ANTES DE EMPEZAR

El callejón que no existía

 

El día que Bruno encontró la tienda secreta, todavía no sabía que Álvaro y Yaiza acabarían entrando con él, ni que aquella tarde normal después del colegio se convertiría en el comienzo de una aventura que ninguno de los tres podría olvidar. Al principio solo fue él quien se detuvo en mitad de la acera, con la mochila colgada de un hombro, los cordones un poco sueltos y una sensación extraña en la barriga, porque algo había cambiado en una calle que conocía de memoria.

Álvaro caminaba a su lado hablando sin parar sobre un penalti que, según él, el árbitro del recreo no había querido pitar porque le tenía manía, y Yaiza iba unos pasos por delante revisando una pulsera de cuentas que se le había desatado. Ninguno de los dos se había dado cuenta de nada. Bruno, en cambio, se quedó mirando entre la panadería de la esquina y una tienda cerrada de persianas verdes, porque allí, donde siempre había habido una pared lisa y aburrida, acababa de aparecer un callejón estrecho que no debería estar allí.

No era un callejón llamativo. No tenía luces de colores, ni un cartel enorme, ni música misteriosa saliendo desde el fondo. Era más bien una callejuela antigua, muy estrecha, con paredes de ladrillo oscuro y suelo de piedra húmeda, como si hubiera estado escondida durante años detrás de los edificios y alguien la hubiera empujado hacia la calle justo en ese momento. Al fondo brillaba una luz cálida, dorada y tranquila, tan distinta de la tarde gris que parecía una ventana abierta a otro lugar.

Bruno conocía aquel camino demasiado bien para confundirse. Pasaba por allí todos los días al salir del colegio y sabía dónde estaba la baldosa que salpicaba cuando llovía, dónde se acumulaban las hojas secas junto al bordillo, dónde olía siempre a pan recién hecho y en qué portal vivía un perro pequeño que ladraba como si fuera mucho más grande. Por eso, cuando vio aquel callejón entre la panadería y la tienda cerrada, no pensó que quizá no se había fijado antes. Pensó algo mucho más inquietante.

Pensó que acababa de aparecer.

—¿Bruno? —preguntó Álvaro al darse cuenta de que ya no caminaba a su lado—. ¿Qué haces? Como lleguemos tarde, mi madre va a pensar que nos hemos ido otra vez al parque.

Bruno no contestó enseguida. Seguía mirando aquella luz del fondo, que parecía moverse un poco sobre el suelo mojado, como si alguien hubiera encendido una lámpara detrás de un cristal.

Yaiza también se detuvo al ver que los dos se habían quedado atrás. Guardó la pulsera en el bolsillo de la chaqueta y volvió sobre sus pasos con esa expresión atenta que ponía cuando algo no le cuadraba. Era la más tranquila de los tres, aunque eso no significaba que fuera la menos valiente, porque Yaiza tenía una forma especial de mirar las cosas, como si siempre encontrara detalles que los demás pasaban por alto.

—¿Qué miras? —preguntó ella.

Bruno levantó la mano y señaló entre los dos edificios.

—Eso.

Álvaro y Yaiza siguieron la dirección de su dedo. Durante unos segundos no dijeron nada, y ese silencio le confirmó a Bruno que no estaba imaginando cosas.

—Ese callejón no estaba ahí ayer —dijo Yaiza.

Bruno sintió un pequeño alivio al escucharla. Una cosa era pensar que quizá se estaba equivocando, y otra muy distinta era que Yaiza, que se fijaba en todo, acabara de confirmar exactamente lo mismo.

Álvaro se acercó un poco más y miró hacia el fondo con los ojos entrecerrados, intentando parecer tranquilo, aunque Bruno lo conocía lo suficiente para saber que también estaba sorprendido.

—A lo mejor siempre ha estado ahí y no nos habíamos fijado —dijo, aunque su voz no sonó demasiado convencida.

—Yo me fijo en todo —respondió Yaiza.

—Eso es verdad —admitió Bruno—. A veces demasiado.

Yaiza le dio un codazo suave, pero no llegó a reírse porque seguía mirando el callejón. Había algo en aquella luz que llamaba la atención sin hacer ruido. La avenida continuaba igual que siempre, con coches pasando despacio sobre el asfalto mojado, familias caminando con paraguas cerrados bajo el brazo y gente saliendo de la panadería con bolsas de papel, pero el callejón parecía separado de todo eso, como si perteneciera a otra tarde distinta.

Entonces sonó una campanilla.

Fue un sonido delicado, parecido al que hacen algunas tiendas antiguas cuando alguien abre la puerta. No fue fuerte ni escandaloso, pero llegó hasta ellos con tanta claridad que los tres miraron al fondo de la callejuela al mismo tiempo. No se veía a nadie entrar ni salir, y sin embargo la luz dorada pareció brillar un poco más.

Bruno dio un paso hacia delante antes de pensarlo demasiado.

—Solo miramos —dijo.

Aquella frase, que tantas veces sirve para empezar algo que luego nadie sabe cómo parar, fue suficiente para que Álvaro avanzara también. Él podía hacerse el despreocupado, podía protestar y decir que aquello era una tontería, pero no soportaba quedarse atrás cuando olía una aventura. Yaiza miró un momento hacia la avenida, como si quisiera asegurarse de que el mundo normal seguía allí, y después se colocó junto a ellos.

—Miramos y nos vamos —advirtió—. Y si esto es raro de verdad, no tocáis nada.

—¿Por qué lo dices mirándome a mí? —protestó Álvaro.

—Porque te conozco.

Los tres entraron en el callejón despacio, aunque no tan despacio como para parecer asustados. Las paredes eran más altas de lo que parecían desde fuera, y las ventanas de los edificios quedaban muy arriba, cerradas con contraventanas oscuras que no se parecían a las de ninguna casa de la avenida. El suelo de piedra estaba limpio a pesar de la lluvia, y a cada paso que daban el ruido de la calle quedaba un poco más lejos, como si los coches, las voces y los pasos de la gente se apagaran detrás de una puerta invisible.

Al fondo apareció por fin la tienda.

Era pequeña, estrecha y bastante antigua, con una fachada de madera oscura, un escaparate de bordes dorados y un toldo color granate que se movía suavemente aunque no soplaba viento. Sobre la puerta colgaba un letrero con letras blancas un poco gastadas. Bruno esperó leer algún nombre, algo como “Juguetes”, “Regalos”, “Papelería” o “Antigüedades”, pero solo había una palabra escrita en el cartel.

ABIERTO

No había horario, ni teléfono, ni pegatina de tarjetas, ni ofertas pegadas en el cristal, ni nada de lo que suelen tener las tiendas normales. Solo aquella palabra, que parecía escrita más para ellos que para cualquier otro cliente.

El escaparate era todavía más extraño. Detrás del cristal había objetos colocados sobre telas de distintos colores: una brújula que giraba sola muy despacio, un tren de juguete sin vías, una caja de música cerrada, un reloj de arena con arena azul, una lupa con mango de plata, varias llaves diminutas colgadas de un cordel, un cuaderno de tapas verdes, una linterna antigua y un tarro lleno de canicas que parecían tener pequeñas nubes dentro. Todo estaba ordenado con mucho cuidado, pero no como en una tienda cara donde nadie se atreve a tocar nada, sino como si cada objeto estuviera esperando a que alguien concreto lo encontrara.

Yaiza se acercó al cristal y señaló el cuaderno verde.

—Mirad esa libreta.

Bruno se inclinó un poco y notó que el corazón le daba un salto. En la esquina inferior del cuaderno, bordadas o dibujadas con hilo dorado, había tres letras pequeñas.

B, A, Y

Álvaro se acercó tanto al escaparate que casi empañó el cristal con la respiración.

—Eso puede ser casualidad —dijo.

—¿B, A y Y? —preguntó Yaiza.

—También puede significar otra cosa.

—¿Como qué?

Álvaro abrió la boca para contestar, pero no encontró ninguna respuesta convincente. Bruno, que seguía mirando el escaparate, vio entonces algo que le puso la piel de gallina. Entre la caja de música y el tarro de canicas había una fotografía antigua enmarcada, un poco amarillenta por los bordes. En ella se veía el mismo callejón, la misma tienda y la misma puerta, pero lo extraño no era eso, sino los tres niños que aparecían de espaldas frente al escaparate.

Uno llevaba una mochila azul muy parecida a la suya.

Otro tenía una chaqueta roja como la de Álvaro.

La tercera llevaba una pulsera de cuentas en la muñeca.

Bruno tardó unos segundos en encontrar las palabras, porque hay cosas que resultan más inquietantes cuando una parte de ti intenta convencerte de que no las has visto bien. Yaiza siguió su mirada y se quedó completamente quieta, mientras Álvaro retrocedía un paso.

—Eso no puede estar ahí —murmuró Álvaro.

—Estamos nosotros —dijo Yaiza.

—No somos nosotros —contestó él demasiado rápido—. Se parecen, pero no somos nosotros.

Bruno quiso creerlo, porque era una explicación mucho más cómoda, pero la fotografía parecía demasiado exacta. En la imagen, los tres niños estaban colocados en el mismo orden en el que ellos se encontraban ahora, y aunque no se les veían las caras, había detalles imposibles de ignorar, como el pequeño parche en forma de rayo que Bruno llevaba cosido en la mochila desde que se le rompió el bolsillo delantero.

Entonces la puerta de la tienda se abrió.

La campanilla volvió a sonar, clara y tranquila, y una corriente de aire cálido salió al callejón con olor a madera, papel antiguo, chocolate y algo más difícil de reconocer, algo que recordaba a los baúles viejos, a los cuentos guardados durante años y a las habitaciones donde se esconden secretos sin que nadie los encuentre.

En el umbral apareció una mujer mayor con el pelo blanco recogido en un moño y unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. No parecía una bruja, ni una señora peligrosa, ni una de esas personas misteriosas que hablan en acertijos todo el tiempo. Parecía una dependienta amable, de esas que podrían venderte una libreta, una caja de lápices o un paquete de cromos. Pero había algo en su forma de mirar que hizo que Bruno entendiera enseguida que aquella mujer sabía muchas más cosas de las que pensaba decir.

—Llegáis tarde —dijo con naturalidad.

Álvaro dio otro paso atrás.

—Nosotros no habíamos quedado con nadie.

La mujer sonrió, aunque no se rio.

—Eso dicen todos la primera vez.

Yaiza miró hacia la entrada del callejón, como si quisiera comprobar que la avenida seguía allí. Bruno también se volvió un poco, pero desde aquel punto ya no se veía la panadería ni los coches ni las personas con paraguas. Solo se veía el pasillo de piedra, más largo de lo que debería, y una claridad gris al fondo que parecía estar demasiado lejos.

—No podemos quedarnos mucho —dijo Bruno, intentando sonar educado y firme a la vez—. Tenemos que ir a casa.

—Claro que tenéis que ir a casa —respondió la mujer—. Todo el mundo tiene que ir a alguna parte. La cuestión es si antes queréis encontrar lo que habéis venido a buscar.

Los tres se miraron.

—No hemos venido a buscar nada —dijo Yaiza.

La mujer levantó una ceja con paciencia, como si aquella respuesta también la hubiera escuchado muchas veces.

—Entonces quizá todavía no lo sabéis.

Álvaro se cruzó de brazos.

—¿Qué tienda es esta?

La mujer se apartó un poco de la puerta, dejando ver el interior. Desde fuera se distinguían estanterías altas, lámparas pequeñas colgadas del techo y montones de objetos repartidos en vitrinas, mesas y cajones abiertos. No era una tienda grande, pero daba la sensación de que dentro cabían más cosas de las que permitía el tamaño de la fachada. Había pelotas antiguas, marcos vacíos, libros de colores, relojes, muñecos, mapas, plumas, cajas, linternas, silbatos, cromos, dados, tazas y cientos de pequeños objetos que parecían normales al primer vistazo, aunque ninguno lo era del todo cuando uno los miraba con atención.

—Esta tienda no tiene un solo nombre —dijo la mujer—. Algunos la llaman la tienda de las cosas perdidas, otros la tienda de los deseos pequeños, otros la tienda del callejón que no existía, aunque ese nombre me parece un poco largo para ponerlo en una bolsa.

Bruno sintió que una parte de él quería salir corriendo y otra quería entrar inmediatamente. Esa segunda parte, por desgracia, era mucho más fuerte.

—¿Y usted quién es? —preguntó Yaiza.

—Me llamo Elvira —contestó la mujer—. Y antes de que lo preguntéis, no vendo móviles, ni videojuegos, ni patinetes eléctricos, ni nada que necesite cargador. Aquí las cosas funcionan de otra manera.

—¿De qué manera? —preguntó Álvaro.

Elvira lo miró con una sonrisa pequeña.

—Depende de quién las toque.

Aquello hizo que los tres guardaran silencio, no porque no tuvieran preguntas, sino porque de pronto tenían demasiadas. Bruno volvió a mirar el cuaderno verde del escaparate, ese cuaderno con sus iniciales, y tuvo la sensación de que las letras brillaban un poco más que antes. No era un brillo exagerado, sino un destello suave que podía confundirse con el reflejo de la lámpara si uno quería convencerse de que todo seguía siendo normal.

—Solo vamos a mirar —dijo Bruno, aunque esta vez no sonó como una decisión, sino como una excusa.

Elvira abrió más la puerta.

—Eso también dicen todos.

Yaiza fue la primera en entrar, quizá porque prefería comprobar las cosas por sí misma antes que quedarse imaginando lo peor. Bruno la siguió enseguida, y Álvaro, después de mirar una última vez hacia el callejón, entró detrás de ellos intentando que pareciera que lo hacía porque quería y no porque no pensaba quedarse solo fuera.

El interior de la tienda era aún más impresionante de lo que parecía desde el escaparate. Las estanterías subían hasta casi tocar el techo, pero estaban llenas de objetos tan distintos que era imposible saber dónde mirar primero. Había una pecera sin peces donde flotaban barcos diminutos, un paraguas del que caían gotas hacia arriba, una máquina de escribir que parecía mover una tecla de vez en cuando, un espejo tapado con una tela azul, una caja con una etiqueta que decía “NO ABRIR SI NO TE GUSTAN LAS SORPRESAS” y un montón de relojes colgados en la pared, todos marcando horas diferentes.

No había otros clientes.

Eso hizo que la tienda pareciera todavía más extraña, porque estaba demasiado viva para estar vacía. La madera crujía de vez en cuando, las lámparas parpadeaban sin apagarse, una fila de lápices rodaba lentamente dentro de un bote y una escalera apoyada contra una estantería se desplazaba unos centímetros sola, como si buscara el lugar exacto donde alguien iba a necesitarla.

—Esto no es normal —susurró Álvaro.

—Gracias por darte cuenta —respondió Yaiza.

Elvira cerró la puerta detrás de ellos, pero no echó la llave. Aun así, el sonido de la campanilla hizo que Bruno pensara por primera vez que quizá salir no sería tan sencillo como entrar.

—No os preocupéis —dijo la mujer, como si hubiera escuchado ese pensamiento—. Nadie se queda aquí si no debe quedarse.

—Eso no tranquiliza mucho —murmuró Álvaro.

Elvira se acercó al escaparate desde dentro y tomó el cuaderno verde con mucho cuidado. Lo sostuvo entre las manos, pasó los dedos por la tapa y después lo dejó sobre el mostrador, justo delante de los tres. De cerca, las iniciales se veían todavía más claras.

B, A, Y

Bruno notó que Álvaro contenía la respiración y que Yaiza inclinaba la cabeza, como hacía siempre que algo le interesaba de verdad.

—Este objeto os estaba esperando —dijo Elvira.

—¿Una libreta? —preguntó Bruno.

—Las libretas nunca son solo libretas, igual que las puertas nunca son solo puertas y los callejones nunca son solo callejones.

Álvaro soltó un suspiro.

—Vale, eso ha sonado muchísimo a acertijo.

Elvira pareció divertirse.

—Porque lo era un poco.

Yaiza rozó la tapa del cuaderno con la punta de los dedos, pero la retiró antes de abrirlo.

—¿Qué hace?

—Eso depende de lo que escribáis en él —respondió Elvira—. Algunas páginas muestran pistas, otras esconden mapas y otras recuerdan cosas que sus dueños han olvidado. Pero este cuaderno no se abre para cualquiera, y mucho menos por curiosidad.

Bruno miró a sus amigos. Hasta ese momento, todo podía haber sido una broma muy elaborada, una tienda decorada de forma rarísima o una casualidad imposible de explicar, pero el cuaderno con sus iniciales cambiaba las cosas. No parecía estar allí por accidente. Parecía una invitación.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Álvaro, que siempre acababa pensando en lo práctico incluso cuando estaba asustado.

Elvira negó suavemente con la cabeza.

—Aquí no todo se paga con dinero.

Los tres se quedaron mirándola.

—Eso suena peor —dijo Bruno.

—Solo suena diferente —contestó ella—. Algunas cosas se pagan con una promesa, otras con una pregunta sincera, otras con el valor de no mirar hacia otro lado cuando aparece un misterio delante de tus narices.

Yaiza apoyó las manos sobre el mostrador con seriedad.

—¿Y este cuaderno qué pide?

La dependienta no contestó enseguida. Miró hacia el fondo de la tienda, donde una puerta pequeña cubierta por una cortina de cuentas se movió apenas, aunque nadie la había tocado. Durante un segundo, Bruno creyó ver una sombra al otro lado, quizá una persona, quizá un objeto colgado, quizá algo que su imaginación había inventado porque la tienda entera parecía hecha para eso.

—Este cuaderno pide que ayudéis a encontrar algo que se perdió hace mucho tiempo —dijo Elvira al fin—. Algo pequeño, pero muy importante.

Álvaro abrió mucho los ojos.

—¿Como un tesoro?

—Los tesoros no siempre son monedas y joyas —respondió Elvira—. A veces son recuerdos, nombres, promesas o cosas que alguien dejó atrás sin saber que las necesitaría después.

Bruno notó que la palabra “tesoro” había encendido algo en los ojos de Álvaro, mientras que Yaiza seguía mirando el cuaderno como si sospechara que escondía más de lo que Elvira estaba contando. Él, por su parte, se sentía dividido entre la prudencia y una curiosidad enorme, porque aquello era exactamente el tipo de historia que le habría encantado leer en un libro, solo que ahora estaba ocurriendo de verdad y eso lo hacía mucho más emocionante y mucho menos cómodo.

—¿Y si decimos que no? —preguntó Bruno.

Elvira sonrió con una calma que no resultaba amenazante, pero sí demasiado segura.

—Entonces saldréis por esa puerta, volveréis a vuestra calle, llegaréis a casa, merendaréis, haréis los deberes y, dentro de unas horas, empezaréis a preguntaros si esta tienda existió de verdad. Mañana pasaréis por delante de la panadería y el callejón ya no estará, aunque tal vez lo busquéis durante días. Con el tiempo, quizá dejéis de hablar de esto, pero cada vez que veáis una libreta verde, una brújula antigua o una luz encendida en un escaparate, os acordaréis de que una vez pudisteis entrar en una aventura y preferisteis seguir de largo.

La explicación fue tan tranquila que nadie supo qué responder al principio.

Álvaro miró el cuaderno, luego la puerta y después a Bruno.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Un poco —admitió Bruno.

Yaiza respiró hondo y miró directamente a Elvira.

—¿Es peligroso?

La pregunta cambió el aire de la tienda. No mucho, pero lo suficiente para que Bruno lo notara. Algunas lámparas dejaron de parpadear, la escalera de la estantería se quedó quieta y hasta la brújula del escaparate pareció girar más despacio.

Elvira no respondió con una sonrisa.

—Puede serlo si no escucháis, si os separáis cuando no debéis o si pensáis que los misterios se resuelven corriendo más que los demás. Pero también puede ser maravilloso si aprendéis a mirar bien, a confiar entre vosotros y a entender que las cosas más importantes suelen esconderse donde casi nadie se fija.

Bruno pensó que aquello era una respuesta bastante seria para una tienda llena de objetos raros, y precisamente por eso le creyó.

—Mis padres me van a matar si llego tarde —dijo Álvaro, aunque no se movió hacia la puerta.

—La tienda sabe cuánto tiempo necesita —respondió Elvira.

—¿Eso qué significa?

—Que fuera no pasará tanto rato como creéis.

Yaiza abrió la boca para preguntar algo más, pero en ese momento el cuaderno verde se abrió solo.

Las páginas se movieron despacio, como empujadas por una corriente de aire que nadie sintió. Pasaron hojas en blanco, hojas con dibujos de llaves, hojas con números torcidos y hojas donde aparecían palabras que desaparecían antes de que pudieran leerlas. Finalmente, el cuaderno se detuvo en una página amarillenta donde había un dibujo hecho a lápiz.

Era el dibujo de una puerta.

No una puerta cualquiera, sino una puerta muy estrecha, con un pomo redondo y tres marcas encima del marco. Debajo, escritas con una letra inclinada y elegante, aparecieron unas palabras mientras los tres miraban:

El primer objeto perdido está donde terminan los pasos y empieza el eco.

Álvaro se apartó un poco del mostrador.

—Vale, ahora sí que esto es raro de verdad.

Bruno no podía dejar de mirar la frase. No sabía qué significaba, pero algo en su interior le decía que acababa de empezar una historia que no iba a poder abandonar aunque quisiera. Yaiza, en cambio, observó el dibujo con atención y señaló las tres marcas encima del marco de la puerta.

—Son tres rayas —dijo—. Como si alguien hubiera contado tres cosas.

—O tres personas —añadió Bruno.

Elvira cerró el cuaderno con cuidado, pero las iniciales de la tapa siguieron brillando unos segundos antes de apagarse.

—La tienda os ha elegido a los tres por una razón —dijo—. No a uno, ni a dos, sino a los tres. Bruno ve lo que otros pasan por alto, Álvaro se atreve a avanzar cuando los demás dudan, y Yaiza sabe escuchar los detalles que casi nadie oye. Separados podéis encontrar pistas, pero juntos podéis resolverlas.

Álvaro intentó disimular una sonrisa al oír que él se atrevía a avanzar, aunque Yaiza lo miró de reojo como diciendo que no se emocionara demasiado.

—¿Y qué tenemos que hacer exactamente? —preguntó Bruno.

Elvira empujó suavemente el cuaderno hacia ellos.

—Empezar por el principio.

—Eso no es exactamente una explicación —dijo Yaiza.

—Las buenas explicaciones llegan cuando uno ya ha dado el primer paso.

Bruno tomó el cuaderno entre las manos. La tapa estaba tibia, como si hubiera estado al sol, aunque fuera seguía lloviendo y dentro de la tienda no entraba ningún rayo de luz. En cuanto lo sostuvo, una sensación extraña le recorrió los dedos, no dolorosa ni desagradable, sino parecida a cuando uno abre un libro nuevo y sabe, incluso antes de leer la primera página, que algo importante va a ocurrir.

Álvaro se inclinó hacia él.

—¿Pesa?

—Como una libreta normal —respondió Bruno—. Pero no parece normal.

—Gran descubrimiento —dijo Yaiza, aunque sonrió un poco.

Elvira abrió un cajón del mostrador y sacó tres pequeños objetos. A Bruno le dio una lupa de mango plateado, a Álvaro una brújula diminuta que no señalaba al norte y a Yaiza una llave de color cobre con un lazo azul atado al extremo.

—No son regalos —explicó antes de que pudieran preguntar—. Son préstamos. Cada uno os servirá cuando sepáis para qué lo necesitáis, y volverán a la tienda cuando hayan cumplido su papel.

Álvaro levantó la brújula y la giró entre los dedos.

—¿Y si la pierdo?

—Entonces tendrás que encontrarla.

—Eso no ayuda.

—Ayuda más de lo que crees.

Yaiza examinó la llave con cuidado, intentando descubrir si abría algún cajón de la tienda, pero Elvira negó con la cabeza antes de que pudiera acercarla a nada.

—Esa llave no abre lo que tú quieras, sino lo que debe abrirse.

—Cada vez que habla, me salen más preguntas —susurró Álvaro.

—A mí también —respondió Bruno.

La campanilla de la puerta sonó de nuevo, aunque nadie había entrado. Esta vez el sonido pareció venir desde fuera, como si el callejón estuviera avisando de algo. Elvira miró hacia la entrada y después volvió a observar a los tres con una seriedad amable.

—Debéis marcharos por ahora.

—¿Ya? —preguntó Álvaro, olvidándose durante un segundo de que acababa de decir que tenía prisa.

—Las tiendas como esta no se encuentran por quedarse mucho tiempo, sino por volver cuando toca —respondió Elvira—. Mañana, después del colegio, buscad el lugar donde terminan los pasos y empieza el eco. Llevad el cuaderno, no os separéis y no enseñéis los objetos a nadie que no haya visto el callejón.

Bruno abrazó la libreta contra el pecho.

—¿Y cómo sabremos si estamos en el sitio correcto?

Elvira se acercó a la puerta y la abrió. Al otro lado, el callejón parecía mucho más corto que antes, y al fondo se veía de nuevo la avenida, la panadería, los coches y la gente caminando bajo la tarde mojada.

—Lo sabréis porque el cuaderno se abrirá solo —dijo.

Yaiza salió primero, seguida de Bruno y Álvaro. Antes de cruzar del todo el umbral, Bruno miró hacia atrás y vio a Elvira de pie en la entrada, con una mano apoyada en el marco de madera y la luz dorada de la tienda envolviéndola como si perteneciera a otro tiempo.

—Una cosa más —añadió la mujer.

Los tres se detuvieron.

—La tienda no aparece para cualquiera, y cuando aparece, nunca lo hace por casualidad. Si habéis llegado hasta aquí, es porque algo perdido os está buscando también a vosotros.

Ninguno de los tres supo qué decir a eso. Álvaro apretó la brújula dentro del bolsillo, Yaiza cerró la mano alrededor de la llave y Bruno sintió el peso del cuaderno contra el pecho, tan real y tan imposible al mismo tiempo.

Cuando dieron unos pasos hacia la avenida y se volvieron de nuevo, el callejón seguía allí, pero la tienda ya no tenía la puerta abierta. La luz del escaparate brillaba con calma detrás del cristal, y el cartel de ABIERTO se balanceaba suavemente, como si acabara de despedirse.

Después, un autobús pasó por la calle levantando agua del asfalto, una señora salió de la panadería con una barra de pan bajo el brazo y el mundo volvió a parecer casi normal.

Casi.

Porque Bruno llevaba una libreta que no había comprado, Álvaro tenía una brújula que no señalaba al norte y Yaiza guardaba una llave que no sabía qué abría. Y aunque ninguno quiso decirlo en voz alta mientras retomaban el camino a casa, los tres comprendieron que al día siguiente no podrían pasar de largo, no podrían fingir que todo había sido una confusión y no podrían dejar de buscar el lugar donde terminaban los pasos y empezaba el eco.

Bruno había sido el primero en ver el callejón, pero ahora la tienda secreta pertenecía a los tres.

Y en algún rincón imposible de la ciudad, la aventura ya los estaba esperando.



CAPÍTULO 1

La pista de los pasos

 

A la mañana siguiente, Bruno se despertó antes de que sonara el despertador, cosa que no le pasaba casi nunca, y lo primero que hizo no fue mirar la hora ni taparse otra vez hasta la cabeza, sino girarse hacia la silla donde había dejado la mochila la noche anterior. Durante unos segundos se quedó observándola desde la cama con los ojos entreabiertos, esperando que todo aquello hubiera sido un sueño raro provocado por la lluvia, los deberes de matemáticas y alguna de las historias que le gustaba leer antes de dormir, pero la mochila estaba allí, cerrada a medias, con el bolsillo delantero un poco abultado.

Bruno se incorporó despacio, procurando no hacer ruido porque sus padres todavía estaban en la cocina y no quería que entraran a preguntarle por qué se había levantado tan pronto. Bajó los pies al suelo, cruzó la habitación de puntillas y abrió la mochila lo justo para meter la mano dentro. Sus dedos tocaron primero el estuche, después una carpeta doblada por una esquina y, al fondo, la tapa tibia de la libreta verde. No había desaparecido, y aquella certeza le produjo un escalofrío extraño, mitad alivio y mitad miedo, porque una cosa era recordar una tienda imposible y otra muy distinta encontrar sus objetos dentro de su propia habitación.

La sacó con cuidado y la dejó sobre la cama. A la luz gris de la mañana, el cuaderno parecía menos imposible que dentro de la tienda, aunque seguía teniendo algo que lo hacía diferente a cualquier libreta normal. Las tapas verdes no eran brillantes ni nuevas, pero tampoco parecían viejas, como si el tiempo no supiera muy bien qué hacer con ellas. En la esquina inferior, las tres letras bordadas con hilo dorado seguían allí: B, A, Y.

Bruno pasó el dedo por encima de las iniciales y esperó que ocurriera algo, quizá que el cuaderno se abriera solo otra vez o que apareciera una frase misteriosa, pero no pasó nada. La libreta permaneció cerrada, tranquila y silenciosa, como si hubiera decidido comportarse de manera normal justo cuando él necesitaba una prueba de que todo había sido real. Entonces se acordó de la lupa y volvió a meter la mano en la mochila, hasta encontrarla envuelta en un calcetín limpio que había cogido del cajón antes de acostarse para que sus padres no la vieran por casualidad.

Era una lupa pequeña, con el mango de plata un poco gastado y el cristal perfectamente redondo. Bruno la levantó frente a la ventana y vio su propio ojo agrandado al otro lado, lo que habría sido bastante divertido si no hubiera estado pensando en una tienda que aparecía y desaparecía, en una fotografía imposible y en una mujer llamada Elvira que parecía conocerlos antes de que ellos hubieran cruzado la puerta.

Durante unos segundos, la emoción de tener un secreto así fue enorme. Era como si una aventura de verdad se hubiera colado en su mochila y lo hubiera elegido a él, precisamente a él, entre todos los niños que pasaban cada tarde por aquella calle. Pero después, casi al mismo tiempo, apareció una idea bastante menos emocionante. Él había sido el primero que vio el callejón. Él se había parado en mitad de la acera. Él había señalado aquel hueco imposible entre la panadería y la tienda cerrada. Si Álvaro y Yaiza acababan metidos en un problema por seguirlo, no podría decir simplemente que la tienda los había elegido a los tres y quedarse tranquilo, porque antes de que Elvira les diera el cuaderno, antes de que la campanilla sonara y antes incluso de que la palabra ABIERTO brillara al fondo del callejón, había sido Bruno quien se había detenido a mirar demasiado tiempo.

La idea le apretó un poco el estómago. Hasta la noche anterior, una aventura significaba pistas, lugares escondidos, objetos antiguos y un misterio esperando a ser resuelto. Aquella mañana, en cambio, empezó a entender que una aventura también podía significar que tus amigos confiaran en ti sin saber del todo adónde los estabas llevando. Miró la libreta, las iniciales doradas y la lupa envuelta en el calcetín, y por primera vez no pensó solo en encontrar el lugar donde terminaban los pasos y empezaba el eco. Pensó que, pasara lo que pasara, tenía que asegurarse de que Álvaro y Yaiza volvieran a casa.

—Bruno, el desayuno —llamó su madre desde la cocina.

Él dio un salto, escondió la libreta y la lupa debajo de la almohada, y contestó demasiado rápido.

—¡Voy!

Durante el desayuno intentó comportarse con normalidad, aunque comportarse con normalidad resultaba bastante complicado cuando uno tenía en la habitación un cuaderno mágico que se abría solo y una lupa prestada por una tienda que quizá ya no existía. Su padre le preguntó dos veces si se encontraba bien porque estaba removiendo el cacao sin beber, y su madre le recordó que tenía que llevar firmada la autorización para la excursión de ciencias. Bruno asintió a todo, respondió lo justo y evitó mirar demasiado hacia el pasillo, como si el cuaderno pudiera salir caminando de su habitación en cualquier momento.

Cuando terminó, volvió a su cuarto con la excusa de coger la mochila. Guardó la libreta en el fondo, metió la lupa en un bolsillo interior y se quedó mirando unos segundos la cama, la estantería de libros, los cromos repetidos sobre la mesa y la lámpara con forma de cohete. Todo seguía igual, pero algo había cambiado. Su habitación era la misma de siempre, solo que ahora contenía un secreto enorme, y Bruno sintió por primera vez que guardar un secreto podía pesar casi tanto como una mochila llena de libros.

También sintió otra cosa que no le gustó tanto. Si el cuaderno estaba en su mochila, si la lupa estaba en su bolsillo y si la tienda había aparecido porque él se había detenido primero, quizá no bastaba con dejarse arrastrar por la curiosidad. Quizá tendría que pensar antes que los demás, mirar mejor, decidir cuándo avanzar y cuándo parar, aunque Álvaro protestara o Yaiza quisiera comprobarlo todo. Aquello le pareció injusto y emocionante a la vez, como si alguien le hubiera entregado una llave sin explicarle qué puerta abría y luego hubiera cerrado el mundo normal detrás de él.

En la puerta del edificio, mientras esperaba a Álvaro, no dejó de tocar el bolsillo de la mochila donde había guardado la lupa. Cada vez que lo hacía, se decía que era para comprobar que seguía allí, pero en realidad también necesitaba convencerse de que no se había inventado nada. La calle estaba seca, aunque algunos charcos pequeños seguían atrapados junto al bordillo, y el cielo tenía ese color claro de las mañanas frías en las que parece que el sol no se atreve a salir del todo.

Álvaro apareció corriendo con la chaqueta mal cerrada y el pelo todavía húmedo, como si se hubiera peinado a toda velocidad o se hubiera rendido a mitad de camino. Al llegar junto a Bruno, lo primero que hizo fue mirar alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba.

—La brújula sigue en mi casa —dijo en voz baja—. Bueno, en realidad está en mi bolsillo, pero he conseguido que mi madre no la vea.

Bruno miró hacia su chaqueta.

—¿La has traído?

—Claro que la he traído. ¿Qué querías, que la dejara sola en mi habitación después de todo lo de ayer?

—No está viva.

Álvaro metió la mano en el bolsillo y sacó la brújula diminuta, tapándola enseguida con la otra mano para que no la viera una señora que pasaba con un carrito de la compra.

—No sé yo —murmuró—. Anoche la dejé sobre mi mesa apuntando hacia la ventana y esta mañana apuntaba hacia mi mochila.

Bruno se quedó mirándolo.

—¿Seguro que no la moviste tú?

—Estoy casi seguro.

—Eso no es lo mismo que estar seguro.

—Ya, pero bastante tengo con haber dormido con una brújula rara vigilándome desde la mesa.

Bruno estuvo a punto de reírse, pero se le quedó la sonrisa a medias. Ver a Álvaro con la brújula en el bolsillo hacía que todo pareciera más real, y que todo pareciera más real también lo hacía más peligroso. Álvaro podía bromear cuanto quisiera, podía quejarse de que la brújula lo vigilaba o fingir que aquello era una aventura de las buenas, pero Bruno sabía que su amigo había entrado en la tienda porque él había dado el primer paso. Esa idea se le quedó enganchada durante el camino, igual que una piedra pequeña dentro del zapato.

Yaiza los esperaba en la esquina con la mochila bien colocada y una coleta alta. Al verlos llegar, no saludó como cualquier otro día, sino que levantó la mano derecha y les enseñó, solo durante un segundo, la llave de color cobre que llevaba colgada de una cadena por dentro del jersey.

—La he traído porque si la dejaba en casa iba a pasarme toda la mañana pensando que alguien la encontraba —dijo antes de que pudieran preguntarle nada—. Y antes de que lo digáis, no pienso enseñársela a nadie.

—Nosotros tampoco —respondió Bruno.

Álvaro guardó la brújula con expresión culpable.

—Yo solo la estaba comprobando.

Yaiza le lanzó una mirada que no necesitaba explicación, pero no añadió nada porque justo en ese momento un grupo de compañeros dobló la esquina y empezó a caminar cerca de ellos. Los tres siguieron hacia el colegio intentando hablar de cosas normales, aunque cada conversación se rompía enseguida por culpa del secreto que llevaban encima. Álvaro comentó algo sobre el partido del recreo, Yaiza preguntó si habían hecho los ejercicios de lengua y Bruno respondió a medias, porque todo el rato pensaba en la frase del cuaderno.

“El primer objeto perdido está donde terminan los pasos y empieza el eco”.

La había leído tantas veces en su cabeza que ya le sonaba como una canción extraña. No parecía una dirección, ni un nombre de calle, ni una pista fácil. Podía significar muchas cosas y, al mismo tiempo, ninguna.

En clase, la mañana avanzó con una lentitud desesperante. La profesora de matemáticas explicó divisiones con decimales, el profesor de lengua pidió que sacaran el libro de lectura y en ciencias hablaron de minerales, pero Bruno apenas consiguió concentrarse. Cada vez que abría un cuaderno normal, esperaba que las páginas se movieran solas. Cada vez que alguien cerraba una puerta, escuchaba la campanilla de la tienda. Y cada vez que la profesora hacía una pregunta, él tardaba unos segundos de más en volver al aula, como si una parte de su cabeza siguiera atrapada en el callejón que no existía.

En un momento, mientras la profesora escribía en la pizarra, Bruno miró a Álvaro y a Yaiza desde su sitio. Álvaro estaba dibujando algo en la esquina de una hoja, probablemente una brújula con ojos o algún monstruo con demasiados dientes, y Yaiza tenía el libro abierto, pero no pasaba de página. Los dos estaban allí por él. Esa idea volvió a golpearlo con suavidad, no como un susto, sino como una responsabilidad que iba creciendo poco a poco. No quería decirles que tenía miedo de haberlos metido en aquello, porque seguramente Álvaro haría una broma y Yaiza le diría que los tres habían decidido entrar. Pero aun así, Bruno no podía evitar sentir que la tienda le había puesto el cuaderno en las manos por algo más que porque viera bien los detalles.

En el recreo, los tres se sentaron en un banco del patio, lejos de la pista donde jugaban al fútbol y de la zona donde varios compañeros intercambiaban cromos. Yaiza abrió su bocadillo de queso con calma, pero no llegó a darle un mordisco hasta estar segura de que nadie podía escucharlos.

—Tenemos que pensar bien lo de la pista —dijo—. Si vamos corriendo al primer sitio que se nos ocurra, podemos perder toda la tarde.

Álvaro sacó la brújula debajo de la mesa del banco y la miró como si esperara que le diera instrucciones completas.

—Podemos seguir esto.

—Eso no señala al norte —recordó Bruno.

—Precisamente por eso sirve.

Yaiza respiró hondo, no porque estuviera nerviosa, sino porque estaba intentando tener paciencia.

—Una brújula que no señala al norte puede señalar cualquier cosa.

—O puede señalar la tienda.

—La tienda ayer estaba en un callejón que hoy seguramente no esté.

Bruno levantó la mirada al oír eso. Había intentado no pensarlo demasiado, pero la verdad era que todos tenían la misma duda. ¿Y si volvían a la panadería y no había nada? ¿Y si el callejón había desaparecido de verdad? ¿Y si solo podían encontrarlo cuando la tienda quería?

—Elvira dijo que buscáramos el lugar donde terminan los pasos y empieza el eco —dijo Bruno—. No dijo que volviéramos a la tienda.

Álvaro apoyó la brújula sobre su rodilla.

—Puede ser una escalera. Los pasos terminan cuando se acaban los escalones.

—Y empieza el eco en un sitio grande —añadió Yaiza—. Como un túnel, un gimnasio, un teatro o un pasillo vacío.

Bruno pensó en todos los lugares de la ciudad donde podía haber eco. El paso subterráneo junto al parque, el aparcamiento del supermercado, el polideportivo municipal, la entrada vieja del teatro cerrado, incluso el hueco de la escalera de algunos edificios. El problema era que había demasiadas posibilidades.

—También puede ser algo con zapatos —dijo Álvaro de pronto.

Yaiza lo miró con extrañeza.

—¿Con zapatos?

—Sí, pasos, zapatos, caminar. Mi abuelo siempre llama “los pasos” a los zapatos cuando se pone gracioso.

—Tu abuelo llama cosas raras a muchas cosas —respondió Yaiza.

—Pero podría ser una zapatería.

Bruno se enderezó en el banco porque aquello, por absurdo que sonara al principio, tenía algo de sentido.

—La zapatería de la plaza —dijo—. La que cerró hace meses.

—La que tenía el cartel de Calzados Pasos —recordó Yaiza muy despacio.

Álvaro abrió los ojos con una mezcla de orgullo y sorpresa.

—¿Veis? A veces mi cerebro también funciona.

La plaza de la que hablaban estaba a diez minutos del colegio y a otros cinco de la panadería donde había aparecido el callejón. La antigua zapatería llevaba cerrada desde antes de Navidad, con el escaparate cubierto por papel marrón y un cartel de alquiler pegado en la persiana. Bruno había pasado por allí muchas veces, pero nunca se había fijado demasiado. Si la pista decía “donde terminan los pasos”, quizá se refería exactamente a eso: el lugar donde había terminado una tienda llamada Pasos.

—Pero falta lo del eco —dijo Yaiza.

Álvaro, que ya se sentía ganador, se encogió de hombros.

—A lo mejor dentro hay eco porque está vacío.

Bruno miró hacia el edificio del colegio, donde la campana de fin del recreo todavía no había sonado. La idea le provocó una emoción nerviosa, como cuando estás a punto de hacer algo que sabes que no es del todo una buena idea, pero que tampoco puedes ignorar.

—Después de clase vamos a la plaza —decidió.

Lo dijo con más seguridad de la que sentía. En cuanto las palabras salieron de su boca, comprendió que Yaiza y Álvaro lo seguirían, igual que lo habían seguido el día anterior hasta el callejón. Esa confianza le gustaba, pero también le dio un pequeño miedo. Bruno no quería ser el jefe de nada, y mucho menos de una aventura que no entendía, pero el cuaderno estaba en su mochila y la primera pista parecía esperar a que él se atreviera a empezar.

Yaiza guardó el bocadillo a medio comer.

—Vamos, miramos desde fuera y, si el cuaderno no hace nada, nos vamos.

—Eso ya lo dijimos ayer —comentó Álvaro.

—Y ayer acabamos entrando en una tienda imposible.

—Por eso lo digo.

Bruno miró a sus amigos y asintió, aunque por dentro añadió una promesa que no se atrevió a decir en voz alta. Irían a mirar, sí, pero no permitiría que la curiosidad decidiera por ellos. Si algo se torcía, si el cuaderno escribía una advertencia o si el eco sonaba demasiado cerca, él sería el primero en parar, aunque una parte de él quisiera seguir.

La campana sonó entonces, y los tres se levantaron al mismo tiempo. Mientras volvían a clase, Bruno notó que alguien los observaba desde el otro lado del patio. Era Hugo, un chico de su curso que siempre parecía enterarse de todo lo que no le importaba. Estaba apoyado en la pared con dos amigos, mirando directamente hacia ellos con una sonrisa torcida.

Bruno apartó la vista enseguida, pero no lo bastante rápido.

—Hugo nos ha visto hablando raro —susurró.

—Hugo ve raro hasta cuando alguien se ata los cordones —contestó Yaiza—. No le hagáis caso.

Álvaro miró hacia atrás, y Hugo levantó la barbilla como si lo retara a decir algo.

—Como nos siga, le digo que estamos preparando una obra de teatro sobre brújulas —murmuró Álvaro.

—No digas nada —pidió Bruno.

—Era una mentira bastante mala, lo admito.

Bruno no volvió a mirar a Hugo, pero notó su presencia durante todo el camino de vuelta al aula. La aventura acababa de empezar y ya no dependía solo de ellos tres. Había una tienda que aparecía cuando quería, un cuaderno que escribía frases imposibles, una pista que los esperaba después de clase y un compañero demasiado curioso mirando desde el otro lado del patio. Bruno apretó las correas de la mochila y sintió, al fondo, el peso de la libreta verde.

Esta vez no le pareció solo el peso de un misterio.

Le pareció el peso de tener que cuidar de sus amigos.


 

CAPÍTULO 2

El cascabel dormido

 

Durante las últimas clases, la espera se hizo todavía más larga. Bruno miró el reloj tantas veces que la profesora acabó preguntándole si tenía mucha prisa por irse, y él se puso rojo mientras varios compañeros se reían. Cuando por fin sonó la campana de salida, guardó los libros demasiado deprisa, se colgó la mochila y salió al pasillo con Álvaro y Yaiza pegados a sus talones.

No hablaron mucho durante el camino a la plaza. Había demasiada gente alrededor y el secreto parecía más frágil cuanto más cerca estaban de otros. Álvaro caminaba con la mano metida en el bolsillo, seguramente tocando la brújula. Yaiza llevaba la llave escondida bajo el jersey, pero de vez en cuando se tocaba el pecho para comprobar que seguía allí. Bruno notaba el cuaderno en la mochila como si pesara el doble que todos sus libros juntos.

Álvaro intentó silbar al cruzar la calle, pero le salió un sonido tan torcido que Yaiza lo miró de reojo.

—¿Qué haces?

—Disimular.

—Pues disimulas fatal.

—Estoy practicando para cuando tengamos que parecer niños normales.

Bruno sonrió un poco, aunque enseguida se dio cuenta de que Álvaro no estaba tan tranquilo como fingía. Tenía la mano demasiado cerrada alrededor de la brújula y cada pocos pasos miraba hacia atrás, como si esperara encontrar el callejón siguiéndolos por la acera o a Elvira caminando entre la gente con una cesta llena de objetos imposibles. Álvaro siempre hacía bromas cuando algo le asustaba, pero Bruno lo conocía lo suficiente para saber que, cuanto más hablaba, menos quería que los demás le preguntaran si tenía miedo.

Al llegar a la plaza, los tres se detuvieron frente a la antigua zapatería.

El cartel seguía allí, aunque algunas letras estaban despegadas y una esquina colgaba hacia abajo. “CALZADOS PASOS”, decía todavía, con letras azules sobre un fondo blanco que el sol había ido amarilleando. La persiana metálica estaba bajada hasta el suelo, llena de rayas, pegatinas medio arrancadas y un anuncio de alquiler con un número de teléfono escrito a mano. El escaparate cubierto por papel marrón no dejaba ver nada del interior, pero junto a la puerta quedaba una rendija estrecha por donde quizá podría colarse algo de luz.

—Bueno —dijo Álvaro—. Aquí terminaron los Pasos.

Lo dijo con esa voz suya de haber resuelto un caso importantísimo, pero al terminar la frase tragó saliva y dio un paso hacia atrás. No fue mucho, apenas un movimiento pequeño, pero Bruno lo vio. Álvaro no tenía miedo de una zapatería cerrada, o al menos eso habría dicho si alguien se lo preguntaba. Tenía miedo de que la zapatería no fuera solo una zapatería, de que detrás de la persiana hubiera otra cosa esperando, una prueba de que la tienda secreta no se había quedado en el callejón del día anterior.

Yaiza no respondió porque estaba mirando alrededor. La plaza estaba bastante tranquila a esa hora, con dos señoras sentadas en un banco, un niño pequeño dando vueltas con un patinete y un repartidor dejando cajas en la cafetería de la esquina. No parecía el tipo de lugar donde pudiera empezar una aventura, pero quizá eso mismo lo hacía más inquietante.

Bruno se quitó la mochila, sacó el cuaderno verde y lo sostuvo entre las manos. Por un momento tuvo miedo de que no ocurriera nada y de que todo quedara reducido a tres niños mirando una libreta cerrada delante de una zapatería abandonada, pero el cuaderno se calentó un poco, lo justo para que Bruno lo notara en las palmas. Las letras doradas de la tapa brillaron durante un instante y Álvaro dio un pequeño salto de emoción.

—¡Lo sabía!

—Habla más bajo —le pidió Yaiza.

—Lo he dicho bajo.

—Lo has dicho como si hubieras ganado un concurso.

Álvaro sonrió, pero enseguida metió de nuevo la mano en el bolsillo y sujetó la brújula. Era una sonrisa rápida, de esas que usaba cuando quería demostrar que todo estaba controlado. Bruno empezó a sospechar que Álvaro no quería que nadie notara lo mucho que necesitaba tener algo en la mano, aunque fuera una brújula diminuta que no señalaba al norte.

Bruno intentó abrir el cuaderno, pero la tapa no se movió. Tiró con cuidado, luego con un poco más de fuerza, y nada. El cuaderno seguía cerrado, como si hubiera decidido darles una señal sin permitirles leer la siguiente pista.

—No se abre —dijo.

Álvaro sacó la brújula. La aguja giraba con rapidez, dando vueltas y más vueltas sin detenerse.

—Pues esto tampoco ayuda mucho.

Yaiza se acercó a la puerta de la zapatería y escuchó unos segundos.

—No oigo eco.

—Porque no estamos dentro —dijo Álvaro.

—No vamos a entrar en una tienda cerrada.

—No he dicho que vayamos a entrar. Solo he dicho que desde fuera no se puede oír el eco de dentro.

Aunque intentó decirlo como una observación lógica, Álvaro no se acercó a la persiana. Se quedó medio paso por detrás de Bruno, con la brújula entre los dedos y los hombros un poco tensos. Había imaginado la aventura como algo emocionante, con pistas, tesoros y quizá alguna puerta secreta fácil de abrir, pero ahora que estaban ante una tienda cerrada, en una plaza de verdad, con gente normal pasando cerca sin saber nada, todo resultaba más raro. Más serio. Más difícil de convertir en broma.

Bruno observó la persiana. Había una pequeña separación en la parte inferior, pero no lo bastante grande para meter la mano. Junto a la puerta, el hueco del buzón estaba oxidado y torcido. Se inclinó hacia él con la lupa en la mano, no porque supiera exactamente qué esperaba ver, sino porque Elvira se la había dado por alguna razón.

Al mirar a través del cristal de la lupa, la rendija del buzón se agrandó, y durante un segundo Bruno no vio solo la oscuridad del interior, sino algo escrito en el polvo del suelo. No eran letras completas, al menos no desde aquella posición, sino unas marcas hechas como si alguien hubiera arrastrado el dedo sobre el polvo. Movió la lupa despacio, ajustó el ángulo y distinguió parte de una palabra.

“NO”.

Se apartó de golpe.

—Aquí no es.

Álvaro bajó la brújula.

—¿Cómo que no?

—Dentro hay una palabra escrita. Pone “no”.

Yaiza se inclinó también, pero sin la lupa apenas pudo ver la oscuridad.

—Puede ser una casualidad.

Bruno le pasó la lupa. Yaiza miró por el buzón, tardó unos segundos en encontrar el ángulo y luego se quedó muy quieta.

—No pone solo “no” —dijo.

Álvaro se acercó tanto que casi chocó con ella.

—¿Qué pone?

Yaiza tragó saliva.

—Pone “no aquí”.

Bruno sintió una mezcla rara de alivio y decepción. Por un lado, habían encontrado una señal, lo que demostraba que la pista era real. Por otro, la señal les decía que se habían equivocado.

Álvaro soltó una risa corta que no sonó del todo a risa.

—Genial. Una zapatería cerrada nos acaba de corregir. Esto mejora por momentos.

—Entonces ¿por qué se ha calentado el cuaderno? —preguntó Bruno.

El cuaderno seguía en sus manos, pero el calor de la tapa estaba desapareciendo poco a poco.

—Quizá porque íbamos por buen camino —dijo Yaiza—. La pista tenía algo que ver con “pasos”, pero no era este sitio.

Álvaro miró la zapatería con disgusto.

—O la tienda secreta tiene un sentido del humor horrible.

Bruno volvió a guardar la libreta en la mochila, aunque antes de cerrarla vio algo que no estaba allí unos segundos antes. En la primera página, justo debajo del borde, había aparecido una frase muy pequeña, escrita con la misma letra inclinada del día anterior.

“No busquéis el nombre. Escuchad el sonido”.

Los tres se inclinaron sobre el cuaderno al mismo tiempo.

—Vale —dijo Yaiza—. Entonces no era Calzados Pasos.

—Eran pasos de verdad —murmuró Bruno.

Álvaro miró alrededor de la plaza, como si esperara que un montón de huellas brillantes aparecieran sobre el suelo para guiarlos.

—¿Y cómo se escuchan unos pasos?

La respuesta llegó antes de que ninguno pudiera pensarla, porque desde la esquina de la plaza apareció un grupo de niños saliendo de una academia de baile. Iban hablando alto, con mochilas pequeñas, zapatillas colgadas y el pelo recogido. Detrás de ellos, una profesora cerró la puerta de un local con un cartel que decía “Danza y Movimiento”. El sonido de sus zapatillas sobre las baldosas se mezcló con risas, voces y el golpe de una puerta metálica.

Yaiza miró a Bruno.

—Donde terminan los pasos puede ser donde termina una clase de baile.

Álvaro señaló hacia el edificio que había al final de la calle.

—La academia de baile usa el salón viejo del centro cultural los viernes, ¿no? Mi prima fue una vez y dijo que hacía eco porque estaba medio vacío.

El centro cultural estaba dos calles más abajo, en un edificio antiguo que antes había sido un pequeño teatro de barrio. Tenía una sala grande con escenario, varias aulas y un pasillo largo donde siempre olía a madera barnizada y a polvo. Bruno había estado allí en una función de Navidad hacía años y recordaba que, cuando alguien hablaba desde el escenario, la voz rebotaba un poco en las paredes.

La frase del cuaderno encajó entonces de una forma mucho más clara.

—Vamos —dijo Bruno.

Caminaron deprisa, aunque intentando no correr para no llamar la atención. Al pasar junto a la cafetería, Bruno tuvo la sensación de que alguien los seguía, pero cuando miró hacia atrás solo vio la plaza normal, la zapatería cerrada y el niño del patinete dando vueltas alrededor de una papelera. Aun así, esa sensación no desapareció del todo.

Álvaro también miró hacia atrás, pero enseguida fingió que solo estaba observando el escaparate de la cafetería.

—Si esto acaba con nosotros perseguidos por una profesora de baile, quiero que conste que yo propuse la zapatería.

—La zapatería estaba mal —dijo Yaiza.

—Por eso. Era más segura.

Bruno se fijó en él otra vez. Álvaro hablaba como siempre, pero llevaba un rato sin sacar la brújula a la vista. La mantenía dentro del bolsillo, apretada con la mano, como si tocarla le recordara que la tienda era real y que no estaban improvisando completamente. Bruno no dijo nada. Sabía que, si lo hacía, Álvaro bromearía el doble.

El centro cultural tenía la puerta principal abierta, pero el vestíbulo estaba casi vacío. En una mesa junto a la entrada había folletos de clases de pintura, teatro, música y baile. Una mujer hablaba por teléfono detrás de un mostrador, y al fondo del pasillo se escuchaba el eco lejano de unas voces infantiles.

Los tres entraron intentando parecer personas que sabían exactamente adónde iban. Eso, en el caso de Álvaro, significaba caminar demasiado recto y mirar al frente con cara de importancia. En el caso de Yaiza, significaba leer todos los carteles de la pared mientras avanzaba. En el caso de Bruno, significaba notar que la mochila volvía a calentarse por dentro.

—El cuaderno —susurró.

Se apartaron hacia un rincón del vestíbulo, detrás de una columna donde había un cartel de una obra de teatro del año anterior. Bruno abrió la mochila y sacó la libreta. Esta vez no tuvo que tirar de la tapa. El cuaderno se abrió solo en cuanto sus dedos tocaron el borde, y las páginas pasaron deprisa hasta detenerse en una hoja donde apareció un dibujo nuevo.

Era un pasillo largo, con puertas a ambos lados y un suelo de madera lleno de líneas, como si alguien hubiera dibujado huellas sin dibujar pies. Al final del pasillo había una doble puerta cerrada y, encima, una lámpara redonda.

Debajo del dibujo apareció otra frase:

“Seguid los pasos que no hacen ruido”.

Álvaro se inclinó tanto sobre el cuaderno que casi apoyó la nariz en la página.

—¿Pasos que no hacen ruido? Eso no existe.

—Sí existe —dijo Yaiza—. Las zapatillas de baile hacen muy poco ruido en el suelo de madera.

Bruno miró hacia el pasillo. Desde allí se oía una música suave, muy lejana, y un golpe repetido de pies moviéndose al mismo tiempo. No era fuerte, pero tenía ritmo. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Luego silencio. Luego otra vez.

—Viene de allí —dijo.

Caminaron por el pasillo procurando no llamar la atención de la mujer del mostrador. En las paredes había fotografías antiguas del teatro, carteles de funciones y dibujos hechos por niños. El suelo crujía un poco bajo sus zapatillas, y cada paso parecía más sonoro de lo normal, quizá porque los tres estaban intentando no hacer ruido. Al fondo encontraron una puerta entreabierta. Dentro, un grupo de niñas y niños practicaba una coreografía con una profesora que marcaba el ritmo dando palmadas.

Bruno miró el cuaderno. La página seguía mostrando el pasillo, pero la doble puerta del dibujo no era aquella. En el dibujo, las puertas tenían dos tiradores redondos y un cartel pequeño encima. La sala de baile tenía una sola puerta, con una ventana rectangular.

—No es aquí —susurró Yaiza.

Álvaro señaló más adelante.

—El escenario está al final.

Lo dijo rápido, como si quisiera terminar cuanto antes, y después añadió:

—Que, por cierto, es un sitio estupendo para que no pase nada raro. Los escenarios son famosos por ser lugares normales donde nunca aparecen trampillas, sombras ni gente invisible.

Yaiza lo miró de lado.

—Cuando empiezas a hablar así es porque estás nervioso.

—Cuando empiezo a hablar así es porque soy muy gracioso.

—También.

Álvaro se calló, pero no porque no tuviera respuesta. Se calló porque Yaiza había acertado demasiado. Le daba rabia que se notara. No quería que Bruno pensara que se arrepentía de haber ido, ni que Yaiza creyera que tenía que protegerlo. Él había entrado en la tienda, había aceptado la brújula y había dicho que aquello podía ser una aventura. No podía echarse atrás solo porque un pasillo oliera a madera vieja y una libreta hubiera escrito una frase que parecía sacada de una pesadilla educada.

Siguieron caminando. La música quedó atrás y el pasillo se volvió más silencioso. Allí las paredes estaban menos decoradas, las luces eran más amarillas y el olor a madera vieja se hizo más intenso. Al fondo encontraron las dobles puertas del dibujo. Eran altas, pesadas y tenían dos tiradores redondos de metal. Encima había un cartel pequeño.

SALÓN DE ACTOS.

Bruno sintió que el cuaderno se calentaba tanto que casi le quemaba las manos, aunque no de una forma dolorosa. La tapa vibró apenas, como si quisiera empujarlo hacia delante.

—Es aquí —dijo.

Yaiza apoyó la oreja en la puerta.

—No se oye nada.

—Eso es bueno —respondió Álvaro—. Si no hay nadie, podemos mirar.

—Mirar —repitió Yaiza, señalándolo con un dedo—. Solo mirar.

Álvaro levantó las manos, ofendido.

—Yo soy una persona de mirar muchísimo y tocar poquísimo.

—Eso es mentira.

—Pero ha sonado bien.

Bruno empujó una de las puertas con cuidado. Al principio no se movió, y durante un segundo pensó que estaría cerrada con llave, pero luego cedió con un quejido largo que sonó demasiado fuerte en el pasillo vacío. Los tres se quedaron quietos, esperando que alguien apareciera para preguntarles qué hacían allí. Nadie vino, así que entraron despacio, procurando que la puerta no volviera a quejarse a sus espaldas.

El salón de actos estaba en penumbra, iluminado solo por unas luces de emergencia y por una línea de claridad que entraba desde una ventana alta. Las sillas estaban recogidas al fondo, apiladas unas sobre otras. El escenario se levantaba frente a ellos con las cortinas cerradas, enormes y rojas, cubiertas de polvo en la parte inferior. El suelo de madera reflejaba un poco la luz, y cuando Bruno dio un paso, el sonido rebotó en las paredes con un eco suave y alargado, como si el edificio repitiera su presencia.

Álvaro sonrió.

—Aquí empieza el eco.

Pero su sonrisa no duró mucho. El eco de su propia voz volvió desde las paredes y sonó más bajo, más largo, como si otra persona hubiera repetido sus palabras desde el fondo del salón. Álvaro notó que se le enfriaban las manos y metió una en el bolsillo para sujetar la brújula. Le habría gustado decir que aquel sitio le encantaba, que los escenarios abandonados eran exactamente lo que toda aventura necesitaba, pero lo único que pensó fue que las cortinas eran demasiado grandes y que detrás podía esconderse cualquier cosa.

Yaiza no contestó enseguida. Estaba mirando el suelo. Bruno siguió su mirada y vio unas marcas muy tenues sobre la madera, casi invisibles si uno no se fijaba bien. Parecían huellas, pero no de zapatos normales. Eran líneas suaves, curvas, como las que podrían dejar unas zapatillas de baile cubiertas de polvo.

—Los pasos que no hacen ruido —susurró Yaiza.

Las marcas avanzaban desde la entrada hasta el escenario. No eran muchas, pero formaban un camino claro. Bruno abrió el cuaderno esperando encontrar otra pista, pero la página del dibujo había cambiado. Ahora mostraba el escenario con las cortinas cerradas y una flecha apuntando hacia el suelo.

“Donde todos miran al frente, buscad abajo”.

Álvaro se acercó al borde del escenario.

—¿Debajo?

—Eso parece —dijo Bruno.

El escenario tenía una pequeña escalera lateral. Subieron con cuidado, y el eco de sus pasos se hizo más profundo. Desde arriba, el salón parecía aún más grande y vacío. Bruno imaginó a personas sentadas en las sillas, luces encendidas, aplausos y voces, pero ahora todo estaba quieto, como si el teatro estuviera conteniendo la respiración.

Yaiza se agachó junto al borde del escenario.

—Hay una trampilla.

Bruno se acercó. Entre las tablas del suelo se distinguía un rectángulo casi oculto, con una anilla metálica pegada a la madera. Estaba tan sucia que, si Yaiza no la hubiera visto, seguramente habrían pasado por encima sin fijarse.

Álvaro agarró la anilla enseguida.

—La abro.

Lo dijo deprisa, casi antes de pensarlo, porque una parte de él necesitaba hacer algo útil cuanto antes. Si abría la trampilla, si metía la mano y encontraba lo que fuera, quizá Bruno y Yaiza no notarían que le costaba mirar hacia las cortinas. Quizá tampoco notaría él mismo que el corazón le iba más rápido de lo normal.

—Espera —dijo Yaiza—. No sabemos qué hay debajo.

—Precisamente por eso hay que abrirla.

Bruno puso una mano sobre el cuaderno. La página seguía mostrando la flecha hacia abajo, pero no aparecía ninguna advertencia. Respiró hondo y asintió.

—Despacio.

Álvaro tiró de la anilla. La trampilla no se abrió al principio. Volvió a tirar con más fuerza, y esta vez la madera cedió con un crujido que hizo que los tres miraran hacia la puerta del salón. Seguía cerrada. No se oían pasos en el pasillo.

Debajo de la trampilla había un hueco oscuro, no muy profundo, con olor a polvo y cartón viejo. Bruno sacó la lupa sin saber muy bien por qué, pero al mirar a través de ella vio algo que a simple vista no se distinguía. En el fondo del hueco, entre cables antiguos y un trozo de tela enrollada, había una cajita de metal.

—Hay algo —dijo.

Álvaro metió el brazo antes de que Yaiza pudiera protestar. Tanteó un poco, hizo una mueca al tocar una telaraña y finalmente sacó la caja. Era pequeña, rectangular y estaba cubierta de polvo. En la tapa había grabado un dibujo muy simple: una campanilla.

Los tres se quedaron mirándola.

—La campanilla de la tienda —dijo Bruno.

Álvaro intentó abrir la caja, pero la tapa no se movió.

—Está cerrada.

Yaiza sacó la llave de cobre de debajo del jersey. La sostuvo frente a la caja y, durante un segundo, el lazo azul atado al extremo se movió solo, aunque no había viento.

—Elvira dijo que mi llave abriría lo que debía abrirse.

Bruno y Álvaro se apartaron un poco para dejarle espacio. Yaiza introdujo la llave en la cerradura diminuta de la caja. Encajó perfectamente. La giró con cuidado, y el sonido del mecanismo fue tan claro que el eco lo devolvió desde el fondo del salón.

Dentro de la caja no había una campanilla, sino un cascabel pequeño, plateado, sujeto a una cinta azul oscura. Parecía un adorno perdido de algún traje de baile o de alguna función antigua, pero cuando Yaiza lo levantó, el cascabel no sonó. Lo movió un poco. Nada. Ni un tintineo, ni un golpe, ni el ruido suave que hacen los cascabeles normales.

—Está roto —dijo Álvaro, decepcionado.

En realidad, se alegró un poco de que no sonara. No quería admitirlo ni siquiera para sí mismo, pero la idea de un cascabel despertando en mitad de un escenario vacío le parecía mucho peor que encontrar una cosa vieja e inútil dentro de una caja. Si estaba roto, quizá podían guardarlo, volver a la tienda, entregárselo a Elvira y dar por terminada la aventura del día. Luego se enfadó consigo mismo por pensar eso, porque él no era de los que querían terminar una aventura antes de tiempo. Al menos, no cuando sus amigos podían verlo.

Bruno miró el cuaderno, que había vuelto a pasar páginas solo. Las palabras aparecieron despacio, como si alguien invisible estuviera escribiendo en ese momento.

“El primer objeto perdido ha sido encontrado, pero todavía no ha despertado”.

Yaiza leyó la frase en silencio y después miró el cascabel.

—¿Y cómo se despierta un cascabel?

Nadie respondió, porque en ese mismo instante algo sonó detrás de las cortinas del escenario. No fue el cascabel, ni una puerta, ni el crujido normal de la madera vieja, sino un paso suave y lento, como si alguien caminara al otro lado de la cortina roja con unas zapatillas que apenas tocaban el suelo.

Luego sonó otro.

Y después otro más.

Álvaro guardó la brújula en el bolsillo y se acercó a Bruno.

—Decidme que eso también es el eco.

Intentó decirlo como una broma, pero la frase le salió demasiado baja. Le dio rabia que se notara. Se obligó a mirar la cortina, aunque tenía unas ganas enormes de mirar hacia la salida. No quería ser el primero en retroceder. No delante de Bruno, que llevaba el cuaderno como si tuviera que entenderlo todo, ni delante de Yaiza, que sostenía el cascabel sin apartar los ojos de las cortinas. Así que Álvaro apretó los dientes, metió los dedos en el bolsillo hasta tocar la brújula y se quedó donde estaba.

Bruno no contestó. Yaiza cerró la caja con una mano y apretó el cascabel con la otra. Los tres miraron la cortina, que seguía inmóvil, aunque el sonido continuaba detrás de ella, cada vez más claro, cada vez más difícil de confundir con otra cosa.

Entonces el cuaderno se abrió de golpe entre las manos de Bruno, pasando páginas tan deprisa que el aire le rozó la cara. Cuando se detuvo, solo había una frase escrita en el centro de la hoja:

“No miréis detrás de la cortina si no estáis preparados para recordar”.

Álvaro leyó la frase por encima del hombro de Bruno y notó que la broma que estaba a punto de hacer se le quedaba atascada. Podía bromear con zapaterías, con brújulas raras, con profesores de baile y con trampillas llenas de polvo, pero aquello era distinto. No decía que hubiera un monstruo. No decía que corrieran. Decía recordar, y por alguna razón esa palabra le pareció mucho peor, como si detrás de la cortina no estuviera esperando algo que quisiera asustarlos, sino algo que pudiera tocar una parte de ellos que ni siquiera sabían que existía.

Aun así, levantó un poco la barbilla.

—Vale —dijo, intentando que la voz le saliera firme—. Entonces, oficialmente, propongo no mirar todavía.

Yaiza lo observó con atención. Esta vez no se burló ni le corrigió nada.

—Me parece una buena idea.

Bruno cerró el cuaderno con cuidado, pero no se movió. El sonido de los pasos seguía detrás de la cortina, lento, suave y paciente. Álvaro pensó que quizá la valentía no era entrar corriendo a mirar qué había al otro lado, como habría hecho el héroe de una película. Quizá, a veces, la valentía era quedarse quieto, reconocer que tenías miedo y no salir huyendo aunque el miedo estuviera caminando a pocos metros de ti.

No lo dijo en voz alta, claro.

En vez de eso, miró a Bruno y a Yaiza, señaló la trampilla y murmuró:

—Busquemos rápido lo que haya que buscar, porque este escenario tiene una decoración horrible y una acústica demasiado dramática.


 

CAPÍTULO 3

El nombre que detuvo los pasos

 

Bruno cerró el cuaderno de golpe, no porque quisiera desobedecerlo, sino porque la frase escrita en aquella página le había dado una sensación tan rara que necesitó apartarla de sus ojos durante un momento. El salón de actos seguía en penumbra, con las sillas apiladas al fondo, el escenario cubierto por una capa fina de polvo y las cortinas rojas quietas delante de ellos, pero el sonido de los pasos continuaba al otro lado, suave y lento, como si alguien estuviera caminando sin prisa entre bastidores.

Álvaro se había quedado tan cerca de Bruno que casi le pisaba una zapatilla, aunque intentaba disimularlo mirando la brújula con mucha atención. Yaiza sostenía el cascabel plateado en una mano y la caja de metal en la otra, con los labios apretados y esa expresión de concentración que ponía cuando estaba a punto de decir algo importante. Ninguno de los tres se movió al principio, porque había momentos en los que una advertencia escrita por un cuaderno mágico parecía bastante más seria que cualquier norma de un profesor.

—El cuaderno ha dicho que no miremos detrás de la cortina si no estamos preparados para recordar —susurró Yaiza, bajando tanto la voz que casi se confundió con el eco del salón.

—Eso no significa que no podamos mirar —respondió Álvaro, aunque esta vez no sonó tan valiente como quería—. Solo significa que tenemos que estar preparados.

Bruno miró la cortina roja. Desde fuera parecía pesada, antigua y normal, pero el sonido seguía allí, dando pasos de un lado a otro, como si una persona invisible estuviera esperando a que tomaran una decisión.

—¿Y cómo se prepara alguien para recordar algo que no sabe que ha olvidado? —preguntó Bruno.

Álvaro abrió la boca, seguramente para contestar cualquier cosa, pero la cerró enseguida. Yaiza guardó la llave de cobre dentro del jersey y dejó la caja sobre el suelo del escenario con mucho cuidado, como si temiera que un golpe demasiado fuerte despertara algo que era mejor dejar quieto.

El cascabel no sonaba. Yaiza lo movió otra vez, despacio, y la bolita interior permaneció muda. Parecía un objeto precioso pero inútil, una pequeña pieza de metal incapaz de cumplir la única función para la que había sido creada. Bruno recordó la frase del cuaderno: “El primer objeto perdido ha sido encontrado, pero todavía no ha despertado”. Eso quería decir que no bastaba con sacarlo de la caja. Había que descubrir algo más.

—A lo mejor no tenemos que mirar detrás todavía —dijo Bruno—. El cuaderno no nos ha prohibido seguir buscando aquí.

Yaiza asintió enseguida, agradecida de que alguien hubiera dicho lo que ella estaba pensando.

—Exacto. Podemos mirar alrededor, buscar pistas y no tocar la cortina hasta entender qué pasa.

Álvaro miró la cortina, después el cascabel y luego el hueco de la trampilla abierta.

—Vale, pero que conste que en una aventura normal la gente mira detrás de las cortinas.

—En una aventura normal la gente también acaba metida en problemas por no pensar —contestó Yaiza.

—Eso hace que la aventura sea más emocionante.

—Eso hace que la aventura dure menos.

Bruno se agachó junto a la trampilla y volvió a usar la lupa. El hueco estaba lleno de polvo, cables antiguos, trozos de cartón y una tela enrollada que quizá pertenecía a alguna obra de teatro. A simple vista no había nada más, pero al mirar a través del cristal, las sombras del fondo se volvieron más claras y las motas de polvo parecieron separarse unas de otras. Entonces vio una marca en la madera interior, una especie de dibujo diminuto grabado junto al lugar donde había estado la caja.

Era una campanilla, igual que la de la tapa.

—Aquí hay otro dibujo —dijo.

Yaiza se acercó sin soltar el cascabel.

—¿Otra campanilla?

—Sí, pero debajo hay letras.

Bruno movió la lupa con cuidado, intentando enfocar. Las letras estaban medio borradas, y algunas parecían arañazos hechos con prisa, pero consiguió leer tres palabras.

“No olvidar a…”

El resto estaba cubierto por una mancha oscura.

—No olvidar a alguien —murmuró Bruno.

Álvaro se agachó a su lado y estiró el cuello.

—¿A quién?

—No se ve.

Yaiza miró el cascabel con más atención. La cinta azul oscura que lo sujetaba no era nueva. Estaba desgastada por los bordes y tenía algunas puntadas pequeñas, hechas a mano, con hilo blanco. Al girarla, descubrió una inicial bordada en la parte interior, tan pequeña que casi se confundía con una mancha.

—Aquí hay una letra —dijo—. Parece una L.

Bruno enfocó la cinta con la lupa. La letra apareció enorme y clara dentro del cristal: una L torcida, hecha con paciencia por alguien que no cosía demasiado bien.

—Puede ser el nombre de la persona que lo perdió —dijo.

Álvaro se incorporó de golpe, demasiado rápido para el silencio del salón.

—Pues ya está. Buscamos a alguien que empiece por L y que haya perdido un cascabel en este teatro. Fácil.

Yaiza lo miró con incredulidad.

—¿Fácil? ¿Sabes cuánta gente con L puede haber pasado por aquí?

—No he dicho que fuera facilísimo.

Bruno no estaba escuchándolos del todo. Había notado algo distinto en el cuaderno. No se había abierto solo, pero la tapa vibraba levemente dentro de sus manos, como si quisiera llamar su atención sin hacer demasiado ruido. La apoyó sobre el suelo del escenario, y esta vez la libreta se abrió por la mitad, no de golpe, sino con suavidad. Las páginas avanzaron hasta una hoja en blanco, y allí empezó a aparecer un dibujo.

Primero surgió una línea horizontal. Luego varias líneas verticales. Después una forma rectangular, unas letras grandes y una serie de figuras pequeñas colocadas en filas. Bruno tardó unos segundos en entender qué estaba viendo.

—Es un cartel —dijo.

Yaiza se arrodilló a su lado.

—Parece un cartel antiguo de una función.

Las letras fueron apareciendo poco a poco, como si alguien estuviera escribiéndolas desde el otro lado del papel.

FESTIVAL DE FIN DE CURSO

ESCUELA DE DANZA LUNA AZUL

Salón de actos del barrio

Viernes, 18 de junio

Debajo había varios nombres, pero la tinta se movía demasiado rápido y algunos se borraban antes de poder leerlos. Bruno consiguió distinguir “Grupo infantil”, “Baile final” y una palabra que apareció solo durante un instante antes de desaparecer.

Lidia.

Yaiza levantó el cascabel.

—La L puede ser de Lidia.

Álvaro miró hacia la cortina.

—¿Y Lidia está ahí detrás?

El sonido de los pasos se detuvo justo cuando pronunció el nombre.

Los tres se quedaron helados. No porque hubiera pasado algo enorme, sino porque aquel silencio repentino resultó mucho peor que los pasos. Hasta ese momento podían fingir que el sonido era una tubería, un crujido, el eco del edificio o cualquier explicación normal inventada deprisa. Pero que los pasos se detuvieran al escuchar el nombre de Lidia hacía que todas esas explicaciones se cayeran de golpe.

Bruno tragó saliva.

—Creo que hemos dicho algo importante.

—O hemos llamado a alguien —susurró Álvaro.

Yaiza cerró los dedos alrededor del cascabel. Esta vez, al moverlo sin querer, el metal emitió un sonido diminuto, tan suave que casi no llegó a ser un tintineo. Fue apenas un intento de sonar, una especie de suspiro plateado que se perdió enseguida en el aire del escenario.

—Ha despertado un poco —dijo Bruno.

El cuaderno volvió a escribir.

“Un nombre abre más puertas que una llave”.

Yaiza tocó la llave de cobre bajo el jersey, como si el cuaderno acabara de mencionar su objeto a propósito.

—Tenemos que saber quién era Lidia.

—Podemos buscar carteles viejos —propuso Bruno—. En el vestíbulo había fotos y programas de obras antiguas.

Álvaro miró con alivio hacia la salida.

—Eso me gusta más que mirar detrás de una cortina que hace pasos.

Los tres recogieron sus cosas con rapidez. Bruno cerró la trampilla del escenario, Yaiza guardó el cascabel dentro de la caja metálica para que no se perdiera y Álvaro comprobó que la brújula seguía en su bolsillo. Antes de bajar del escenario, Bruno miró una última vez la cortina roja. Ya no se oían pasos al otro lado, pero eso no lo tranquilizó demasiado. A veces el silencio parecía significar que algo se había ido, y otras veces que solo estaba esperando.

Salieron del salón de actos procurando cerrar la puerta sin hacer ruido. El pasillo seguía vacío, aunque desde la sala de baile llegaba música y una profesora contaba tiempos con voz firme. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. A Bruno le pareció que aquel ritmo se parecía demasiado a los pasos que habían oído detrás de la cortina, y aceleró un poco.

En el vestíbulo, la mujer del mostrador seguía hablando por teléfono, pero ahora había un hombre colocando folletos en una mesa y una señora mayor mirando un tablón de anuncios. Los tres se acercaron a la pared donde colgaban fotografías antiguas del centro cultural. Había imágenes de obras de teatro, conciertos, exposiciones de pintura, bailes de carnaval y festivales escolares. Algunas estaban enmarcadas, otras pegadas con chinchetas, y muchas tenían pequeñas etiquetas con fechas escritas a mano.

—Buscad algo de junio —dijo Yaiza—. Y de una escuela de danza llamada Luna Azul.

Álvaro empezó por la izquierda, Bruno por el centro y Yaiza por la derecha. Al principio no encontraron nada útil. Había una foto de un coro de adultos, otra de un grupo de teatro disfrazado de piratas, una de niños pintando máscaras y otra de una exposición de cerámica. Bruno estaba a punto de pasar a la siguiente fila cuando vio una fotografía más pequeña que las demás, colocada en una esquina baja del tablón.

Mostraba a un grupo de niñas y niños sobre el escenario, vestidos con trajes azules y plateados. Algunos llevaban cintas en el pelo, otros pantalones brillantes y todos tenían cascabeles cosidos en las muñecas o en los tobillos. Debajo de la imagen había una etiqueta amarillenta.

Festival Escuela de Danza Luna Azul. 18 de junio.

—Aquí —dijo Bruno.

Yaiza y Álvaro se acercaron enseguida. En la foto habría unos quince niños. Todos sonreían, aunque algunos parecían nerviosos, como si la imagen se hubiera tomado justo antes de salir a actuar. En el centro había una niña con el pelo castaño recogido en dos trenzas y una cinta azul en la muñeca. Llevaba un traje con pequeños cascabeles cosidos en el borde de las mangas.

—¿Esa puede ser Lidia? —preguntó Álvaro.

Yaiza leyó la etiqueta, pero no aparecían nombres.

—Necesitamos el programa de la función.

Bruno miró hacia la mesa de folletos, donde el hombre seguía ordenando papeles. Quizá en algún archivo del centro guardaban programas antiguos, pero pedir uno de una función de hacía años sonaba raro incluso para ellos, y explicar por qué lo necesitaban sería todavía más difícil.

—Podemos preguntarle a alguien —dijo Bruno.

Álvaro lo miró como si hubiera propuesto anunciar por megafonía que llevaban objetos mágicos en la mochila.

—¿Y qué decimos? Hola, buenas tardes, estamos buscando a una niña llamada Lidia porque un cuaderno mágico nos ha enseñado su nombre y un cascabel que estaba escondido bajo el escenario no quiere sonar hasta que la recordemos.

—No hace falta decir todo eso —respondió Yaiza—. Podemos decir que es para un trabajo del colegio sobre la historia del barrio.

Bruno asintió.

—Eso suena normal.

—Suena a deberes, que es lo más normal y lo más aburrido del mundo —añadió Álvaro—. Nadie sospechará.

Yaiza fue quien se acercó al mostrador, porque era la que mejor sabía hablar con adultos sin ponerse nerviosa ni dar demasiadas explicaciones. Bruno y Álvaro se quedaron un poco detrás, mirando las fotos como si fueran simples compañeros interesados en la historia del centro cultural. La mujer colgó el teléfono justo cuando Yaiza llegó.

—Hola —dijo Yaiza con una sonrisa educada—. Estamos haciendo un trabajo para clase sobre sitios antiguos del barrio y hemos visto una foto de un festival de danza del 18 de junio. ¿Sabe si guardan programas viejos o nombres de los participantes?

La mujer parecía cansada, pero no antipática. Miró hacia el tablón, luego hacia los tres y después hacia una puerta detrás del mostrador.

—Depende del año. Antes se guardaba todo en carpetas, aunque muchas cosas se han ido tirando. ¿Qué festival era?

—Escuela de Danza Luna Azul —respondió Yaiza.

La mujer levantó un poco las cejas.

—Hace mucho que esa escuela cerró.

Bruno notó que Álvaro se ponía más atento.

—¿Cerró? —preguntó Yaiza.

—Sí, hace años. La llevaba una profesora que se llamaba Nuria, si no recuerdo mal. Daban clases aquí algunos viernes, pero luego dejaron de venir. Esperad un momento, quizá quede alguna carpeta de actividades antiguas.

La mujer desapareció por la puerta del fondo. Álvaro soltó el aire que había estado aguantando.

—Eso ha salido bastante bien.

—Porque no has hablado tú —dijo Yaiza sin mirarlo.

—Eso también ha ayudado.

Mientras esperaban, Bruno volvió a observar la fotografía del festival. La niña de las trenzas parecía mirar justo hacia la cámara, pero había algo extraño en su expresión. No era miedo. Tampoco tristeza. Era como si hubiera perdido algo justo antes de que alguien hiciera la foto y estuviera intentando sonreír de todas formas.

El cascabel, guardado dentro de la caja en la mochila de Yaiza, sonó una vez.

Fue un tintineo muy bajo, pero los tres lo escucharon.

—Bruno —susurró Yaiza—. La foto.

Bruno se acercó un poco más. En la muñeca izquierda de la niña de las trenzas había una cinta azul. La derecha, en cambio, estaba vacía. Todos los demás niños llevaban cascabeles en las dos muñecas o en los dos tobillos, menos ella. Uno le faltaba.

—Era suyo —dijo Bruno.


  

CAPÍTULO 4

El espejo de Luna Azul

 

Antes de que pudieran seguir hablando, la mujer volvió con una carpeta verde bajo el brazo. La dejó sobre el mostrador y sopló un poco el polvo de la tapa.

—He encontrado una carpeta de festivales antiguos, pero no sé si estará justo lo que buscáis. Tenéis que mirarlo aquí y no podéis llevaros nada, ¿vale?

—Vale, muchas gracias —respondió Yaiza.

La carpeta estaba llena de papeles amarillentos, programas doblados, fotografías sueltas y hojas escritas a mano. Los tres se inclinaron sobre ella con una mezcla de emoción y nervios. Bruno pasó varias páginas hasta encontrar el programa del festival. En la portada aparecía una luna azul dibujada con purpurina y debajo una lista de actuaciones.

Grupo pequeño. Danza de las estrellas.

Grupo mediano. El vals de los paraguas.

Grupo infantil. El baile de los cascabeles.

Al lado de cada grupo había nombres. Bruno leyó deprisa hasta encontrar uno que empezaba por L.

Lidia Torres.

—Es ella —murmuró.

La mujer del mostrador, que estaba ordenando unos bolígrafos cerca, levantó la vista.

—¿Habéis encontrado lo que buscabais?

—Sí —contestó Yaiza enseguida—. Muchísimas gracias.

Bruno siguió mirando el programa. Junto al nombre de Lidia había una pequeña estrella dibujada con bolígrafo azul. No sabía si alguien la había marcado porque era la protagonista, porque faltó, porque ganó algo o por cualquier otro motivo, pero el cuaderno empezó a vibrar dentro de su mochila. Metió la mano disimuladamente y notó que las páginas querían abrirse.

—Tenemos que irnos a un sitio donde podamos leerlo —susurró.

Álvaro señaló la puerta del centro cultural con la cabeza.

—Fuera.

Yaiza cerró la carpeta, dio las gracias otra vez y los tres salieron al exterior intentando no correr. El aire de la calle les pareció demasiado brillante después de la penumbra del teatro. Se alejaron hasta un banco situado junto a unos árboles, lejos de la entrada, y Bruno sacó el cuaderno verde.

Esta vez se abrió enseguida.

En la página apareció un dibujo de Lidia, aunque no era una fotografía exacta, sino una ilustración hecha con líneas suaves. Estaba sobre el escenario, vestida con el traje azul y plateado. Tenía un cascabel en una muñeca y la otra vacía. Debajo del dibujo, la tinta escribió una frase.

“Lidia perdió el cascabel antes de bailar, pero no fue lo único que perdió esa tarde”.

Álvaro se quedó mirando la frase con la boca entreabierta.

—Eso suena fatal.

—No tiene por qué ser algo malo —dijo Yaiza, aunque su voz sonó menos segura de lo normal—. Puede haber perdido confianza, o una oportunidad, o… no sé.

La página cambió. Las líneas del dibujo se movieron, y por un momento los tres vieron algo parecido a una escena en miniatura. Lidia corría por un pasillo del centro cultural con el traje de baile puesto, sujetándose una muñeca. Parecía buscar algo. Detrás de ella, una sombra pequeña pasaba junto a una puerta y desaparecía. Bruno se inclinó más, fascinado, pero la imagen se deshizo enseguida.

Entonces apareció otra frase.

“Para despertar lo perdido, hay que devolverle su sonido”.

Yaiza sacó la caja de metal de la mochila y abrió la tapa. El cascabel seguía allí, plateado y silencioso. Lo sostuvo sobre la palma de la mano y lo movió con suavidad. Esta vez emitió un tintineo débil, más claro que antes, pero todavía incompleto, como si algo dentro estuviera atascado.

—¿Cómo se devuelve el sonido a un cascabel? —preguntó Bruno.

Álvaro sacó la brújula. La aguja, que hasta ese momento había girado sin sentido, se detuvo de pronto apuntando hacia la entrada del centro cultural.

—Volviendo dentro, supongo.

Yaiza cerró los ojos un segundo, no porque tuviera miedo, sino porque estaba intentando no enfadarse con la aventura entera.

—Claro. Porque salir de un teatro raro era demasiado fácil.

Bruno volvió a leer la frase. “Devolverle su sonido”. Quizá no se trataba de arreglar el cascabel, sino de llevarlo al lugar donde debía sonar. Si Lidia lo había perdido antes de bailar, tal vez el cascabel necesitaba volver al escenario durante el baile. Pero no sabían la música, ni los pasos, ni qué había pasado después.

—Necesitamos saber más de Lidia —dijo.

—Podemos buscar en internet —propuso Álvaro.

Yaiza negó con la cabeza.

—No sabemos el año exacto, y además no podemos ir por ahí buscando personas sin saber qué pasó. Mejor volvemos al salón y miramos detrás de la cortina.

Álvaro la miró sorprendido.

—¿Ahora quieres mirar?

—No quiero —respondió Yaiza—, pero el cuaderno dijo que no miráramos si no estábamos preparados para recordar. Ahora sabemos a quién hay que recordar.

Bruno sintió que aquello tenía sentido, aunque no lo tranquilizó. El nombre de Lidia había detenido los pasos. El cascabel había sonado al ver su foto. El cuaderno les había mostrado una escena. Quizá mirar detrás de la cortina no era meterse en peligro, sino entrar en el recuerdo que necesitaban entender.

Volvieron al centro cultural con una mezcla de decisión y prudencia. La mujer del mostrador estaba atendiendo a otra persona, así que pudieron pasar sin que les preguntara nada. El pasillo hacia el salón de actos parecía más largo que antes. La música de la clase de baile había terminado y ahora se oían voces infantiles recogiendo cosas. Al llegar a las dobles puertas, Bruno apoyó la mano en el tirador y notó que el metal estaba frío.

—Si hay alguien, salimos —dijo Yaiza.

—Y si no hay nadie, también podríamos salir —añadió Álvaro—. Lo digo como opción.

Bruno empujó la puerta. El salón seguía vacío, así que entraron y cerraron con cuidado. La penumbra era la misma, pero ahora el escenario parecía menos abandonado y más atento, como si hubiera estado esperando su regreso. Subieron por la escalera lateral. El cuaderno se abrió solo antes de que Bruno llegara al centro del escenario.

En la página apareció una sola palabra.

“Ahora”.

Yaiza sostuvo el cascabel con una mano. Álvaro sacó la brújula, y la aguja apuntó directamente hacia la cortina roja. Bruno guardó la lupa en el bolsillo, respiró hondo y miró a sus amigos.

—Lo hacemos juntos.

—Juntos —repitió Yaiza.

—Juntos, pero despacio —añadió Álvaro.

Bruno agarró un borde de la cortina. La tela era gruesa, pesada y estaba fría. Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego, desde el otro lado, volvió a sonar un paso suave.

Yaiza levantó el cascabel.

El paso se detuvo.

Bruno tiró de la cortina lo justo para abrir un hueco. Detrás no había una persona. Tampoco había un monstruo, ni una sombra peligrosa, ni una puerta hacia un lugar imposible. Había una zona de bastidores llena de cajas, percheros con trajes antiguos, decorados apoyados contra la pared y un espejo grande cubierto por una sábana gris. Todo estaba lleno de polvo, pero en el suelo se veían huellas pequeñas, recientes, marcadas sobre la madera como si alguien hubiera caminado allí hacía muy poco.

—No hay nadie —susurró Álvaro.

Yaiza no parecía tan segura.

—Entonces ¿quién ha hecho las huellas?

Bruno abrió más la cortina y entraron en la zona de bastidores. El aire olía a tela vieja, madera húmeda y pintura seca. Había vestidos de colores dentro de fundas transparentes, sombreros apilados en una caja, una espada de mentira, máscaras de cartón y varios paneles pintados con nubes y estrellas. En una esquina, junto al espejo cubierto, había un baúl con una etiqueta medio despegada.

“LUNA AZUL”.

El cascabel sonó una vez, más fuerte.

Yaiza miró a Bruno.

—Es ahí.

Álvaro se acercó al baúl y pasó una mano por encima de la tapa. Dejó una marca limpia entre el polvo.

—¿Lo abrimos?

Yaiza sacó la llave de cobre, pero antes de probarla se dio cuenta de que el baúl no tenía cerradura. Solo un cierre metálico oxidado. Bruno lo levantó con cuidado, y la tapa se abrió con un quejido.

Dentro había trajes de baile doblados, cintas, zapatillas pequeñas, fotografías sueltas y varios cascabeles de repuesto. Pero ninguno era igual al que habían encontrado. Los otros eran más nuevos, más brillantes o de distinto tamaño. El de Lidia tenía una pequeña marca en forma de luna grabada en un lado.

Yaiza removió las cintas con cuidado.

—Aquí hay una carpeta.

La sacó del baúl. Era azul, con pegatinas de estrellas en las esquinas. Dentro había papeles de la escuela de danza, listas de alumnos, dibujos y algunas notas escritas por niños. Bruno encontró una hoja con el nombre de Lidia Torres en la parte superior. Debajo, con letra infantil, había una frase.

“Cuando baile, quiero que se me escuche hasta la última fila”.

Álvaro se quedó más serio de golpe.

—Pues su cascabel no sonó.

Bruno miró la hoja y sintió una pena extraña por una niña a la que no conocía. Quizá Lidia había estado nerviosa antes del festival. Quizá había perdido su cascabel y no había podido bailar como quería. Quizá algo tan pequeño se había convertido en un recuerdo triste durante años.

El cuaderno se abrió sobre una caja cercana. Esta vez no apareció una frase, sino un dibujo del espejo cubierto por la sábana.

—El espejo —dijo Bruno.

Álvaro retrocedió medio paso.

—No me encantan los espejos cubiertos en sitios abandonados.

—A mí tampoco —admitió Yaiza.

Pero el cascabel empezó a sonar muy bajito, sin que Yaiza lo moviera. Era un tintineo débil, insistente, como si llamara desde dentro de su propia memoria. Bruno se acercó al espejo. La sábana gris estaba sucia y pesaba más de lo que parecía. Agarró una esquina y miró a sus amigos antes de tirar.

El espejo apareció poco a poco.

Al principio solo reflejó el backstage polvoriento y sus propias caras tensas. Bruno se vio con la mochila colgada, Álvaro con la brújula en la mano y Yaiza sosteniendo el cascabel. Pero luego la superficie tembló, como si alguien hubiera tocado agua, y el reflejo cambió.

Ya no estaban solos.

En el espejo apareció el mismo backstage, pero limpio, iluminado y lleno de voces. Niños con trajes azules corrían de un lado a otro. Una profesora ajustaba cintas, alguien reía, alguien preguntaba por unas zapatillas y una niña de trenzas buscaba algo en el suelo con desesperación.

Lidia.

Bruno sintió que el corazón le golpeaba fuerte, pero no se apartó. Yaiza apretó el cascabel, y Álvaro, por primera vez en mucho rato, no hizo ningún comentario.

En el reflejo, Lidia miraba debajo de las cajas, detrás de los percheros y junto al baúl. Tenía una muñeca vacía. Su voz llegó hasta ellos como si viniera de muy lejos.

—No puede haberse perdido. Estaba aquí. Lo he dejado aquí.

Una niña rubia se acercó a ella.

—Lidia, la profe dice que salimos ya.

—No puedo salir sin él.

—Hay cascabeles de repuesto.

—No es lo mismo.

La escena cambió. Ahora se veía a Lidia sobre el escenario, intentando sonreír mientras bailaba con los demás. Todos los niños movían los brazos al mismo tiempo, y los cascabeles sonaban con alegría, llenando el salón de un tintineo brillante. Todos menos uno. La muñeca derecha de Lidia no hacía ningún sonido, y aunque nadie del público parecía darse cuenta, ella sí. Bruno lo vio en su cara. Cada vez que levantaba el brazo, esperaba escuchar algo que no llegaba.

El reflejo volvió a temblar.

La imagen mostró a Lidia después de la función, sentada en el borde del escenario con los ojos brillantes. La profesora hablaba con ella.

—Has bailado muy bien.

—Pero no se me ha escuchado.

—Claro que se te ha escuchado.

Lidia negó con la cabeza.

—Yo quería que mi abuela me oyera desde la última fila.

La profesora se quedó callada. En la imagen, al fondo del salón, una mujer mayor aplaudía con una sonrisa enorme. Bruno entendió entonces que el cascabel no era importante porque fuera bonito ni porque hiciera ruido. Era importante porque Lidia había querido que alguien concreto la escuchara.

El espejo se oscureció.

Yaiza tenía los ojos muy abiertos.

—Su abuela.

El cuaderno escribió sobre una página abierta:

“Un sonido perdido no despierta hasta que alguien escucha por qué importaba”.

El cascabel sonó de pronto.

Esta vez no fue un intento débil ni un suspiro metálico. Fue un tintineo claro, precioso y limpio que llenó el backstage y salió hacia el escenario, rebotando en las paredes del salón de actos. El sonido duró unos segundos, pero pareció más largo, como si hubiera esperado años para volver a existir.

Bruno sonrió sin darse cuenta.

—Lo hemos despertado.

Pero el espejo no había terminado.

La superficie volvió a moverse, y apareció una última imagen. Lidia, ya sin el traje de baile, volvía al backstage cuando todos se habían marchado. Buscaba entre las cajas, llorando en silencio. Entonces una sombra pequeña cruzó detrás de ella. No parecía una persona adulta. Era más baja, rápida y oscura. La sombra cogió algo del suelo junto al baúl y desapareció detrás de la cortina.

Bruno se acercó al espejo.

—El cascabel no se perdió solo.

Álvaro levantó la brújula. La aguja giraba otra vez, pero ahora lo hacía con pequeños golpes, como si estuviera nerviosa.

—Alguien lo cogió.

Yaiza miró el cascabel despierto, que todavía vibraba suavemente sobre su palma.

—¿Quién?

El espejo se apagó de golpe y volvió a reflejarlos a ellos, pálidos y cubiertos de polvo. En ese mismo instante, desde el otro lado de la cortina, una voz muy real atravesó el salón de actos.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Los tres se quedaron inmóviles.

No era Elvira. No era una voz misteriosa ni un recuerdo.

Era Hugo.

Álvaro abrió mucho los ojos y susurró algo que no llegó a ser una palabra. Bruno cerró el cuaderno a toda prisa, Yaiza guardó el cascabel en la caja y los tres miraron alrededor buscando una salida que no fuera atravesar la cortina justo hacia donde estaba el chico que los había seguido desde el colegio.

—Sé que estáis ahí —dijo Hugo desde el escenario—. Os he visto entrar.

Bruno sintió que el secreto entero se tambaleaba. Si Hugo los encontraba con el cuaderno, la brújula, la llave, la caja y el cascabel, no habría explicación normal que pudiera salvarlos. Yaiza señaló una puerta estrecha al fondo del backstage, medio escondida detrás de unos decorados pintados con estrellas.

—Por ahí —susurró.

Álvaro fue el primero en moverse, pero la brújula se le cayó del bolsillo y golpeó el suelo con un sonido metálico que, en aquel silencio, pareció enorme.

Al otro lado de la cortina, Hugo dejó de caminar.

—¿Qué ha sido eso?

Bruno recogió la brújula, empujó a Álvaro hacia la puerta y siguió a Yaiza entre cajas y percheros. La puerta del fondo estaba atascada. Yaiza tiró del pomo una vez, luego otra, y cuando parecía que no iba a abrirse, la llave de cobre que llevaba al cuello empezó a calentarse bajo el jersey.

—Mi llave —susurró.

La sacó, la acercó al pomo y descubrió una cerradura diminuta que ninguno había visto hasta entonces. La llave encajó sola y giró con un clic suave.

La puerta se abrió.

Los tres cruzaron al otro lado justo cuando la cortina roja se apartaba detrás de ellos y Hugo entraba en el backstage. Bruno alcanzó a verlo durante una fracción de segundo: su cara curiosa, sus ojos buscando algo emocionante que contar y su sonrisa a medio formar.

Después Yaiza cerró la puerta.

El pasillo al otro lado era estrecho y oscuro, mucho más antiguo que el resto del centro cultural. Bruno no sabía adónde llevaba, pero el cuaderno se abrió entre sus manos sin que él lo tocara. En la página apareció una nueva frase, escrita con tinta dorada.

“Habéis despertado el primer objeto, pero también habéis despertado a quien lo escondió”.

Del otro lado de la puerta, Hugo golpeó la madera.

—¡Eh! ¡Os he visto! ¿Qué hacéis ahí dentro?

Álvaro miró a Bruno y a Yaiza con la cara completamente seria.

—Decidme que el cuaderno no acaba de decir que hemos despertado a alguien peor que Hugo.

Nadie contestó, porque desde el fondo del pasillo oscuro llegó, muy despacio, el sonido de un cascabel que no era el de Lidia.

Y ese sí sonaba enfadado. 






Si has llegado hasta aquí… ya sabes que esta tienda no es una tienda cualquiera.

Aparece cuando quiere.

Esconde objetos imposibles.

Y parece saber cosas que nadie le ha contado.

Bruno, Álvaro, Yaiza, Elvira y Celia acaban de abrir una puerta que quizá llevaba años esperando.

Pero en La Tienda Secreta nada se encuentra por casualidad.

Puedes seguir la aventura completa en La Tienda Secreta.

Y si decides entrar… recuerda una cosa: algunos secretos no quieren quedarse escondidos.