CAPÍTULO 1
La tienda que no estaba
La primera vez que Pau notó que en Valdemora pasaba algo raro fue un martes por la tarde, justo después de clase, cuando su madre le pidió que bajara a comprar una barra de pan y una bolsa de naranjas.
Llevaban solo tres semanas viviendo en el pueblo y Pau todavía caminaba por sus calles con esa mezcla de curiosidad y despiste de quien sabe volver a casa, pero no conoce del todo el camino. Valdemora era un lugar bonito, de esos que parecían tranquilos desde fuera, con casas antiguas de balcones estrechos, farolas negras, una plaza con fuente y un campanario que daba las horas con un sonido un poco ronco, como si la campana estuviera siempre medio dormida.
A Pau le gustaba más de lo que esperaba. Al principio se había enfadado mucho cuando sus padres le dijeron que iban a dejar la ciudad para vivir allí. No le apetecía cambiar de colegio, ni hacer amigos nuevos, ni tener que aprender otra vez qué niños eran simpáticos, cuáles mandaban demasiado y cuáles te miraban como si fueras un intruso. Pero, aunque todavía echaba de menos algunas cosas, Valdemora tenía algo especial. No era una magia evidente, de esas con luces de colores y dragones en los tejados, sino una sensación extraña, como si el pueblo guardara historias en las esquinas y esperara a que alguien curioso se acercara lo suficiente para escucharlas.
Aquella tarde, el cielo estaba cubierto de nubes azuladas y las primeras luces de las farolas empezaban a encenderse, aunque aún no era de noche. Pau bajó por la calle Mayor con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera y la mochila golpeándole suavemente la espalda. Había aprendido que la panadería quedaba al final de la calle, justo antes de llegar a la plaza, al lado de una tienda pequeña con un toldo verde donde vendían caramelos, libretas, cromos, pilas, paraguas y casi cualquier cosa que uno pudiera necesitar en el último momento.
La tienda se llamaba La Esquina de Tomasa.
Pau la recordaba muy bien porque el primer día que llegó al pueblo su padre le había comprado allí una bolsa de regalices rojos. También recordaba a la dueña, una mujer mayor de pelo blanco y gafas enormes que le había dicho que los niños nuevos siempre recibían un caramelo de bienvenida. Era una tienda estrecha, con el escaparate lleno de juguetes pequeños, cuadernos de tapas brillantes y una campanilla dorada que sonaba cada vez que alguien abría la puerta.
Sin embargo, cuando Pau llegó al lugar donde debía estar la tienda, se detuvo.
Allí no había ningún toldo verde.
Tampoco había escaparate.
Ni puerta.
Ni campanilla.
Solo una pared lisa, azul oscuro, con una grieta fina cerca del suelo y un cartel oxidado que decía: SE ALQUILA.
Pau se quedó mirando la pared durante unos segundos, convencido de que se había equivocado de calle. Retrocedió unos pasos, observó la panadería, la fuente de la plaza al fondo y el portal rojo de la casa de enfrente. Todo estaba en su sitio. La panadería olía a pan caliente, como siempre, y la fuente seguía haciendo ese ruido tranquilo de agua cayendo sobre piedra. No había duda. La tienda tenía que estar allí.
Se acercó a la pared y pasó la mano por encima, como si al tocarla pudiera notar bajo la pintura el borde escondido de una puerta. La pared estaba fría y un poco húmeda. No había rastro de bisagras, ni de letrero, ni de escaparate. Parecía llevar años cerrada.
—Qué raro —murmuró.
Una señora que salía de la panadería con una bolsa de barras bajo el brazo lo oyó y le sonrió.
—¿Buscas algo, hijo?
Pau señaló la pared.
—Aquí había una tienda, ¿no? La de Tomasa.
La mujer lo miró con extrañeza, como si Pau acabara de preguntarle si en la plaza aterrizaban aviones.
—¿Una tienda?
—Sí. Tenía un toldo verde. Vendían chuches y libretas. La dueña me dio un caramelo cuando llegué al pueblo.
La señora negó despacio, pero no parecía enfadada ni burlona. Parecía sinceramente confundida.
—Aquí no ha habido ninguna tienda desde hace años. Ese local está vacío desde antes de que yo me mudara a esta calle.
Pau notó un cosquilleo incómodo en el estómago.
—Pero yo estuve dentro hace tres semanas.
La mujer soltó una pequeña risa, de esas que usan los adultos cuando creen que un niño se ha liado pero no quieren hacerlo sentir mal.
—A lo mejor fue en otra calle. Valdemora tiene muchas esquinas parecidas.
Pau no respondió porque sabía que no había sido en otra calle. Recordaba perfectamente la campanilla, el olor a regaliz, las cajas de cromos junto al mostrador y el caramelo de limón que Tomasa le había puesto en la palma de la mano. Recordaba incluso que, detrás de la caja registradora, había una fotografía antigua de la plaza con un tren pasando por donde ahora solo había bancos y árboles.
Entró en la panadería todavía inquieto. La panadera, una mujer fuerte y sonriente que siempre llevaba harina en los antebrazos, le preparó la barra de pan y las naranjas.
—¿La tienda de al lado cerró? —preguntó Pau, intentando sonar tranquilo.
La panadera levantó la vista.
—¿Qué tienda?
Pau apretó los dedos alrededor de las monedas.
—La de Tomasa.
El nombre quedó flotando en el aire como una palabra que no perteneciera a ese lugar. La panadera frunció un poco la boca, pensativa, y después negó con la cabeza.
—No conozco a ninguna Tomasa con tienda por aquí.
—Me vendió regalices.
—Pues no sería aquí, cariño.
Pau salió con la bolsa en una mano y el pan en la otra, pero ya no tenía ganas de volver directamente a casa. Cruzó la plaza más despacio de lo normal y se sentó un momento en el borde de la fuente. El agua estaba oscura bajo el cielo de la tarde y reflejaba las luces amarillas de las farolas.
Entonces la vio.
Daniela estaba de pie al otro lado de la plaza, junto a uno de los bancos, mirando exactamente hacia la misma pared azul que Pau acababa de dejar atrás.
Daniela iba a su clase. Era una niña rubia, de ojos claros y expresión despierta, de esas personas que parecen estar escuchando incluso cuando no hablan. Pau no la conocía mucho todavía, pero sabía que era lista, que leía muy rápido y que casi siempre terminaba los ejercicios antes que los demás. También sabía que no solía mezclarse demasiado en los grupos del recreo, aunque no parecía tímida. Más bien parecía elegir muy bien cuándo hablar y con quién.
Pau dudó un momento, pero al final se levantó y se acercó.
—¿Tú también la estás buscando? —preguntó.
Daniela giró la cabeza hacia él. No pareció sorprendida de verlo, y eso inquietó a Pau todavía más.
—¿La tienda? —dijo ella.
Pau sintió un alivio tan grande que casi se le escapó una risa.
—Entonces existía.
Daniela volvió a mirar la pared.
—Claro que existía.
—Pues todos dicen que no.
—Ya lo sé.
Aquella respuesta, tan tranquila, hizo que Pau se quedara callado. Daniela no parecía una niña que estuviera jugando a inventarse un misterio. Tenía los labios apretados y los ojos fijos en la pared, como si aquello le preocupara de verdad.
—¿Has estado dentro? —preguntó Pau.
—Muchas veces. Mi abuela compraba allí botones, sobres y caramelos de miel. A mí me gustaba la campanilla de la puerta.
—Sonaba raro —dijo Pau.
Daniela lo miró por fin.
—Como si viniera de muy lejos.
Pau notó que la piel de los brazos se le ponía de gallina. No sabía por qué, pero aquella frase encajaba demasiado bien con el recuerdo que tenía de la tienda.
—¿Y por qué nadie se acuerda?
Daniela bajó la voz.
—Mi abuela sí se acuerda.
—¿Tu abuela?
—Ella dice que en Valdemora a veces desaparecen cosas.
Pau miró alrededor. La plaza seguía igual de tranquila. Un niño pequeño perseguía una pelota cerca de los bancos, dos hombres charlaban junto a la puerta del bar y una señora regaba las macetas de un balcón. Nadie parecía preocupado porque una tienda entera hubiera desaparecido de una pared sin dejar rastro.
—¿Cosas como tiendas? —preguntó.
—Como lugares —respondió Daniela—. Y cuando un lugar desaparece, casi todo el mundo deja de recordarlo.
Pau quiso decir que eso era imposible. Estuvo a punto de hacerlo, de hecho. Pero acababa de hablar con dos adultas que no recordaban una tienda en la que él había estado hacía solo tres semanas, así que la palabra “imposible” perdió fuerza antes de salir de su boca.
—¿Y por qué nosotros sí?
Daniela se encogió de hombros.
—No lo sé.
En ese momento, alguien llegó corriendo desde la calle del colegio. Era Aday, otro niño de su clase, con el pelo oscuro, las gafas un poco torcidas y la mochila abierta. Siempre parecía tener prisa, aunque nadie supiera muy bien hacia dónde. Se detuvo delante de ellos respirando rápido y sujetando una libreta contra el pecho.
—Menos mal que estáis aquí —dijo.
Pau y Daniela lo miraron a la vez.
—¿Qué pasa? —preguntó Daniela.
Aday abrió la libreta con manos nerviosas. En una de las páginas había un dibujo de la plaza de Valdemora hecho a lápiz. Estaba bastante bien, con la fuente en el centro, la panadería a un lado, el campanario al fondo y varias calles saliendo como brazos. Pero había algo más. En el lugar donde ahora estaba la pared azul, Aday había dibujado una tienda pequeña con toldo verde.
Pau sintió que el corazón le daba un golpe.
—La dibujaste.
—Ayer —dijo Aday—. Para plástica. Teníamos que dibujar un rincón del pueblo.
Daniela se inclinó sobre la libreta.
—Ahí está la tienda.
—Sí, pero ahora viene lo raro —dijo Aday, bajando todavía más la voz—. La profesora me ha dicho que me la he inventado. Que esa tienda no existe. Y cuando he mirado el dibujo hace un rato…
Pasó la página.
En la hoja siguiente había otro dibujo de la misma plaza. Parecía casi igual, pero la tienda del toldo verde ya no estaba. En su lugar aparecía una pared lisa.
Pau tragó saliva.
—¿Has hecho dos dibujos?
Aday negó con tanta fuerza que las gafas se le resbalaron por la nariz.
—No. Yo solo hice uno.
Daniela no dijo nada. Tomó la libreta con cuidado y comparó las dos páginas. Sus ojos se movían deprisa de una a otra.
—Esto no estaba antes —murmuró.
—¿El qué? —preguntó Pau.
Daniela señaló una esquina del segundo dibujo, justo debajo de la fuente. Allí, entre las sombras hechas a lápiz, había una marca diminuta que parecía una flecha.
Aday se acercó más.
—Yo no he dibujado eso.
La flecha apuntaba hacia la biblioteca del colegio.
Durante un momento, los tres se quedaron callados en medio de la plaza, con el ruido de la fuente detrás y las farolas encendiéndose una a una sobre sus cabezas. Pau miró la pared azul, luego la libreta de Aday y después la calle que llevaba al colegio. Todo en su interior le decía que debía volver a casa, entregar el pan, cenar y olvidarse de aquello. Pero otra parte, mucho más fuerte, quería saber por qué una tienda podía desaparecer sin que nadie la recordara.
Daniela cerró la libreta con decisión.
—Tenemos que ir a la biblioteca.
—Está cerrada —dijo Aday.
—Mi madre trabaja hoy en secretaría hasta tarde —respondió Daniela—. A veces dejan la puerta lateral sin llave para que salga el personal de limpieza.
Pau la miró sorprendido.
—Eso suena a que ya has pensado entrar antes.
Daniela no sonrió, pero sus ojos brillaron con algo parecido a la emoción.
—Yo llevo mucho tiempo escuchando historias de mi abuela. Solo me faltaba una prueba.
Aday abrazó su libreta.
—Pues yo preferiría una prueba que no implicara colarnos en el colegio cuando está casi de noche.
—No vamos a colarnos —dijo Daniela—. Vamos a comprobar una cosa.
—Eso dicen siempre en las películas justo antes de meterse en un lío enorme —contestó Aday.
Pau miró la bolsa de naranjas que llevaba en una mano y la barra de pan que sobresalía bajo su brazo. Pensó en su madre esperando en casa y en lo difícil que sería explicarle que se había retrasado porque una tienda había desaparecido y una flecha dibujada sola los mandaba a la biblioteca del colegio.
Pero entonces recordó la campanilla de la tienda. Recordó a Tomasa poniendo un caramelo de limón en su mano y diciendo: “Los niños nuevos siempre reciben una bienvenida.” Recordó la fotografía antigua del tren pasando por la plaza.
Y, sobre todo, recordó que nadie más parecía recordarlo.
—Voy con vosotros —dijo.
Daniela asintió como si ya lo hubiera sabido. Aday soltó un suspiro larguísimo, pero no se fue. Los tres cruzaron la plaza y tomaron la calle del colegio mientras el campanario daba las siete con un sonido grave que hizo temblar un poco el aire.
Cuando pasaron junto a la pared azul, Pau no pudo evitar mirar de nuevo. Por un segundo, solo un segundo, creyó ver algo escrito en la grieta del suelo. Se agachó un poco y apartó una hoja seca con la punta del zapato.
Allí, grabadas en la piedra como si alguien las hubiera escrito desde dentro de la pared, había cuatro palabras pequeñas.
Primer lugar perdido: Tomasa.
Pau abrió la boca para llamar a los demás, pero antes de que pudiera decir nada, las letras se deshicieron como polvo oscuro y desaparecieron entre las juntas de la acera.
Entonces entendió que la tienda no había cerrado.
La tienda había sido borrada.
Y algo en Valdemora acababa de empezar.
CAPÍTULO 2
La biblioteca cerrada
Pau, Daniela y Aday caminaron hacia el colegio sin decir casi nada durante los primeros metros, aunque los tres tenían la cabeza llena de preguntas. La tarde había cambiado de color muy deprisa, como si el cielo se hubiera cansado de ser gris y hubiera decidido oscurecerse de golpe. Las farolas de Valdemora brillaban con una luz amarilla que hacía que las piedras de las casas parecieran más antiguas, y las ventanas encendidas daban la impresión de que el pueblo los observaba desde dentro.
Pau llevaba la bolsa de naranjas colgada de una mano y la barra de pan bajo el brazo, cada vez más consciente de que aquello no era exactamente lo que su madre le había pedido. Había salido a comprar la cena y ahora caminaba hacia el colegio con dos compañeros de clase para investigar una tienda desaparecida que solo ellos recordaban. Intentó pensar en una explicación sencilla por si alguien lo llamaba, pero ninguna sonaba bien. “Mamá, he llegado tarde porque el pueblo está borrando lugares” no parecía una frase que pudiera decirse antes de cenar sin meterse en un problema enorme.
Aday sí parecía pensar en problemas enormes, porque no dejaba de mirar hacia atrás.
—Solo para aclararlo —dijo al fin—, si nos pillan, yo no he tenido la idea.
Daniela siguió caminando sin girarse.
—Nadie ha dicho que haya sido idea tuya.
—Ya, pero como tengo la libreta con el dibujo raro, luego parece que todo sale de mí. Y yo solo dibujé la plaza porque era fácil. Si llego a saber que una tienda iba a desaparecer, dibujo una maceta.
Pau, a pesar de los nervios, casi sonrió.
—¿Una maceta?
—Las macetas no suelen mandar flechas a bibliotecas cerradas.
Daniela se detuvo en la esquina de la calle del colegio y levantó una mano para que los otros dos bajaran la voz. El edificio estaba al final de una pequeña cuesta, rodeado por una verja verde que durante el día no parecía gran cosa, pero que a esas horas tenía un aspecto mucho más serio. Algunas ventanas seguían iluminadas en la planta baja, seguramente por el personal de limpieza o por alguien de secretaría, pero la mayoría estaban oscuras. El patio, que por la mañana estaba lleno de gritos, carreras y balones, parecía otro lugar. Las canastas eran sombras largas, los columpios del patio de infantil se movían apenas con el viento y el mural de colores de la entrada tenía un brillo apagado bajo las farolas.
—Mi madre está en secretaría hasta las ocho —susurró Daniela—. Si entramos por la puerta lateral y vamos directos a la biblioteca, no tenemos por qué cruzarnos con nadie.
Aday se ajustó las gafas.
—Eso es justo lo que dice alguien antes de cruzarse con todo el mundo.
—Podrías quedarte fuera —propuso Daniela.
Aday abrió mucho los ojos.
—¿Fuera solo? Ni hablar. Si desaparece otra cosa, prefiero estar con gente que también se acuerde.
Aquello los dejó en silencio un momento, porque Aday había dicho justo lo que ninguno quería reconocer. No solo había desaparecido una tienda. También había desaparecido de la memoria de casi todos. Y eso era peor. Mucho peor. Un lugar se podía cerrar, derribar o cambiar por otro negocio, pero que nadie recordara haber comprado allí, que nadie recordara a Tomasa ni su campanilla, era como si alguien hubiera arrancado una página entera del pueblo y la hubiera escondido.
Daniela abrió la pequeña puerta lateral de la verja. Chirrió un poco, pero no tanto como Pau temía. Entraron de uno en uno y cruzaron el patio pegados a la pared. Pau notaba el corazón rápido, aunque intentaba caminar con naturalidad, como si fuera normal entrar en el colegio cuando ya casi era de noche. Al pasar junto a la fuente del patio, vio que el agua estaba apagada y que en el fondo quedaban varias hojas marrones. Durante un segundo pensó en la fuente de la plaza, en la tienda borrada y en la flecha dibujada en la libreta de Aday.
—¿Tu abuela sabe mucho de esto? —preguntó en voz baja.
Daniela tardó un poco en contestar.
—Sabe cosas, pero no siempre quiere contarlas.
—Eso no tranquiliza —dijo Aday.
—Mi abuela dice que Valdemora tiene memoria —continuó Daniela—. Y que, cuando alguien intenta esconder demasiado una historia, el pueblo la guarda en algún sitio.
Pau miró las ventanas oscuras.
—¿Y por qué desaparecen lugares?
—No lo sé. Ella nunca me lo explicó del todo. Solo decía que había sitios que se perdían porque nadie quería recordar lo que había pasado allí.
Aday abrazó su libreta contra el pecho.
—Pues yo voto por recordar todo muchísimo y volver a casa.
Daniela empujó con cuidado la puerta lateral del edificio. Estaba abierta, tal como había dicho. Dentro olía a suelo recién fregado, a papel húmedo y a colegio vacío. Era un olor conocido, pero a esas horas se volvía extraño. El mismo pasillo por el que corrían cada mañana parecía más largo, más estrecho y más serio. Las perchas con chaquetas olvidadas colgaban junto a las aulas como pequeños fantasmas de colores, y los dibujos pegados en las paredes tenían una alegría rara bajo las luces de emergencia.
Pau sintió que entraba en un lugar que conocía y no conocía al mismo tiempo.
La biblioteca estaba al final del pasillo principal, junto al aula de música. Durante el día era una sala acogedora, con alfombras, estanterías bajas y mesas redondas donde los alumnos hacían trabajos o elegían libros para llevarse a casa. Pau solo había estado allí dos veces, pero recordaba que Daniela iba mucho. La había visto devolver libros gruesos que a él le parecían imposibles de leer tan rápido.
Cuando llegaron a la puerta, Aday probó el pomo y puso cara de alivio.
—Cerrada. Qué pena. Misterio terminado.
Daniela sacó una llave pequeña del bolsillo de su abrigo.
Pau la miró sorprendido.
—¿Tienes llave de la biblioteca?
—No exactamente.
—Eso significa que sí —dijo Aday.
Daniela señaló una etiqueta de plástico azul.
—Mi madre me la dejó una vez para recoger unos libros que se habían quedado dentro. Es la llave de las aulas pequeñas. A veces abre también la biblioteca.
—A veces —repitió Aday—. Me encanta la seguridad de este plan.
Daniela metió la llave en la cerradura. Al principio no giró. Probó una vez más, despacio, moviéndola un poco hacia arriba. Se oyó un clic suave.
La puerta se abrió.
Los tres se quedaron quietos durante un instante. Dentro no había ninguna luz encendida, pero la claridad azulada de las ventanas dejaba ver las estanterías, las mesas y el rincón de lectura con cojines. Todo parecía normal. Demasiado normal. Pau había esperado encontrar algo evidente, quizá un mapa brillando sobre una mesa o una señal marcada en el suelo, pero la biblioteca estaba tan tranquila que casi se sintió ridículo por haber tenido miedo.
Daniela entró primero y encendió una pequeña lámpara de mesa, no la luz grande del techo.
—Mejor así —dijo—. Desde fuera se nota menos.
Aday cerró la puerta con cuidado.
—Cada frase que dices hace que parezca más que estamos haciendo algo malo.
—Estamos buscando una explicación —respondió Daniela.
—A los adultos les encantan las explicaciones cuando ya te han castigado.
Pau dejó el pan y las naranjas sobre una mesa, porque empezaban a pesarle y porque resultaba difícil investigar misterios con una barra de pan bajo el brazo. Luego se acercó a la libreta de Aday, que ya estaba abierta en la página del segundo dibujo.
—La flecha apuntaba aquí —dijo.
Daniela observó las estanterías.
—Pero la biblioteca es grande. Puede referirse a cualquier cosa.
No era enorme, pero para buscar algo sin saber qué buscaban parecía inmensa. Había estantes de cuentos, libros de animales, enciclopedias antiguas, atlas, diccionarios, novelas juveniles y varias cajas con carteles escritos a mano. Pau pasó los dedos por los lomos de una fila de libros sobre pueblos de España. Aday miró bajo una mesa, luego detrás de una cortina, y después dentro de una papelera vacía.
—¿Qué haces? —preguntó Daniela.
—Buscar cosas misteriosas.
—No creo que un secreto antiguo esté en la papelera.
—Por eso sería buen escondite.
Daniela no respondió porque en ese momento se había detenido frente a una estantería del fondo. Era más alta que las demás y estaba pegada a la pared, junto a una ventana estrecha que daba al patio. En la parte superior había libros muy viejos, con tapas de tela, letras doradas y polvo en los bordes. Pau se acercó a ella y vio que no eran cuentos, sino libros sobre la historia del pueblo.
—Mira esto —dijo Daniela.
Sacó un volumen grueso titulado Valdemora, memoria de sus calles. La cubierta estaba gastada y olía a papel antiguo. Lo dejó sobre la mesa, lo abrió por el índice y pasó las páginas con mucho cuidado. Pau y Aday se inclinaron a su lado.
—Busca Tomasa —dijo Pau.
Daniela recorrió el índice con el dedo.
—No aparece.
—Busca tienda —propuso Aday.
—Tampoco.
Pau sintió una decepción pequeña, pero Daniela no cerró el libro. Siguió pasando páginas hasta llegar a un capítulo sobre la plaza. Había fotografías antiguas en blanco y negro, con personas vestidas de otra época, carros, farolas más bajas y casas que todavía seguían allí. En una imagen se veía claramente la esquina de la panadería.
Y junto a ella, una tienda con toldo verde.
Pau apoyó las manos en la mesa.
—¡Ahí está!
Aday se acercó tanto que casi pegó la nariz al papel.
—La tienda de Tomasa.
Daniela leyó el texto bajo la fotografía.
—“Plaza Mayor, año 1978. A la izquierda, antigua panadería de la familia Sanchís. A la derecha…”
Se calló.
—¿Qué pasa? —preguntó Pau.
Daniela frunció la boca y giró el libro hacia ellos.
La frase estaba incompleta.
Después de “A la derecha” solo había un espacio en blanco, como si alguien hubiera borrado las palabras con mucho cuidado.
Aday tocó la página con la punta del dedo.
—Esto no es normal.
—No —dijo Daniela—. No lo es.
Pau miró la fotografía. La tienda seguía allí, aunque el texto no la nombrara. El toldo verde aparecía claro incluso en blanco y negro, y se veía una sombra detrás del cristal, como si alguien estuviera dentro. Tal vez Tomasa, mucho más joven. Tal vez otra persona.
Entonces notó algo raro.
—El escaparate —murmuró.
Daniela se inclinó.
—¿Qué tiene?
Pau señaló una pequeña mancha clara en el cristal de la tienda. Al principio parecía un reflejo, pero cuanto más la miraba, más se parecía a una forma dibujada. Una flecha diminuta.
Aday abrió su libreta y la puso junto al libro.
—Es igual que la de mi dibujo.
La flecha de la fotografía no apuntaba a la biblioteca. Apuntaba hacia la parte inferior de la página, justo donde el papel parecía un poco despegado del lomo. Daniela metió con cuidado la uña y tiró apenas. Algo crujió.
—Espera —dijo Pau—. ¿Se rompe?
—No. Hay algo dentro.
Con paciencia, Daniela separó la hoja lo justo para sacar un papel doblado varias veces. Era pequeño, amarillento y tan fino que parecía a punto de deshacerse. Lo desplegó sobre la mesa mientras Aday contenía la respiración.
No era una carta.
Era un trozo de mapa.
Pau sintió un escalofrío, pero no de miedo exactamente. Era una emoción nerviosa, como cuando uno está a punto de abrir una puerta prohibida y sabe que, al otro lado, puede encontrar algo importante. El mapa mostraba una parte de Valdemora, pero no tal como era ahora. La plaza estaba dibujada con mucho detalle y, junto a ella, aparecía la tienda de Tomasa. También había una fuente marcada con un círculo, una casa sin número en una calle estrecha y una línea fina que parecía una vía de tren.
—En Valdemora no hay tren —dijo Aday.
Daniela no apartó la vista del mapa.
—Ahora no.
Pau recordó la fotografía que había visto detrás del mostrador de Tomasa, aquella imagen antigua en la que un tren pasaba por la plaza. En ese momento le había parecido curiosa, incluso graciosa, porque no había vías en ninguna parte. Ahora ya no le parecía graciosa.
—Yo vi un tren en una foto de la tienda —dijo.
Daniela levantó la mirada.
—Mi abuela siempre habla de una estación perdida.
—¿Perdida cómo? —preguntó Aday—. ¿Como cuando pierdes una goma o como cuando pierdes una tienda entera?
Daniela no contestó porque el trozo de mapa empezó a cambiar.
No fue de golpe ni con una luz espectacular. Simplemente, una línea apareció despacio sobre el papel, como si una mano invisible estuviera dibujando con tinta oscura. Los tres se quedaron inmóviles, mirando cómo la línea salía de la plaza, bajaba por una calle estrecha y llegaba hasta un pequeño dibujo de una fuente.
Debajo apareció una frase escrita con letras finas.
Segundo lugar perdido: la fuente que habla.
Aday dio un paso atrás y chocó con una silla.
—Vale. Esto sí que no lo he dibujado yo.
Pau sintió que la boca se le quedaba seca.
—La fuente de la plaza.
—No —dijo Daniela muy despacio—. Mira el dibujo.
El mapa no señalaba la fuente grande de la plaza, sino otra fuente más pequeña, situada en una calle lateral. Pau conocía esa calle. Pasaba por allí para ir al colegio. Había una fuente antigua pegada a una pared, con una cabeza de piedra por la que salía agua. Nunca le había prestado demasiada atención.
—¿Y qué significa que habla? —preguntó.
Antes de que Daniela pudiera responder, se oyó un ruido en el pasillo.
Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo. Eran pasos. No muy rápidos, pero claros. Alguien caminaba por el colegio.
Aday cerró la libreta de golpe.
—Nos van a pillar.
Daniela dobló el mapa con rapidez, aunque con cuidado, y lo guardó dentro de su abrigo. Luego apagó la lámpara de mesa. La biblioteca quedó otra vez en penumbra, iluminada solo por la luz azul de las ventanas y una franja amarilla que entraba por debajo de la puerta.
Los pasos se acercaron.
Pau agarró la bolsa de naranjas y el pan sin pensar. No sabía por qué, pero le pareció importante no dejar pruebas de que había estado allí, aunque una barra de pan no fuera precisamente un objeto sospechoso en una investigación misteriosa.
La manilla de la puerta se movió.
Daniela señaló el rincón de lectura, donde había varios cojines grandes y una cortina baja que separaba una pequeña zona para contar cuentos. Se escondieron detrás como pudieron, apretados entre una estantería y una caja de libros viejos. Aday respiraba tan fuerte que Pau tuvo que tocarle el brazo para que se calmara.
La puerta se abrió.
Alguien entró en la biblioteca.
Desde su escondite, Pau solo podía ver unos zapatos oscuros y el bajo de un pantalón. La persona avanzó despacio hasta la mesa donde habían dejado el libro abierto. Durante unos segundos no hizo nada. Pau oyó el roce de unas páginas, luego un suspiro y después una voz muy baja.
—Ya han encontrado el primer trozo.
Aday abrió los ojos de par en par. Daniela no se movió, pero Pau notó que se había quedado completamente tensa a su lado.
La persona cerró el libro con cuidado.
—Entonces aún recuerdan.
Pau sintió que el corazón le golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que se oía desde fuera del escondite. Aquella voz no sonaba enfadada. Tampoco sorprendida. Sonaba preocupada, como si quien acababa de entrar supiera perfectamente lo que estaba pasando.
Los zapatos se giraron hacia la puerta, pero antes de salir, la persona se detuvo.
—Si estáis aquí —dijo la voz—, no vayáis a la fuente de noche.
Pau dejó de respirar un instante.
Nadie respondió.
La persona esperó unos segundos más y luego salió de la biblioteca. La puerta se cerró con un clic suave. Los pasos se alejaron por el pasillo hasta desaparecer.
Aday fue el primero en hablar, casi sin voz.
—Decidme que eso era parte de una actividad del colegio.
Daniela apartó despacio la cortina y salió del escondite. Tenía la cara muy seria.
—No lo era.
Pau se levantó también. Las piernas le temblaban un poco. Miró la puerta, luego el libro cerrado y finalmente a Daniela.
—¿Has reconocido la voz?
Daniela negó con la cabeza, pero no parecía del todo segura.
Aday levantó la libreta.
—Pues yo sí he entendido una cosa. Nos ha dicho que no vayamos a la fuente de noche.
—Exacto —dijo Pau.
—Y vosotros estáis pensando en ir, ¿verdad?
Daniela sacó el trozo de mapa del abrigo y lo desplegó de nuevo sobre la mesa. La línea que llevaba hasta la fuente seguía allí. Al lado del dibujo, las palabras parecían más oscuras que antes.
Segundo lugar perdido: la fuente que habla.
Pau miró por la ventana. Fuera, el patio estaba casi negro y las luces del pueblo brillaban a lo lejos. Pensó en la tienda de Tomasa, en la pared azul, en las palabras que se habían deshecho en la acera y en aquella voz desconocida que les había advertido desde la biblioteca.
—No podemos dejar que desaparezca otra cosa —dijo.
Aday cerró los ojos un segundo, como si estuviera intentando aceptar que su tarde normal se había convertido en una aventura peligrosísima.
—Yo solo quería aprobar plástica.
Daniela dobló el mapa y lo guardó otra vez.
—Mañana iremos a la fuente.
Pau asintió, aunque una parte de él sabía que esperar hasta mañana sería difícil. Si la tienda había desaparecido sin aviso, ¿quién aseguraba que la fuente seguiría allí por la mañana?
Salieron de la biblioteca en silencio, cerraron la puerta y cruzaron el pasillo con el mayor cuidado posible. Antes de abandonar el colegio, Pau miró hacia atrás. Durante un instante le pareció ver una sombra al fondo del corredor, justo donde la luz no llegaba del todo, pero cuando parpadeó ya no había nadie.
Al llegar a la calle, el aire frío le golpeó la cara. Valdemora parecía tranquila, con sus tejados oscuros, sus farolas encendidas y sus casas llenas de gente que cenaba sin saber que el pueblo estaba perdiendo pedazos de sí mismo.
Entonces, desde algún lugar cercano, llegó un sonido suave.
Era agua cayendo sobre piedra.
Pau miró a Daniela.
Daniela miró a Aday.
Aday negó despacio.
—No. Ni hablar. Esa fuente no está de camino a mi casa.
Pero el sonido volvió a escucharse, más claro, como si alguien hubiera abierto un grifo invisible en mitad de la noche.
Y, mezclada con el murmullo del agua, una voz pequeña susurró desde una calle cercana:
—No dejéis que me olviden.