CAPÍTULO 1
El lago que brillaba por dentro
El lago de Valdeluna siempre había estado allí, quieto entre las montañas, como si alguien lo hubiera colocado en medio del pueblo para que todos pasaran cerca y nadie se atreviera a preguntar demasiado.
Por la mañana parecía azul. Por la tarde se volvía dorado. Y por la noche, cuando las luces de las casas se apagaban poco a poco, el agua se quedaba oscura y lisa, como un cristal enorme bajo el cielo.
Paula lo veía casi todos los días desde el camino que llevaba al parque, pero nunca se acercaba demasiado porque su madre siempre le decía lo mismo: que podía jugar cerca, que podía mirar los patos y que podía sentarse en la hierba, pero que no debía bajar hasta la orilla.
No era la única que lo decía. En el colegio, en la panadería, en la plaza y hasta en el campo de fútbol, todos los adultos repetían que el lago era bonito, sí, pero también peligroso. Nadie debía bañarse allí. Nadie debía tirar piedras grandes. Nadie debía acercarse al agua cuando empezaba a caer la tarde.
El cartel de madera estaba clavado junto al sendero desde hacía tantos años que ya parecía parte del paisaje.
PROHIBIDO ACERCARSE AL AGUA.
Mateo decía que aquel cartel era exagerado. Iker decía que, si un adulto ponía un aviso tan grande, era porque escondía algo. Paula decía que los dos hablaban demasiado, aunque en el fondo también sentía curiosidad cada vez que pasaba por delante.
Aquella tarde, los tres habían salido con sus bicicletas después de merendar. Paula llevaba una mochila morada con una botella de agua, una libreta y tres galletas envueltas en papel de cocina. Iker llevaba una linterna pequeña que había cogido de casa “por si pasaba algo importante”, aunque en realidad siempre quería que pasara algo importante. Mateo llevaba una bolsa con cromos, una cuerda y una manzana que se había olvidado de comerse.
—No sé por qué hemos venido otra vez al lago —dijo Mateo, dejando la bici apoyada en un árbol—. Siempre está igual.
—No siempre —respondió Iker, que ya estaba observando el agua con atención.
—Sí siempre. Agua, patos, cartel de peligro y mi madre diciendo que vuelva antes de cenar. Es un sitio muy repetitivo.
Paula se acercó un poco al borde del camino. El sol estaba bajando detrás de las montañas y el lago reflejaba una luz naranja muy bonita. Todo parecía normal, hasta que distinguió algo raro en el centro.
No era una ola, ni un pez, ni el reflejo del sol. Era una luz.
—Esperad —dijo.
Iker se puso a su lado enseguida.
—¿Qué pasa?
Paula señaló hacia el centro del lago.
—Allí.
Mateo tardó un poco más en mirar, porque estaba intentando abrir la bolsa de cromos sin que se le cayera la manzana. Cuando por fin levantó la cabeza, se quedó con la boca abierta.
Bajo el agua había una claridad azul verdosa. No era muy fuerte, pero sí lo suficiente para que se notara incluso con el sol de la tarde. Parecía una lámpara encendida en el fondo, tranquila y misteriosa, moviéndose despacio como si respirara.
—Eso no estaba ayer —dijo Iker.
—Ni esta mañana —añadió Paula.
Mateo dio un paso hacia atrás, aunque intentó disimularlo.
—Igual es un pez con linterna.
Iker lo miró de reojo.
—Los peces no usan linternas.
—Tú qué sabes. Igual este sí y por eso no quieren que nos acerquemos.
La luz se movió un poco. Después apareció otra. Y otra más. Al principio parecían simples brillos bajo el agua, pero poco a poco empezaron a dibujar algo enorme, algo que no podía estar allí.
Allá abajo se distinguía una fachada con ventanas altas, columnas y una puerta grande. Algunas ventanas estaban iluminadas desde dentro con una luz dorada que temblaba suavemente entre los reflejos.
—Parece una casa —susurró Mateo.
Iker negó despacio, sin apartar la vista.
—No es una casa.
Paula sintió que el corazón se le aceleraba.
—Parece una biblioteca.
Los tres se quedaron callados, porque decirlo en voz alta hacía que pareciera todavía más imposible.
Una biblioteca bajo el lago.
Cuanto más observaban, menos parecía un reflejo y más parecía un lugar real. Se veían estanterías al otro lado de las ventanas, luces pequeñas moviéndose en el interior y algo parecido a una escalera de piedra descendiendo hacia la entrada.
Entonces el agua hizo un ruido suave.
Un círculo de ondas salió del centro y llegó hasta la orilla. Los tres retrocedieron a la vez, pero el agua no subió. Al contrario, se apartó unos centímetros, dejando al descubierto una piedra plana que antes estaba cubierta.
Sobre la piedra había un libro.
Era pequeño, de tapas verdes, con las esquinas doradas y una gota de agua resbalando por el lomo. No parecía viejo ni nuevo. Parecía una cosa que llevaba mucho tiempo esperando a que alguien la encontrara.
Iker fue el primero en acercarse.
—No lo toques —dijo Paula.
—Solo voy a mirar.
—Eso dijiste cuando tocaste el avispero del colegio.
—No era un avispero. Era una caja natural de insectos enfadados.
Mateo se agachó junto al libro, pero sin tocarlo.
—Tiene letras.
Paula se inclinó un poco y leyó la cubierta.
EL PRIMER LIBRO NO SE ABRE EN LA ORILLA.
Mateo tragó saliva.
—Pues ya está. No se abre. Fin de la aventura. Nos vamos.
Iker sonrió, emocionado.
—Si pone eso es porque hay otro sitio donde abrirlo.
—O porque es un libro mandón —dijo Mateo.
Paula volvió a fijarse en el agua. La claridad de abajo seguía allí, más intensa ahora. Las ventanas de la biblioteca parecían encenderse una a una, como si alguien acabara de llegar al otro lado.
El libro se movió solo, apenas unos centímetros sobre la piedra, pero fue suficiente para que los tres se apartaran de golpe. Después, el agua volvió a retirarse un poco más y dejó ver el primer peldaño de una escalera.
Una escalera de piedra que bajaba hacia el lago.
Paula sintió un escalofrío, pero no de frío. Aquellos peldaños no podían estar allí. Habían pasado por ese mismo lugar muchas veces. Habían lanzado hojas al agua, habían contado patos y habían visto ranas entre las piedras. Nunca había habido una escalera.
Iker encendió su linterna aunque todavía no era de noche.
—Lo sabía.
Mateo lo miró.
—¿Qué sabías?
—Que el cartel no estaba por las corrientes.
—Claro. Estaba porque hay una biblioteca submarina secreta. Muy normal todo.
Paula recogió el libro con cuidado. Esperaba que estuviera mojado, pero las tapas estaban secas y templadas, como si hubieran estado al sol. Al tocarlo, las letras de la cubierta cambiaron lentamente.
Ahora ponía:
SOLO BAJAN QUIENES SABEN LEER UNA PUERTA.
Mateo dio otro paso atrás.
—Eso no lo ponía antes.
—No —dijo Paula—. Y tampoco sé qué significa.
Desde el fondo llegó un sonido suave.
Clin.
Parecía una campanilla.
Después otra vez.
Clin.
La entrada de la biblioteca bajo el lago se iluminó.
Paula sintió miedo, claro que sintió miedo, pero también sintió algo más fuerte: curiosidad. La clase de curiosidad que te empuja un poco hacia delante aunque una parte de ti diga que sería mucho más sensato volver a casa, cenar y fingir que nunca has visto una biblioteca encendida debajo del agua.
—Solo bajamos tres peldaños —dijo.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿Tres?
—Tres —repitió ella—. Si pasa algo raro, subimos.
Iker ya tenía un pie en el primer peldaño.
—Esto ya es raro.
—Algo más raro —aclaró Paula.
Bajaron despacio. Primero Iker, después Paula con el libro entre las manos y por último Mateo, que miraba hacia atrás cada dos segundos por si el camino desaparecía.
El primer peldaño estaba seco. El segundo también. El tercero estaba tibio, como si debajo hubiera una lámpara encendida. Alrededor de la escalera, el lago no entraba; se mantenía a los lados como una pared transparente, y algunos peces pequeños pasaban al otro lado mirando a los niños con ojos redondos.
Mateo levantó una mano y saludó a un pez.
—Si sobrevivimos, nadie va a creernos.
El libro vibró entre las manos de Paula.
Ella lo abrió.
Las páginas estaban en blanco, pero solo durante un instante. Después aparecieron letras azules, una a una, como si alguien invisible estuviera escribiendo con tinta recién salida del agua.
Bienvenidos a la biblioteca bajo el lago.
Iker sonrió.
Mateo dejó de sonreír.
Paula pasó la página con mucho cuidado.
La biblioteca no guarda cuentos normales.
Guarda libros-puerta.
Cada libro abre un lugar.
Cada lugar esconde una prueba.
Cada prueba protege un secreto.
El agua alrededor de la escalera se iluminó con más fuerza. Muy abajo, la entrada de la biblioteca se abrió unos centímetros y dejó escapar una luz dorada.
Apareció una última frase.
Si habéis empezado a bajar, la biblioteca ya sabe vuestros nombres.
Paula tragó saliva.
En la página siguiente aparecieron tres palabras.
PAULA.
IKER.
MATEO.
Mateo dio un paso hacia atrás.
—Ahora sí voto irnos.
Pero justo entonces, desde la biblioteca sumergida, llegó el sonido de muchas páginas pasando a la vez, y una voz muy bajita, tan suave que parecía hecha de agua, susurró desde el fondo:
—El primer libro os está esperando