CAPÍTULO 1
El ascensor que no estaba allí
El lunes empezó como empiezan casi todos los lunes en el colegio: con mochilas arrastradas por el suelo, bostezos en la fila, chaquetas abiertas aunque todavía hacía frío y un montón de niños hablando a la vez como si el fin de semana hubiera durado tres meses y hubiera que contarlo todo antes de que sonara el timbre.
Alba llegó al colegio con una coleta un poco torcida, la carpeta de plástica debajo del brazo y la sensación de que se le había olvidado algo importante, aunque no sabía exactamente qué. Su madre le había repetido tres veces que llevaba el almuerzo, la botella de agua y el cuaderno de deberes, pero Alba seguía tocándose los bolsillos de la chaqueta como si allí pudiera encontrar una explicación.
Thiago ya estaba junto a la puerta principal, apoyado en una columna, con la mochila mal cerrada y un bocadillo de queso asomando por un bolsillo lateral. Cuando vio a Alba, levantó la mano con entusiasmo.
—¡Llegas justo a tiempo! —dijo—. Hoy he decidido que no voy a perder nada.
Alba lo miró con una sonrisa desconfiada, porque Thiago decía eso casi todos los lunes.
—Eso mismo dijiste el jueves y perdiste una goma con forma de dinosaurio.
—No la perdí —respondió Thiago muy serio—. Se fue de excursión dentro del estuche de Joel.
—Eso es perderla.
—Es perderla con aventura.
Alba se rio mientras entraban al edificio. El colegio San Telmo no era muy grande, pero a los niños les parecía enorme porque tenía pasillos largos, escaleras que crujían un poco, puertas con carteles torcidos y una biblioteca en la que siempre olía a cuentos antiguos. En la planta baja estaban las aulas de primero y segundo, el comedor y el despacho de dirección. En la primera planta estaban las clases de los mayores, la sala de música y una puerta cerrada con llave donde guardaban materiales que nadie parecía usar nunca.
Lo que no tenía el colegio era ascensor.
Eso lo sabía todo el mundo.
No había ascensor en la entrada, ni al lado de las escaleras, ni en el pasillo del comedor. Nunca lo había habido. La profesora Marta lo decía a veces cuando algún niño se quejaba de subir cargado con libros.
—Este colegio tiene muchas cosas, pero ascensor, no.
Por eso Alba se quedó quieta a mitad del pasillo cuando vio una puerta metálica al fondo, justo entre el tablón de anuncios y la pared donde colgaban los dibujos de otoño.
Era una puerta nueva, brillante, con dos botones redondos y una luz pequeña encima.
Thiago, que iba contando mentalmente cuántas baldosas azules había desde la entrada hasta clase, casi chocó con ella.
—¿Por qué paras?
Alba señaló el fondo del pasillo.
—¿Eso estaba ahí?
Thiago miró en la misma dirección. Primero no dijo nada, que en él ya era bastante raro. Luego abrió mucho los ojos y se llevó una mano al bolsillo de la mochila, como si necesitara asegurarse de que el bocadillo seguía en su sitio.
—No —dijo al fin—. Eso no estaba ahí.
Los dos caminaron despacio hacia el fondo del pasillo. No fueron los únicos en mirar. Algunos niños pasaban por allí, levantaban la cabeza, fruncían la nariz con curiosidad y seguían hacia clase porque todavía no había sonado el segundo timbre. Otros ni siquiera se fijaban, como si la puerta metálica hubiera estado allí desde siempre.
Alba se detuvo a un metro del ascensor. Era plateado, muy limpio y un poco antiguo, aunque parecía recién colocado. Tenía un marco dorado fino, dos botones con flechas y una placa pequeña en la parte de arriba. En la placa no ponía “Planta baja”, ni “Primera planta”, ni nada normal.
Ponía:
RECREO
Alba leyó la palabra en voz baja.
—Recreo.
Thiago se acercó un poco más.
—¿Por qué un ascensor tendría un botón para ir al recreo? El recreo está ahí fuera. Se va andando. Es bastante fácil.
—En este colegio no hay ascensor —dijo Alba.
—A lo mejor lo han puesto el fin de semana.
—¿Y nadie ha dicho nada?
Thiago pensó un momento.
—A lo mejor era una sorpresa.
Alba miró la puerta metálica, los botones, la luz apagada y aquella palabra tan rara escrita en la placa. No parecía una sorpresa de dirección. No había globos, ni cartel, ni la directora saludando con cara de “mirad qué moderno es ahora el colegio”. Además, un ascensor que solo decía “recreo” no sonaba a obra nueva. Sonaba a secreto.
Antes de que pudieran tocar nada, apareció la profesora Marta con un montón de fotocopias en brazos.
—Alba, Thiago, ¿qué hacéis ahí parados? A clase, que va a sonar el timbre.
Thiago señaló el ascensor.
—Profe, ¿han puesto esto nuevo?
La profesora Marta miró hacia donde él señalaba, pero su cara no cambió. No puso expresión de sorpresa, ni de alegría, ni de preocupación. Miró el fondo del pasillo como si solo hubiera visto la pared de siempre.
—¿El qué?
Alba y Thiago se quedaron callados.
—El ascensor —dijo Alba.
La profesora Marta parpadeó.
—Thiago, como sea una broma para no entrar a clase, hoy no tengo energía.
—No es broma —protestó él—. Está ahí.
La profesora dio dos pasos hacia ellos, miró otra vez el fondo del pasillo y suspiró con paciencia.
—Yo solo veo el tablón de anuncios y los dibujos de las hojas secas. Venga, dentro. Luego hablamos de ascensores imaginarios, si queréis.
Alba notó un cosquilleo en la barriga. Miró a Thiago. Thiago la miró a ella. Los dos habían visto lo mismo, así que no podía ser imaginación de uno solo. Pero la profesora Marta no veía nada.
Eso lo hacía todo mucho más interesante.
Y un poco más raro.
Durante la primera hora, Alba intentó atender a la explicación de matemáticas, pero los números se le mezclaban con la imagen de la puerta metálica. La profesora escribió sumas en la pizarra, repartió ejercicios y pidió silencio tres veces. Alba hizo la mitad de la ficha sin mirar demasiado lo que escribía. Cada vez que alguien pasaba por el pasillo, ella levantaba la cabeza.
Thiago estaba sentado dos mesas más atrás. Al principio intentó disimular, pero al cabo de diez minutos ya estaba doblando una esquina de su cuaderno para hacer un dibujo rápido del ascensor. Le dibujó una puerta brillante, un botón enorme y, por alguna razón, unas ruedas.
Alba le lanzó una mirada.
Thiago levantó los hombros, como diciendo que un ascensor con ruedas sería más emocionante.
Cuando por fin sonó el timbre del recreo, toda la clase se levantó casi a la vez. Las sillas hicieron ruido, las mochilas se abrieron, los niños buscaron almuerzos y la profesora Marta tuvo que recordarles que no se corría por el pasillo.
Alba salió con Thiago, pero ninguno de los dos fue hacia el patio.
—Tenemos que mirar —susurró Thiago.
—Solo mirar —dijo Alba.
—Eso he dicho.
—Tú dices “mirar” y luego aprietas botones.
—Solo si los botones parecen querer que los aprieten.
Caminaron hacia el fondo del pasillo. Esta vez el ascensor no solo estaba allí, sino que la luz pequeña de arriba brillaba con un color amarillo cálido, parecido al de una lamparita de noche. La placa seguía diciendo “RECREO”, pero ahora debajo había aparecido otra frase, escrita con letras pequeñas.
Solo durante el recreo.
Alba tragó saliva.
—Antes eso no estaba.
Thiago acercó la cara para leer mejor.
—Pues es muy educado. Te avisa del horario.
El pasillo se había quedado casi vacío. Desde el patio llegaban gritos, carreras, golpes de balón y el silbato del profesor de Educación Física. Dentro del edificio solo se oían pasos lejanos y el zumbido suave de las luces.
Alba miró hacia atrás para asegurarse de que no venía nadie.
—No deberíamos tocarlo.
Thiago asintió con mucha seriedad.
—Totalmente de acuerdo.
Los dos miraron el botón.
El botón los miró a ellos, aunque los botones no miran, claro, pero aquel parecía tener una forma especial de llamar la atención.
Thiago levantó un dedo.
—Solo un poquito.
—Thiago…
—Para comprobar si funciona.
—Eso es tocarlo.
—Técnicamente, es investigar.
Alba iba a decir que investigar sin permiso seguía siendo tocar cosas raras sin permiso, pero en ese momento se oyó un sonido suave detrás de la puerta del ascensor. No fue un golpe ni un chirrido. Fue más bien un campanilleo, como cuando alguien mueve una llave antigua dentro de un bolsillo.
La luz amarilla parpadeó.
Las puertas metálicas se abrieron despacio.
Alba dio un paso atrás. Thiago también, aunque intentó que no se notara.
Dentro no había un ascensor normal.
No había paredes grises, ni espejo, ni botones de pisos. El interior parecía más grande de lo que podía ser desde fuera, con suelo de madera clara, luces redondas en el techo y dibujos infantiles pegados en las paredes. Había una alfombra verde con rayas blancas, como si fuera un trocito de patio, y al fondo se veía un panel con un solo botón.
El botón decía:
BAJAR AL RECREO SECRETO
Thiago abrió la boca.
—Vale. Esto ya no parece una obra del ayuntamiento.
Alba se acercó un poco, sin llegar a entrar.
—No podemos subir.
—Técnicamente sería bajar.
—Thiago.
—Vale, vale. No podemos bajar.
Pero los dos siguieron mirando.
Desde dentro del ascensor llegó un olor extraño y bonito: mezcla de lápices nuevos, galletas de chocolate y tierra mojada después de la lluvia. Alba sintió que aquel olor le recordaba a algo, aunque no sabía a qué. Tal vez a los primeros días de colegio, cuando todo parece posible y las libretas todavía están limpias. Tal vez a los recreos largos de primavera, cuando nadie quiere volver a clase.
Entonces algo cayó suavemente sobre la alfombra verde.
Era una tiza blanca.
Rodó hasta los pies de Alba y se detuvo justo en la línea donde empezaba el ascensor.
Thiago se agachó y la cogió.
—Hay una tiza.
—No la cojas.
—Ya la he cogido.
La tiza estaba tibia, como si alguien la hubiera estado usando hacía un momento. Thiago se la enseñó a Alba. En uno de los lados tenía unas letras muy pequeñas.
La regla secreta sigue esperando.
Alba sintió que el cosquilleo de la barriga subía hasta el pecho.
—¿Qué regla secreta?
Thiago miró el interior del ascensor. Por primera vez desde que habían llegado, no hizo ninguna broma.
—Creo que eso es lo que quiere enseñarnos.
Desde el patio llegó otra vez el silbato del profesor. Quedaban pocos minutos de recreo. Si entraban, podían meterse en un lío enorme. Si no entraban, quizá el ascensor desapareciera y nunca sabrían qué había detrás de aquella puerta imposible.
Alba pensó en la profesora Marta diciendo que allí no había nada. Pensó en la placa que solo aparecía durante el recreo. Pensó en la tiza tibia, en la frase escrita y en ese olor a aventura escondida.
—Entramos un segundo —dijo al fin—. Solo miramos y volvemos.
Thiago sonrió despacio.
—Eso suena a plan perfecto.
—No. Suena a plan peligroso que vamos a intentar hacer bien.
Los dos entraron en el ascensor con mucho cuidado. En cuanto sus zapatillas tocaron la alfombra verde, las puertas metálicas comenzaron a cerrarse. Alba se giró rápido, pero no llegó a salir. Thiago apretó la tiza contra la mano.
—¿Y si no vuelve a abrirse?
—No digas eso.
—Era por hablar de posibilidades.
—Habla de posibilidades buenas.
Thiago respiró hondo.
—Puede que abajo haya columpios gigantes.
—Mejor.
—O una fuente de batidos.
—Mucho mejor.
Las puertas se cerraron del todo con un sonido suave. Durante un momento, no pasó nada. Luego el ascensor empezó a moverse, pero no como los ascensores normales. No bajaba con un tirón ni hacía ruido de cables. Se deslizaba como si flotara, despacio, con una música muy bajita que parecía venir de las paredes.
Alba miró el panel. El botón de BAJAR AL RECREO SECRETO brillaba solo, aunque nadie lo había tocado.
—Thiago…
—Sí.
—Yo no he apretado el botón.
—Yo tampoco.
El ascensor siguió bajando.
En una de las paredes, los dibujos infantiles empezaron a moverse. Un sol pintado con ceras amarillas abrió los ojos. Una pelota roja botó dentro del papel. Un grupo de niños dibujados con palitos cruzó corriendo de una hoja a otra, como si llegaran tarde a algún sitio.
Alba se quedó mirando, fascinada.
—¿Has visto eso?
—Sí —susurró Thiago—. Y ahora mismo estoy intentando no gritar de emoción.
El ascensor se detuvo con suavidad. La música desapareció. La luz amarilla se volvió verde.
Las puertas se abrieron.
Al otro lado no estaba el pasillo del colegio.
Había un patio enorme, mucho más grande que el de San Telmo, con árboles de hojas azules, bancos pintados de colores, una rayuela que se movía sola y una portería pequeña donde una pelota esperaba quieta en el centro, como si alguien la hubiera dejado allí hacía solo un segundo.
Sobre la pared del fondo había un cartel de madera.
RECREO SECRETO
Y debajo, escrito con tiza blanca, alguien había añadido:
Alba y Thiago prometieron volver.
Alba leyó el cartel dos veces, muy despacio.
Luego miró a Thiago.
—¿Por qué están nuestros nombres aquí?
Thiago apretó la tiza en la mano.
—Y peor todavía… ¿por qué dice que prometimos volver?
Antes de que Alba pudiera responder, la campana del colegio sonó en algún lugar lejano, pero no sonó como siempre. Sonó más profunda, más antigua, como si llevara muchos años esperando.
Y entonces, desde el otro lado del patio secreto, una voz infantil dijo:
—Habéis tardado mucho.