CAPÍTULO 1
La biblioteca que no salía en los mapas
En la ciudad de Lúa había una biblioteca muy pequeña que casi nadie conocía.
No estaba junto al colegio, ni al lado del parque, ni en la plaza donde los niños jugaban después de merendar. Tampoco salía en los mapas, ni tenía carteles grandes, ni aparecía en internet cuando alguien buscaba bibliotecas de la ciudad.
La biblioteca estaba escondida detrás de una panadería que siempre olía a pan caliente. Desde fuera parecía una casita antigua, con una puerta azul, una ventana redonda y un letrero de madera que decía:
BIBLIOTECA DE LAS COSAS OLVIDADAS
Casi nadie la veía, porque los mayores pasaban por delante sin darse cuenta. Iban deprisa, mirando el móvil, pensando en la compra o hablando de cosas importantes.
Los niños, en cambio, a veces notaban algo raro. Algunos veían una lucecita dorada detrás de la hiedra y otros escuchaban una campanilla suave, como si alguien hubiera abierto una puerta pequeña, pero cuando miraban bien, la biblioteca ya no estaba.
Aquella biblioteca no aparecía siempre. Solo aparecía cuando alguien había perdido algo especial.
No tenía que ser algo caro ni grande. Podía ser una canica, una carta, una bufanda, un botón, un dibujo, un peluche o una llave diminuta. En aquella biblioteca, las cosas no llegaban por casualidad, porque cada objeto guardaba una historia.
La bibliotecaria se llamaba Ofelia. Era una mujer bajita, con gafas redondas, pelo blanco y una rebeca verde. Hablaba bajito para no molestar a los libros y siempre llevaba un llavero con muchas llaves, aunque la biblioteca parecía demasiado pequeña para tener tantas puertas.
Cada mañana, Ofelia abría la puerta azul, preparaba una taza de chocolate caliente y miraba la mesa grande del fondo, porque allí aparecían los objetos nuevos.
Aquel lunes, sobre la mesa, había una mochila amarilla con una estrella cosida en el bolsillo delantero.
Ofelia se acercó despacio y vio que la mochila tenía una mancha pequeña en un lado, una cremallera un poco torcida y un llavero con forma de nube. Parecía una mochila normal, de las que llevan los niños al colegio, pero no era una mochila cualquiera, porque había llegado sola a la biblioteca.
Ofelia tocó la estrella con la punta de los dedos y la mochila se abrió un poquito. Dentro había una libreta azul, un lápiz mordido, una goma, una merienda aplastada y una nota doblada.
La bibliotecaria leyó la nota en voz baja.
No quiero olvidar dónde está.
Ofelia miró hacia la ventana redonda. Fuera no había nadie y solo se veía la calle estrecha, la panadería y una bicicleta apoyada en la pared.
La bibliotecaria cerró la mochila con mucho cuidado y sonrió.
Sabía que aquella mochila pertenecía a un niño, y también sabía algo más: aquel niño no llegaría solo.
A veces las aventuras empiezan con una cosa perdida, pero se entienden mejor cuando se viven entre dos.
Muy pronto, dos hermanos gemelos encontrarían la puerta azul. Uno se llamaba Joel y el otro Yeray. Los dos tenían siete años, los dos corrían mucho, los dos iban juntos a todas partes y ninguno de los dos sabía todavía que aquella biblioteca iba a cambiarles la tarde.
Porque algunas cosas se pierden, pero otras solo están esperando a que alguien las encuentre.