mano para disculparse y ella respondió con una sonrisa automática antes de incorporarse a la carretera. Las luces del puerto quedaron atrás, sustituidas por calles cada vez más estrechas y después por la oscuridad de los campos que separaban el pueblo de la montaña. A medida que ascendía, el ruido de San Juan se apagó hasta convertirse en un eco lejano; la fiesta pertenecía ya a otro lugar y a otra persona.
Conocía la carretera, pero aquella noche la encontró distinta. Los pinos formaban manchas oscuras a ambos lados, los muros de piedra aparecían de repente en las curvas y el reflejo de los faros mantenía el polvo suspendido delante del parabrisas. Claudia condujo sin música, pendiente del móvil, de los retrovisores y de la certeza creciente de que no iba a buscar una respuesta, sino a confirmar algo que en el fondo ya sabía. Cuando llegó al desvío de tierra, redujo la velocidad y entró sin consultar el navegador. Llevaba días repasando mapas y fotografías antiguas, intentando encajar la ubicación de la masía con los movimientos que había reconstruido poco a poco.
La casa apareció entre los árboles unos minutos después. Era una construcción antigua, más grande de lo que mostraban las imágenes, con varias luces exteriores encendidas y una hilera de coches aparcados cerca del patio. Claudia frenó antes de acercarse del todo. No esperaba encontrar tanta gente, y mucho menos reconocer algunos vehículos con tanta rapidez. El primero confirmó que no se había equivocado; el segundo la obligó a inclinarse hacia el parabrisas; el tercero le dejó una sensación fría en el estómago, no porque resultara imposible verlo allí, sino porque encajaba con demasiadas piezas.
Se quedó dentro del coche con una mano todavía sobre la llave y la otra cerrada alrededor del bolso. La prudencia le decía que se marchara; la rabia, que bajara. Antes de decidir, sacó el móvil y abrió una nota que llevaba varios días preparada. Añadió unas pocas líneas, las justas para dejar constancia de que había llegado hasta allí por voluntad propia y de que no estaba imaginando cosas, pero no tantas como para reconocer que tenía miedo. Luego guardó el archivo en el mismo lugar donde había protegido todo lo demás, bloqueó la pantalla y metió el teléfono en el bolso.
El aire de la montaña seguía caliente, aunque no tenía nada que ver con el calor pegajoso del puerto. Allí olía a tierra seca, a pino y a humo lejano. Claudia cruzó el patio de grava con los hombros rectos, avanzando con una seguridad que no sentía. Desde dentro de la masía llegaban voces apagadas, una risa breve y el sonido de una puerta cerrándose en alguna parte. Antes de que pudiera llamar, la puerta principal se abrió y apareció al otro lado alguien a quien conocía demasiado bien.
Todo lo que había ordenado en su cabeza durante semanas cambió de sitio de golpe. Lo inquietante no era encontrar a esa persona allí, sino la tranquilidad con que la recibió: su llegada no la sorprendía; alguien llevaba mucho tiempo esperando aquel momento, quizá desde antes de enviarle la ubicación.
—Pensé que no vendrías —dijo.
Claudia apretó el bolso contra su costado y sostuvo la mirada.
—Yo también.
La persona sonrió apenas y se apartó para dejar libre la entrada. Al fondo del recibidor se oyó otra voz. Claudia no distinguió las palabras, pero reconoció el tono y comprendió que aquella noche no iba a descubrir una mentira pequeña, un secreto aislado ni una explicación incómoda que pudiera resolverse con una conversación privada. Lo que había detrás de aquella puerta era mucho más grande de lo que había imaginado, y ella acababa de llegar sola.
CAPÍTULO 1
La casa abierta
Cuando Víctor hizo sonar el silbato, Ana necesitó dos zancadas más para obedecer. Llevaba toda la tarde corriendo contra una fecha que fingía no contar: faltaban diez días para San Juan y casi un año desde que Claudia Sanz había desaparecido. A su alrededor, los demás redujeron el ritmo entre bromas y quejas, mientras el calor seguía adherido al tartán y el olor de la pista se mezclaba con el de la hierba recién regada.
Ana terminó la vuelta caminando por la calle exterior. Notaba las piernas cargadas, pero no con el cansancio incómodo de un mal entrenamiento, sino con esa fatiga limpia de los días en que el cuerpo responde y la cabeza deja de discutir. Se secó la frente con el dorso de la mano, bebió agua y fue hacia el banco donde había dejado la mochila. A su alrededor, cada corredor regresaba a su manera: unos doblados sobre las rodillas, otros riéndose para fingir que aún les sobraba aire y alguno protestando antes incluso de saber qué tocaría al día siguiente.
Rubén se dejó caer en el césped con una exageración que hizo reír a Mireia.
—Mañana no vengo —anunció.
—Eso dijiste el lunes —le recordó ella.
—El lunes aún tenía esperanza.
—Pues te ha durado poco.
Víctor guardó el cronómetro en el bolsillo y esperó a que todos se reunieran cerca de la valla. Llevaba tantos años entrenando a chicos y chicas del pueblo que no necesitaba alzar la voz para hacerse escuchar. Bastaba con que apareciera con la libreta en la mano para que las bromas se fueran apagando solas, aunque alguno siempre intentara negociar hasta el último momento.
—Mañana empezamos quince minutos antes —dijo—. Si seguimos saliendo a esta hora, vais a acabar derritiéndoos antes de la segunda serie.
—También podríamos hacer menos series —propuso Rubén desde el suelo.
—También podrías intentarlo en otro club.
—Aquí me quieren demasiado.
—Aquí te soportamos, que no es lo mismo.
Las risas volvieron a extenderse por el grupo. Ana sonrió mientras se cambiaba las zapatillas. Aquellas conversaciones se repetían con pequeñas variaciones desde hacía años y precisamente por eso le gustaban. Había algo tranquilizador en saber quién protestaría primero, quién intentaría convertir el entrenamiento en una conversación sobre meriendas y quién acabaría proponiendo ir a cenar después de cualquier carrera, incluso de las que los dejaban sin fuerzas para hablar.
Víctor se acercó cuando ella terminó de guardar las zapatillas de clavos.
—Hoy has dejado de pelearte con el reloj.
—No sabía que me peleara con él.
—Lo haces cuando tienes la cabeza en otra parte. Esta tarde solo corrías.
Ana alzó los ojos. Le sorprendía que pudiera notar esas cosas incluso cuando intentaba disimularlas.
—Supongo que necesitaba una tarde así.
Víctor asintió sin insistir. Nunca confundía entrenar con tener derecho a meterse en la vida de nadie. Si alguien quería hablar, escuchaba. Si no, se quedaba con lo que veía en la pista.
—Descansa mañana por la mañana.
—Lo intentaré.
—No lo intentes. Hazlo. Ya entrenas bastante incluso cuando no estás aquí.
Ana se colgó la mochila al hombro y se despidió del grupo con un gesto. Al cruzar la verja dejó atrás el ruido de las zapatillas, las bromas y el sonido de los aspersores girando sobre la hierba. Podía volver a casa por la avenida principal y llegar en menos de diez minutos, pero casi nunca elegía ese camino. Prefería bajar hasta el puerto, aunque tardara un poco más. Después de entrenar necesitaba caminar sin prisa, dejar que el cansancio se asentara y notar cómo el pueblo cambiaba de ritmo a medida que se acercaba al mar.
Las calles cercanas al polideportivo aún conservaban la calma de los barrios donde casi todos los vecinos se conocían desde hacía años. Algunas puertas estaban abiertas para que entrara algo de aire y varias personas charlaban sentadas en sillas de plástico junto a la acera, con esa confianza de quien no necesita mirar el reloj porque sabe que la noche llegará igual. Más abajo, el ambiente se volvía distinto. Las terrazas empezaban a llenarse, las heladerías atendían sin descanso y los comercios mantenían las luces encendidas más allá del horario habitual. Faltaban pocos días para San Juan y eso se notaba incluso en la forma de caminar de la gente, el verano se había adelantado sin esperar a que nadie lo anunciara.
Ana saludó a una antigua profesora que tomaba café en una terraza, a la farmacéutica que bajaba la persiana y a un pescador que remendaba unas redes cerca del puerto. En una ciudad, ninguno de ellos habría reparado en ella. Allí, en cambio, bastaba recorrer dos calles para que alguien preguntara por tus padres, por una carrera o por cualquier detalle que en teoría no debería recordar. De niña le había gustado aquella familiaridad. Más tarde empezó a cansarle un poco. Ahora dependía del día. Había tardes en las que se sentía acompañada y otras en las que sentía imposible tener una vida propia en un lugar donde todos creían conocer una parte.
Al llegar al paseo marítimo apoyó los antebrazos en la barandilla. Varias embarcaciones regresaban al puerto y los restaurantes empezaban a preparar las mesas para la cena. El pueblo no era bonito de postal, aunque algunos turistas se empeñaran en fotografiarlo de esa manera. Tenía fachadas recién pintadas junto a otras que pedían arreglo desde hacía años, toldos descoloridos, calles demasiado estrechas para los coches de verano y rincones donde el olor del mar se mezclaba con el de los contenedores cuando soplaba mal el aire. A Ana le gustaba precisamente por eso. No estaba preparado para complacer a nadie. Simplemente seguía allí, con sus defectos a la vista y su manera obstinada de sobrevivir a cada temporada.
—Hoy vienes con cara de haber perdido.
La voz llegó desde el banco de siempre. Vicente estaba sentado con la gorra calada, el bastón apoyado contra la madera y una bolsa de pipas abierta sobre las piernas. Todo el mundo lo conocía como Vicente el del puerto, no porque hubiera sido el único Vicente del pueblo, sino porque resultaba imposible imaginarlo lejos de aquel banco, de las barcas y de las conversaciones que empezaban con una queja y terminaban casi siempre en una verdad incómoda. Tendría cerca de ochenta años, aunque él decía que la edad dependía de quién preguntara y para qué.
—No he perdido nada. He entrenado.
—Peor todavía. Perder al menos enseña algo.
—Entrenar también.
—Eso dicen los entrenadores para que no os vayáis a casa.
Ella se sentó a su lado, dejando la mochila entre los pies. Con Vicente nunca hacía falta buscar un tema. Bastaba sentarse y dejar que la conversación apareciera mirando el puerto. Él le ofreció pipas y Ana rechazó la oferta, no porque no le apetecieran, sino porque sabía que si aceptaba una acabaría quedándose más de la cuenta.
—Mañana llegan mis nietos —dijo él—. La casa volverá a parecer un mercado.
—Eso es buena señal.
—Cuando eres joven quieres silencio. Cuando eres viejo descubres que el silencio cansa.
Ana sonrió. Vicente tenía esa manera de decir cosas sencillas con el tono de quien acababa de desenterrar una verdad antigua. Hablaron un rato de los barcos, de las obras del paseo y de la verbena de San Juan. Él se quejó de que el Ayuntamiento colocaba escenarios donde molestaban a todo el mundo y aseguró que antes las fiestas eran mejores porque nadie pretendía organizarlas tanto.
—Mi madre dice que este año la verbena será más tranquila —comentó Ana.
Vicente abrió otra pipa con los dientes y soltó una risa breve.
—Tu madre es optimista porque le conviene. En San Juan nadie está tranquilo. La gente solo lo disimula mejor.
Ana miró hacia la playa. En los carteles nuevos del paseo ya aparecían los horarios de las hogueras, los conciertos y el castillo de fuegos artificiales. Varias familias se detenían a leerlos con la facilidad de quienes podían fingir que allí nunca había ocurrido nada, que aquella misma noche no había quedado marcada para siempre un año antes. Durante semanas se habló de Claudia Sanz en los bares, en el mercado, en las tiendas y en la cola del centro de salud. Después, poco a poco, el pueblo dejó de pronunciar su nombre con tanta frecuencia, no porque hubiera dejado de importarle, sino porque repetirlo sin respuestas empezaba a resultar incómodo.
—Estos días volverán a hablar de ella —dijo Vicente, siguiendo sin esfuerzo el camino de sus pensamientos.
Ana no necesitó preguntarle de quién hablaba; el nombre de Claudia llevaba días flotando sobre el paseo, aunque casi nadie quisiera pronunciarlo primero.
—Supongo que es normal.
—Normal sí. Fácil no. Este pueblo dice que olvida, pero no olvida nada. Solo guarda las cosas donde molesten menos.
Ella siguió mirando el mar. Hacía casi un año de la desaparición de Claudia y, aun así, bastaba que alguien rozara su nombre para que las conversaciones cambiaran de peso. Ana no había sido íntima de ella, aunque en un pueblo como aquel la intimidad tampoco era necesaria para que una ausencia se metiera en todas partes. Claudia había estado en su instituto, en sus fiestas, en sus redes, en las fotos donde siempre salía mejor que los demás y en comentarios que a veces sonaban a admiración y otras a envidia. Después desapareció, y todo el mundo empezó a hablar de ella con una cercanía que rara vez había existido en realidad.
Vicente movió la bolsa de pipas sobre las rodillas.
—No dejes que te metan prisa.
Ana giró la cabeza y encontró a Vicente observándola con una atención que ya no tenía nada de broma.
—¿Quién?
—La vida, la gente, el miedo. Todos empujan mucho cuando quieren que una no piense.
No supo si aquella frase nacía de la conversación sobre Claudia o de una reflexión que Vicente habría soltado a cualquiera que se sentara a su lado. La guardó sin responder y se levantó unos minutos después, prometiendo pasar al día siguiente si el entrenamiento no la dejaba tirada en mitad de la pista.
Al pasar por la panadería, Marisa la llamó desde el obrador. Ana entró solo para recoger el encargo de su madre, pero acabó esperando porque dos clientas discutían si era mejor llevar coca de crema o de piñones y Marisa atendía con la paciencia justa para no parecer maleducada. La panadería olía a azúcar, masa recién hecha y horno caliente, un olor que siempre le hacía pensar en verano aunque entrara allí en pleno febrero.
—Dile a tu madre que mañana venga pronto —le advirtió Marisa al entregarle la bolsa—. El año pasado apareció cuando ya estaba todo vendido y luego me miró como si yo hubiera organizado una conspiración contra ella.
—Mi madre mira así cuando cree que tiene razón.
—Tu madre cree que tiene razón casi siempre.
Ana pagó, guardó el recibo y continuó hacia casa por las calles interiores, donde el ruido del puerto llegaba más apagado. En las cocinas empezaban a prepararse las cenas y algunas ventanas abiertas dejaban escapar televisores, conversaciones familiares y olor a pescado frito. La puerta de su casa estaba entornada, como casi siempre en verano. Su madre decía que así corría el aire, aunque Ana sospechaba que también era una forma de mantener una costumbre antigua, de cuando las vecinas entraban llamando desde el recibidor para pedir sal, comentar una noticia o preguntar por alguien antes de que nadie las invitara a pasar. Desde la cocina llegaba la voz de Laura, precisa y cansada, discutiendo por teléfono sobre la presentación de las fiestas. El nombre de Rafa apareció antes de que Ana pusiera un pie dentro.
* * *
La puerta abierta la condujo hasta la cocina. Ana dejó la mochila junto a la escalera y siguió la voz de su madre, que hablaba por teléfono con el aparato sujeto entre el hombro y la oreja mientras cortaba tomates con una precisión casi irritante. Sobre la encimera había una fuente de ensalada, una tortilla a medio hacer, una botella de agua cubierta de gotas y varios platos que alguien había sacado del armario sin terminar de colocarlos. Solo quien no conociera a Laura Beltrán habría llamado desorden a aquello; ella sabía exactamente dónde estaba cada cosa.
—No, Carmen, yo no he dicho que fueran a cortar la música a las dos —decía, mirando a Ana con expresión de auxilio—. He dicho que si no la cortan a las dos, los de la calle Mayor van a protestar. No es lo mismo.
Ana dejó la bolsa sobre la mesa, se lavó las manos y cogió un trozo de tomate antes de que su madre pudiera impedírselo. Laura le apartó la mano con el mango del cuchillo sin interrumpir la conversación.
—Pues que lo hablen con el Ayuntamiento. Sí, ya sé que Rafa conoce a medio mundo, pero mi marido no organiza las fiestas. Opina mucho, que es diferente.
En aquella casa, el nombre de su padre aparecía incluso cuando él no estaba, casi siempre unido a algún favor, algún contacto o alguna promesa hecha en una conversación de cinco minutos. Rafa Navarro tenía una facilidad natural para atraer a quienes necesitaban algo. Lo llamaban para pedir una herramienta, una opinión, un teléfono, una recomendación o simplemente para que estuviera presente cuando un asunto podía complicarse. Ana había crecido viendo a su padre resolver problemas ajenos con una mezcla de simpatía y eficacia que a veces desesperaba a Laura y casi siempre terminaba funcionando.
Laura consiguió colgar y dejó el móvil sobre la mesa con cansancio.
—Como mañana sobreviva a las cocas, a la presentación del programa y a tu padre intentando quedar bien con todo el mundo, el lunes me declaro oficialmente de vacaciones.
—Marisa dice que vayas pronto.
—Marisa siempre dice que vaya pronto.
—También dice que el año pasado la miraste como si hubiera organizado una conspiración.
Su madre la apuntó con el cuchillo, aunque la amenaza perdió fuerza porque estaba intentando no reírse.
Desde el patio llegó un golpe metálico, seguido de una queja breve y de algo que sonó mucho a una herramienta cayendo al suelo. Ana y Laura se miraron al mismo tiempo.
—La persiana —dijo Ana.
—La persiana que no necesitaba arreglo —respondió su madre.
Rafa apareció poco después por la puerta del patio con una caja de herramientas en una mano, un destornillador en la otra y la camiseta clara pegada al pecho. Tenía el pelo húmedo por el sudor, pero llevaba esa expresión satisfecha de quien vuelve de resolver un problema que nadie más había considerado urgente.
—Antes de que digáis nada, ya está arreglada.
Laura mezcló la ensalada sin levantar la vista.
—Nadie iba a decir nada.
—Eso es mentira. En esta casa el silencio siempre es una emboscada.
Ana abrió la nevera para sacar agua.
—¿Qué le pasaba?
—Rozaba.
Laura dejó las pinzas sobre la fuente.
—Rozaba poco desde 2019 y todos habíamos aprendido a vivir.
Rafa dejó la caja sobre una silla y fue al fregadero a lavarse las manos.
—Tu madre no valora el mantenimiento preventivo.
—Tu hija valora beber agua sin recibir un discurso.
Ana bebió directamente de la botella. Laura se la quitó de la mano y le pasó un vaso sin necesidad de decir nada. Era una de esas normas domésticas que nadie cumplía del todo, pero que todos conocían.
—Por cierto —dijo Rafa mientras se secaba las manos—, mañana cenaremos con los Ferrer antes de bajar a la plaza. Julián quiere que aparezcamos juntos en la presentación del programa.
Laura giró la cabeza. —¿Cenaremos?
—He dicho que podríamos.
—No. Has dicho cenaremos.
Ana llenó el vaso para ganar unos segundos. Con los Ferrer nunca se sabía si una cena era una cena o una pequeña obligación disfrazada de plan amable.
—¿Con Mara también?
—Supongo —respondió Rafa—. Julián dice que, después de lo del año pasado, conviene que el pueblo nos vea juntos.
No dijo el nombre de Claudia. Ninguno lo hizo. En esa época, cualquier referencia a “lo del año pasado” tenía una sola dirección y todos la entendían sin necesidad de completarla.
—¿Visibles para qué? —preguntó Ana.
—Para que la gente vea normalidad.
Laura regresó a la ensalada, aunque su voz perdió parte de la ligereza.
—La normalidad no se enseña, Rafa. Se tiene o no se tiene.
Él midió la respuesta con esa calma que usaba cuando una conversación podía torcerse.
—Me refiero a que San Juan no puede convertirse siempre en un recordatorio triste. El pueblo necesita pasar página.
Ana vio cómo su madre apretaba ligeramente los labios antes de contestar.
—A veces pasar página es una forma elegante de decir que nadie quiere seguir leyendo.
Rafa dejó pasar unos segundos antes de responder. Permaneció junto al fregadero con el trapo entre las manos y después cambió de tema preguntándole a Ana por los tiempos del entrenamiento. Lo hizo con tanta naturalidad que, si ella no hubiera estado pendiente de su madre, quizá no habría notado el desvío.
Cenaron en la cocina porque el comedor acumulaba un calor insoportable. Rafa apartó la caja de herramientas antes de que Laura se lo pidiera por tercera vez y Ana puso los cubiertos mientras sus padres seguían ajustando el plan del día siguiente. Él hablaba de pasar primero por casa de los Ferrer, saludar a Julián y bajar luego a la plaza. Laura respondía que no pensaba convertir una presentación municipal en una ruta de compromisos, y Ana los escuchaba con esa mezcla de cariño y cansancio que producen las discusiones repetidas dentro de una familia que funciona.
—Julián estará pendiente de todo el mundo —dijo Rafa, sirviéndose un poco de vino.
—Julián siempre está pendiente de todo el mundo cuando hay cámaras cerca.
—No seas injusta. Lleva semanas organizando esto.
—Precisamente por eso estará insoportable.
Ana conocía a Julián Ferrer desde pequeña porque Mara había formado parte del mismo grupo durante años. No eran amigas íntimas, aunque en un pueblo como aquel la intimidad no siempre dependía de la confianza. A veces sabías más de alguien por haber coincidido en cumpleaños, clases, fiestas y cenas familiares que por haber mantenido una conversación sincera. Con Mara ocurría algo parecido. Podía pasar semanas sin hablar con ella y, aun así, saber cuándo estaba enfadada por la forma en que contestaba un mensaje o cuándo buscaba quedar bien antes incluso de entrar en una habitación.
—¿Mara irá? —preguntó.
Rafa se encogió de hombros. —Tu edad sigue siendo un misterio para mí. Nunca sé cuándo algo os apetece de verdad y cuándo vais porque no tenéis más remedio.
—Normalmente vamos porque no tenemos más remedio.
—Gracias por confirmarlo.
Laura empezó a servir la tortilla. —Mara irá si cree que puede sacar algo de allí. En eso se parece a su padre.
—Laura.
—No he dicho que sea malo.
—Lo has dicho con la cara.
—Mi cara es libre.
Ana se rió mientras cogía ensalada. Aquellos intercambios eran parte de la casa. Su madre tenía una manera directa de hablar allí dentro, allí podía permitirse no medir cada palabra. Su padre, en cambio, incluso sentado a la mesa, conservaba algo de su versión pública: escuchaba, sonreía, reconducía, hacía sentir cómodo a cualquiera que tuviera delante. Ana nunca lo había interpretado como falsedad. Para ella era simplemente Rafa, el hombre capaz de arreglar una persiana que nadie le había pedido tocar y, diez minutos después, convencer a un concejal de cambiar una reunión de hora.
—Hoy he visto a Vicente en el puerto —comentó Ana.
—¿Sigue en su banco? —preguntó Laura.
—Creo que si algún día lo cambian de sitio, se muda con él.
Rafa sonrió. —Ese hombre sabe más del pueblo que todos los concejales juntos.
—Entonces tal vez deberían preguntarle alguna vez.
—No les convendría —dijo Laura—. Vicente no sabe callarse cuando algo le parece una tontería.
Ana pensó en la frase que él le había dicho sobre no dejarse meter prisa, pero no encontró la forma de mencionarla sin que sonara más importante de lo que quizá era. En su lugar habló de Víctor adelantando el entrenamiento, de Rubén amenazando otra vez con dejar el atletismo y de Mireia asegurando que el calor debería considerarse una lesión deportiva. Rafa escuchaba con atención, haciendo preguntas sobre marcas y carreras próximas, mientras Laura insistía en que entrenar tanto a finales de junio no podía ser bueno por mucha disciplina que uno tuviera.
—Tu madre cree que cualquier esfuerzo físico voluntario es sospechoso —dijo Rafa.
—No. Tu madre cree que hay maneras más inteligentes de sufrir.
—El deporte forma carácter.
—También las mudanzas y no veo que quieras hacer una.
La cena continuó con esa mezcla de bromas, pequeños reproches y planes de verano que Ana conocía desde niña. A veces pensaba que aquella era la forma que tenían sus padres de quererse: discutir lo suficiente para no aburrirse, pero nunca tanto como para hacerse daño. Resultaba fácil acostumbrarse a esa seguridad. Uno no piensa en la estabilidad de su casa mientras la tiene delante, igual que no piensa en el suelo hasta que empieza a moverse.
Rafa sacó el tema de Óscar Marín al hablar de los actos del sábado. Dijo que el actor, presentador o lo que fuera exactamente en ese momento había confirmado su asistencia. Laura hizo un comentario sobre la facilidad con la que algunos famosos de segunda fila encontraban hueco en cualquier programa de fiestas, y Ana recordó haber visto a Óscar varias veces por el pueblo, siempre con gafas de sol, camisas abiertas más de la cuenta y esa actitud de quien esperaba ser reconocido incluso cuando fingía desear pasar desapercibido.
—A Julián le hará ilusión —dijo Rafa—. Ya sabes cómo se pone con cualquier cosa que pueda salir en prensa.
Laura pinchó un trozo de tomate. —Qué palabra tan bonita es visibilidad cuando la usa alguien que quiere tapar otra cosa.
—Estás especialmente generosa esta noche.
—Estoy cansada, que es diferente.
Rafa pidió pan para cambiar de tema y Ana se levantó a cogerlo, agradecida por tener algo que hacer. No sabía exactamente qué pasaba entre sus padres cada vez que hablaban de los Ferrer, del Ayuntamiento o de las fiestas, pero sí notaba que había zonas de la conversación por las que su madre caminaba con más cuidado. Era una incomodidad antigua, aprendida antes de tener palabras para nombrarla. Mientras Rafa partía el pan y Laura evitaba mirarlo, Ana entendió que aquel silencio no había empezado con Claudia, aunque siempre acababa rozándola.
CAPÍTULO 2
Diez días
La cena continuó, pero la incomodidad no desapareció con el cambio de tema. El nombre de Nira surgió cuando Ana comentó que quizá quedaría con ella al día siguiente después de entrenar, y Laura dejó el vaso sobre la mesa con una pausa mínima.
—¿Sigues viéndola mucho?
—No tanto.
—Antes ibais siempre juntas.
—Antes teníamos dieciséis años.
Laura aceptó la respuesta, aunque Ana supo que no era eso lo que quería preguntar. Desde la desaparición de Claudia, su madre tenía una forma especial de interesarse por sus amigos. No prohibía nada, no insistía demasiado y rara vez decía nombres concretos, pero observaba cualquier cambio de planes calculando riesgos que nadie más veía.
—Nira es buena chica —dijo Rafa.
—Nira es un terremoto —corrigió Laura.
—Una cosa no quita la otra.
Ana removió la ensalada en el plato.
—Está bien. Todos estamos bien.
La frase salió más seca de lo que pretendía. Laura la miró con una mezcla de disculpa y preocupación, pero no insistió. Esa era otra norma no escrita de la casa desde el verano anterior: se podía mencionar a Claudia de manera indirecta, hablar de San Juan con cierta prudencia y preguntar por los amigos sin resultar invasivo, pero nadie debía empujar más de la cuenta.
El móvil de Ana vibró sobre la encimera, junto a la botella de agua y el pan. No le hizo caso al principio. En el grupo de entrenamiento era normal que alguien escribiera a esas horas para preguntar por la sesión del día siguiente, quejarse de Víctor o mandar algún vídeo absurdo grabado en las pistas. Rafa seguía hablando de los cambios de tráfico previstos para la verbena y Laura aprovechó para retirar los platos que ya estaban vacíos.
El teléfono vibró de nuevo.
—Te reclaman —dijo su padre.
—Seguro que es Mireia protestando.
—Tiene derecho —respondió Laura—. Si Víctor os hace entrenar antes con este calor, protestaría cualquiera.
Ana se levantó sin prisa, más para silenciar el móvil que por verdadero interés. Al desbloquearlo vio un número desconocido. No había texto, solo un archivo de vídeo enviado hacía menos de un minuto. Pensó que podía ser publicidad, una estafa o uno de esos mensajes reenviados que llegaban sin que nadie supiera explicar de dónde salían. Estuvo a punto de borrar la notificación, pero algo la detuvo. Quizá fue la hora, quizá la insistencia, quizá esa intuición pequeña que a veces aparece antes de que una persona sepa reconocer el peligro. Abrió el archivo sin sonido.
La imagen apareció movida, llena de luces cálidas y sombras que cambiaban con el fuego. Se veía el paseo marítimo durante una noche de fiesta, gente caminando cerca de la playa, grupos reunidos alrededor de las hogueras y teléfonos levantados para grabar los fuegos artificiales. Ana no necesitó escuchar nada para reconocer la fecha. Aquello era San Juan. Activó el sonido.
La música llegó distorsionada, mezclada con petardos, voces y risas. La cámara avanzaba entre varias personas hasta detenerse junto a una chica que hablaba con alguien fuera de plano. Al principio solo se veía parte de su perfil, el pelo recogido de cualquier manera y el brillo de un vestido claro iluminado por las llamas. Después giró un poco la cabeza y el calor abandonó la cocina de golpe. Era Claudia Sanz.
Las fotos de los carteles, las noticias antiguas y las publicaciones compartidas durante las semanas de búsqueda siempre habían dejado a Claudia quieta. Allí respiraba, se movía y hablaba con la impaciencia de quien intenta convencer a alguien de algo importante.
—No pienso callarme —decía en el vídeo, con la voz entrecortada por el ruido de la fiesta—. Esta vez no.
La imagen se cortó antes de que pudiera verse con quién hablaba. La pantalla quedó negra y, unos segundos después, apareció una cuenta atrás.
10 días. 00 horas. 00 minutos.
Debajo, una frase ocupaba el centro de la imagen.
Tú también estuviste allí.
Ana permaneció junto a la encimera con el móvil en la mano, incapaz de apartar la vista de los números que empezaban a descontar el tiempo. Primero pensó que no lo había entendido bien; después, que se trataba de una broma cruel, un montaje, cualquier cosa menos lo que tenía delante. Pero la voz de Claudia seguía resonando en la cocina y, aunque el vídeo se hubiera detenido, Ana sentía que la chica acababa de hablarle directamente desde aquella noche.
Laura fue la primera en notar que algo iba mal.
—Ana, ¿qué pasa?
Ella reprodujo de nuevo el vídeo, esta vez con el sonido más alto. Rafa dejó de hablar a mitad de frase. Laura se quedó de pie junto a la mesa, con un plato en una mano y el paño de cocina en la otra. Nadie interrumpió la grabación mientras Claudia aparecía otra vez entre la gente, giraba el rostro hacia la cámara y repetía aquella frase que convertía la cena, la casa y toda la normalidad de unos minutos antes en algo imposible de recuperar.
Cuando la cuenta atrás volvió a ocupar la pantalla, Rafa se levantó.
—Enséñamelo.
No lo dijo como una orden, pero tampoco como una pregunta. Su voz sonó tranquila, cuidadosamente controlada, y una tensión distinta recorrió la cocina. Laura dejó por fin el plato sobre la mesa y miró a su marido antes que a su hija.
—Rafa, espera.
Él no apartó los ojos del móvil. —Quiero verlo bien.
Ana sostuvo el teléfono contra su pecho sin entender del todo por qué. Hasta ese momento habría dicho que, si algo grave ocurría, su padre sería la primera persona a la que acudiría. Aquella seguridad seguía allí, pero acababa de mezclarse con una sensación nueva, pequeña y difícil de explicar. Sintió algo más incómodo que miedo: la impresión de que su padre había reconocido el peligro antes de saber exactamente qué tenía delante.
—Ana —insistió Rafa, suavizando el tono—, déjame verlo.
Ella bajó la mirada hacia la pantalla. Los números seguían avanzando con una calma insoportable.
9 días. 23 horas. 59 minutos.
El mensaje no desapareció, la cena no continuó y, por primera vez en mucho tiempo, Ana tuvo la certeza de que algo había entrado en su casa sin llamar. Aun así, no entregó el móvil a su padre.
No lo pensó ni respondió a una desconfianza antigua. Rafa alargó la mano con la seguridad de quien estaba acostumbrado a resolver los problemas antes de que los demás terminaran de nombrarlos, y ella apretó el teléfono contra el pecho por puro instinto. La cocina, que hacía apenas unos minutos olía a tortilla, tomate y pan tostado, se llenó de una incomodidad nueva. Laura dejó el plato sobre la mesa y se acercó a su hija sin intentar quitarle nada, limitándose a ocupar el espacio entre Ana y Rafa de una forma discreta y clara.
—Déjala un momento —dijo.
Rafa bajó la mano. No se ofendió, pero sí quedó desconcertado; había comprendido tarde que para Ana aquel aparato ya no era solo un teléfono.
—Solo quiero verlo bien.
—Todos queremos verlo bien, pero no hace falta arrancárselo de las manos.
—No iba a arrancarle nada.
—Lo sé. Por eso te digo que esperes.
Ana agradeció que su madre hubiera hablado por ella, porque en ese instante no habría sabido defenderse. Tenía la boca seca, los dedos fríos y la frase del vídeo instalada en la cabeza con una precisión dolorosa. Tú también estuviste allí. No decía que conociera a Claudia, que supiera algo o que hubiera visto algo. Afirmaba que había estado allí y la devolvía a aquella noche para cerrar la puerta por fuera.
La cocina seguía siendo la misma. La tortilla estaba sobre la mesa, la fuente de ensalada a medio servir, el vaso de Ana junto al pan y el cuchillo de Laura apoyado en la tabla con restos de tomate. Nada se había movido, pero todo estaba fuera de sitio. Ana observó aquellos objetos con una necesidad extraña de reconocerlos. Había comido allí cientos de veces, estudiado en esa mesa, discutido con su madre por dejar la mochila en medio y visto a su padre entrar con herramientas, compras o encargos ajenos. Nunca había sentido que algo pudiera llegar desde fuera y cambiar el aire de golpe.
Dejó el móvil sobre la encimera, entre la botella de agua y el pan, y reprodujo el vídeo otra vez. Esta vez no lo miró sola. Laura se inclinó a su lado, Rafa se quedó de pie detrás de ambas y durante unos segundos la cocina desapareció bajo el ruido de la fiesta. La imagen avanzaba entre grupos de gente, hogueras, móviles levantados y luces temblando sobre el paseo. Ana reconoció el tramo cercano al espigón, el chiringuito que siempre llevaba la música a un volumen excesivo y una de las papeleras metálicas que habían instalado el verano anterior. Aquello no era una escena cualquiera de San Juan. Era su pueblo, su playa y aquella noche concreta.
Cuando Claudia apareció en la pantalla, Laura llevó una mano a la boca sin llegar a tapársela. Fue una reacción contenida, casi avergonzada de necesitar sujetarse de algún modo. Rafa no dijo nada. La cámara mostraba a Claudia de lado, con el pelo recogido deprisa y un vestido claro iluminado por el fuego. Hablaba con alguien que quedaba fuera de plano. Todavía no estaba asustada: estaba enfadada y decidida.
—No pienso callarme —decía Claudia, con la voz mezclada con petardos y música—. Esta vez no.
La pantalla quedó negra y reapareció la cuenta atrás.
10 días. 00 horas. 00 minutos.
Tú también estuviste allí.
Nadie habló al principio. Ya no era la pausa de una familia intentando entender un vídeo extraño: tres personas acababan de aceptar que algo del año anterior había regresado con una forma nueva. Ana miró a su madre. Laura tenía los ojos clavados en la pantalla y una mano apoyada en el borde de la encimera, necesitada de comprobar que algo seguía firme bajo sus dedos.
Rafa se apoyó en el respaldo de una silla.
—Ponlo desde el principio, por favor.
Ana alzó los ojos. —Ya lo hemos visto.
—Lo sé. Pero quizá hay algo detrás, alguien que se reconozca, un sitio exacto. No quiero que se nos escape nada.
Laura sostuvo la mirada de su marido. —¿Crees que es real?
Rafa tardó un instante en responder. Ana agradeció aquella pausa; una seguridad inmediata le habría resultado mucho más sospechosa.
—No lo sé.
Aquella respuesta, por una vez, no intentó ordenar nada. Rafa no fingió una calma que no tenía. Se pasó una mano por la nuca, miró la pantalla y después a Ana, recordando al fin que el vídeo no era solo una posible prueba, sino algo que había llegado al móvil de su hija durante una cena normal.
—Pero si alguien se ha tomado la molestia de enviarlo así, tenemos que conservarlo bien —añadió—. Sin borrar nada. Sin reenviarlo a medio mundo. Y sin contestar todavía.
—¿Todavía? —preguntó Laura.
—No quiero decir que esperemos sin hacer nada. Quiero decir que no le demos a quien lo ha enviado una reacción antes de pensar.
Laura no discutió, aunque su expresión dejó claro que no le gustaba que su marido ya estuviera pensando en alguien al otro lado del mensaje. Ana volvió a reproducir el vídeo, esta vez atenta a los detalles. La primera parte estaba llena de movimiento: gente que pasaba muy cerca de la cámara, una bengala encendida, una mujer riéndose con una bolsa de hielo en la mano, un chico saltando por encima de una toalla y varias siluetas cruzándose delante de una hoguera. Todo tenía la textura caótica de una grabación casual, pero la cámara no se movía al azar. Avanzaba hacia Claudia. La buscaba.
—Es como si la estuvieran siguiendo —dijo.
Laura se acercó un poco más a la pantalla.
—O como si quien graba ya supiera dónde mirar.
Rafa guardó silencio. Ana agradeció que dejara aquella frase suspendida antes de que el miedo la convirtiera en una conclusión.
Antes de que Claudia apareciera, una chica de pelo oscuro cruzaba cerca de una hoguera; junto a la barandilla, un grupo hablaba demasiado alto; más al fondo, alguien con una camisa blanca levantaba un vaso hacia la cámara y desaparecía de inmediato entre otras personas. Ana detuvo la imagen sin que nadie se lo pidiera y amplió con dos dedos. La pantalla se llenó de manchas naranjas, sombras deformadas y caras que no llegaban a definirse del todo.
* * *
La imagen ampliada ocupó toda la pantalla. El humo deshacía los contornos, pero Laura se inclinó hacia el borde izquierdo y señaló una silueta que acababa de apartarse de la cámara.
—Ahí. Esa chica.
La imagen era mala, una mezcla de luz naranja, movimiento y humo, pero bastó para que Ana entendiera qué había visto Laura. El pelo oscuro, la manera de apartarse de la cámara, incluso la postura de los hombros podían recordar a Nira. Podían recordarla o podían ser de cualquier otra persona. El vídeo dejaba ver lo suficiente para inquietar y demasiado poco para estar seguros de nada.
—No sabemos si es ella —dijo Ana.
—No he dicho que lo sea.
Rafa se inclinó apenas hacia la pantalla. —Podría ser cualquiera.
—Ya lo sé —respondió Laura, sin mirarlo—. Precisamente por eso me preocupa.
Ana bajó un poco el móvil. Hasta ese momento el vídeo había permanecido dentro de la pantalla, terrible pero encerrado. En cuanto surgió la posibilidad de reconocer a Nira, aunque fuera de manera dudosa, el archivo desbordó sus límites. Ya no era Claudia sola en una grabación antigua. Era el grupo. Era aquella noche. Eran ellos caminando por la playa, perdiéndose entre la gente, contestando preguntas durante semanas y repitiendo una versión que de pronto quedaba mucho menos firme.
Durante semanas, la policía hizo preguntas y el pueblo siguió haciéndolas después, en voz baja, en panaderías, terrazas y colas de supermercado. Luego las respuestas dejaron de llegar y muchos empezaron a evitar el tema. Ana también había aprendido a hacerlo. Era más fácil atravesar una mañana normal si nadie pronunciaba el nombre de Claudia demasiado pronto.
—Tendríamos que llamar a la policía —dijo.
Rafa asintió, aunque no cogió el móvil todavía.
—Sí. Pero antes quiero que hagamos dos cosas bien. Guardar el archivo y saber si alguien más lo ha recibido.
Laura lo observó con cautela. —Eso no puede convertirse en una excusa para esperar.
—No va a ser una excusa. Si llamamos, llamamos. Pero si Ana no es la única, cambia mucho lo que tenemos que contar.
—¿Y cómo vamos a saberlo?
Rafa miró el teléfono de Ana, no con impaciencia, sino con una preocupación que intentaba no convertir en miedo delante de ella.
—Preguntando sin montar un incendio.
La explicación tenía sentido. A Ana le inquietaba que su padre pensara con tanta claridad mientras ella apenas lograba apartar la vista de la cuenta atrás, aunque al mismo tiempo agradecía esa capacidad. Rafa siempre había funcionado así en casa: convertía los problemas en pasos, las averías en piezas y los enfados en frases que permitían seguir hablando. Cuando Ana era pequeña, aquello era para ella una forma de magia doméstica. Si se rompía una persiana, su padre la abría. Si fallaba una bombilla, aparecía con una escalera. Si alguien llamaba desesperado porque no encontraba un fontanero en agosto, Rafa terminaba localizando a alguien que conocía a alguien. Aquella noche Ana empezó a dudar de que esa manera de actuar bastara.
Laura cogió el móvil de Ana con cuidado.
—Me lo voy a enviar a mí también.
—Hazlo —dijo Rafa—. Y luego no toquéis nada más.
Ana vio a su madre reenviarse el archivo, comprobar que llegaba y abrirlo en su propio móvil. Lo hizo sin dramatismo, con esa eficacia que tenía para las cosas importantes. Laura podía discutir durante diez minutos sobre una cena con los Ferrer, pero cuando algo era grave se volvía práctica de una forma silenciosa. Ana sintió un alivio extraño al verla actuar. Seguían sin tener una solución, pero al menos ya existía otra copia y el vídeo no dependía solo del teléfono que ella sostenía con manos torpes.
—Haz capturas también —dijo Laura—. De la cuenta atrás, del número, de la hora.
Ana obedeció. El gesto de pulsar los botones le pareció absurdo y necesario. Capturar una amenaza. Guardar la imagen de Claudia viva en una carpeta de su móvil. Convertir el miedo en archivos que después quizá alguien estudiaría como si pudieran explicar lo que ninguno de ellos entendía.
El teléfono de Rafa vibró sobre la mesa antes de que pudiera añadir nada. Los tres miraron hacia la pantalla. Él lo cogió, leyó el nombre y enseñó brevemente la llamada entrante.
—Es Julián.
Laura tensó la boca. —Ahora no es buen momento.
—Lo sé.
—Entonces no lo cojas.
Rafa dudó. Ana vio esa duda y le pareció más humana que cualquier explicación. Su padre miró el móvil, luego a ellas y después respondió sin moverse de la cocina.
—Julián, ahora no puedo hablar mucho.
La voz de Julián no se distinguía con claridad, pero se oía lo suficiente para saber que hablaba deprisa. Rafa entornó los ojos, concentrado en filtrar la conversación.
—Sí, mañana seguimos con eso. Escucha, ¿Mara está contigo?
Ana levantó la cabeza al escuchar el nombre. Rafa esperó mientras Laura dejaba de mirar la pantalla y prestaba atención.
—Vale. No, no pasa nada. Era por saber si estaba ya por el puerto. Luego te llamo.
Colgó sin salir al patio ni bajar la voz más de lo necesario. Aun así, la llamada dejó una pequeña incomodidad sobre la mesa, quizá porque todo lo relacionado con Julián Ferrer arrastraba compromisos, favores y conversaciones que nunca eran del todo simples.
—¿Por qué preguntas por Mara? —dijo Ana.
—Porque estaba allí aquella noche. Porque Julián está con lo de las fiestas y puede haber visto a los chicos por el puerto. Porque si esto empieza a moverse, él se enterará pronto. No tiene que significar nada más.
Laura no quedó convencida, pero no insistió. —¿Y qué ha dicho?
—Que no está con él. Que cree que ha bajado al paseo.
Ana miró su propio móvil. Hacía semanas que no hablaba con Mara a solas. El grupo seguía existiendo de una forma extraña desde la desaparición de Claudia: mensajes sueltos, planes que nunca acababan de cerrarse, felicitaciones de cumpleaños, comentarios en redes y encuentros casuales que todos resolvían con frases amables. Nadie había roto nada oficialmente. Simplemente habían aprendido a verse menos.
Laura le devolvió el teléfono. —Necesito que me cuentes otra vez dónde estabas aquella noche.
La pregunta le quitó el aire.
—Ya lo conté mil veces.
—Cuéntamelo una más.
En la voz de su madre no había acusación ni dulzura. Solo miedo. Eso fue lo que más le dolió. Laura no la interrogaba porque desconfiara de ella, sino porque la aparición del vídeo había vuelto inseguros todos los recuerdos. En una casa donde las versiones familiares siempre habían sido estables, de pronto ya no bastaba con haber contado algo una vez.
Ana apoyó las manos en el borde de la encimera.
—Estuve en la playa con Nira, Sara, Mara, Nil y Marcos. Claudia apareció un rato, luego se fue. Había muchísima gente. Después nos movimos hacia el paseo, creo. No lo sé exactamente. Fue hace un año.
—¿Discutiste con ella?
—No.
—¿Seguro?
Ana expulsó el aire con más fuerza de la necesaria.
—Mamá.
Laura no retrocedió, pero su expresión cambió. En ese momento pareció menos una madre interrogando a su hija que una mujer intentando no equivocarse en el peor momento posible.
—No te estoy acusando, cariño. Estoy intentando saber cuánto de esto puede ser verdad y cuánto puede estar pensado para asustarte.
—Pues me está asustando.
La frase salió más baja de lo que Ana esperaba. Laura se acercó y la abrazó sin pedir permiso. Durante unos segundos, Ana se quedó rígida, atrapada todavía en la voz de Claudia, en la pantalla negra y en los números que seguían bajando aunque nadie los mirara. Después dejó que su madre la sujetara. Olía a tomate, a jabón de manos y al calor de la cocina. Ese olor, tan de casa, casi la rompió más que el vídeo.
Rafa se quedó quieto, sin intentar entrar en el abrazo. Ana lo vio por encima del hombro de su madre, con una mano apoyada en la silla y los ojos puestos en la mesa, no en el móvil. Les estaba concediendo unos segundos. Esa contención le dolió de otra manera, porque le recordó al Rafa de siempre, al que sabía cuándo hacer una broma y cuándo callarse, no al hombre que el miedo empezaba a convertir en alguien demasiado atento a todo.
Laura la soltó despacio. —A ver. Respira.
—Estoy respirando.
—Mal, pero estás —dijo Laura. Ana habría sonreído en otra situación, pero no pudo.
Rafa señaló el vaso de agua. —Bebe un poco.
Ella obedeció. El agua estaba templada, pero le sirvió para hacer algo con las manos.
—¿Recuerdas cuándo viste a Claudia por última vez? —preguntó Laura.
Ana dejó caer los párpados. La imagen de San Juan le llegó en fragmentos desordenados: el fuego iluminando caras, Nira riéndose demasiado fuerte, Sara mirando el móvil cada pocos minutos, Mara hablando con alguien cerca de la barandilla, Nil un poco apartado, Marcos haciendo comentarios para que nadie le preguntara por qué estaba raro. Y Claudia. Claudia apareciendo con la presencia de siempre, con la seguridad de quien sabía que la mirarían aunque fingieran no hacerlo.
—Estaba cerca de la hoguera grande —dijo Ana—. Habló con nosotros un rato. No mucho.
—¿De qué?
—No lo sé. De nada. De la música, de la gente, de que el vestido se le llenaría de olor a humo. Dijo algo de subir una historia antes de que los fuegos empezaran.
—¿Parecía preocupada?
Ana abrió los ojos. —No.
La respuesta le salió antes de poder pensarla y lo supo. No porque fuera mentira, sino porque Claudia casi nunca mostraba preocupación. Si la sentía, la transformaba en otra cosa: impaciencia, burla, esa manera suya de mirar por encima del hombro sin necesidad de levantar la barbilla.
—Parecía Claudia —añadió.
Laura entendió lo que quería decir, o al menos no pidió una traducción.
—¿Y después se fue?
—Sí. Creo que dijo que volvía ahora.
—¿Y volvió?
Ana miró el móvil. La pantalla se había apagado y en el cristal negro vio el reflejo de su cara, más pálida de lo habitual.
—No me acuerdo.
—Ana.
—No me acuerdo, mamá. De verdad. Esa noche todo el mundo iba y venía. Nadie estaba pendiente de nadie todo el rato.
Rafa intervino con suavidad. —Eso es importante. No intentes llenar huecos porque parezca que deberías recordarlo todo.
CAPÍTULO 3
Los huecos
La palabra huecos se le quedó clavada. Hasta esa noche, Ana había aceptado sus recuerdos de San Juan como se aceptan los de cualquier fiesta: desordenados, incompletos, mezclados con música y gente. Ahora cada cosa que no recordaba le molestaba.
El móvil volvió a vibrar y Ana se tensó tanto que el vaso chocó contra la encimera. Esta vez, sin embargo, la pantalla no mostraba el número desconocido, sino el nombre de Mara.
Los tres miraron la pantalla buscando en el nombre una explicación.
—Cógelo —dijo Laura.
Ana deslizó el dedo. —¿Mara?
—Ana. Justo iba a escribirte.
La voz sonaba extrañamente serena. Era una serenidad trabajada, la de alguien que llevaba varios minutos intentando controlar el miedo para que no se notara. Ana conocía demasiado bien a Mara para no reconocer ese esfuerzo. Cuando estaba nerviosa, no temblaba ni lloraba. Se colocaba mejor la voz.
—¿Por qué? —preguntó.
Al otro lado se mezclaban la música de una terraza, el ruido de vasos y el murmullo del paseo. Mara tardó unos segundos en contestar, y durante ese tiempo Ana tuvo la sensación de que la noche volvía a abrirse bajo sus pies.
—Porque acabo de recibir un vídeo. Sale Claudia. Hay una cuenta atrás… y un mensaje.
Laura levantó la cabeza al escuchar el nombre de Claudia. Rafa permaneció quieto, atento a cada palabra.
—Es el mismo vídeo —dijo Ana.
—Entonces también lo has visto.
—Sí.
—Pensaba que era la única.
—Yo también.
Saber que Mara había recibido el mismo vídeo no la tranquilizó, pero cambió la pregunta. Ya no era por qué la habían elegido a ella. Era cuántos más lo habían recibido y por qué.
—¿Quién más lo tiene? —preguntó.
—Nil.
La respuesta llegó de inmediato, como si Mara llevara varios minutos esperando esa pregunta.
—Me escribió nada más recibirlo —añadió—. Pensó que era una broma de muy mal gusto, pero luego vio el vídeo entero y dejó de responder durante un rato. Hace un momento me ha dicho que venía hacia aquí.
—¿Hacia dónde?
—Al puerto. Estoy en la terraza de la heladería con Sara.
Ana buscó la mirada de su madre. El grupo empezaba a reunirse sin que nadie lo hubiera organizado, empujados por la misma necesidad de dejar de estar solos en cuanto apareció el vídeo.
Antes de que Claudia desapareciera, reunirse no había requerido una emergencia. Mara enviaba una hora y un lugar, Sara protestaba por el sitio, Marcos aseguraba que llegaría tarde y aparecía el primero, Nil preguntaba si podía llevar el ordenador y Nira contestaba con una fotografía en lugar de una frase. Ana solía leer el mensaje mientras se cambiaba después de entrenar y daba por hecho que, al bajar al paseo, los encontraría ocupando la misma mesa de siempre. Después de San Juan, el grupo no se rompió de una vez. Se fue vaciando. Nira dejó de responder durante días; Sara convirtió cada intento de hablar en una broma agresiva; Marcos empezó a faltar sin explicar por qué; Nil se limitó a enviar enlaces que nadie abría, y Mara siguió proponiendo planes con una insistencia que terminó pareciendo una forma de vigilancia. Ana también había colaborado en aquella distancia: contestaba tarde, aceptaba encuentros que luego cancelaba y llamaba cansancio a lo que en realidad era miedo a quedarse a solas con los recuerdos de los demás.
La desaparición no los había unido, como repetía la gente al hablar de tragedias ajenas. Los había obligado a repartirse papeles para seguir viéndose: Mara organizaba, Sara atacaba antes de que la atacaran, Nil observaba, Marcos se escondía detrás de una frase seca y Nira aparecía solo cuando podía marcharse sin despedirse. Ana todavía no sabía qué papel había elegido ella. Quizá el de la que fingía que recordar poco era lo mismo que no tener nada que contar.
Mara también sabía desaparecer cuando necesitaba que nadie decidiera por ella. Una tarde, después de discutir con Julián, pasó horas sentada en el extremo del banco de Vicente y le pidió a Ana que no dijera dónde estaba. Claudia las encontró al anochecer. No hizo preguntas ni intentó llevarla a casa; se sentó entre las dos hasta que Mara quiso levantarse.
—¿Habéis hablado con Marcos?
—Le hemos llamado varias veces.
—¿Y?
—No contesta.
La respuesta quedó suspendida entre las dos. No contestar no significaba nada. Cualquiera podía estar conduciendo, duchándose o simplemente tener el móvil en silencio. Sin embargo, Ana pensó en Claudia. Pensó en aquella noche. Pensó en todas las llamadas que tampoco obtuvieron respuesta hasta que la preocupación se convirtió en certeza.
Apartó esa idea antes de que creciera.
—Voy para allí.
Rafa rechazó la idea antes incluso de que terminara la frase.
—No vas sola.
Ana cubrió el micrófono con la mano.
—Papá, necesito hablar con ellos.
—Y vas a hacerlo. Pero no sola.
La conversación empezaba a tensarse. Laura observó a los dos durante unos segundos y comprendió que ninguno estaba dispuesto a ceder si lo planteaban como una prohibición.
—Déjame hablar con Mara.
Ana le pasó el teléfono.
—Mara, soy Laura. ¿Estáis solas?
—No. Ahora mismo acaba de llegar Nil.
Laura respiró despacio. —¿Cómo está?
La respuesta tardó en llegar.
—No bien.
—¿Qué significa “no bien”?
—Que lleva varios minutos mirando el móvil como si esperara que el vídeo cambiara cada vez que lo reproduce. No habla. Apenas nos ha saludado.
Laura miró a Rafa. —Han llegado más.
Él se acercó. —Pon el altavoz, por favor.
Laura activó el altavoz y dejó el móvil sobre la encimera. La voz de Mara llenó la cocina con un ruido de fondo de copas, motos y gente hablando demasiado cerca.
—¿Rafa?
—Sí. Mara, escuchadme. Quedaos donde estáis, no os separéis y no enseñéis el vídeo a nadie más hasta que lleguemos, ¿vale?
Hubo un pequeño silencio.
—¿Vais a venir?
—Sí.
Ana giró la cabeza sorprendida. Un minuto antes su padre no quería que saliera de casa. Ahora era él quien hablaba de reunirse con los demás.
—De acuerdo —respondió Mara—. Os esperamos.
—Y si Marcos contesta, nos llamáis al momento —añadió Laura.
—Sí.
La llamada terminó y nadie habló al principio. El silencio ocupó la cocina entera. Rafa cogió la silla donde había dejado antes la caja de herramientas y la apartó para poder pasar, un gesto doméstico y absurdo que a Ana le resultó dolorosamente normal.
Laura fue la primera en romper el silencio.
—Hace un momento decías que Ana no salía.
—Decía que no saliera sola.
—No es exactamente lo mismo.
Rafa aceptó la corrección con un gesto.
—No. No lo es. Pero si todos empiezan a llamarse, a reenviar el vídeo y a completar recuerdos entre ellos, dentro de media hora nadie sabrá distinguir lo que vio de lo que le han contado. Mejor escucharlos juntos, tranquilos, y después llamar con toda la información.
Aquella explicación volvía a ser razonable. Esta vez no sonó como una orden, sino como el intento de un padre de evitar que una noche terrible se desparramara más de lo necesario.
—Llamaremos —dijo Laura.
—Sí.
—No “luego ya veremos”. Llamaremos.
—Laura.
—Dímelo.
Rafa la miró. En otra situación quizá habría hecho un comentario para rebajar la tensión, algo sobre su manera de convertir una conversación en un contrato. No lo hizo.
—Llamaremos.
Laura sostuvo su mirada un segundo más y luego fue al recibidor a buscar el bolso. Rafa se quedó en la cocina con Ana. Ninguno de los dos dijo nada al principio. El vídeo seguía en el móvil de Laura, el de Ana permanecía sobre la encimera y la cuenta atrás continuaba avanzando en algún lugar aunque nadie la tuviera abierta.
—Escúchame —dijo Rafa al fin.
Ana levantó la vista.
—Pase lo que pase esta noche, responde solo a lo que recuerdes de verdad. Si hay algo de lo que no estás segura, dilo. No completes recuerdos porque alguien más esté convencido de haber visto algo.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque cuando uno está asustado intenta rellenar huecos. Y los huecos también importan.
Ana asintió, aunque la facilidad con que su padre hablaba de recuerdos contaminados le produjo una inquietud difícil de colocar. Rafa había pasado el último año repitiendo que no debían torturarse con lo que no podían reconstruir, una frase razonable que a veces sonaba a consuelo y otras a puerta cerrada. Quiso preguntarle qué huecos conservaba él, por qué el nombre de la masía cambiaba el gesto de Laura o cuántas veces había vuelto sobre su propia declaración. No lo hizo. La voz de Mara seguía saliendo del teléfono, Nil estaba esperando en el puerto y Marcos no contestaba. Aquel no era el momento de abrir todas las habitaciones a la vez, pero Ana comprendió que ya no podría fingir que en su casa solo existían las suyas.
Laura regresó con el bolso colgado al hombro y las llaves del coche en la mano.
—Conduzco yo.
Rafa la miró. —¿Por qué?
—Porque tú vas a ir pendiente del móvil todo el camino.
—Puedo hacer las dos cosas.
—Seguro. Pero esta noche no necesito que demuestres nada.
Estuvo a punto de discutir, más por costumbre que por orgullo, pero terminó aceptándolo con un gesto cansado.
—Como quieras.
Ana cogió su móvil, pero antes de guardarlo volvió a abrir el vídeo. No lo reprodujo. Se quedó mirando la miniatura, aquella mancha de fuego donde Claudia estaba a punto de girarse. Había algo insoportable en verla detenida justo antes de hablar, atrapada para siempre en el segundo anterior a una frase que nadie había entendido a tiempo.
—Vámonos.
Salieron a la calle y el calor les cayó encima aunque la noche ya hubiera avanzado. Las terrazas estaban llenas, los niños corrían detrás de un balón y desde la plaza llegaba la música de una orquesta que probaba el sonido para las fiestas. El pueblo era exactamente el mismo que una hora antes, pero Ana ya no podía mirarlo igual.
Mientras Laura cerraba la puerta de casa, el móvil vibró otra vez dentro del bolsillo de Ana. Lo sacó casi por reflejo.
El mismo número. No había vídeo. Solo una frase.
No lleguéis tarde. Esta vez todos vais a recordar lo que ocurrió.
* * *
Ana leyó el mensaje dos veces antes de enseñárselo a sus padres. La primera no entendió nada más allá de las palabras sueltas, como si el móvil hubiera dejado de ser un objeto normal y se hubiera convertido en algo que no sabía cómo sostener. La segunda vez, la frase entró entera y le produjo una sensación distinta al miedo. La amenaza tenía además algo de orden.
Laura acababa de cerrar la puerta de casa y se quedó quieta en la acera, con las llaves todavía en la mano. Rafa, que ya había dado un paso hacia el coche, se volvió al notar que ninguna de las dos lo seguía. Las luces de la cocina habían quedado encendidas detrás de la ventana, y desde fuera se veía la mesa a medio recoger, los platos sin retirar y la silla donde él había dejado antes la caja de herramientas. Aquella imagen doméstica, tan cercana, hizo que Ana sintiera una especie de vértigo. Hacía unos minutos estaban cenando. Ahora la casa se había convertido en un lugar abandonado sin saber cuándo volverían a encontrarlo igual.
—¿Qué pasa? —preguntó Rafa.
Ana le tendió el móvil sin soltarlo del todo. Su padre se acercó lo justo para leer la pantalla. No intentó quitárselo ni pidió verlo mejor. A Ana le molestó sentir alivio por un gesto tan pequeño después de haber desconfiado de él unos minutos antes.
Laura leyó el mensaje por encima del hombro de Ana y repitió la última frase en voz baja, como si necesitara comprobar que no la había interpretado mal.
—Esto ya no parece una broma —dijo.
—No —respondió Rafa—. No lo parece.
No añadió nada más. Después miró la calle, las ventanas abiertas, el grupo de niños que seguía jugando con una pelota cerca de la esquina y la pareja que discutía junto a un coche aparcado en doble fila. A unos metros, una vecina regaba las macetas del balcón con tanta calma que parte del agua caía sobre la acera sin que pareciera importarle. Todo resultaba demasiado normal para que aquello estuviera ocurriendo. El pueblo seguía respirando como cualquier noche de verano, con televisores encendidos, persianas a medio bajar y conversaciones que cruzaban de balcón a balcón sin pedir permiso.
—Al coche —decidió Laura.
Nadie discutió. Ana se sentó detrás, no porque sus padres se lo indicaran, sino porque necesitaba un espacio donde poder mirar el móvil sin sentir la respiración de los dos encima. Laura arrancó y bajó la ventanilla antes de incorporarse a la calle. El aire caliente entró de golpe, cargado de olor a asfalto, comida y flores secas. Rafa se abrochó el cinturón y giró apenas la cabeza hacia atrás.
—No respondas.
—No iba a hacerlo.
—Y no lo reenvíes todavía. Haz captura, pero esperemos a saber si todos han recibido lo mismo.
Ana hizo la captura con las manos algo torpes. La guardó, comprobó dos veces que hubiera quedado en la galería y dejó el teléfono boca abajo sobre su regazo, intentando impedir con aquel gesto inútil que volviera a vibrar. Por la ventanilla veía pasar las mismas calles que había recorrido al volver del entrenamiento, aunque ahora todas contenían una amenaza distinta.
Laura conducía más despacio de lo habitual. No había tráfico, pero trataba cada cruce con una atención excesiva. Rafa no volvió a hablar durante los primeros minutos. Miraba hacia delante, con una mano apoyada sobre la rodilla y la otra cerrada alrededor del móvil.
—¿Tú estabas en casa cuando pasó lo de Claudia? —preguntó Ana de pronto.
Laura redujo un poco la velocidad antes de girar hacia la avenida del puerto. La pregunta había salido casi sin permiso, empujada por el mensaje, por el vídeo y por todos los huecos que de pronto habían empezado a pesar dentro de su memoria.
Rafa tardó en contestar.
—¿La noche de San Juan?
—Sí.
—Fui y vine varias veces. Ya lo sabes.
Ana lo sabía. O creía saberlo. Su padre había estado ayudando con la organización de la verbena, como casi todos los años, pendiente de los cortes de tráfico, de los enchufes que fallaban, de las quejas de los vecinos y de cualquier problema que acabara llegando a sus manos aunque nadie lo hubiera nombrado responsable oficialmente. En aquella época, Rafa Navarro aparecía siempre donde hacía falta alguien que resolviera algo. La noche en que desapareció Claudia no había sido una excepción.
—¿Por qué lo preguntas ahora? —dijo Laura.
Ana miró el móvil apagado sobre sus piernas.
—Por nada. Por lo del mensaje.
—Media localidad estaba en la playa esa noche —dijo Rafa—. Eso es lo que quiere aprovechar quien haya enviado esto.
—Pero el mensaje no se lo han enviado a media localidad.
Ninguno contestó. Laura tomó la curva hacia el paseo y el puerto apareció al fondo, lleno de luces, terrazas y gente que alargaba la cena sin pensar en el madrugón del día siguiente. A esa hora el pueblo tenía una alegría cansada, de verano recién empezado, con niños que corrían entre las mesas, camareros esquivando sillas y grupos de adolescentes ocupando bancos convencidos de que el mundo había sido colocado para ellos. Las luces de las heladerías se reflejaban en el suelo, todavía caliente, y el olor del mar llegaba mezclado con fritura, crema solar y el humo de alguna cocina que trabajaba sin descanso.
Ana vio a una pareja hacerse una foto junto a la barandilla y apartó la vista. Desde la desaparición de Claudia, cualquier teléfono levantado en una noche de fiesta podía guardar algo que nadie entendería hasta mucho después.
La heladería estaba casi al final del paseo, junto a una esquina desde la que se veía el espigón y una parte de la playa. Ana la localizó antes de que el coche se detuviera. Mara estaba sentada en una mesa exterior, de espaldas a la pared, con el bolso sobre las rodillas y el móvil sujeto entre las dos manos. Sara ocupaba la silla de al lado, inclinada hacia ella, aunque se apartó en cuanto vio llegar el coche. Nil permanecía junto a la barandilla, algo separado de las dos, mirando el puerto sin verlo. La camiseta arrugada y el pelo revuelto indicaban que había salido de casa demasiado deprisa o que llevaba horas pasándose las manos por la cabeza.
Laura aparcó en una zona de carga y descarga sin pedir permiso a nadie.
—No tardes en quitarlo de ahí —dijo Rafa, más por costumbre que por verdadera preocupación.
—Si alguien quiere multarme esta noche, que se ponga a la cola.
Ana bajó del coche antes de que la conversación continuara. La música de una terraza cercana le golpeó de pronto con una alegría que le pareció fuera de lugar. Alguien reía en la mesa de al lado, una camarera preguntaba sabores a una familia con tres niños y un hombre discutía con su mujer porque había pedido horchata cuando ella le había dicho que la horchata de allí era demasiado dulce. Aquella normalidad alrededor del miedo resultaba casi obscena.
Mara se levantó en cuanto la vio. Fue un movimiento pequeño, casi automático, pero bastó para que Ana advirtiera que estaba más alterada de lo que aparentaba. Mara siempre entraba en cualquier sitio sabiendo dónde sentarse, a quién saludar primero y cuánto espacio podía ocupar sin pedir permiso. Aquella noche, sin embargo, llevaba varios minutos buscando una postura que no la delatara.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ana no supo qué contestar. La pregunta sonó absurda y necesaria al mismo tiempo.
—No lo sé.
Sara se acercó también. Llevaba el pelo suelto, una camiseta negra y los labios pintados con un color que quizá se había puesto antes de que todo ocurriera. Tenía la pantalla del móvil encendida, pero la apagó en cuanto Ana miró hacia ella. A Sara nunca le había gustado que la pillaran desprevenida. Si estaba triste, se volvía irónica. Si tenía miedo, se enfadaba con quien estuviera más cerca. Si quería ocultar algo, hablaba un poco más de la cuenta.
—Esto es una locura —dijo—. Una locura de las malas, no de las que luego se cuentan riendo.
Mara le lanzó una mirada. —Gracias por la precisión.
—Alguien tenía que decir algo normal.
—Eso no era normal.
—Pues imagina cómo está el nivel.
Nil no se acercó hasta que Rafa y Laura llegaron a la mesa. Entonces guardó el móvil en el bolsillo con un gesto brusco, molesto por haber sido sorprendido mirándolo otra vez. Ana hacía tiempo que no lo veía tan de cerca. Nil siempre había sido delgado, pero aquella noche tenía la cara más hundida, los ojos demasiado abiertos y un cansancio que no podía pertenecer a un solo día. Cuando eran más pequeños, podía pasarse horas hablando de ordenadores, videojuegos o cualquier cosa que los demás no entendieran del todo, y Claudia solía burlarse de él con esa mezcla de crueldad y encanto que hacía difícil saber si jugaba o hacía daño. Ana pensó en eso y se arrepintió de inmediato. Se dijo que no era el momento y apartó el recuerdo antes de decidir si se estaba engañando.
—¿Lo habéis recibido todos? —quiso saber Laura.
Sara señaló la mesa. —Mara, Nil y Ana seguro. Yo no.
—¿Nada? —insistió Ana.
—Nada. Y no sé si sentirme aliviada u ofendida.
—Sara —murmuró Mara.
—¿Qué? Es verdad. Si alguien está haciendo una lista de gente a la que quiere destrozarle la noche, una espera saber si está incluida.
Nil se acercó por fin y dejó su móvil sobre la mesa.
—El mío es igual.
La voz le salió baja, casi sin cuerpo. Ana se sentó y Mara ocupó de nuevo su silla. Laura permaneció de pie, con una mano apoyada en el respaldo de la silla de su hija. Rafa miró alrededor antes de sentarse también. No quería mandar sobre ellos, pero sí evitar que la conversación llegara a las mesas cercanas. Había demasiada gente, demasiados oídos posibles y demasiados móviles a la vista.
—Mejor no lo reproduzcáis en alto —dijo—. Aquí hay demasiada gente.
—Ya lo hemos visto diez veces —respondió Sara—. En silencio, con sonido, pausado y con Nil mirando cosas raras del archivo.
Nil la miró sin molestarse en contestar. Estaba demasiado cansado para defenderse.
—¿Has podido ver algo? —preguntó Ana.
—Poco. El vídeo viene comprimido. No se puede sacar gran cosa así.
—Qué tranquilizador —dijo Sara.
—No he dicho que lo fuera.
Mara intervino antes de que la discusión creciera.
—Nil ha sido el primero en decir que no borráramos nada y que guardáramos capturas.
—Ha hecho bien —valoró Rafa.
Nil bajó la mirada, incómodo con aquel reconocimiento. Ana recordó que su madre, Susana, siempre hablaba por él cuando eran pequeños: en el colegio, en los cumpleaños, en las reuniones del instituto. Nil había aprendido a pasar desapercibido incluso cuando sabía más que los demás. Esa noche, sin embargo, todos necesitaban justamente lo que él podía entender mejor, y odiaba que eso lo obligara a estar en el centro.
—Marcos no contesta —avisó Mara.
La frase inmovilizó la mesa.
—¿Cuántas veces lo habéis llamado? —preguntó Laura.
—Cinco o seis entre las dos —respondió Sara—. Nil también le ha escrito.
—No ha leído nada —añadió él.
Ana sacó su móvil y abrió la conversación con Marcos. El último mensaje entre ambos era de hacía casi dos semanas, una tontería sobre una foto que alguien había subido del antiguo grupo. Marcos había contestado con un emoticono y después el silencio de siempre. Desde lo de Claudia, todos se habían acostumbrado a hablarse como si caminaran sobre una superficie agrietada. Cualquier frase podía abrir algo que ninguno quería mirar. Ana escribió.
¿Dónde estás? Llámame en cuanto puedas.
El mensaje quedó enviado, pero no leído.
—Puede estar ocupado —aventuró Laura, aunque ni siquiera ella pareció creérselo del todo.
Sara soltó una risa áspera. —Marcos no está ocupado a estas horas. Marcos desaparece cuando no quiere contestar, que no es lo mismo.
—O cuando no puede —añadió Mara.
Esta vez nadie respondió. Marcos vivía en una casa donde las cosas se decían a medias incluso fuera de ella. Su madre se había casado con un hombre que casi todos conocían por moverse siempre cerca de hombres del pueblo que resolvían asuntos sin aparecer demasiado. Nadie explicaba nunca exactamente qué hacía. Ayudaba. Acompañaba. Solucionaba. Eran palabras suficientemente cómodas para no tener que hacer más preguntas. Marcos rara vez hablaba de su casa, y cuando lo hacía convertía cualquier frase en una broma antes de que alguien pudiera compadecerlo.
Rafa no dijo nada sobre el padrastro de Marcos. Ana lo notó porque, en otra circunstancia, quizá habría intentado rebajar la tensión con una frase práctica. Aquella noche se limitó a mirar el teléfono de Mara, después el de Nil y por último el de Ana.
—¿Quién más podría haberlo recibido? —planteó Laura.
Mara miró su móvil. —Nira no me ha dicho nada.
—¿Le has escrito? —preguntó Ana, inclinándose hacia ella.
—Sí. No ha contestado todavía.
Sara apoyó los codos sobre la mesa.
—Igual esto va por tandas. Primero los que alguien quiere asustar, luego los que alguien quiere ver correr.
—No ayuda —dijo Mara.
—No pretendía ayudar.
—Pues se te da muy bien.
La tensión entre ellas tenía algo conocido; no había nacido esa noche. Ana la había visto otras veces, envuelta en bromas, comentarios a medias o silencios de grupo. Sara y Mara podían quererse, defenderse y hacerse daño en la misma conversación. Antes formaba parte de su manera de funcionar. Ahora cada roce abría una grieta.
Nil habló sin mirar a nadie y consiguió que todos se volvieran hacia él.
—Claudia aparece distinta en el vídeo.
CAPÍTULO 4
La carretera vieja
La observación de Nil dejó la mesa inmóvil. Ana fue la primera en pedirle que concretara:
—¿Distinta cómo?
—No sé. No parece una Claudia de fiesta. Parece que está intentando que alguien la escuche.
Sara lo miró con una dureza acumulada desde mucho antes.
—Tú siempre creías que Claudia quería que alguien la escuchara.
Nil encajó la frase sin responder. Cerró los dedos alrededor del móvil bajo la mesa y, por un instante, volvió a parecer el chico de dieciséis años que esperaba a Claudia a la salida del instituto con cualquier excusa para caminar a su lado tres calles más. Ella lo llamaba cuando necesitaba arreglar algo del teléfono, borrar una fotografía de una cuenta antigua o comprobar si alguien había entrado en su perfil. Nil acudía siempre, y el grupo había convertido aquella lealtad en una verdad conocida que nadie se atrevía a nombrar.
—Sara —advirtió Laura.
—No he dicho nada.
—Has dicho bastante.
Sara apartó la mirada. Su móvil se iluminó sobre la mesa y ella lo puso boca abajo casi al instante. Ana solo alcanzó a ver un número sin guardar antes de que desapareciera. Sara advirtió que lo había visto y su expresión cambió.
—No tiene nada que ver.
—Nadie ha dicho nada —respondió Ana.
—Pero lo has mirado.
—Se ha encendido.
—Ya.
Mara exhaló por la nariz, más por paciencia que por cansancio.
—No empecemos.
—No estoy empezando nada.
—Sara.
—Voy al baño.
Laura se volvió hacia ella. —No te vayas sola.
Sara la miró, incómoda porque la frase acababa de cruzar un límite.
—Está dentro de la heladería.
—Lo sé. Aun así.
—¿También vas a mirar debajo de la puerta?
—Sara —dijo Mara.
Sara dudó entre discutir y hacer caso. Finalmente cogió el bolso con un gesto brusco.
—Pues que venga alguien, ya que esta noche somos todos sospechosos o escoltas.
Mara se levantó también. —Voy contigo.
Las dos entraron en la heladería dejando atrás una estela de incomodidad. Ana se quedó mirando la puerta de cristal, detrás de la cual varios clientes elegían sabores con una normalidad que dolía. Un niño señalaba una cubeta de chocolate mientras su padre intentaba convencerlo de pedir un tamaño más pequeño. La vida continuaba alrededor de ellos con una indiferencia casi cruel.
Rafa aprovechó la ausencia de las dos para dirigirse a Nil, aunque lo hizo con cuidado.
—¿Tú recibiste algo distinto?
—No. El mismo vídeo. La misma frase.
Nil sacó el móvil, lo desbloqueó y lo puso sobre la mesa. Ana se inclinó. La pantalla mostraba la misma cuenta atrás, aunque el tiempo había seguido avanzando.
9 días. 23 horas. 42 minutos.
Bajo las cifras aparecía la misma frase que había recibido Ana, sin una sola variación:
Tú también estuviste allí.
—¿Te llegó antes o después que a Ana? —preguntó Laura.
—Después. Creo.
—¿Y escribiste a Mara?
Nil asintió. —Pensé que sabría qué hacer.
La frase resumía años de grupo sin decidirse entre el elogio y la crítica. Mara organizaba planes, hablaba con padres, conseguía entradas, convencía a quien hiciera falta y sabía moverse en cualquier conversación como si hubiera nacido con un mapa invisible del poder pequeño de aquel pueblo. Ana lo había admirado alguna vez. Otras, le había cansado.
Laura se sentó por fin en la silla que Sara había dejado libre.
—Nil, necesito preguntarte algo y quiero que entiendas que no es una acusación.
Él asintió, aunque todo su cuerpo pareció prepararse para recibirla.
—¿Claudia te contó algo antes de desaparecer?
Nil dejó de mirar el móvil.
—No —respondió con excesiva rapidez.
Laura no insistió de inmediato. Esperó, y esa espera consiguió más que una segunda pregunta.
—Me pidió ayuda con una cosa del móvil —añadió él.
Ana advirtió un cambio dentro de la conversación.
—¿Qué cosa?
—No lo sé bien. Un perfil. Un mensaje. Claudia no explicaba las cosas enteras cuando quería ayuda. Te mandaba una captura y esperaba que entendieras lo que necesitaba antes de preguntarle demasiado.
La frase salió con una amargura que dejó a Ana sin respuesta. Nil pareció arrepentirse al instante, no de haberlo dicho, sino de haber permitido que los demás vieran cuánto seguía doliéndole.
—Perdón —murmuró.
—No tienes que pedir perdón por decir la verdad —respondió Laura.
Rafa no presionó. Solo preguntó: —¿Guardas algo de eso?
Nil dudó. —Puede.
—Pues no lo mires aquí. No ahora. Si hay algo, lo veremos con calma y luego se lo daremos a la policía.
Nil asintió, aunque siguió inquieto. Ana agradeció que su padre no insistiera. La forma en que se encogía cuando alguien le pedía una explicación hacía pensar en demasiadas veces respondiendo por obligación: con Claudia, con su madre, con quien fuera. Esa noche, cada pregunta rozaba una zona que llevaba tiempo cerrada.
Mara y Sara regresaron antes de que nadie dijera nada más. Sara tenía la cara tensa y el móvil en la mano. Mara venía detrás con la expresión de quien había negociado una crisis en silencio sin salir del todo victoriosa.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ana.
—Nada —dijo Sara.
—Ha llamado el mismo número —corrigió Mara.
Sara se volvió hacia ella. —Gracias.
—No voy a mentir por una llamada delante de todos.
Laura miró a Sara con atención, pero no preguntó. Ana se lo agradeció. Sara escondía algo, eso era evidente, pero aquella mesa ya tenía suficiente encima.
Sara se sentó, dejó el móvil boca abajo y cogió una servilleta que empezó a doblar en cuadrados pequeños.
El gesto le recordó a Ana otra cosa que Sara había mencionado una sola vez durante las primeras declaraciones: un papel doblado que Claudia le entregó la noche de San Juan y que terminó deshecho en la lavadora. Sara aseguró entonces que no había alcanzado a leerlo entero, solo dos palabras en mayúsculas que no supo relacionar con nada. Después dejó de hablar del asunto, como si la ausencia del papel hubiera convertido también el recuerdo en algo inútil.
—No tiene nada que ver con Claudia.
—Nadie ha dicho que lo tenga —respondió Mara.
—Pero lo pensáis.
—Ahora mismo pienso demasiadas cosas como para elegir solo una.
Sara dejó de doblar la servilleta. Pareció a punto de contestar algo cruel, pero se contuvo. Ana vio ese esfuerzo y comprendió que, debajo de la rabia, Sara también estaba asustada. Quizá más de lo que quería permitir que nadie notara.
El móvil de Mara vibró sobre la mesa. Todos miraron.
Ella desbloqueó la pantalla y leyó. Su rostro no cambió mucho, pero Ana vio cómo sus dedos se cerraban alrededor del teléfono.
—Es Marcos.
—¿Qué dice? —preguntó Nil mientras se acercaba.
Mara tardó un segundo en responder. —Nada. Ha mandado ubicación.
Giró el móvil para que todos pudieran verla. El punto azul aparecía fuera del casco urbano, en una zona de caminos entre la carretera vieja y los campos que subían hacia el interior. El ruido del puerto se apagó para Ana.
—¿Eso dónde es? —preguntó Sara, señalando la pantalla.
Rafa se inclinó hacia la pantalla. No necesitó tocar el móvil.
—La carretera vieja.
Laura miró la ubicación. —¿Está muy lejos?
—No demasiado —respondió Rafa—. Pero no es sitio para ir solo de noche.
Mara amplió la ubicación con dos dedos.
—No se mueve.
Nil cogió su móvil y escribió deprisa.
—Le estoy llamando.
Todos escucharon el tono a través del altavoz. Uno, dos, tres, cuatro avisos. Después, la llamada se cortó.
—Ha colgado —dijo Nil.
Sara se puso de pie. —Pues vamos.
Rafa también se levantó, pero no para impedirlo.
—Vamos juntos. Y llamo a la Policía Local por el camino.
Sara lo miró, preparada para discutir, pero se quedó sin una réplica clara. Por una vez, nadie estaba exagerando, y Sara pareció comprenderlo también.
Laura cogió las llaves del coche. —Ana viene conmigo.
—Yo llevo a Sara y Nil —dijo Mara.
—No —contestó Sara—. Yo voy contigo porque conduces mejor cuando estás nerviosa. Nil puede venir detrás y fingir que no está mirando mapas.
Nil ni siquiera respondió. Seguía observando la ubicación de Marcos, como si pudiera obligarla a moverse con solo mirarla. El móvil de Ana vibró entonces.
No era Marcos. No era Mara. Era el número desconocido.
Por un instante, a todos les costó respirar. Ana desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje en voz alta porque le pareció imposible guardarlo solo para ella.
Uno ya ha empezado a recordar.
Bajo la frase se abría una fotografía borrosa, tomada de noche, quizá desde el interior de un coche. Mostraba un tramo de camino de tierra iluminado por unos faros y, al fondo, una silueta caminando sola junto al arcén. La imagen era mala, pero Ana reconoció la sudadera oscura, la forma de los hombros y esa manera de andar un poco inclinada que Marcos tenía cuando quería parecer más tranquilo de lo que estaba.
Sara se llevó una mano al pelo.
—Es él.
Mara ya estaba de pie.
—Tenemos que ir.
Laura cogió las llaves con más fuerza.
—Vamos.
Rafa sacó su móvil mientras caminaban hacia los coches.
—Llamo desde el camino.
A su alrededor, la heladería continuaba llena, el camarero servía copas de nata sobre cucuruchos de colores y una niña se quejaba porque su helado se derretía demasiado deprisa. Nadie en el paseo parecía haber visto la fotografía. Nadie sabía que Marcos caminaba solo por la carretera vieja. Y nadie, salvo ellos, acababa de recibir la prueba de que alguien los estaba mirando.
* * *
Laura salió del aparcamiento sin esperar a que terminaran de ponerse de acuerdo. Rafa iba a su lado, con el móvil pegado a la oreja y la mirada fija en la avenida, aunque no era él quien conducía. Ana ocupaba el asiento trasero con la fotografía de Marcos abierta en el teléfono. En la terraza de la heladería, Mara, Sara y Nil se habían levantado casi al mismo tiempo, dejando vasos y servilletas a medias sobre la mesa.
—Sí, lo sé —decía Rafa—. Acabamos de recibir una ubicación de uno de los chicos y una fotografía. No, no estoy exagerando. Está relacionado con Claudia Sanz.
El nombre llenó el coche de una manera distinta. Laura apretó las manos sobre el volante sin apartarse de la carretera, mientras Ana observaba por la ventanilla las terrazas llenas y a la gente que cruzaba sin prisa. Costaba aceptar que, a pocos kilómetros, Marcos pudiera caminar solo por un camino oscuro mientras alguien lo vigilaba.
Rafa escuchó antes de responder:
—Te mando la ubicación ahora mismo. Pero vamos hacia allí. No voy a dejar a un chaval tirado en una carretera mientras discutimos competencias.
Laura lo miró de reojo. Él no levantó la voz, pero había algo en su tono que Ana conocía bien. No hacía falta que sonara autoritario. Le bastaba esa manera suya de convertir una frase en la única opción sensata. Funcionaba con vecinos, con comerciantes, con técnicos del Ayuntamiento y con cualquiera que necesitara creer que alguien tenía el control. Esa noche, sin embargo, el control parecía una palabra demasiado grande para un coche que avanzaba hacia la montaña siguiendo un punto azul que no se movía.
Ana comprobó de nuevo la ubicación. Marcos seguía en el mismo sitio, en una zona de caminos entre la carretera vieja y unos bancales que subían hacia el interior. Detrás de ellos, a cierta distancia, venían las luces del coche de Mara. Sara había intentado subirse con Ana, pero Laura le había dicho que no cabían todos y Rafa había ordenado, con una calma que no admitió réplica, que nadie fuera solo. Al final Mara conducía, Sara iba a su lado y Nil detrás, escribiendo mensajes que nadie le contestaba.
El móvil de Ana vibró, pero solo era Mara. En la pantalla apareció un mensaje breve: Estamos detrás. No corras. Ana casi se rió al leerlo, no porque tuviera gracia, sino porque Mara siempre necesitaba organizar incluso aquello que la estaba asustando. Le respondió con una sola palabra y volvió al mapa.
Laura dejó atrás el paseo y tomó la avenida que salía hacia la parte alta del pueblo. Las luces de los bares fueron quedando atrás, sustituidas por fachadas más bajas, solares cerrados con vallas metálicas y calles donde el verano llegaba de otra manera, sin turistas ni música, solo con ventanas abiertas y televisores encendidos. Después apareció la carretera que subía hacia los campos. A los lados, los muros de piedra empezaban a marcar los bancales y los pinos formaban manchas oscuras contra un cielo todavía caliente.
—¿Qué te han dicho? —preguntó Laura cuando Rafa terminó la llamada.
—Que mandan una patrulla.
—¿Cuándo?
—Cuando puedan.
Laura soltó una risa sin humor.
—Eso significa tarde.
—Significa que no han entendido todavía lo que tenemos delante.
—¿Y tú sí?
Ana apartó la atención del móvil. Rafa dejó pasar unos segundos, atento primero a la carretera y al retrovisor, antes de volverse hacia su mujer.
—No. Pero sé que Marcos no habría mandado esa ubicación porque sí.
Laura redujo un poco la velocidad al entrar en una curva.
—Antes, cuando he dicho lo de la masía, has puesto una cara rara.
—Porque esa zona está llena de caminos sin salida y fincas abandonadas. No es un sitio para que unos críos se pongan a jugar a detectives por la noche.
—No son críos, Rafa.
—Ahora mismo se comportan como si lo fueran.
Ana estuvo a punto de defenderlos, pero se quedó callada. Quizá su padre tenía razón y todos estaban corriendo demasiado. Aun así, Marcos seguía ahí fuera y la fotografía no parecía una broma enviada para ver quién se asustaba primero.
—¿De quién es la masía? —preguntó Ana.
Laura volvió a mirar a Rafa. Él tardó un segundo en contestar, y Ana reconoció esa pausa. No sabía si sus padres habían hablado antes de la masía, pero sí de cosas parecidas: asuntos que desaparecían de la conversación en cuanto amenazaban con complicar una cena normal.
—Hay varias por la zona —dijo Rafa—. Algunas no son de nadie desde hace años y otras cambian de manos sin que nadie se entere demasiado.
—Eso no responde.
—Responde lo suficiente para esta noche.
Laura no añadió nada, aunque cambió la forma de sujetar el volante. Ana guardó aquella tensión junto con la frase de Vicente sobre no dejarse meter prisa, la reacción de su madre al ver el vídeo y el modo en que su padre había comprendido antes que nadie la gravedad de cada mensaje. Todo podía ser importante, pero nada tenía todavía una forma clara.
El mapa indicó que estaban a menos de un kilómetro. Laura apagó la radio aunque no sonaba nada. Fue un gesto absurdo, pero nadie lo comentó. A medida que se alejaban del pueblo, la música de las terrazas desapareció y el ruido del coche ocupó todo el espacio. La carretera vieja siempre había estado allí, usada por agricultores, ciclistas y gente que prefería evitar la avenida principal cuando en verano se llenaba de coches. De día no tenía nada especial. De noche, con los campos a ambos lados y la montaña cerrando el fondo, conducía a un lugar mucho más lejano del que marcaban los kilómetros.
Ana abrió de nuevo la fotografía. La silueta de Marcos caminaba junto al arcén, iluminada por unos faros que no pertenecían a ningún coche visible en la imagen. No se le veía la cara, pero ella habría reconocido aquella postura en cualquier parte. Marcos caminaba así cuando intentaba aparentar indiferencia: con los hombros algo levantados, las manos cerca de los bolsillos y la cabeza inclinada, atento a una broma que no pensaba conceder a nadie el placer de responder.
—Está cerca —dijo.
Laura aflojó aún más. El coche de Mara redujo detrás de ellos. A la derecha apareció un camino de tierra estrecho, marcado por dos postes bajos y una señal vieja casi comida por el óxido. Ana comparó el mapa con el cruce.
—Es aquí.
Laura se metió despacio. Las ruedas levantaron polvo y el coche avanzó entre muros de piedra seca. Los faros iluminaron matorrales, troncos retorcidos, una tubería de riego abandonada junto a la cuneta y un cartel de propiedad privada tan desgastado que apenas se leían las letras. Un poco más adelante, el camino se abría en una explanada pequeña donde antes debió de haber una caseta agrícola. De la construcción solo quedaban tres paredes, una puerta arrancada y un tejado hundido hacia dentro. El punto azul seguía allí, exactamente sobre la explanada, pero Marcos no.
Laura detuvo el coche. Ninguno se movió al principio. El motor quedó encendido, el aire caliente entraba por las rendijas y los faros apuntaban hacia la caseta vacía. Detrás, Mara aparcó demasiado cerca y Sara bajó antes de que el coche terminara de asentarse.
—¿Dónde está? —preguntó desde fuera.
Rafa salió y levantó una mano para pedir calma.
—No os separéis.
Nadie le hizo demasiado caso, aunque todos fingieron hacerlo. Ana bajó con el móvil en la mano. El punto azul estaba casi encima de ellos. Caminó unos pasos hacia la cuneta, siguiendo la dirección que marcaba el mapa, y el corazón empezó a golpearle con más fuerza al ver algo oscuro entre unas hierbas secas.
—Aquí.
Laura llegó a su lado. Rafa también. Ana se agachó y apartó unas ramas con cuidado. El móvil de Marcos estaba boca abajo, con la funda manchada de tierra y la pantalla rajada en una esquina. Seguía encendido. La ubicación no marcaba a Marcos. Marcaba su teléfono.
Sara soltó una palabrota detrás de ellos.
—No puede ser.
Nil se acercó y se agachó junto a Ana sin tocar nada.
—No lo cojas.
Ella retiró la mano antes de darse cuenta de que la había estirado.
—¿Por qué?
—Si la policía viene, mejor no tocarlo. Y si lo tocamos, al menos que sepamos que lo hemos tocado nosotros.
Rafa asintió. —Tiene razón.
Sara caminaba de un lado a otro con las manos en el pelo.
—Vale, perfecto. No tocamos el móvil. ¿Y Marcos qué? ¿Tampoco lo tocamos si está tirado en algún sitio?
—Sara —dijo Mara.
—No, no me digas Sara como si estuviera montando un numerito. Su móvil está en el suelo y él no está.
Laura recorrió el entorno. A un lado del camino, los bancales subían hacia una zona más oscura, llena de pinos; al otro, la tierra bajaba hacia unos campos de algarrobos y una acequia seca. Los pequeños sonidos de la noche adquirieron de pronto un volumen desproporcionado: insectos, ramas, el chasquido del motor enfriándose y una piedra que rodó en alguna parte sin que nadie supiera por qué.
Rafa volvió a llamar y, en cuanto respondieron, fue directo:
—Ya estamos en la ubicación. Hemos encontrado el móvil del chico, pero él no está. Necesito que vengáis ya.
Mientras hablaba, Ana vio unas marcas en la tierra, cerca de la cuneta. No sabía si eran recientes ni si significaban algo. Podían ser de un coche, de una moto, de cualquier agricultor que hubiera pasado esa tarde. Pero había una línea irregular que parecía hecha por una zapatilla arrastrando polvo.
—Nil —llamó en voz baja.
Nil se acercó en cuanto Ana lo llamó.
—¿Qué?
Ana señaló el suelo. Nil iluminó con su móvil sin pisar encima.
—Puede ser de él.
—O de cualquiera —dijo Mara, aunque su voz no sonó convencida.
Sara no esperó más y gritó hacia los campos:
—¡Marcos!
El grito salió hacia los campos y volvió sin respuesta. Rafa se giró de golpe.
—No grites.
—¿Por qué? ¿Para no molestar al que le ha hecho la foto?
—Para poder escuchar si responde.
Sara cerró la boca, no porque aceptara la explicación, sino porque necesitaba que funcionara. Todos escucharon en silencio. Nada. Solo el campo, el zumbido de los insectos y un coche lejano pasando por la carretera principal.
Entonces llegó desde la parte baja del camino un sonido más pequeño que una voz: quizá una piedra movida por un pie o una rama seca partiéndose bajo el peso de alguien. Ana orientó la atención hacia allí y comprobó que Laura también lo había oído. Rafa levantó la mano para impedir que nadie avanzara.
—Marcos —llamó, sin gritar—. Somos nosotros.
No hubo respuesta, de modo que Rafa volvió a intentarlo:
—Marcos, está Ana. Están Mara, Sara y Nil. Nadie va a hacerte nada.
Ana sintió un escalofrío al escuchar esa frase. Nadie va a hacerte nada. Su padre la había pronunciado para tranquilizarlo, pero dentro de aquella noche sonó como la confirmación de que alguien podía haberle hecho algo ya.
Unos metros más abajo, detrás de un muro bajo de piedra, apareció una sombra. Sara fue la primera en moverse, pero Mara la sujetó del brazo antes de que saliera corriendo.
—Espera.
Marcos se incorporó con esfuerzo. Llevaba la sudadera oscura de la fotografía, una rodilla manchada de tierra y el labio partido. No sangraba mucho, pero tenía la cara blanca y los ojos de alguien que todavía no había terminado de volver al lugar donde estaba.
—Joder —murmuró Sara.
Aquella vez nadie le pidió a Sara que cuidara el tono. Ana avanzó hacia Marcos, pero él retrocedió un paso.
—No llaméis a mi madre.
Fue lo primero que dijo. Ni dónde estaba, ni qué le había pasado, ni si se encontraba bien. Solo eso.
Laura se acercó con cuidado. —Marcos, ahora lo importante es saber si estás herido.
—No llaméis a mi madre.
—No vamos a hacer nada sin hablar contigo, pero necesito verte la cara.
Él permitió que Laura se acercara, quizá porque era la única adulta allí que no tenía prisa por convertirlo en una explicación. Le tocó la barbilla con suavidad para examinar el corte del labio y después la rodilla. Marcos apartó la vista, avergonzado de necesitar aquella atención delante de todos.
—¿Te has caído? —preguntó Rafa.
A Marcos se le escapó una risa breve y desagradable.
—Sí. Digamos eso.
—No digamos nada todavía. Cuéntanos qué ha pasado.
La mirada de Marcos recorrió la carretera, el camino de tierra y, por último, su móvil, que seguía tirado en la cuneta. Al comprobar que nadie lo había recogido, se alivió y se asustó al mismo tiempo.
—Me lo han quitado.
Nil levantó la cabeza. —¿Quién?
—No lo sé.
Sara acortó la distancia. —¿Cómo que no lo sabes? ¿Te han pegado?
—No.
—Tienes el labio partido.
—Me he caído.
—Marcos.
—He dicho que me he caído.
Mara se colocó entre Sara y él antes de que la discusión terminara de romperse.