CAPÍTULO 1
Las luces de la pista
La lluvia empezó justo cuando la entrenadora pitó el final de la última serie.
—Vale, chicos, mañana más —gritó levantando una mano—. ¡Y estirad antes de iros!
Los niños salieron corriendo hacia las gradas cubriéndose la cabeza con sudaderas, mochilas o cualquier cosa que encontraran. Sobre la pista mojada se reflejaban las luces altas del polideportivo, largas y brillantes, como si alguien hubiera pintado líneas doradas encima del suelo rojo.
Daniel se dejó caer en el último banco de cemento mientras respiraba rápido.
—Hoy casi me ganas —dijo mirando a Clara.
Clara soltó una risa pequeña mientras se recogía la coleta otra vez.
—“Casi”, dice. He llegado antes que tú.
—Porque me he resbalado.
—Excusas.
Daniel abrió la mochila y sacó una botella de agua.
—Te he dejado ganar para que no lloraras.
—Claro. Y mañana me dejarás ganar otra vez.
—Mañana no.
Clara sonrió mirando la pista vacía. Poco a poco todos los demás niños se iban marchando. Algunos corrían hacia los coches de sus padres. Otros esperaban bajo el techo de las gradas mientras seguía lloviendo cada vez más fuerte.
A Daniel lo recogía su padre los martes y jueves, y su madre los lunes. Clara siempre venía con alguno de sus padres también, porque vivía un poco lejos de las pistas y nunca volvía sola.
Aquella tarde, sin embargo, parecía que todos llegaban tarde.
La entrenadora desapareció dentro del edificio principal cerrándose la chaqueta hasta arriba y las luces del interior del polideportivo comenzaron a apagarse una por una.
Primero el gimnasio.
Después el pasillo.
Luego las oficinas.
La lluvia golpeaba el techo metálico de las gradas con un sonido constante y agradable.
Clara apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Mi madre dijo que hoy saldría más tarde del trabajo.
—Mi padre también llega tarde a veces —contestó Daniel—. Una vez me quedé aquí casi media hora solo.
—¿Y te dio miedo?
—No.
—Mentira.
Daniel iba a responder algo cuando las luces de la pista parpadearon.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Las torres enormes que iluminaban el atletismo se apagaron durante un segundo.
Y volvieron.
Después otra vez.
La pista quedó medio a oscuras.
—Eso sí da un poco de miedo —admitió Daniel.
Clara se rio.
Entonces ocurrió algo raro.
Muy raro.
Las luces de la pista volvieron a apagarse… pero esta vez no regresaron todas.
Solo quedaron encendidas las más lejanas, las del fondo, cerca de la verja que separaba las instalaciones de la urbanización de detrás.
La lluvia parecía más fuerte ahora.
El cielo estaba completamente azul oscuro.
Y justo entonces Clara vio algo.
—Daniel.
—¿Qué?
Ella señaló hacia el otro lado de la pista.
—Mira.
Daniel entrecerró los ojos.
Al fondo, más allá de la verja y de los árboles mojados, se veía una casa grande sobre una pequeña colina.
Una casa antigua.
Muy antigua.
Daniel ya la había visto otras veces desde lejos, aunque nunca le había prestado demasiada atención.
Pero aquella noche era diferente.
Porque todas las ventanas estaban encendidas.
Las de arriba.
Las de abajo.
Todas.
Clara frunció un poco la frente.
—¿Esa casa no estaba vacía?
—Creo que sí.
—Pues hay alguien dentro.
Daniel observó las luces amarillas brillando entre la lluvia.
Por alguna razón, aquello le dio una sensación extraña en el estómago.
Como cuando sabes que algo no encaja, aunque todavía no entiendas por qué.
Las ventanas permanecieron encendidas unos segundos más.
Y entonces, una tras otra, comenzaron a apagarse.
Primero una.
Luego otra.
Después otra más.
Hasta que toda la casa quedó completamente oscura.
Clara se quedó inmóvil mirando la colina.
—Vale… eso ha sido rarísimo.
Daniel iba a contestar cuando escucharon una voz detrás de ellos.
—¿Vosotros también la habéis visto?
Los dos se giraron de golpe.
Y descubrieron que no estaban solos en las gradas.