PRÓLOGO
Imagínatelo
La primera vez que Claudia recibió aquella palabra, no pensó que fuera una amenaza, sino una de esas bromas absurdas que llegan desde un remitente desconocido y que normalmente se borran sin darle más importancia. Estaba sentada en la cocina, con el portátil abierto, una taza de café frío junto al teclado y tres versiones distintas de una campaña publicitaria que no terminaba de convencerla. Fuera llovía con fuerza, Madrid se había llenado de luces amarillas y el cristal de la ventana le devolvía un reflejo cansado, con el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta vieja que solo usaba cuando trabajaba desde casa.
El teléfono vibró sobre la mesa y Claudia lo cogió sin prisa, pensando que sería su madre, Irene o algún aviso de trabajo, pero al desbloquearlo solo encontró una palabra.
Imagínatelo.
No había enlace, imagen, firma ni explicación. Solo aquella palabra escrita en minúsculas, como si alguien la hubiera colocado allí con calma para ver cuánto tardaba en hacer efecto. Claudia la leyó dos veces, esperó por si aparecía algo más y luego bloqueó el aparato, intentando convencerse de que no tenía sentido perder tiempo con algo raro en mitad de una noche que ya venía bastante torcida.
Tenía treinta y nueve años, un divorcio reciente que aún seguía apareciendo en los rincones más tontos de la casa, una madre que llamaba siempre cuando menos le apetecía hablar, una hermana con la que llevaba semanas cruzando frases educadas y vacías, y un trabajo que consistía precisamente en inventar cosas para los demás. Eslóganes, escenas, emociones y pequeñas mentiras bonitas para que una persona comprara algo, eligiera algo o creyera necesitar algo que cinco minutos antes ni siquiera conocía.
La imaginación, en su caso, le pagaba el alquiler, pero también le estropeaba el sueño.
Claudia tenía una facilidad agotadora para ponerse en lo peor. Si alguien no contestaba al teléfono, su cabeza construía un accidente antes de que pasaran cinco minutos. Si su madre decía “tenemos que hablar”, ella ya había previsto una enfermedad, una deuda o una desgracia familiar. Si Irene tardaba más de la cuenta en responder, pasaba de la irritación al miedo con una rapidez que le daba vergüenza admitir.
Por eso aquel aviso no debería haberle importado y, sin embargo, se quedó dentro.
Intentó seguir trabajando. Corrigió una frase, borró dos párrafos, cambió el orden de una presentación y abrió una carpeta que no necesitaba abrir. A los diez minutos ya no recordaba qué estaba haciendo. Miró de nuevo la conversación, esperando encontrar una explicación, una segunda línea o cualquier cosa que convirtiera aquello en una tontería sin misterio, pero allí seguía esperando la misma palabra.
Imagínatelo.
A las 22:17 llegó el segundo aviso.
Claudia estaba de pie frente al fregadero, lavando una copa de vino que había dejado desde la noche anterior. El sonido del agua llenaba la cocina y el vapor empañaba un poco el cristal. El teléfono vibró sobre la encimera, muy cerca de su mano, y algo en su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.
Se secó los dedos en el pantalón y desbloqueó el aparato.
El remitente seguía oculto. Debajo de la primera palabra había aparecido una frase nueva.
Imagínatelo.
Tu hermana no se fue aquella noche por voluntad propia.
La copa se le resbaló dentro del fregadero y golpeó el acero con un sonido seco, aunque no llegó a romperse. El agua siguió cayendo, la lluvia continuó golpeando la ventana y la cocina permaneció exactamente igual que un minuto antes, pero Claudia tuvo la sensación de que acababan de abrir una puerta cerrada desde hacía más de veinte años.
Aquella noche no necesitaba nombre, porque supo enseguida a cuál se refería.
Irene tenía diecisiete años cuando desapareció durante casi doce horas. Claudia tenía quince. En casa siempre dijeron que había sido una rabieta, una escapada adolescente, una tontería de juventud que no merecía convertirse en drama. Su madre usó durante años la misma frase, con una voz tan firme que parecía imposible discutirla: “Irene se fue porque quiso y volvió porque quiso.” Su padre nunca añadió nada. Irene tampoco.
Pero Claudia recordaba algunas cosas.
Recordaba la puerta abriéndose de madrugada, el pelo de su hermana pegado a la cara, el barro en los bajos del pantalón y una marca roja alrededor de la muñeca. Recordaba a su madre llevándola al baño sin preguntar nada delante de ella. Recordaba a su padre cerrando las cortinas del salón aunque fuera de noche. Y recordaba una frase pronunciada en voz muy baja, tan baja que durante años llegó a pensar que quizá la había inventado.
—Que no lo sepa nadie.
Al día siguiente no se habló de aquello, ni durante el desayuno, ni a la hora de comer, ni en ninguna de las conversaciones familiares que vinieron después. Las familias podían hacer eso. Podían coger algo horrible, quitarle el nombre, guardarlo en un cajón y seguir viviendo como si nada. Podían convertir una desaparición en una tontería, un grito en una discusión, una herida en un golpe sin importancia. Podían repetir una versión tantas veces que, al final, incluso quien había estado allí empezaba a dudar de lo que recordaba.
Claudia apagó el grifo y llamó a Irene.
El tono sonó varias veces antes de saltar al buzón de voz. Volvió a intentarlo, esta vez con una impaciencia más difícil de controlar, pero obtuvo exactamente el mismo resultado. La voz grabada de su hermana le pidió que dejara un mensaje después de la señal, con ese tono alegre y automático que no se parecía en nada a la Irene real, y Claudia colgó sin decir una palabra.
Luego volvió a mirar la conversación.
Su cabeza hizo entonces lo que mejor sabía hacer: empezó a completar los huecos. Vio a Irene adolescente caminando bajo la lluvia, una carretera oscura, una mano cerrándose alrededor de su muñeca, una casa desconocida y una puerta que se cerraba desde dentro. Intentó apartar esas imágenes, pero ya habían empezado a crecer con una nitidez insoportable.
—No voy a entrar en esto —dijo en voz baja, aunque no había nadie para escucharla.
Pero ya había entrado, porque ya se lo había imaginado.
Y en algún lugar, al otro lado de aquella conversación imposible, alguien debió de saberlo, porque el tercer aviso llegó apenas unos segundos después.
Ahora pregúntate por qué todos dejaron de buscarla antes de medianoche.
CAPÍTULO 1
La foto bajo la puerta
Claudia no durmió aquella noche, aunque durante varias horas fingió que todavía podía hacerlo.
Apagó la luz a las dos y cuarto, volvió a encenderla poco después, dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla, lo cogió de nuevo antes de que pasaran diez minutos y terminó sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y una sensación amarga en la boca, como si hubiera bebido demasiado café aunque solo hubiera tomado uno a media tarde. La habitación estaba en silencio, pero su cabeza no. Las frases que habían llegado desde aquel remitente imposible seguían repitiéndose con una claridad irritante, como si alguien las hubiera dejado escritas no solo en la conversación, sino también detrás de sus párpados.
Los tres avisos continuaban allí.
Imagínatelo.
Tu hermana no se fue aquella noche por voluntad propia.
Ahora pregúntate por qué todos dejaron de buscarla antes de medianoche.
No había número visible, foto de perfil ni rastro que pudiera identificar a quien estuviera al otro lado. Claudia había intentado responder con un simple “¿Quién eres?”, pero el texto no llegó a enviarse. Después probó a llamar, y una voz automática le informó de que aquel número no existía o no estaba disponible, una frase tan absurda que la enfadó más que si le hubieran colgado directamente.
Un número que no existía acababa de escribirle sobre una madrugada que su familia llevaba más de veinte años fingiendo no recordar.
Durante un rato intentó convencerse de que podía haber una explicación sencilla. Quizá un conocido de Irene, una persona de su antiguo instituto o una broma pesada de Álex, aunque incluso en sus peores momentos su exmarido había sido demasiado cobarde para meterse con algo así. También pensó en Samuel, su jefe, porque en la agencia se movían campañas extrañas, remitentes ocultos, pruebas de impacto y ocurrencias de creativos que confundían misterio con mal gusto. Pero ninguna de esas posibilidades encajaba del todo, y nadie de su trabajo sabía lo de Irene.
Claudia tampoco lo contaba, ni siquiera pensaba mucho en ello de forma consciente, porque ese episodio pertenecía a esa clase de recuerdos familiares que se quedan guardados en una zona incómoda de la cabeza, cubiertos de polvo, esperando a que nadie los toque. La desaparición de Irene nunca se llamó desaparición dentro de su casa. Se llamó tontería, susto, rabieta, ganas de llamar la atención, mala edad o fase difícil. Cada adulto eligió una palabra distinta para no usar la verdadera.
A las siete y media, cuando la alarma sonó, Claudia ya estaba despierta. La apagó antes de que terminara el primer tono y se quedó mirando el techo de su dormitorio. Sobre la cómoda seguía la caja de cartón con las cosas que Álex no había pasado a recoger después del divorcio: dos camisas, unos libros, una maquinilla eléctrica y una taza horrible con el logo de un banco. Llevaba tres meses diciéndose que la bajaría al trastero, pero al final continuaba allí, como una prueba de que algunas personas se iban de una casa sin desaparecer del todo.
Se duchó con agua demasiado caliente, se vistió con unos vaqueros, una blusa blanca y una americana azul, y salió del dormitorio con el móvil en la mano. Mientras preparaba café, volvió a llamar a Irene, pero tampoco obtuvo respuesta.
Esta vez dejó un audio breve.
—Irene, soy yo. Llámame cuando puedas. Es importante.
No dijo más. No quería dejar grabada la palabra Imagínatelo, ni la frase sobre la noche de su hermana, ni el miedo ridículo que se le estaba metiendo en el cuerpo. Irene tenía la habilidad de convertir cualquier preocupación de Claudia en una exageración, y Claudia no estaba preparada para oírla decir que otra vez se estaba montando una película.
Su hermana había usado esa expresión muchas veces.
Te montas películas, Claudia.
Y quizá era verdad. Quizá por eso habían elegido precisamente aquella palabra.
Imagínatelo.
El café empezó a salir con un sonido áspero. Claudia apoyó las dos manos en la encimera y respiró despacio, obligándose a ordenar el día. Tenía reunión a las diez con Samuel, entrega de campaña a mediodía, revisión de presupuesto por la tarde y una llamada con una marca de cosmética que quería vender una crema como si fuera una revelación espiritual. En condiciones normales habría pensado que aquel martes ya venía cargado de sobra, pero todo parecía pequeño comparado con lo que acababa de ocurrir.
Estaba a punto de servirse el café cuando sonó el timbre.
Claudia se quedó quieta, con la jarra de la cafetera en la mano. Eran las ocho menos diez. Nadie subía a su piso a esa hora sin avisar, salvo la vecina del quinto cuando se le inundaba la terraza, y aquello solo había ocurrido dos veces, aunque ella lo contara como si fuera una costumbre semanal.
Dejó la cafetera en la encimera y se acercó al recibidor.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Miró por la mirilla y encontró el rellano vacío. Durante un instante pensó en no abrir, pero después se sintió absurda. Vivía en un edificio con cámaras, portero durante el día y una comunidad de vecinos tan obsesionada con los paquetes perdidos que cualquiera que dejara una bolsa sospechosa ante un piso acabaría en el grupo de WhatsApp antes de llegar al ascensor.
Abrió con cuidado y encontró el pasillo desierto, aunque en el suelo, justo delante de ella, había un sobre blanco.
Claudia lo observó sin tocarlo, como si pudiera moverse. Era normal, sin sello, sin nombre, sin dirección. Estaba colocado justo delante de sus pies, perfectamente centrado sobre el felpudo gris que Álex había comprado porque decía que los otros eran “demasiado de casa de madre”. Aquella tontería le cruzó la cabeza en el peor momento y le dio rabia.
Se agachó, recogió el sobre y salió al rellano.
—¿Hola?
Su voz bajó por el hueco de la escalera sin encontrar respuesta. El ascensor estaba parado en la planta baja. El piso de enfrente permanecía cerrado. En algún lugar del edificio se oyó el arrastre de una silla o de una mesa, y aquel ruido cotidiano la sobresaltó más de lo razonable.
Entró de nuevo y echó la llave.
El sobre no pesaba casi nada. Lo dejó sobre la mesa de la cocina, junto al café que ya empezaba a enfriarse, y se quedó observándolo como si necesitara permiso para abrirlo. En otra vida, en una versión más sensata de sí misma, habría llamado a la policía, al portero o a su madre. En esa, abrió un cajón, sacó unas tijeras y cortó el borde con cuidado.
Dentro había una fotografía antigua, de papel brillante, con las esquinas algo dobladas.
Claudia la sacó muy despacio y al principio no entendió lo que estaba viendo. Aparecían dos chicas adolescentes delante de una verja negra, alta, rematada con puntas de hierro y con una casa desenfocada al fondo. La imagen parecía tomada de noche o al atardecer, porque los colores estaban apagados y una luz amarillenta caía desde algún punto fuera de plano.
Una de las chicas era Irene, con diecisiete años, el pelo más largo que ahora, una cazadora vaquera y la misma expresión desafiante que usaba cuando alguien le decía lo que tenía que hacer. No miraba a la cámara, sino hacia un lado, como si la hubieran llamado justo en el momento de disparar la foto. La otra chica estaba de espaldas. Llevaba una sudadera gris con la capucha puesta y tenía una mano apoyada en los barrotes.
Claudia acercó la fotografía a la ventana y notó un frío desagradable en la nuca.
La chica de espaldas era ella.
No podía verle la cara, pero lo supo por la mochila. Era azul oscuro, con una estrella pequeña cosida en un lateral. Su padre se la había comprado en unas rebajas y Claudia la había usado durante todo aquel curso. También reconoció la coleta, la forma de encorvar un poco los hombros cuando estaba incómoda y las zapatillas blancas que su madre insistía en limpiar con un cepillo cada domingo.
Claudia no recordaba haber estado allí. No recordaba aquella verja, ni esa casa, ni, sobre todo, estar con Irene la noche en que su hermana desapareció.
Se sentó sin darse cuenta, y la silla rozó el suelo con un ruido breve que le pareció demasiado fuerte. Le dio la vuelta a la fotografía esperando encontrar una fecha, un nombre o cualquier explicación, pero en la parte de atrás solo había una frase escrita con bolígrafo negro.
No empezaste a imaginarlo ayer.
Claudia leyó la frase varias veces, hasta que las letras empezaron a perder forma. El móvil vibró entonces sobre la mesa, y durante unos segundos no quiso acercar la mano, porque sabía que en cuanto leyera el aviso ya no podría fingir que aquello era una broma, una casualidad o una campaña estúpida. El sonido volvió a repetirse, insistente, y el nombre de Irene apareció iluminado.
Claudia contestó tan rápido que casi se le cayó.
—Irene.
Al otro lado se oyó respiración, un sonido de tráfico y luego la voz de su hermana, más baja de lo normal.
—¿Qué ha pasado?
Claudia cerró los ojos un instante, no para calmarse, sino para no mirar la fotografía.
—Te he llamado tres veces.
—Ya lo sé. Estaba conduciendo.
—¿Conduciendo a las ocho de la mañana?
Hubo una pausa mínima.
—No estoy en Madrid.
Claudia abrió los ojos.
—¿Dónde estás?
Irene no respondió enseguida. Esa era una de sus costumbres más irritantes: dejar huecos en medio de las conversaciones, como si el silencio también fuera una forma de decidir cuánto contaba.
—Claudia, dime qué pasa.
Ella cogió la fotografía con dos dedos.
—Me han enviado un aviso sobre lo de aquella noche.
El tráfico pareció alejarse al otro lado de la línea. Irene dejó de respirar durante un momento o lo hizo tan bajo que Claudia no pudo oírla.
—¿Qué noche?
La pregunta le dolió más de lo esperado, quizá porque era exactamente la respuesta que habría dado su madre.
—No hagas eso.
—No estoy haciendo nada.
—Sí lo estás haciendo. Te estoy hablando de la noche en que desapareciste doce horas y volviste a casa llena de barro.
—Yo no desaparecí.
Claudia se levantó de golpe.
—Irene.
—Me fui y volví. Eso fue lo que pasó.
La frase sonó aprendida, gastada por los años, repetida demasiadas veces con la esperanza de que acabara convirtiéndose en verdad. Claudia notó una mezcla de rabia y miedo que le subía desde el estómago hasta la garganta.
—Entonces explícame por qué acaban de dejarme una foto bajo la puerta.
Irene no contestó.
—Sales tú —continuó Claudia—. Delante de una verja. Y creo que salgo yo también.
El silencio cambió. No fue ausencia de sonido, sino algo más denso, más incómodo, como si Irene se hubiera quedado encerrada dentro de una habitación demasiado pequeña.
—Mándamela —dijo al fin.
—Primero dime qué es.
—Mándamela, Claudia.
—No. Primero dime dónde estás.
Irene soltó aire de golpe, irritada o asustada, quizá las dos cosas.
—Estoy en Valencia.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—¿Por trabajo?
—No exactamente.
Claudia apoyó una mano en la mesa. La imagen seguía allí, con aquellas dos adolescentes delante de una verja que no recordaba, y por primera vez desde que había empezado todo entendió que su hermana no estaba sorprendida por el aviso, sino por el hecho de que hubiera llegado a ella.
—Irene, ¿sabías que iban a escribirme?
—No.
La respuesta fue rápida, demasiado rápida.
—¿Entonces por qué no me preguntas qué decía?
Al otro lado hubo otro silencio. Esta vez Claudia no necesitó completar ningún hueco para entenderlo con una claridad simple y horrible.
—Irene.
—Escúchame bien —dijo su hermana, y su voz ya no sonaba fría ni distante, sino tensa, casi rota—. No hables con mamá de esto.
Claudia se quedó mirando la ventana empañada.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás abriendo.
La frase fue tan parecida a una amenaza que Claudia tardó un segundo en reaccionar.
—No lo estoy abriendo yo. Me lo han dejado en la puerta de casa.
—Pues ciérralo.
—¿Cerrar qué?
Irene no contestó. Se oyó una puerta de coche, una voz lejana y después pasos rápidos.
—Irene, dime qué pasó aquella noche.
—No puedo hablar ahora.
—Siempre hacéis lo mismo. Tú, mamá, papá cuando vivía. Todos os quedáis callados y esperáis que yo acepte la versión cómoda.
—No era una versión cómoda.
—Entonces dime la incómoda.
La respiración de Irene tembló un poco.
—La incómoda es que tú no deberías recordar esa foto.
Claudia notó que la cocina se volvía demasiado estrecha.
—¿Qué significa eso?
—Significa que, si alguien te la ha mandado, no quiere contarte la verdad. Quiere que la construyas tú.
El teléfono emitió un aviso de batería baja, un sonido pequeño y cotidiano que pareció fuera de lugar en mitad de aquella conversación. Claudia apartó la mirada un segundo, y cuando volvió a hablar intentó que su voz no se quebrara.
—¿Por qué tengo la sensación de que sabes quién es?
Irene tardó demasiado en responder.
—Porque siempre has imaginado más de lo que podías soportar.
La llamada se cortó.
Claudia se quedó con el móvil pegado a la oreja, escuchando el final mudo de la comunicación. Intentó devolver la llamada, pero esta vez Irene no contestó. Volvió a probar y saltó el buzón. A la tercera, el aparato ya estaba apagado.
El café seguía en la encimera y el portátil continuaba abierto con la campaña a medio terminar. La ciudad despertaba al otro lado de la ventana, llena de coches, paraguas, vecinos que bajaban a trabajar y gente que no sabía nada de una fotografía antigua ni de una hermana que acababa de huir de una conversación.
Claudia volvió a mirar la imagen.
La verja negra, Irene, la chica de espaldas y la casa al fondo formaban una escena que parecía pedirle algo, aunque ella todavía no supiera qué. Entonces vio un detalle que antes se le había pasado por alto. En la esquina inferior derecha, junto a uno de los barrotes, había una sombra muy fina. No era una mancha ni un fallo de revelado, sino la silueta de una tercera persona colocada detrás de la verja, medio oculta por la oscuridad.
Cogió el móvil, fotografió la imagen y amplió el detalle. Se pixeló un poco, pero bastó para distinguir una figura detrás de los barrotes, sosteniendo algo en la mano.
Claudia no pudo identificarlo con claridad. Un llavero, quizá. Un pequeño objeto metálico. Algo que reflejaba una línea de luz.
El aparato vibró de nuevo.
Esta vez no llamaba Irene. Era el remitente oculto.
Bien. Ya has visto que no estabais solas.
CAPÍTULO 2
La hermana que no quería volver
Claudia llegó tarde a la reunión de las diez.
No fue mucho, apenas siete minutos, pero en la agencia siete minutos bastaban para que Samuel la recibiera con esa mirada suya de hombre paciente que en realidad no tenía paciencia para nada. Estaba de pie junto a la pantalla grande de la sala acristalada, con una camisa gris perfectamente planchada, el pelo oscuro peinado hacia atrás y un rotulador negro entre los dedos. A su alrededor, los demás esperaban con los portátiles abiertos, vasos de café y expresiones de cansancio disimulado.
—Buenos días, Claudia —dijo él, sin levantar la voz—. Nos preguntábamos si venías o si teníamos que imaginar tu parte.
La frase cayó en la sala con una normalidad tan insoportable que Claudia se quedó un segundo bloqueada. Aquella palabra le atravesó la cabeza con una fuerza absurda. Observó a Samuel, intentando distinguir si había doble intención en su comentario, pero él ya estaba señalando la presentación con el rotulador, como si solo hubiera hecho una broma fácil de jefe delante del equipo.
—Perdón —respondió ella, dejando el bolso sobre una silla—. He tenido una mañana complicada.
—Todos las tenemos.
Samuel sonrió, aunque no con simpatía. Sonreía como quien perdona algo para que la otra persona sepa que le debe un favor. Claudia se sentó entre Bruno y Eva, abrió el portátil y trató de parecer concentrada, aunque en realidad seguía viendo la fotografía dentro de su bolso, guardada en una carpeta de cartón que había metido a toda prisa antes de salir de casa.
Bruno se inclinó un poco hacia ella.
—Tienes cara de haber dormido debajo de una mesa.
—Gracias. Siempre tan delicado.
—Es mi don.
Bruno Ferrer llevaba tres años trabajando con ella en la agencia. Era director de arte, tenía treinta y seis años, barba corta, camisetas siempre demasiado gastadas para los precios que cobraban sus campañas y una facilidad peligrosa para parecer tranquilo incluso cuando todo ardía a su alrededor. En otra época, Claudia habría agradecido su humor a primera hora. Aquella mañana, en cambio, cualquier comentario le parecía una rendija por la que podía entrar algo peor.
Samuel empezó a repasar la propuesta para una marca de seguros que quería sonar cercana sin parecer barata, emocionante sin resultar dramática y moderna sin asustar a sus clientes mayores. Claudia escuchaba a medias. En la presentación aparecían palabras que normalmente habría corregido sin esfuerzo, pero su cabeza seguía atada a la llamada de Irene.
No sabes lo que estás abriendo.
La incómoda es que tú no deberías recordar esa foto.
Si alguien te la ha mandado, no quiere contarte la verdad.
Quiere que la construyas tú.
Samuel cambió de diapositiva.
—Claudia, aquí necesitamos una línea más fuerte. Algo que deje al cliente pensando. Algo emocional, pero no evidente.
Ella tardó un poco en reaccionar.
—Sí. Lo miro después.
—Preferiría que lo miraras ahora.
Varias personas levantaron la vista del portátil. No era una bronca abierta, pero Samuel tenía esa forma de convertir una frase pequeña en una exposición pública. Claudia respiró despacio y observó la imagen de la campaña. Había una mujer mirando por la ventana, un niño jugando en una alfombra y un texto provisional que decía: “Porque nunca sabes lo que puede pasar mañana”. En otra situación, habría propuesto tres alternativas al instante. Esa mañana solo pudo pensar que nadie sabía lo que podía pasar ni siquiera dentro de cinco minutos.
—Podríamos ir hacia algo más íntimo —dijo al fin—. No tanto “lo que puede pasar mañana”, sino “lo que no viste venir”. La idea de proteger también lo que no imaginabas.
Bruno levantó una ceja, interesado.
—Eso tiene más filo.
Samuel la observó unos segundos.
—Desarróllalo.
Claudia asintió, pero antes de poder añadir algo, el móvil vibró dentro del bolso. No lo había dejado sobre la mesa precisamente para evitar aquello, y aun así el sonido le pareció enorme. Samuel siguió mirándola. Bruno también. Eva hizo como si revisara sus notas, aunque Claudia notó que estaba pendiente.
—¿Necesitas cogerlo? —preguntó Samuel.
—No.
El aparato insistió dentro del bolso, pero Claudia no se movió. Samuel dejó el rotulador sobre la mesa con suavidad.
—Pues seguimos.
La reunión continuó durante veinte minutos más, pero Claudia ya no volvió del todo. Contestó lo justo, propuso cambios sin escucharse, aceptó dos tareas y rechazó una frase de Eva con un argumento tan automático que ni siquiera supo si tenía razón. Cuando por fin salieron de la sala, Bruno la alcanzó junto a la máquina de café.
—Vale, ahora en serio. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Cuando dices nada con esa cara suele ser una de estas tres cosas: tu madre, tu exmarido o Samuel haciendo de Samuel. Y como Samuel estaba dentro, me quedan dos.
Claudia intentó sonreír, pero le salió mal.
—Es Irene.
Bruno perdió un poco la ligereza.
—¿Tu hermana?
—Sí.
—¿Está bien?
La pregunta era sencilla, demasiado sencilla para una respuesta que no podía serlo.
—No lo sé.
Bruno miró hacia el pasillo, donde Samuel hablaba con Eva frente a los cristales del despacho.
—¿Quieres bajar a tomar aire?
—Tengo que hacer una llamada.
—Puedo cubrirte un rato.
Claudia lo miró con gratitud, aunque también con una sospecha pequeña e injusta que le incomodó. Hasta la noche anterior, Bruno era simplemente Bruno. Un compañero que la hacía reír, que conocía sus manías, que le había llevado sopa cuando se quedó con fiebre tras la separación y que nunca preguntaba más de la cuenta. Ahora, después de tres avisos anónimos y una fotografía bajo la puerta, todo el mundo parecía capaz de esconder una habitación entera detrás de la cara.
—Gracias —dijo—. Será rápido.
Se encerró en el baño de la segunda planta, el único lugar de la agencia donde casi nunca entraba nadie a esas horas, y sacó el teléfono. Tenía dos llamadas perdidas de un número privado y un texto de su madre.
¿Podemos hablar luego? Irene me ha llamado muy rara.
Claudia leyó la frase varias veces. Luego abrió la conversación con su hermana, pero no había nada nuevo desde el último mensaje que ella misma le había enviado hacía diez minutos.
Llámame. Por favor.
Marcó otra vez y volvió a encontrarse con el aparato apagado. Probó a escribirle, preguntándole si estaba bien, pero no llegó el doble check.
Claudia apoyó la espalda en la pared del baño. Había un azulejo roto junto al lavabo y una mancha de humedad en el techo que la empresa llevaba meses prometiendo arreglar. Se fijó en esos detalles absurdos porque eran concretos, reales, manejables: una humedad, un azulejo, una puerta con pestillo. Cosas que no dependían de una noche enterrada veinte años atrás.
Llamó a su madre.
Teresa contestó al segundo tono.
—Claudia.
Su voz sonó tensa, pero no sorprendida. Teresa Almagro siempre había tenido una manera muy particular de preocuparse: no preguntaba, ordenaba el miedo de los demás para que no manchara demasiado. Incluso por teléfono se la podía imaginar impecable, con el pelo rubio cortado a la altura de la mandíbula, las gafas sobre la mesa y esa postura recta de mujer que había aprendido a no derrumbarse en público ni en privado.
—Mamá, ¿has hablado con Irene?
—Me ha llamado esta mañana. Estaba alterada.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada claro.
—Eso no significa nada. Irene nunca dice nada claro.
Teresa hizo una pausa.
—Me ha preguntado si tú estabas bien.
Claudia cerró los ojos un momento.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no lo sabía. No me has cogido el teléfono.
—Porque eran las diez de la noche y estaba trabajando.
—Siempre estás trabajando cuando no quieres hablar.
A Claudia le faltó paciencia para discutir eso.
—Mamá, alguien me ha escrito sobre aquella noche.
El silencio que siguió fue distinto al de Irene. Su hermana dejaba huecos para esconderse. Su madre los dejaba para decidir qué versión convenía.
—¿Qué noche?
Claudia soltó una risa breve, sin humor.
—No hagas lo mismo que ella.
—No sé de qué me estás hablando.
—Sí lo sabes. Me refiero a la noche en que Irene volvió a casa de madrugada llena de barro.
—Eso pasó hace muchísimos años.
—Pero pasó.
—Y no fue como tú lo recuerdas.
Claudia se separó de la pared.
—Entonces explícame cómo fue.
—No ahora.
—Claro que ahora.
—Estás en el trabajo.
—Eso no te ha importado para escribirme.
Teresa respiró con fuerza al otro lado de la línea, y Claudia notó que su madre estaba irritada, pero también que había algo debajo de esa irritación. Algo más parecido al miedo.
—Escúchame, Claudia. No sé quién te ha escrito ni qué pretende, pero te aconsejo que no hagas caso a avisos anónimos. Hay gente enferma. Hay gente que disfruta removiendo cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas familiares.
—Una desaparición de doce horas no es una cosa familiar. Es una desaparición.
—Tu hermana no desapareció.
Claudia apretó el teléfono.
—¿También te aprendiste la frase?
—No me hables así.
—Pues no me trates como si tuviera quince años.
Teresa no respondió enseguida. En el baño entró alguien, abrió un grifo, se lavó las manos y salió sin mirar a Claudia. Ella esperó a quedarse sola otra vez, con el móvil pegado a la oreja y el corazón golpeándole más rápido de lo que quería admitir.
—Me han dejado una foto en casa —dijo al fin—. Irene y yo delante de una verja. No recuerdo haber estado allí.
La respiración de Teresa cambió. Fue casi imperceptible, pero Claudia la oyó.
—¿Qué verja?
—Eso intento saber.
—Descríbemela.
—Negra. Alta. Con puntas de hierro. Hay una casa detrás. Parece de noche.
Teresa tardó demasiado en contestar.
—No sé qué puede ser.
—Mamá.
—No lo sé.
—Estás mintiendo.
—Estoy intentando protegerte.
La frase salió de golpe, y quizá por eso tuvo más verdad que todo lo anterior. Claudia se quedó quieta, mirando su propio reflejo en el espejo del baño. La luz blanca del techo le marcaba las ojeras, el cansancio y la tensión en la boca.
—¿De qué?
Teresa habló más bajo.
—Ven a comer a casa el domingo.
—No.
—Claudia.
—No voy a esperar al domingo mientras Irene está en Valencia, con el teléfono apagado, y alguien me deja fotos bajo la puerta.
—¿Irene está en Valencia?
La sorpresa de su madre fue tan limpia que Claudia notó otro golpe de inquietud.
—Eso me ha dicho.
—¿Dónde exactamente?
—No lo sé.
Teresa murmuró algo que Claudia no entendió.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
—Mamá.
—He dicho que no debería haber ido.
Claudia abrió la puerta del baño y salió al pasillo porque de pronto el aire le faltaba.
—¿Por qué?
Teresa volvió a colocarse la máscara. Claudia lo percibió incluso sin verla.
—No vayas detrás de ella.
—¿A Valencia?
—A ningún sitio. Quédate en Madrid. Trabaja. Haz tu vida. Si Irene quiere hablar, hablará.
—Alguien acaba de demostrarme que yo estuve allí y no lo recuerdo.
—No todo lo que no recuerdas necesita recuperarse.
A Claudia se le heló la piel.
—Eso no lo decide nadie por mí.
—Hay recuerdos que no vuelven enteros, Claudia. Y cuando vuelven a trozos, pueden hacer mucho daño.
—¿A mí o a vosotros?
Teresa colgó.
Claudia se quedó en mitad del pasillo, rodeada de paredes blancas, carteles de campañas antiguas y gente que iba de un despacho a otro con carpetas, cafés y teléfonos. Durante unos segundos tuvo la sensación absurda de que la agencia funcionaba dentro de una realidad distinta, una realidad donde lo importante era vender seguros, revisar titulares y no preguntarse por qué tu madre prefería que no recordaras una foto.
El móvil vibró otra vez, y esta vez no era Irene ni Teresa, sino el remitente oculto.
Tu madre siempre eligió muy bien qué olvidar por ti.
Claudia sintió una náusea seca, pero no se quedó quieta. Caminó hasta la escalera de emergencia y bajó un tramo, lo suficiente para quedar fuera de las cámaras del pasillo principal. Allí abrió la imagen que había escaneado y amplió la esquina donde se veía la tercera persona.
Seguía borrosa. Una silueta detrás de la verja. Un objeto metálico en la mano. Nada suficiente para identificar a nadie, pero demasiado concreto para ignorarlo.
Guardó el aparato y volvió a la oficina con una decisión tan rápida que ni siquiera tuvo tiempo de asustarse por completo. Bruno estaba en su mesa, retocando una imagen. Al verla acercarse, se quitó los auriculares.
—Eso no ha sido rápido.
—Necesito pedirte algo.
—Dispara.
—¿Puedes mejorar una foto antigua?
Bruno la miró con más atención.
—Depende de lo antigua, de lo dañada y de si estamos hablando de mejorar o de hacer milagros.
Claudia sacó la carpeta de su bolso y miró alrededor antes de enseñársela.
—No quiero que nadie la vea.
El cambio en la cara de Bruno fue inmediato. Dejó el café a un lado, cerró una ventana del ordenador y bajó la voz.
—Vale.
Claudia puso la fotografía sobre la mesa, tapándola parcialmente con la mano, como si aún pudiera proteger algo.
Bruno la observó sin tocarla.
—¿Quiénes son?
—Mi hermana y yo.
—¿Seguro?
—De Irene sí. De mí… casi seguro.
Bruno no preguntó más. Esa era una de las cosas que Claudia agradecía de él y que, al mismo tiempo, empezaba a parecerle peligrosa. Bruno sabía esperar. Sabía dejar que el otro hablara. Sabía no empujar una puerta hasta que la puerta ya estaba medio abierta.
—Necesito ver quién hay detrás de la verja —dijo ella.
Bruno acercó la silla.
—Puedo escanearla y trabajar con la resolución que haya. Pero, Claudia, si la imagen no tiene información, no puedo inventarla.
—No quiero que inventes nada.
Él la miró un segundo, y Claudia entendió que había elegido mal la frase.
—Ya.
Bruno cogió la fotografía por los bordes con cuidado.
—Tardo un rato.
—No se lo enseñes a nadie.
—No lo haré.
—Ni a Samuel.
Bruno sonrió apenas.
—A Samuel no le enseñaría ni una factura si pudiera evitarlo.
Claudia intentó devolverle la sonrisa, pero el teléfono vibró antes de que pudiera decir nada. Esta vez era un correo de Samuel, enviado a todo el equipo, con el asunto “REAJUSTE URGENTE CAMPAÑA SEGUROS”. En el cuerpo del mensaje había tres líneas secas pidiendo nuevas propuestas antes de las seis.
Al final, añadía una frase dirigida solo a ella.
Claudia, necesito que hoy estés aquí.
Aquello, en cualquier otro día, le habría molestado. Esa mañana le pareció casi una amenaza.
A las doce y media, Irene seguía con el teléfono apagado. Teresa no había vuelto a llamar. El remitente oculto no había escrito nada más, y esa ausencia, lejos de tranquilizarla, hacía que Claudia se sintiera observada desde un sitio que no lograba localizar.
Intentó trabajar. Escribió varias líneas para la campaña, cambió un encabezado, fingió revisar un documento y asistió a una llamada con un cliente que hablaba de confianza, futuro y tranquilidad como si esas palabras no fueran una broma cruel. A cada rato miraba hacia la mesa de Bruno, donde la fotografía ya no estaba a la vista. Él trabajaba con la pantalla ligeramente girada para que nadie pudiera verla, concentrado, sin su gesto habitual de ironía.
A la una y veinte, Bruno le mandó un aviso interno.
Ven a la sala pequeña.
Claudia se levantó demasiado rápido.
La sala pequeña era un cubículo con una mesa redonda, una pantalla y una pizarra llena de restos de rotulador. Bruno había bajado las persianas de cristal para que desde fuera solo se vieran sombras. En el monitor aparecía la fotografía ampliada.
—He limpiado lo justo —dijo él—. Sin inventar detalles. Solo contraste, enfoque y algo de luz.
Claudia se acercó.
Irene se veía un poco mejor, con la cabeza girada hacia la verja y la mandíbula tensa. La chica de espaldas también aparecía más clara, y Claudia ya no tuvo dudas: era ella. Su mochila. Sus zapatillas. Su forma de colocarse cuando quería marcharse de un sitio pero no se atrevía.
—Soy yo —murmuró.
Bruno no dijo nada.
—¿Y la sombra?
Él cambió a otra ampliación.
La tercera persona seguía parcialmente oculta, pero ahora se distinguía algo más. Estaba detrás de los barrotes, cerca de la entrada de la casa. No se le veía la cara, solo una parte del cuerpo, un brazo y la mano que sostenía el objeto metálico.
—Parece una llave —dijo Bruno.
Claudia notó que se le secaba la boca.
—¿Una llave?
—O un colgante. Algo pequeño. Pero diría que es una llave antigua.
Bruno amplió un poco más la zona. La imagen perdió calidad, aunque el objeto reflejó una forma reconocible: un aro y una parte alargada, estrecha.
—Hay otra cosa —añadió él.
—¿Qué?
Bruno señaló el lateral izquierdo de la foto, junto a la verja. Claudia tuvo que acercarse para verlo. En la piedra de entrada, medio tapado por la sombra, había un número grabado.
No parecía una fecha ni una marca casual, sino un número grande y oscuro, colocado junto a la entrada de aquella casa desconocida.
Claudia sintió que la imagen tiraba de algo muy dentro de su cabeza. Durante un instante oyó lluvia, pasos corriendo, una respiración que quizá era la suya y una voz masculina diciendo que no mirara atrás. Fue tan rápido que apenas pudo atraparlo.
Se llevó una mano a la frente, y Bruno se levantó de inmediato.
—Claudia.
—Estoy bien.
—No lo parece.
Ella apoyó la otra mano en la mesa y respiró hondo. La sala pequeña olía a café, a plástico caliente y a rotulador borrado. Todo era demasiado real para una imagen que no recordaba.
—Necesito saber dónde está esa casa.
Bruno volvió a mirar la fotografía ampliada.
—Con tan poco fondo será difícil.
—Irene está en Valencia.
—¿Crees que la casa también?
Claudia no contestó. No lo sabía. Pero su madre había reaccionado al escuchar Valencia. Irene había apagado el teléfono allí. Y alguien acababa de enviarle una imagen que la colocaba frente a una verja con el número 17.
Bruno se sentó de nuevo.
—Puedo buscar coincidencias con imágenes públicas si hay algo reconocible, pero no prometo nada.
—Hazlo.
—Claudia, esto ya no parece solo un asunto familiar raro.
—Lo sé.
—Entonces quizá deberías ir a la policía.
Ella miró la fotografía. Si iba a la policía, ¿qué contaría? ¿Que un número oculto le había escrito una palabra? ¿Que su hermana no quería hablar de una noche de hacía más de veinte años? ¿Que su madre le había colgado cuando ella le preguntó por una verja? ¿Que había una casa que no recordaba y una llave borrosa en una foto antigua?
—Todavía no tengo nada.
Bruno no discutió, pero su cara dijo que no estaba de acuerdo.
El teléfono de Claudia vibró sobre la mesa. Ambos miraron la pantalla iluminada por el aviso del remitente oculto. Claudia no quería abrirlo delante de Bruno, pero tampoco pudo evitarlo.
El 17 no era una casa.
Bruno leyó la frase sin pedir permiso. Claudia no se enfadó. Ni siquiera tuvo fuerzas.
Un segundo después llegó otro aviso.
Era el lugar donde tu hermana aprendió a mentir.
CAPÍTULO 3
El número 17
El aviso dejó la sala pequeña en silencio.
Fuera, detrás de las persianas de cristal, la agencia continuaba funcionando con su ruido habitual de teclados, conversaciones rápidas, llamadas de clientes y pasos por el pasillo. Dentro, en cambio, todo parecía haberse detenido alrededor de la fotografía ampliada, del móvil apoyado boca arriba sobre la mesa y de dos frases que ya no podían leerse como una amenaza cualquiera.
El 17 no era una casa.
Era el lugar donde tu hermana aprendió a mentir.
Bruno fue el primero en moverse. Cerró del todo la puerta, aunque ya lo estaba, y bajó un poco más la persiana interior para que nadie pudiera ver la imagen desde fuera.
—¿Quién tiene tu número? —preguntó.
Claudia soltó una risa breve, más nerviosa que irónica.
—Medio mundo. Clientes, proveedores, familia, vecinos, gente que no recuerdo haber conocido y empresas que todavía creen que quiero cambiar de compañía eléctrica.
—Ya, pero esto no lo manda una empresa de electricidad.
—Gracias por la aclaración.
Bruno no se molestó. Se acercó de nuevo a la imagen ampliada y señaló el número grabado junto a la verja.
—El aviso ha llegado justo después de que hayamos visto esto.
—Lo sé.
—No después de que tú lo vieras en tu piso. Después de verlo aquí.
Claudia siguió la dirección de su dedo. El número aparecía medio comido por la sombra, pero una vez descubierto era imposible apartar la vista. Ya no parecía un detalle casual de la piedra, sino una marca colocada para que alguien la encontrara en el momento exacto.
—Quizá nos han visto ampliarlo —dijo ella, aunque en cuanto lo pronunció deseó no haberlo hecho.
Bruno observó la sala. No tenía ventanas a la calle, solo cristales hacia el pasillo de la agencia. Había una cámara en la entrada general, otra en recepción y una más junto a las escaleras, pero ninguna dentro. Aun así, Claudia tuvo la necesidad absurda de tapar la cámara del portátil, como si alguien pudiera estar observándola desde ahí.
—O quizá sabía que acabarías buscando ese detalle —respondió Bruno—. Si alguien ha preparado esto, puede haber calculado cómo ibas a reaccionar.
Aquello era incluso peor.
Claudia cogió el móvil y bloqueó la pantalla con un gesto rápido.
—No voy a seguirle el juego.
Bruno la miró con cuidado.
—Claudia, ya estamos siguiéndolo.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo como se dicen las cosas que uno preferiría no tener que decir. Claudia apoyó las manos sobre el respaldo de una silla y bajó la cabeza. Durante años se había burlado de sí misma por imaginar demasiado, por ver peligros donde quizá solo había retrasos, silencios o malos días. Ahora alguien estaba usando esa parte de ella como si conociera el mecanismo exacto: primero una palabra, luego una posibilidad, después una prueba y, cuando esa prueba empezaba a abrir una grieta, otra frase para empujarla dentro.
—Necesito encontrar a Irene —dijo.
—¿Tienes alguna dirección en Valencia?
—No. Solo sé que está allí porque me lo ha dicho ella.
—¿Amigos? ¿Trabajo? ¿Algún sitio donde pueda haber ido?
Claudia pensó en su hermana con una sensación extraña. Irene era de esas personas que parecían contar poco porque no necesitaban contar más. Tenía una vida ordenada, un piso luminoso en el barrio de Salamanca, un trabajo en una consultora donde hacía cosas que Claudia nunca terminaba de entender y una habilidad admirable para mantener a todo el mundo a distancia sin parecer antipática. Podía desaparecer un fin de semana entero y volver el lunes diciendo que había necesitado aire, y nadie se atrevía a pedirle demasiadas explicaciones.
—Tiene una amiga allí —recordó—. O la tenía. Martina. Fueron compañeras en la universidad.
—¿Apellido?
—No me acuerdo bien. Algo valenciano. Ferrer no, eso eres tú. Fuster, quizá. O Ferrandis. No sé.
Bruno abrió una pestaña nueva en el navegador.
—Podemos buscarla.
—No quiero meter a más gente.
—Entonces llama otra vez a tu madre.
Claudia levantó la mirada.
—Mi madre acaba de colgarme después de decirme que no todo lo que no recuerdo necesita recuperarse.
—Precisamente por eso.
El razonamiento era sólido, y Claudia lo odió un poco. Buscó el contacto de Teresa y llamó antes de arrepentirse. Esta vez su madre tardó más en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó baja, como si hubiera salido a un pasillo o se hubiera encerrado en una habitación para que nadie la oyera.
—Te he dicho que ahora no puedo hablar.
—Pues vas a tener que hacerlo.
—No me hables así.
—Mamá, el 17 no era una casa.
El silencio de Teresa fue inmediato. No hubo pregunta, fingimiento ni ese “¿qué 17?” que habría usado si de verdad no supiera nada. Claudia sintió que la rabia le subía de golpe, una rabia caliente, limpia, casi útil.
—Lo sabes —dijo—. Sabes qué significa.
Bruno apartó la vista, dándole una intimidad que en realidad no existía, porque estaba lo bastante cerca para oír la conversación. A Claudia no le importó. Ya no.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Teresa.
—El mismo que me dejó la fotografía.
—¿Qué más te ha dicho?
—Que era el lugar donde Irene aprendió a mentir.
Teresa aspiró aire con fuerza.
—No repitas frases que no entiendes.
—Pues ayúdame a entenderlas.
—No puedo.
—Claro que puedes. Lo que pasa es que no quieres.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo. Nunca es buen momento, nunca es tan sencillo, nunca recuerdo bien, nunca pasó como yo creo. ¿Te das cuenta de que cada vez que pregunto algo contestas como si estuvieras leyendo un manual para apagar incendios?
Teresa no respondió, y esa ausencia de defensa confirmó a Claudia que había dado en algo.
—Dime qué era el 17.
—Claudia, escucha. Hay cosas que pertenecen a Irene.
—En la imagen también estoy yo.
—Porque no debiste ir.
La frase salió de la boca de Teresa como un objeto que se cae de una estantería y se rompe antes de que nadie pueda recogerlo. Claudia cerró los dedos alrededor del móvil.
—¿Fui con ella?
—No voy a hablar de esto por teléfono.
—¿Fui con ella o me llevaron?
Hubo otra pausa, más larga y más pesada.
—Viniste después.
Claudia notó que algo se movía en su memoria, pero no llegó a abrirse. Era una sensación física, casi molesta, como tener una palabra en la punta de la lengua y no poder alcanzarla.
—¿Después de qué?
—De que Irene llamara.
—¿A quién?
—A casa.
—¿Y qué dijo?
Teresa bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro.
—Dijo que fueras tú.
Claudia sintió que la sala se alejaba un poco. Bruno dio un paso hacia ella, pero no la tocó.
—¿Qué?
—Tu hermana llamó a casa y pidió hablar contigo. Tu padre no quería despertarte, pero tú ya estabas escuchando desde el pasillo. La oíste llorar. Dijiste que sabías dónde estaba.
—Yo no sabía nada.
—Eso dijiste.
Claudia negó con la cabeza, aunque su madre no podía verla.
—No.
—Y luego saliste.
—No.
—Tu padre fue detrás de ti.
La negación volvió a subirle a la boca, pero esta vez se quedó atrapada en la garganta. Teresa se quedó callada, y Claudia sintió que la fotografía se mezclaba con otras imágenes que no sabía si eran recuerdos o invenciones: una chaqueta puesta sobre el pijama, las llaves en la mano de su padre, el ascensor bajando demasiado despacio y un coche arrancando bajo la lluvia.
—¿Por qué no lo recuerdo? —preguntó.
Teresa tardó tanto en contestar que Claudia pensó que iba a colgar otra vez.
—Porque al día siguiente tuviste fiebre.
—¿Fiebre?
—Muy alta. Estuviste dos días en la cama. El médico dijo que era una reacción nerviosa, agotamiento, un virus, no sé. Eras una niña.
—Tenía quince años.
—Para mí eras una niña.
—No me borra una noche una fiebre.
—A veces la cabeza aparta lo que no puede colocar.
Claudia miró la imagen en la pantalla. La chica de espaldas, la mochila azul, la verja negra y el número 17 demostraban que, durante veinte años, ella había vivido con una versión incompleta. Había pensado que Irene desapareció sola, y nadie le había dicho que ella también estuvo allí.
—¿Qué pasó en ese sitio?
—No puedo.
—Mamá.
—No puedo, Claudia. No así.
—¿Irene está allí?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla. Al otro lado de la línea, Teresa hizo un ruido casi imperceptible.
Bastó.
—Dios mío —murmuró Claudia—. Irene ha vuelto al 17.
Bruno levantó la cabeza.
—No vayas —dijo Teresa.
—Dime dónde está.
—No vayas.
—Dime dónde está o voy a buscarlo por mi cuenta.
—No sabes lo que estás diciendo.
—No, lo que no sé es qué llevo media vida sin saber porque vosotros decidisteis que era mejor tratarme como si fuera tonta.
—Nadie te trató como tonta. Te tratamos como alguien que podía romperse.
La frase la golpeó de una manera extraña, porque no sonó fría ni manipuladora. Sonó cansada. Culpable. Casi vieja.
—Pues me rompisteis igual —dijo Claudia.
Teresa no contestó.
—Dime dónde está el 17.
—No recuerdo la dirección exacta.
—Mentira.
—Recuerdo el camino, no la dirección.
—Pues descríbemelo.
—Era una casa vieja cerca de la carretera de El Saler, antes de llegar a una zona de arrozales. No estaba en una calle normal. Había una verja negra, cipreses y un número grabado en piedra. Tu padre condujo hasta allí como si ya hubiera ido antes.
Claudia sintió otro tirón en la memoria: Antonio, el coche, la lluvia y una carretera oscura con agua acumulada en los bordes.
—¿Papá conocía ese sitio?
Teresa respiró de forma irregular.
—Tu padre conocía a demasiada gente.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—No, es la única que quieres dar.
Esta vez Teresa no se defendió.
—Claudia, si Irene ha ido allí, quizá no quiere que la encuentres. Quizá quiere terminar algo sola.
—¿Terminar qué?
—Algo que empezó mucho antes que vosotras.
La línea quedó en silencio un segundo, y después la llamada se cortó.
Claudia bajó el móvil despacio. No intentó devolver la llamada. No habría servido de nada. Su madre acababa de darle más información en cinco minutos que en veinte años, y aun así lo más importante seguía fuera de su alcance, como si todos hablaran alrededor de una verdad enorme sin atreverse a nombrarla.
Bruno seguía junto a la mesa.
—¿El Saler? —preguntó.
Claudia asintió.
—Eso ha dicho.
—Es una zona grande.
—Pero hay una verja negra, cipreses y un número 17 grabado en piedra.
—Podemos buscar por mapas, imágenes, registros, lo que sea. Pero, Claudia, si esto conecta con algo grave de hace años, no deberías ir sola.
Ella lo miró.
—No he dicho que vaya.
Bruno no necesitó responder. La conocía lo suficiente para saber que ya había empezado a irse por dentro.
Claudia salió de la sala pequeña y volvió a su mesa. La oficina le pareció un escenario absurdo, como si todos estuvieran representando una obra sobre gente normal. Eva discutía con un diseñador por el color de un fondo. Samuel hablaba desde su despacho con la puerta entornada. Un becario pasaba con una bandeja de cafés y cara de no saber a quién pertenecía cada uno. Ella se sentó, abrió el correo y leyó sin entender dos líneas de un cliente. Después cerró el portátil.
Bruno apareció a su lado.
—¿Qué haces?
—Me voy.
—Samuel te va a matar.
—Que coja número.
—No era una sugerencia para que te quedes. Era un aviso para que pienses qué vas a decirle.
Claudia guardó la fotografía en la carpeta y la carpeta en el bolso.
—Diré que tengo un asunto familiar.
—Eso es verdad.
—Por una vez.
Antes de levantarse, miró hacia el despacho de Samuel. Su jefe estaba de espaldas, frente a una pizarra llena de notas. En la mesa tenía su teléfono, una libreta negra y una carpeta azul que Claudia había visto muchas veces sin prestar atención. Lo que la hizo detenerse no fue la carpeta, sino una fotografía pequeña clavada en el corcho junto a la ventana interior.
No estaba segura de haberla visto antes.
Mostraba a Samuel en un evento, sonriendo junto a dos hombres mayores. Uno de ellos le sonaba vagamente, quizá de alguna reunión, quizá de alguna página web corporativa. El otro llevaba gafas oscuras y una mano apoyada sobre el hombro de Samuel con demasiada confianza.
Bruno siguió su mirada.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Pero ya había aprendido que esa palabra no servía para cerrar nada.
Claudia cogió el bolso y caminó hacia el despacho de Samuel. Llamó con los nudillos en el cristal antes de entrar. Él se volvió con una expresión de molestia medida.
—Espero que vengas con una propuesta.
—Tengo que irme.
Samuel dejó el rotulador sobre la mesa.
—No.
La respuesta fue tan seca que Claudia tardó un instante en procesarla.
—No te lo estoy preguntando.
—Y yo no estoy negociando. Tenemos una entrega a las seis, un cliente esperando y un equipo que depende de que hagas tu parte.
—Es un asunto familiar.
Samuel la observó con una atención distinta. No parecía solo enfadado. Parecía interesado.
—¿Algo grave?
—Sí.
—¿Tu madre?
Claudia se quedó quieta.
—¿Por qué dices mi madre?
Samuel parpadeó apenas, pero lo suficiente.
—La mencionaste antes en la reunión. O quizá fue Bruno.
—No he mencionado a mi madre en la reunión.
Samuel sonrió de una forma más suave.
—Entonces lo habré imaginado.
La palabra volvió a colocarse entre los dos, limpia, exacta, insoportable. Claudia sintió que todo su cuerpo se tensaba, pero no quiso regalarle una reacción demasiado evidente.
—Me voy —dijo.
—Claudia.
—Mañana recuperaré el trabajo.
—No hagas tonterías por algo que quizá no entiendes.
Ella ya tenía la mano en el pomo, pero se detuvo.
—¿Qué has dicho?
Samuel se recostó un poco contra la mesa.
—He dicho que no hagas tonterías. Estás alterada.
—No. Has dicho “por algo que quizá no entiendes”.
—Es una forma de hablar.
Claudia lo miró con más atención. Samuel tenía cuarenta y pocos años, éxito, contactos, una seguridad que a veces rozaba la arrogancia y esa capacidad tan suya para moverse por todas partes como si hubiera estado allí antes que los demás. Nunca le había caído especialmente bien, pero hasta ese momento tampoco le había dado miedo.
—¿Qué sabes? —preguntó.
Samuel soltó una risa breve.
—Sé que tienes una entrega a las seis.
—No estoy hablando de eso.
—Yo sí.
Durante unos segundos se quedaron mirándose en silencio. Claudia notó que él no iba a ceder, y quizá por eso decidió hacerlo ella de la única forma que podía permitirse.
—Pues despídeme si quieres.
Salió del despacho sin esperar respuesta.
Bruno la alcanzó junto al ascensor con su chaqueta puesta y una mochila colgada del hombro.
—Voy contigo.
—No.
—No te lo estoy preguntando.
—Bruno, no quiero meterte en esto.
—Tarde.
Claudia pulsó el botón del ascensor.
—No sabes ni adónde voy.
—A Valencia.
—Primero a mi casa.
—Entonces a tu casa y luego a Valencia.
Claudia estuvo a punto de discutir, pero el móvil vibró dentro del bolso y los dos se quedaron inmóviles. Lo sacó despacio. El aviso no era del remitente oculto.
Era de Irene.
No vengas al 17.
Debajo llegó otro, apenas un segundo después.
Si mamá te ha contado el camino, olvídalo.
Claudia escribió con dedos rápidos.
¿Dónde estás?
El doble check apareció en gris y luego en azul. Irene estaba leyendo.
Durante casi un minuto no contestó. El ascensor llegó, abrió las puertas y una mujer de contabilidad salió hablando por teléfono sin mirarles. Claudia y Bruno entraron. Las puertas empezaron a cerrarse.
El móvil vibró de nuevo.
Estoy donde empezó todo.
Claudia sintió que el suelo del ascensor bajaba demasiado deprisa.
Luego llegó una última frase.
Y creo que alguien me ha seguido.
CAPÍTULO 4
El camino de vuelta
Bruno no hizo preguntas hasta que salieron del edificio. Claudia agradeció la espera, porque necesitaba esos minutos para respirar sin tener que convertir el miedo en una explicación. Bajaron en silencio, cruzaron el vestíbulo de la agencia bajo la mirada distraída de la recepcionista y salieron a la calle justo cuando la lluvia empezaba a caer otra vez con esa insistencia fina que parecía no mojar al principio, pero que acababa metiéndose en la ropa, en el pelo y en los pensamientos.
Madrid seguía funcionando como si nada. Había taxis, motos, paraguas abiertos, gente hablando por teléfono, un repartidor discutiendo con alguien en la puerta de una cafetería y dos turistas empapados intentando orientarse con un mapa en el móvil. Todo aquello tenía una normalidad tan ofensiva que Claudia tuvo ganas de pararse en mitad de la acera y gritar que su hermana estaba en un lugar llamado el 17, que su madre acababa de admitir que ella también estuvo allí de adolescente y que su jefe, de alguna manera, parecía saber más de lo que debía. No lo hizo. Siguió caminando con el bolso pegado al cuerpo y la sensación de que la ciudad avanzaba a su alrededor sin enterarse de nada.
Bruno abrió el paraguas y se colocó a su lado, protegiéndola más de lo necesario.
—Ahora sí —dijo—. Explícame qué vamos a hacer.
Claudia consultó el teléfono otra vez. Los dos últimos mensajes de Irene seguían allí, demasiado breves para todo lo que abrían.
Estoy donde empezó todo.
Y creo que alguien me ha seguido.
Había llamado a Irene tres veces después de recibir aquellas frases. La primera llamada sonó hasta cortarse, la segunda saltó al buzón y la tercera ni siquiera llegó a dar tono. Después le escribió varios mensajes, cada uno más inútil que el anterior, porque cuando alguien te dice que lo han seguido y deja de contestar, ninguna palabra parece suficiente.
Dime dónde estás.
Mándame ubicación.
Irene, contesta.
Por favor.
Ninguna de esas frases obtuvo respuesta.
—Primero voy a casa —dijo Claudia—. Necesito el coche, algo de ropa y el cargador.
—¿Y luego Valencia?
—Luego Valencia.
Bruno caminó unos metros sin contestar, y eso en él ya era una forma de desacuerdo.
—Son casi cuatro horas —dijo al fin—. Si salimos ahora, llegaremos de noche.
—Me da igual.
—A mí no. De noche, con lluvia, nerviosa y buscando una casa que no sabes dónde está, es una idea pésima incluso para tus estándares.
Claudia se detuvo tan bruscamente que una mujer casi chocó con ella.
—Mi hermana acaba de decirme que alguien la ha seguido.
—Y precisamente por eso no deberíamos improvisar.
—¿Qué propones? ¿Que espere a mañana? ¿Que pida cita con mi madre para que me mienta con calma? ¿Que Samuel me autorice a tener una crisis familiar entre una campaña de seguros y otra de cosméticos?
Bruno no se alteró, y aquello la irritaba y la tranquilizaba a la vez.
—Propongo que hagamos dos cosas mientras vamos a tu casa. Una, buscar a qué puede corresponder ese 17 cerca de El Saler. Dos, dejar constancia de dónde vamos, aunque sea con alguien de confianza.
—No.
—Claudia.
—No quiero implicar a más gente.
—Ya hay más gente implicada. Tu madre, Irene, Samuel, quien te envía los avisos y alguien que quizá está siguiendo a tu hermana. Lo de mantenerlo pequeño ya no depende de ti.
La frase era razonable, y por eso mismo le molestó. Reanudó la marcha hacia la parada de taxis con el teléfono en la mano. Bruno la siguió sin insistir, aunque sacó el suyo y empezó a buscar algo mientras caminaba.
—Dijiste que tu madre habló de una casa vieja cerca de la carretera de El Saler, con cipreses, verja negra y un número grabado en piedra —dijo—. Eso no es una dirección, pero tampoco es nada.
—También dijo que mi padre condujo hasta allí como si ya hubiera ido antes.
—Eso puede ser importante.
—Mi padre murió hace seis años, Bruno. Ya no puedo preguntarle si tenía la costumbre de llevar a sus hijas a sitios que luego toda la familia fingía no recordar.
Él levantó la vista. La tristeza le cruzó la cara, pero tuvo la delicadeza de no suavizarla con una frase de consuelo.
—¿Guardas cosas suyas?
Claudia pensó en la pregunta con desgana, y después comprendió por qué la hacía.
—En casa de mi madre habrá papeles, fotos, documentos. En la mía solo tengo algunas cajas.
—¿Agendas antiguas? ¿Libretas? ¿Recibos? ¿Llaves?
—No lo sé.
—Antes de salir hacia Valencia deberíamos mirar.
—No voy a ponerme a revisar cajas mientras Irene puede estar en peligro.
—Diez minutos pueden ahorrarnos tres horas dando vueltas por arrozales.
Claudia abrió la boca para discutir, pero el taxi se detuvo delante de ellos y no dijo nada. Entraron en el coche. Ella dio su dirección, se apoyó contra el asiento y miró por la ventanilla mientras el centro de Madrid empezaba a deslizarse al otro lado del cristal, gris, mojado y lleno de vidas ajenas.
Bruno siguió buscando desde el teléfono. Claudia lo veía de reojo pasar mapas, ampliar zonas, escribir combinaciones de palabras y hacer capturas. No quiso preguntarle cada dos segundos si había encontrado algo porque sabía que no, pero la espera le hacía daño. Cada semáforo parecía una provocación, cada frenazo una pérdida de tiempo y cada minuto sin noticias de Irene abría una posibilidad nueva en su cabeza, todas igual de oscuras.
Veía a su hermana encerrada en un vehículo desconocido, corriendo bajo la lluvia o frente a una verja que quizá no debía haber vuelto a cruzar. La veía mintiendo durante veinte años porque alguien le había enseñado a hacerlo allí.
—Para —murmuró.
Bruno levantó la cabeza.
—¿Qué?
Claudia se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—Nada.
—Estás imaginando.
No sonó como una acusación, sino como una constatación cuidadosa. Aun así, la palabra le golpeó.
—Pues claro que estoy imaginando. Es lo único que me dejan hacer. Todos sueltan frases a medias, desaparecen, cuelgan, me mandan fotos borrosas y esperan que yo rellene los huecos.
—Eso es exactamente lo que quiere quien te escribe.
—Ya lo sé.
—Entonces intenta separar lo que sabes de lo que estás completando.
Claudia lo miró con cansancio.
—¿Quieres hacer una lista?
—Puede parecer una tontería, pero ayuda.
—Estamos en un taxi, mi hermana no contesta y quizá hay alguien siguiéndola.
—Precisamente.
La calma de Bruno tenía algo firme, casi práctico, y Claudia entendió que, si no hacía algo con la cabeza, acabaría ahogándose dentro de sus propias imágenes. Abrió una nota y empezó a escribir con los dedos algo torpes.
—Sé que Irene está en Valencia, o al menos eso me dijo. Sé que se ha ido al 17, aunque no sé exactamente qué es. Sé que mi madre conoce ese sitio y no quería que yo lo recordara. Sé que yo estuve allí hace más de veinte años. Sé que hay una foto. Sé que en la foto aparece una tercera persona detrás de la verja. Sé que alguien me mandó avisos sobre eso antes de que yo supiera nada.
—Y sabes que Samuel ha dicho algo raro —añadió Bruno.
Claudia giró la cabeza.
—¿Tú también lo has notado?
—He notado que has salido de su despacho con cara de querer romper algo. No he oído lo que decía.
—Me ha dicho que no hiciera tonterías por algo que quizá no entiendo.
Bruno dejó de mirar su teléfono.
—Eso no suena casual.
—No.
—¿Samuel conoce a tu familia?
—No que yo sepa.
—¿A Irene?
—Tampoco.
—¿A tu padre?
Claudia iba a responder que no, pero la palabra se le quedó a medio camino. Su padre había trabajado durante años como asesor financiero para empresas, fundaciones, clientes privados y gente con demasiado dinero para hacer preguntas normales. Claudia nunca entendió del todo en qué consistía su trabajo, quizá porque en casa se hablaba poco de él. Sabía que viajaba, que iba a comidas, que recibía llamadas tarde y que algunas noches volvía con una tensión que no se quitaba ni con una copa. También sabía que Samuel se movía en círculos de empresarios, marcas, inversores y gente que usaba la palabra confianza como una moneda.
—No lo sé —admitió—. Mi padre conocía a mucha gente.
—Tu madre ha dicho algo parecido.
Claudia asintió despacio.
—Ha dicho que mi padre conocía a demasiada gente.
Bruno guardó esa frase en silencio, como si supiera que todavía no convenía tocarla demasiado.
Cuando llegaron al edificio de Claudia, la lluvia había empeorado. El portero, Julián, estaba en su garita leyendo el periódico con las gafas bajas, pero levantó la cabeza al verla entrar a esa hora, con Bruno detrás y una expresión que probablemente no encajaba con un día normal de trabajo.
—Buenos días, Claudia. ¿Todo bien?
La pregunta era cordial, automática, pero a ella le recordó el sobre en el felpudo, la fotografía y el timbre de primera hora.
—Julián, ¿esta mañana has visto a alguien subir a mi piso?
El portero dejó el periódico sobre la mesa.
—¿Subir?
—Sobre las ocho menos diez. Han llamado a mi puerta y han dejado un sobre.
Julián frunció un poco la boca, no como quien sospecha, sino como quien repasa mentalmente el movimiento del edificio.
—A esa hora ha entrado bastante gente. Los de mensajería, la chica del cuarto, un técnico del gas para el segundo B… pero sobres en mano no recuerdo.
—¿Podríamos mirar las cámaras?
El portero miró a Bruno y luego a ella.
—Eso tendría que autorizarlo la administradora o la policía, ya sabes cómo está el tema.
La paciencia de Claudia se rompió un poco por dentro.
—Julián, alguien ha dejado algo en mi puerta.
—No digo que no, hija. Digo que no puedo enseñarte las grabaciones sin más. Si ha pasado algo serio, llamamos a la policía y se hace bien.
Bruno intervino con un tono más amable.
—¿Podría al menos decirnos si vio a alguien desconocido en la planta?
Julián dudó.
—Desconocido, no. Pero ha habido un momento en que el ascensor se ha quedado parado en vuestro piso y luego ha bajado vacío.
A Claudia le recorrió un escalofrío.
—¿A qué hora?
—No puedo decirte exacto. Poco antes de las ocho, quizá. Me llamó la atención porque pensé que alguien lo había retenido, pero luego bajó y no salió nadie.
—¿Pudo bajar por la escalera?
—Claro.
—¿Y la cámara de la entrada?
—Si bajó por el garaje, no lo habría visto salir por aquí.
Claudia no había pensado en el garaje. Quien hubiera dejado el sobre podía haber entrado por el portal, subir, llamar a su puerta, dejarlo y salir por las escaleras hasta el sótano. Si tenía llave del edificio o si alguien le había abierto, no habría necesitado pasar por delante del portero al marcharse.
—¿El técnico del gas llevaba uniforme? —preguntó Bruno.
—Sí. Y ha estado en el segundo B con la señora Carmen, que no le quita ojo a nadie. No creo que fuera él.
—¿Mensajería?
—Dos chicos distintos. Uno dejó paquetes en el tercero y otro en el quinto. Los dos salieron por la puerta principal.
Claudia respiró hondo.
—Si consigo autorización, ¿guardas las imágenes?
Julián asintió con seriedad.
—Claro. Se guardan unos días. Pero, Claudia, si alguien ha entrado en tu planta, quizá deberías denunciarlo.
—Lo haré.
No sabía si era verdad.
Subió a casa con Bruno sin hablar. En el ascensor, ambos miraron el espejo donde se reflejaban sus caras cansadas, la chaqueta mojada de Bruno y el bolso de Claudia pegado al cuerpo. Al llegar a su planta, ella se detuvo antes de salir. El rellano estaba vacío. La puerta del piso de enfrente seguía cerrada. El felpudo gris permanecía en su sitio, como si no hubiera sostenido una fotografía que acababa de cambiarle la vida.
Claudia abrió con cuidado.
El piso olía a café frío.
Todo estaba igual, y precisamente por eso resultaba inquietante. El portátil seguía abierto en la cocina, la taza sobre la mesa, las tijeras junto al sobre vacío, una chaqueta en el respaldo de una silla. Nada indicaba que alguien hubiera entrado después de ella, pero desde los avisos de la noche anterior la palabra “nada” había perdido cualquier capacidad de tranquilizar.
—Cierra con llave —dijo Bruno.
Claudia obedeció.
—Las cajas de mi padre están en el armario del pasillo.
—¿Puedo?
—Sí.
Mientras Bruno abría el armario, ella fue al dormitorio y sacó una mochila pequeña. Metió ropa interior, una camiseta, un jersey, el cargador, unas zapatillas y un neceser sin pensar demasiado. Después se quedó mirando la caja de Álex sobre la cómoda. No tenía nada que ver con aquello, o eso quería creer, pero algo en la presencia de las cosas de su exmarido le resultó de pronto intolerable.
Cogió el teléfono y le escribió.
Necesito que vengas a recoger tus cosas esta semana.
La respuesta llegó casi al instante.
Hola a ti también.
Claudia no tenía energía para ironías.
No es buen momento.
Álex contestó con un audio, pero ella lo dejó sin reproducir.
Desde el pasillo, Bruno la llamó.
—Claudia.
Fue hacia él. Había sacado tres cajas del armario y las había dejado sobre el suelo. En una ponía Papá - papeles, en otra Fotos antiguas y en la tercera no ponía nada, solo había una pegatina medio arrancada de una empresa de mudanzas.
—La de papeles está llena de facturas y documentos —dijo Bruno—. La de fotos puede llevarnos más tiempo. Pero esta…
Señaló la tercera.
—¿Qué pasa con esa?
—Tiene candado.
Claudia se agachó. Era una caja de madera oscura, no muy grande, con cierres metálicos y un candado pequeño que ella no recordaba haber visto nunca. No parecía algo que hubiera guardado allí conscientemente. Quizá su madre se la dio al vaciar el despacho de su padre y ella la metió en el armario sin abrirla, como tantas cosas que entonces dolían demasiado.
—No sé dónde está la llave.
Bruno miró el candado.
—Puedo forzarlo.
—Hazlo.
—¿Segura?
—Si mi padre quería que lo respetara, debería haber dejado una nota más clara.
Bruno fue a la cocina, cogió un destornillador pequeño de un cajón y volvió. Tardó menos de un minuto en abrir el candado. El clic sonó demasiado fuerte en el pasillo.
Dentro había papeles sujetos con gomas, un sobre marrón, varias fotos antiguas y una libreta de tapas negras. Claudia no tocó nada durante unos segundos. La letra de su padre aparecía en una etiqueta pegada al primer paquete.
Valencia. Septiembre.
No ponía año.
Bruno la miró.
—¿Septiembre era cuando pasó lo de Irene?
Claudia buscó en su memoria. La lluvia. El barro. El colegio ya empezado. Las tardes más cortas.
—Sí.
Cogió el sobre marrón. Dentro había recibos de hotel, una tarjeta de un restaurante, dos billetes de tren antiguos y una llave pequeña envuelta en papel. No era como la de la foto, o no exactamente, pero tenía un aro parecido y una etiqueta de plástico amarillenta con un número escrito a mano.
El pasillo pareció estrecharse.
Bruno se acercó.
—No puede ser casualidad.
Ella sacó también la libreta negra. Las primeras páginas estaban llenas de números de teléfono, nombres de empresas, direcciones y anotaciones breves con la letra ordenada de su padre. Pasó varias hojas deprisa hasta encontrar una página doblada por una esquina.
En la parte superior había una dirección.
Camí del Marjal, 17.
Debajo, tres nombres.
R. Ugarte.
D. Valls.
Teresa.
Claudia leyó el nombre de su madre como si no lo hubiera visto nunca.
—Mi madre estaba apuntada.
Bruno no respondió.
La página tenía una última frase, escrita en una línea aparte.
Si vuelve a pasar, no llevar a Claudia.
El piso quedó lleno de un silencio espeso. Claudia no podía apartar la mirada de aquella frase. No era una suposición, ni una interpretación, ni una imagen que su cabeza hubiera construido a partir de un aviso cruel. Era la letra de su padre, firme, reconocible, escrita años atrás en una libreta que alguien había guardado bajo candado.
—Vuelve a pasar —repitió ella en voz baja—. ¿Qué significa “vuelve a pasar”?
Bruno cogió la libreta con cuidado.
—Significa que lo de Irene quizá no fue la primera vez.
El teléfono de Claudia vibró sobre el suelo, donde lo había dejado mientras abrían la caja. Ella lo recogió con una sensación de cansancio anticipado, como si una parte de su cuerpo ya supiera que venía otro golpe.
El remitente volvía a ocultarse.
Tu padre sí intentó protegerte.
Claudia leyó el aviso sin respirar.
Debajo llegó otro.
Pero llegó tarde.
La puerta del piso sonó entonces con dos golpes suaves. No fue el timbre, sino unos nudillos tranquilos, educados, casi íntimos.
Bruno levantó la cabeza de inmediato. Claudia guardó el teléfono en el bolsillo y se incorporó despacio. Los golpes volvieron a sonar, igual de serenos, como si quien esperaba al otro lado supiera que le abrirían.
Ella caminó hasta la entrada con Bruno detrás.
Miró por la mirilla.
Álex estaba en el rellano.
Su exmarido llevaba el pelo mojado por la lluvia, una chaqueta negra y una expresión que no encajaba con alguien que venía a recoger una caja de camisas, libros y una taza fea.
Claudia abrió solo unos centímetros, dejando la cadena puesta.
—¿Qué haces aquí?
Álex miró primero la cadena, luego a ella y después a Bruno, que acababa de aparecer al fondo del recibidor.
—He recibido tu mensaje.
—Te he dicho esta semana, no ahora.
—Ya estaba cerca.
Claudia no creyó ni una palabra.
—No es buen momento.
Álex bajó la voz.
—Lo sé.
Ella se quedó muy quieta.
—¿Cómo que lo sabes?
Él miró hacia el hueco de la escalera antes de responder.
—Porque Irene me llamó anoche.
Claudia sintió que todas las piezas volvían a moverse, pero ninguna encajaba en el lugar correcto.
—¿Irene te llamó a ti?
Álex asintió, incómodo.
—Me pidió que viniera a verte si hoy no conseguía hablar contigo.
—¿Por qué iba a pedirte eso?
—Porque pensó que quizá a mí sí me abrirías la puerta.
Claudia notó que Bruno se acercaba un poco más, no de forma agresiva, sino protectora.
—¿Qué te contó?
Álex tragó saliva.
—Me dijo que si alguien te hablaba del 17, no fueras sola.
Claudia cerró los dedos sobre la cadena.
—¿Tú sabes qué es el 17?
Álex sostuvo su mirada unos segundos, y en ese breve silencio Claudia entendió que su exmarido, el hombre con el que había compartido diez años de vida, también tenía una habitación cerrada dentro de la historia.
—No todo —respondió él—. Pero sé una cosa.
—¿Cuál?
Álex habló muy bajo, casi sin mover los labios.
—Tu padre no murió creyendo que aquello había terminado.