PRÓLOGO
Doce mil euros
Marcos llevaba más de una hora delante del portátil intentando terminar una campaña publicitaria para una promotora inmobiliaria mientras la lluvia golpeaba las ventanas del Mirador Este y se mezclaba con el zumbido constante del ordenador, las tuberías vibrando al otro lado de las paredes y el ascensor subiendo y bajando por alguna planta como si el edificio no supiera dormir del todo.
Apenas había avanzado en el trabajo. Últimamente le costaba concentrarse incluso en tareas sencillas, y aquella noche el piso de su padre volvía a sentirse demasiado lleno de cosas que no sabía dónde colocar. Hacía dos meses que había regresado después del divorcio y todavía tenía la sensación de vivir en una pausa incómoda de su propia vida, como si hubiese entrado allí para pasar unos días y el edificio, poco a poco, hubiera empezado a cerrarse alrededor de él. Durante años juró que nunca volvería al Mirador Este, pero ahora dormía otra vez en el mismo piso donde había pasado la adolescencia, rodeado de muebles antiguos, cajas sin abrir y objetos que parecían pertenecerle más a su padre que a él.
Antonio Medina seguía ocupando aquel piso de una forma incómoda, no como una presencia fantasmal, sino como algo mucho más doméstico: carpetas que Marcos no se atrevía a revisar, herramientas guardadas en cajones equivocados, recibos antiguos doblados dentro de libros y pequeñas manías que todavía parecían mandar sobre la casa.
El salón seguía prácticamente igual desde el entierro. Las estanterías continuaban llenas de libros viejos y carpetas acumuladas, el reloj del pasillo permanecía adelantado cuatro minutos porque su padre decía que así nadie llegaba tarde sin querer, y la lámpara junto al sofá seguía con la bombilla fundida, aunque Marcos llevaba semanas diciéndose que iba a cambiarla. Nunca encontraba ganas de hacerlo. Quizá porque cambiar una bombilla, vaciar una estantería o tirar una caja significaba aceptar que había vuelto para quedarse más tiempo del que quería reconocer.
Desde el piso de arriba volvió a escucharse el ruido seco de un mueble arrastrándose por el suelo y Marcos miró hacia el techo con resignación. El vecino del sexto llevaba años moviendo cosas de madrugada y nadie entendía muy bien por qué. Su padre siempre decía que aquel hombre reorganizaba la casa cada vez que discutía con su mujer y, después de tanto tiempo, aquella teoría empezaba a parecer bastante lógica.
A través de la pared del salón llegaba una televisión demasiado alta. En otra vivienda alguien discutía por culpa de una persiana rota y, en algún punto del patio interior, un perro empezó a ladrar hasta que una voz agotada gritó que se callara de una vez. Incluso de madrugada siempre había algo sonando en el Mirador Este: una cisterna, muebles arrastrándose, terrazas con humo a horas absurdas, pasos en el rellano y discusiones cruzando de un balcón a otro como si los tabiques fueran más finos de lo que todos querían admitir.
Marcos apartó la atención del ordenador y recorrió el salón con la vista. Las figuras de cerámica seguían colocadas dentro de la vitrina baja exactamente igual que siempre. De pequeño le daban un miedo absurdo porque su padre repetía que eran delicadas y que no debía tocarlas, aunque ahora resultaba extraño verlas cubiertas de polvo sin que nadie hubiera notado la diferencia. En aquel piso las cosas no desaparecían. Solo esperaban.
El móvil comenzó a vibrar sobre la mesa. Marcos ignoró la primera notificación mientras intentaba terminar una frase de la campaña, pero pocos segundos después llegó otra, luego otra más y finalmente una cadena continua de avisos que terminó obligándolo a coger el teléfono con gesto cansado.
El grupo de WhatsApp de la comunidad acumulaba noventa y seis mensajes sin leer.
Marcos dejó caer la espalda contra el sofá mientras abría el chat, esperando encontrarse otra discusión sobre plazas de garaje, bicicletas mal aparcadas o gente dejando basura fuera del cuarto común. Desde que había vuelto, había descubierto rápido que la comunidad funcionaba gracias a una mezcla frágil de sonrisas falsas, normas absurdas y personas vigilándose más de lo normal. En el Mirador Este todo el mundo parecía saber a qué hora bajabas la basura, quién recibía paquetes, quién discutía por teléfono y quién volvía tarde, aunque luego nadie recordaba nada cuando hacía falta recordar.
Bastaron unos segundos para comprender que aquella vez no se trataba de una discusión cualquiera.
MARTA — PRESIDENTA: “Necesito que alguien me explique esto ahora mismo.”
SERGIO 2ºB: “¿Qué pasa?”
MARTA — PRESIDENTA: “Faltan 12.000 euros de la cuenta de la comunidad.”
Marcos se incorporó despacio en el sofá mientras los mensajes comenzaban a multiplicarse.
LAURA 5ºA: “¿Cómo que faltan?”
IVÁN 3ºC: “Eso es imposible.”
CARLOS 1ºA: “¿Quién tiene acceso?”
MARTA — PRESIDENTA: “El administrador y yo.”
La conversación explotó después de aquella respuesta. Marcos empezó a deslizar el dedo por la pantalla intentando seguir el ritmo de mensajes, audios y acusaciones que aparecían unos encima de otros. Algunos exigían llamar a la policía aquella misma noche, otros querían revisar las cuentas y una vecina aseguraba que llevaba semanas notando cosas raras, mientras otra insistía en que las cámaras fallaban desde hacía meses.
“Eso ya lo dije en febrero y nadie me hizo caso.”
“Porque exageras todo.”
“¿Y ahora también exagero?”
“Pues yo llevo dos semanas escuchando golpes en el garaje.”
“Y alguien abrió mi trastero.”
“Eso no lo habías dicho.”
“Porque aquí nadie escucha nunca nada.”
“Preguntadle a Robles quién baja por las noches.”
“Robles no va a contestar a estas horas.”
“Robles se entera de todo aunque no conteste.”
Entonces comenzaron los audios.
—Esto no empieza hoy y todos lo sabéis —protestaba Sergio con la respiración agitada—. Primero desaparecen paquetes, luego fallan las cámaras y ahora faltan doce mil euros. Aquí pasa algo desde hace tiempo y nadie quiere decirlo porque estáis más pendientes de quedar bien que de reconocer lo evidente.
Otro audio apareció enseguida y la voz nerviosa de Raquel atravesó el salón.
—Pues empieza explicando tú qué hacías el domingo en el cuarto de contadores y por qué tienes llaves de allí cuando nadie más las tiene.
La respuesta de Sergio llegó casi encima.
—Porque soy vocal de mantenimiento, Raquel.
—Y también porque te pasas la vida entrando donde no te llaman.
Encima de aquello comenzaron a aparecer nuevos mensajes atropellados sobre las luces del garaje, trasteros abiertos, recibos que no cuadraban, cámaras que grababan cuando querían y vecinos que parecían haber esperado durante meses una excusa para acusarse de todo lo que nunca se habían atrevido a decir en una reunión.
Marcos sonrió apenas antes de levantarse hacia la cocina, pero la sonrisa se le fue borrando mientras las notificaciones continuaban llegando detrás de él. Aquello tenía algo ridículo y, al mismo tiempo, demasiado familiar. Bastaba un problema en la comunidad para que todos empezaran a recordar agravios antiguos, paquetes perdidos, ruidos nocturnos, llaves duplicadas y sospechas que nunca habían querido pronunciar en voz alta.
Abrió la nevera y encontró media botella de agua, una pizza fría y un cartón de leche caducado escondido detrás de una cerveza. Terminó cerrándola otra vez, apoyó una mano sobre la encimera y contempló la cocina antigua del piso.
El pequeño transistor gris seguía colocado junto a la cafetera, exactamente donde su padre lo dejaba cada mañana para escuchar las noticias mientras preparaba café. Durante un instante Marcos sintió la absurda necesidad de encenderlo solo para romper aquella quietud extraña, aunque sabía que probablemente encontraría ruido y emisoras mal sintonizadas. A veces todavía esperaba escuchar los pasos de su padre cruzando el pasillo, y aquello lo irritaba más de lo que quería reconocer porque odiaba admitir hasta qué punto el piso seguía pareciéndole ocupado algunas noches.
El móvil volvió a vibrar en el salón. Marcos regresó esperando encontrarse otros cincuenta mensajes nuevos de la comunidad, pero esa vez la notificación pertenecía a un número desconocido.
La conversación solo contenía una frase escrita en mayúsculas.
NO HA SIDO EL ADMINISTRADOR.
Marcos se quedó quieto leyendo aquellas palabras mientras el grupo seguía explotando detrás de la pantalla. No había nombre, ni foto de perfil, ni nada que permitiera identificar quién estaba escribiéndole. Durante un momento pensó que podía tratarse de una broma absurda de algún vecino aburrido, de alguien queriendo meter más tensión en una noche que ya empezaba a descontrolarse.
Terminó escribiendo casi sin pensar.
¿Quién eres?
El aviso de escribiendo apareció, desapareció y volvió a aparecer varias veces antes de que finalmente llegara otro mensaje.
EL DINERO SIGUE EN EL EDIFICIO.
Marcos sintió que el ruido del piso cambiaba a su alrededor. La lluvia seguía golpeando las ventanas, el ascensor volvía a detenerse en alguna planta y desde el patio interior llegaban voces cada vez más alteradas, pero aquella frase pareció quedarse aislada en la pantalla, mucho más inquietante que todas las acusaciones del grupo.
Antes de que pudiera responder, el móvil vibró otra vez.
MIRA FUERA.
Marcos permaneció unos segundos sin moverse, escuchando lo que ocurría alrededor: una cisterna al otro lado de un tabique, el ascensor desplazándose hacia abajo, una pareja discutiendo en el patio interior, otro mueble arrastrándose arriba y una puerta cerrándose con demasiada fuerza varios pisos más lejos.
Después terminó acercándose a la ventana.
Apartó ligeramente la cortina y vio varias viviendas iluminadas frente a él. Muchos vecinos parecían asomados al mismo tiempo. Algunos hablaban por teléfono, otros salían a las terrazas pese a la lluvia y varios sostenían el móvil en la mano mientras gritaban de ventana a ventana intentando enterarse de qué estaba pasando.
—¡Pues yo digo que ha sido el administrador! —gritó una vecina desde otra terraza.
—¡Calla, que te oye todo el patio! —protestó otra voz desde un piso superior.
—¡Normal, si gritáis como animales! —respondió un hombre apoyado sobre la barandilla.
—¡Pues baja tú entonces!
—¡Ni loco bajo yo ahora!
En una ventana del bajo, Marcos creyó distinguir durante un instante la luz encendida de la garita de portería. No vio a Robles, solo el rectángulo amarillento al otro lado del cristal y una sombra inmóvil cerca del mostrador, aunque la lluvia y los reflejos de las ventanas hacían difícil asegurar nada. Parpadeó, volvió a mirar y la sombra ya no estaba. Quizá solo había sido el perchero, o la silla girada, o una de esas formas absurdas que los ojos inventan cuando uno empieza a ponerse nervioso.
Entonces un grito atravesó el patio interior y las conversaciones se cortaron de golpe.
Varias luces comenzaron a encenderse en distintas viviendas y el grupo de WhatsApp volvió a llenarse de mensajes escritos a toda velocidad.
“¿QUÉ HA SIDO ESO?”
“¿QUIÉN HA GRITADO?”
“HA VENIDO DEL TERCERO.”
“NO, DEL CUARTO.”
“ALGUIEN BAJE.”
“YO NO BAJO NI LOCA.”
“LLAMAD A LA POLICÍA.”
“YA HE LLAMADO.”
“PUES VUELVE A LLAMAR.”
Marcos abrió la puerta de su piso justo cuando otras personas hacían lo mismo en distintas viviendas de la planta, todavía en pijama, confundidas y hablando todas al mismo tiempo mientras el ascensor subía desde abajo.
—¿Qué ha pasado?
—¿Habéis oído eso?
—Venía de abajo.
—Pues yo he escuchado un golpe antes.
—¿Quién ha llamado a la policía?
El rellano se llenó enseguida de caras pálidas, móviles encendidos y personas intentando parecer útiles sin saber muy bien qué hacer. Alguien preguntó por Robles, otro dijo que en portería no contestaban y una vecina aseguró que lo había visto antes junto al portal, aunque nadie le hizo demasiado caso porque en ese momento las puertas del ascensor terminaron abriéndose y Marta apareció completamente pálida, con el teléfono pegado a la oreja y la respiración agitada.
—El grito ha salido del 3ºD —anunció intentando imponerse al ruido del rellano—. Llevo varios minutos llamando y nadie abre.
Una mujer del fondo arrugó la frente.
—¿Quién vive ahí?
Marta dudó apenas un instante antes de responder.
—Silvia.
El nombre provocó varias reacciones inmediatas. Una vecina apartó la vista, Carlos masculló un insulto apenas audible desde el otro lado de la escalera y Sonia, que acababa de aparecer con una bata mal cerrada y el pelo todavía mojado, abrió mucho los ojos.
—Eso no tiene sentido —comentó Sonia mientras avanzaba hacia las escaleras—. Silvia casi nunca está en casa por las noches.
El móvil de Marcos volvió a vibrar en su mano.
La pantalla volvió a iluminarse con otro mensaje del mismo número desconocido.
NO DEBERÍAIS HABER SUBIDO.
Marcos miró hacia las escaleras. Sergio estaba subiendo desde el piso inferior, Marta discutía en voz baja con Sonia y Carlos intentaba llamar a alguien desde el móvil. Ninguno parecía haber visto el mensaje.
Marcos escribió rápidamente.
¿Quién eres?
La respuesta llegó casi al instante.
ESTÁIS HACIENDO MUCHO RUIDO.
El corazón le dio un golpe incómodo dentro del pecho y volvió a mirar alrededor. Seguían hablando todos a la vez. Una mujer insistía en que alguien debía esperar abajo, otra decía que la policía tardaría demasiado e Iván, el del tercero, acababa de salir medio dormido preguntando qué demonios estaba pasando.
Marcos volvió a escribir.
¿Dónde estás?
Esa vez la respuesta tardó más en llegar. Mientras esperaba, observó el rellano, las puertas abiertas, las caras nerviosas y las sombras moviéndose detrás de algunos vecinos que miraban desde dentro de sus viviendas sin atreverse a salir del todo. La cámara de la esquina seguía con el piloto rojo encendido, fija sobre la zona del ascensor. A Marcos le pareció absurdo reparar en ella justo entonces, pero no pudo evitar pensar en los mensajes del grupo, en las quejas sobre grabaciones que nunca aparecían cuando hacían falta y en Robles repitiendo durante años que aquel sistema era viejo, caprichoso y más decorativo que útil.
Entonces llegó el mensaje.
OS ESTÁ OBSERVANDO.
Marcos levantó la cabeza.
Sonia fue la primera en darse cuenta de su expresión.
—¿Qué pasa ahora?
Marcos dudó apenas un instante antes de guardar el móvil.
—Nada.
Levantó la vista hacia el hueco de la escalera central. Las plantas superiores permanecían medio oscuras, iluminadas apenas por las luces automáticas de emergencia, aunque durante un instante creyó distinguir movimiento junto a la barandilla del quinto piso, como si una silueta acabara de apartarse al notar que la habían visto.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó casi sin darse cuenta.
Varias personas levantaron la cabeza.
Marta entrecerró los ojos mientras seguía sujetando el móvil.
—¿Dónde?
Ya no había nadie. Solo llegó el eco lejano de una puerta cerrándose varios pisos más arriba.
Entonces sonó un golpe abajo, fuerte y seco, como si algo pesado acabara de caer dentro del 3ºD.
Sergio giró hacia las escaleras.
—Ha sido dentro.
Raquel reaccionó desde el fondo del pasillo.
—No bajes otra vez.
Sergio volvió la cabeza hacia ella.
—Pues alguien tendrá que mirar.
Raquel negó rápidamente mientras se abrazaba los brazos.
—La policía ya vendrá.
Carlos intervino desde el ascensor.
—¿Y si hay alguien herido?
Nadie tuvo una respuesta inmediata. Todos seguían mirando las escaleras mientras la lluvia golpeaba las ventanas del patio interior y el ascensor permanecía abierto a sus espaldas, iluminando el rellano vacío como si esperara al primero que se atreviera a bajar.
CAPÍTULO 1
El grito del 3ºD
El caos frente al 3ºD seguía creciendo mientras la lluvia golpeaba las ventanas de la planta y el sonido del televisor encendido dentro de la vivienda se mezclaba con teléfonos vibrando, voces cruzadas y vecinos hablando unos encima de otros sin llegar a escucharse. A esas alturas, ya no era solo una discusión de comunidad descontrolada. Había sangre junto a la entrada, un grito que nadie conseguía quitarse de la cabeza y demasiadas personas fingiendo saber menos de lo que sabían.
Marcos permanecía unos pasos por detrás, intentando ordenar mentalmente todo lo que acababa de estallar dentro del Mirador Este en menos de media hora. Lo inquietante no era únicamente la sangre ni el ruido que había salido del piso de Silvia, sino la rapidez con la que algunos habían reaccionado al oír su nombre. Unos bajaban la voz, otros desviaban la mirada y otros parecían esperar a que alguien hablara primero para decidir cuánto podían contar sin quedar demasiado expuestos.
Carlos, el vecino del primero, seguía pendiente de Sergio con una desconfianza casi agresiva mientras se pasaba la lengua por los dientes una y otra vez. No conseguía quedarse quieto. Se acercaba a la puerta, volvía hacia las escaleras y regresaba junto al grupo como si necesitara vigilar todos los ángulos al mismo tiempo. Tenía esa manera brusca de moverse de quien lleva demasiado rato conteniéndose y está a punto de explotar contra cualquiera.
Sergio, en cambio, permanecía apoyado junto a la barandilla, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia el piso. No parecía nervioso. Más bien daba la impresión de estar escuchando cosas que los demás todavía no oían, reuniendo datos dentro de la cabeza y decidiendo con mucho cuidado qué partes le convenía compartir y cuáles no.
Raquel evitaba separarse de la pared y se abrazaba a sí misma como si tuviera frío, pese al calor sofocante de la planta. El maquillaje empezaba a corrérsele alrededor de los ojos y llevaba rato sujetando el móvil sin desbloquearlo siquiera, comprobando cada pocos segundos si aún tenía batería aunque la pantalla siguiera exactamente igual. Parecía debatirse entre echarse a llorar o fingir que todo podía continuar siendo normal si nadie decía en voz alta lo que todos estaban pensando.
Lucía tampoco era capaz de mantenerse quieta más de unos segundos. Se acercaba a las escaleras, retrocedía, miraba hacia el ascensor y terminaba repasándose las uñas mordidas mientras hablaba demasiado deprisa.
—No me gusta nada esto… os juro que se parece muchísimo al caso aquel de Valencia. Empezó con un grito, luego apareció sangre y después descubrieron que un vecino llevaba meses entrando en pisos ajenos porque tenía copias de llaves y…
Marta se llevó una mano a la frente.
—Lucía, por favor, no empieces ahora con casos raros, que bastante tenemos ya.
Lucía negó rápidamente, como si aquella interrupción la obligara a reorganizar una teoría que para ella tenía todo el sentido del mundo.
—No iba por ahí exactamente. Bueno, sí, pero también había un perro. O sea, no el mismo perro, claro, pero había uno.
Raquel levantó la vista hacia ella con auténtico agotamiento.
—¿Qué perro?
Lucía se quedó callada un segundo, y Raquel pareció arrepentirse al instante de haber preguntado.
—El de Silvia —aclaró Raquel, secándose disimuladamente una mancha negra bajo el ojo—. Lleva toda la tarde ladrando. Lo he escuchado varias veces desde mi cocina. Y creedme, ese perro normalmente no hace ruido nunca.
La mujer del quinto seguía en pijama debajo del abrigo y no dejaba de frotarse los brazos porque había salido tan deprisa de casa que ni siquiera se había puesto calcetines. A pocos pasos de ella, su marido continuaba hablando en voz baja, como si aquello fuera una conversación privada pese a tener media comunidad alrededor.
—Te dije que esto acabaría pasando algún día —murmuró él, sin apartar la vista de la puerta del 3ºD.
Ella se volvió hacia él con una mezcla de vergüenza y cansancio.
—¿Te quieres callar ya?
—Pues deja de mirarme así entonces.
—¿Cómo quieres que te mire si llevas una hora diciendo barbaridades?
Marta levantó la voz por encima del murmullo general, intentando imponer una autoridad que cada minuto parecía más difícil de sostener.
—Nadie entra hasta que llegue la policía, ¿vale? Y, por favor, no os acerquéis más a la puerta, porque como alguien pise la sangre luego vendrán los problemas y adivinad quién se los va a comer. Yo.
Lucía seguía observando el interior oscuro de la vivienda con los ojos muy abiertos.
—¿Y si Silvia sigue viva ahí dentro? Igual se ha caído, o alguien la ha dejado inconsciente, o…
—Precisamente por eso no deberíamos entrar todos como idiotas —la cortó Marta—. Esto no es una excursión de vecinos cotillas.
Carlos soltó una risa breve y seca mientras volvía a acercarse un paso más.
—Llevamos esperando una eternidad.
Marta lo miró con incredulidad.
—No han pasado ni diez minutos.
—Pues parecen cuarenta.
—Porque no paras quieto ni medio segundo, Carlos.
Carlos se pasó una mano húmeda por el pelo sin apartar la atención del piso.
—Pues alguien tendrá que hacer algo si dentro hay una persona desangrándose.
En ese momento Sonia regresó desde las escaleras con una mantas doblada entre los brazos y el pelo todavía húmedo de la ducha. Llevaba el rostro serio, pero al ver a Lucía no pudo evitar mirarla de arriba abajo con esa sinceridad peligrosa que la hacía tan útil como incómoda en cualquier crisis.
—Y Lucía, cariño, tienes una cara horrible.
Lucía abrió mucho los ojos.
—Gracias por el apoyo moral.
—De nada. Para eso estamos los vecinos.
Sonia intentó asomarse por encima de todos hacia el interior del piso, aunque Marta se colocó delante de inmediato.
—No os acerquéis más.
—Solo estaba mirando.
—Pues deja de mirar.
Sonia resopló, ajustándose mejor las mantas contra el pecho.
—Marta, si hay sangre en el suelo, todo el mundo va a mirar. Somos españoles, no robots.
El ascensor volvió a abrirse solo detrás de ellos. Sonia se volvió la primera con una manta todavía colgando del brazo, Carlos miró de reojo sin apartarse de la puerta y Raquel dio un pequeño paso atrás antes de comprobar que estaba vacío otra vez, iluminado únicamente por aquella luz blanca que dejaba el pasillo más frío a esas horas de la madrugada.
Marcos levantó la vista hacia la esquina del techo. La cámara del rellano seguía allí, con el pequeño piloto rojo encendido, apuntando hacia la zona de ascensores y parte de la escalera. Después de los mensajes del grupo y de la sombra que había creído ver en portería, aquella luz ya no le pareció un simple detalle técnico del edificio. Daba la sensación absurda de que el Mirador Este hubiese decidido grabarlos justo cuando todos empezaban a perder el control.
Marta consultó el móvil con impaciencia.
—Robles sigue sin contestar.
—Qué raro —dijo Sonia—. Para decirte que no puedes dejar una maceta en el descansillo aparece antes de que la hayas comprado, pero para esto no está.
Carlos dejó escapar otra risa seca sin llegar a mirarla.
—Robles siempre está cuando le interesa.
La frase quedó flotando apenas un segundo, pero nadie la recogió porque Lucía volvió a dar un respingo cuando el ascensor se cerró a sus espaldas.
—Te juro que los perros notan cosas. Mi prima tenía uno que ladraba antes de que pasaran desgracias en su calle y…
Raquel cerró los ojos un instante y apretó el móvil entre las manos.
—Lucía, por favor, no sigas por ahí. En serio.
Marcos reparó en Raquel porque cada vez parecía más desbordada. Tenía los ojos húmedos, el maquillaje corrido y no dejaba de mirar de reojo hacia las escaleras, como si quisiera marcharse pero le diera vergüenza hacerlo delante de todos.
—¿Silvia tiene perro? —preguntó Marcos, intentando apartar la conversación de las teorías de Lucía.
Raquel tardó un instante en responder.
—Sí… bueno, a veces me lo deja cuando trabaja fuera. No le gusta dejarlo solo porque luego araña la puerta y los vecinos empiezan a quejarse. Ahora mismo seguro que está muerto de miedo. Yo también lo estaría ahí dentro.
Carlos soltó otra risa seca mientras observaba la entrada del 3ºD.
—Y no es lo único que tiene entrando y saliendo de ese piso.
Sonia se volvió hacia él enseguida. Raquel bajó la mirada y empezó a desbloquear el móvil sin llegar realmente a leer nada. El hombre del 4ºC, que llevaba rato esperando una oportunidad para hablar, aprovechó desde el marco de su puerta.
—Silvia siempre trae gente rara.
Sonia reaccionó casi al instante.
—Pues tú trajiste una rubia distinta cada fin de semana el verano pasado y nadie montó un comité de investigación por eso.
El vecino tensó la cara.
—Eso no tiene nada que ver.
—Claro, lo tuyo era amor verdadero con rotación semanal.
La mujer del quinto soltó una risa breve que intentó disimular tosiendo. Su marido no se rio. Seguía mirando hacia el 3ºD con la mandíbula apretada, como si aquella puerta le preocupara por un motivo que no pensaba compartir delante de todos.
Una mujer del segundo habló bajando la voz, casi como si se le escapara.
—Yo la vi llorando en el garaje hace unas semanas.
Otro vecino añadió desde atrás, sin moverse de la sombra de su rellano:
—Pues yo la escuché discutir con alguien hace poco.
Sergio ni siquiera apartó la atención del piso cuando respondió, tranquilo, casi cansado:
—Aquí todos discutís con alguien cada dos horas.
Entonces algo golpeó dentro del piso.
El ruido llegó desde el fondo, no muy fuerte, pero sí lo bastante claro como para cortar varias frases a medias. Sonia dejó de recolocar las mantas, Carlos se inclinó automáticamente hacia la entrada y la mujer del quinto agarró el brazo de su marido sin darse cuenta.
Lucía sujetó a Sonia.
—Ha sido dentro.
El televisor continuaba encendido al fondo del salón, iluminando a ratos el pasillo interior, y la sangre junto a la entrada parecía más oscura cada vez que alguien se acercaba. Nadie se movió al principio, pero el silencio que se formó alrededor del ruido resultó peor que las voces de antes, porque todos tuvieron tiempo de imaginar lo mismo.
Carlos dio medio paso adelante.
—Igual hay alguien herido.
Raquel reaccionó de golpe.
—Y igual hay alguien esperando con un cuchillo. ¿Tú estás loco?
Carlos la miró con irritación.
—Pues no podemos quedarnos mirando toda la noche.
Marta intentó sonar firme otra vez, aunque empezaba a costarle.
—La policía ya vendrá.
El ascensor volvió a moverse en algún punto del edificio y el motor vibró detrás de las paredes mientras un perro ladraba varios pisos más arriba con una insistencia que hacía más difícil seguir fingiendo normalidad. Marcos observó al grupo intentando entender por qué aquella situación le resultaba tan extraña. No era solo la sangre, ni el grito, ni siquiera el barullo alrededor de la puerta. Era la manera en que algunos evitaban cruzarse directamente y la rapidez con la que otros parecían saber demasiado sobre Silvia.
Víctor apareció entonces desde las escaleras inferiores ajustándose la rebeca y sujetando un paraguas cerrado aunque ya estaba dentro del edificio. Primero contempló la sangre junto a la puerta y después repasó lentamente al grupo entero con expresión agotada.
—Madre de Dios… Hace treinta años el mayor drama aquí era que alguien robaba las plantas del patio.
Marta apretó los labios, como si necesitara contener una respuesta mucho más amarga.
—Pues ojalá hubiéramos seguido con eso.
Víctor terminó acercándose hasta quedarse junto a Marcos. Olía a colonia antigua, a lluvia y a ese polvo de armario que parecía acompañarlo siempre desde que su mujer murió.
—Tu padre decía siempre que este edificio acabaría explotando algún día.
Marcos giró la cabeza hacia él.
—¿Y eso por qué?
Víctor observó a los vecinos antes de responder, deteniéndose un poco más de la cuenta en Sergio, en Marta y en la cámara del rellano.
—Porque aquí todo el mundo lleva demasiados años fingiendo.
La frase cayó en mitad de la planta mientras la lluvia golpeaba las ventanas y un perro volvía a ladrar arriba. Sonia dejó de recolocar las mantas, Carlos apartó por fin la vista del piso y Raquel se quedó tan quieta que Marcos tuvo la sensación de que había dejado de respirar durante un segundo.
Marta volvió a mirar el móvil.
—Nada. Ni una respuesta.
—¿De Robles? —preguntó Marcos.
—De Robles, del administrador y de medio edificio —respondió ella, cada vez más tensa—. Pero a Robles le he escrito tres veces.
Sonia apretó la manta contra el pecho.
—Pues que no conteste Robles me da casi más miedo que la sangre.
Lucía la miró, alarmada.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Ahora también se invoca al portero?
Víctor habló sin apartar la vista de la escalera.
—Robles no suele tardar tanto cuando hay jaleo.
Sergio soltó aire por la nariz, pero no llegó a responder. Marcos lo observó un instante. No parecía sorprendido por la ausencia del portero, y eso le resultó más inquietante que si hubiese empezado a acusarlo delante de todos.
Entonces el móvil de Carlos comenzó a sonar.
El tono atravesó el pasillo con tanta brusquedad que Marta se calló en mitad de una frase, Sonia dejó una manta sobre la barandilla y Sergio levantó apenas la cabeza.
Carlos miró la pantalla.
—Es Álvaro.
El nombre hizo que Raquel se pusiera todavía más pálida. Marcos la vio apretar el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le marcaron blancos bajo la luz fría del rellano.
—¿Álvaro? —preguntó Marta—. ¿Dónde está?
—Eso mismo me gustaría saber —respondió Carlos antes de descolgar.
Durante unos segundos solo se oyeron la lluvia contra las ventanas, el televisor encendido dentro del 3ºD y el motor del ascensor alejándose por el hueco.
—¿Qué pasa? —preguntó Carlos.
La expresión empezó a cambiársele poco a poco. Primero fue una confusión pequeña, casi molesta; después algo mucho más duro le atravesó la cara.
—¿Cómo que no estás en casa?
Raquel levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
Carlos separó lentamente el teléfono de la oreja. La voz que salía del aparato era demasiado baja para entender las palabras, pero el efecto que produjo en él bastó para que todos se quedaran pendientes.
—Dice que lleva veinte minutos fuera del edificio —explicó Carlos, mirando a Marta y luego a Raquel—. Dice que alguien le ha escrito desde un número que parecía ser el de Silvia diciéndole que no suba.
El rellano entero pareció quedarse suspendido. Sonia dejó caer una de las mantas sobre la barandilla, Víctor se apoyó en la pared y Lucía dejó de moverse por primera vez en toda la noche.
Entonces, desde el interior del 3ºD, la luz del televisor cambió y una sombra cruzó el pasillo del piso.
No fue una visión clara. Nadie pudo distinguir una cara ni asegurar si era un hombre o una mujer. Solo vieron una figura al fondo, junto a la puerta del dormitorio, permaneciendo quieta durante un segundo demasiado largo mientras todos seguían mirando desde el rellano.
Carlos bajó el teléfono.
—Hay alguien ahí.
Marta dio un paso hacia la puerta.
—No os mováis.
Pero la figura se retiró hacia la oscuridad de la vivienda y, antes de que nadie pudiera reaccionar, la puerta del 3ºD comenzó a cerrarse despacio desde dentro, con un movimiento lento y perfectamente controlado que resultó mucho peor que un portazo.
La puerta encajó en el marco con un sonido pequeño, aunque no llegó a cerrarse con llave.
Y esta vez nadie discutió que todos lo habían visto.
CAPÍTULO 2
La puerta de Silvia
El rellano quedó paralizado mientras la puerta del 3ºD se cerraba despacio y la figura del fondo desaparecía dentro de la oscuridad de la vivienda. Durante unos segundos nadie reaccionó bien, como si todos necesitaran convencerse de que acababan de ver lo mismo. Lucía fue la primera en llevarse ambas manos a la boca, incapaz de decir nada coherente, pero Raquel reaccionó de una forma mucho más brusca y retrocedió hacia la pared con el móvil apretado contra el pecho, mirando la puerta de Silvia como si acabara de reconocer algo que no quería reconocer delante de nadie.
Víctor, el jubilado del cuarto, empezó a persignarse en voz baja mientras repetía que aquello estaba ocurriendo otra vez. Eva, la chica que solía salir a correr por las noches con ropa reflectante y auriculares enormes, permanecía junto al ascensor sujetando la correa de su perro, que gruñía hacia el interior del piso con el lomo erizado y las patas rígidas sobre el suelo húmedo.
Carlos avanzó hacia la puerta antes de que Marta pudiera detenerlo, movido por esa mezcla de impulso y rabia que parecía llevar siempre encima, pero ella consiguió agarrarlo del brazo justo a tiempo.
—Alguien acaba de esconderse ahí dentro —insistió Carlos, señalando el pasillo oscuro mientras intentaba soltarse—. Lo habéis visto todos.
Marta tiró de él con más fuerza.
—Y la policía está de camino. Como entres ahí y pase algo, luego el problema será nuestro.
Carlos soltó una risa nerviosa, seca y llena de tensión.
—El problema ya es nuestro, Marta.
Ella sostuvo su mirada durante un instante antes de responder más bajo.
—Precisamente por eso no empeores las cosas.
La frase pasó desapercibida para casi todos, aunque Marcos alcanzó a notar cómo Sergio levantaba ligeramente la cabeza al escucharla, como si hubiera detectado en aquellas palabras algo que no encajaba del todo. La cámara del rellano seguía encendida en la esquina, apuntando hacia el ascensor y parte de la escalera, pero no hacia la puerta de Silvia. Marcos se fijó en ese detalle con una incomodidad creciente. En el Mirador Este las cámaras siempre parecían mirar justo donde no hacía falta.
Lucía seguía hablando demasiado deprisa detrás de ellos.
—Os juro que esto no es normal. La puerta se ha cerrado sola, o alguien la ha cerrado desde dentro, que es peor. Mucho peor. Y el perro lo sabe, miradlo.
La mujer del quinto levantó una mano con cansancio.
—Lucía, por favor, no le des más ideas al perro, que bastante tenemos.
Sonia seguía junto a la barandilla, con una manta colgando del brazo y la bata mal cerrada, mirando la puerta del 3ºD con esa mezcla de sueño, miedo y mala leche que parecía acompañarla en cualquier crisis vecinal.
—¿Pero qué hacéis todos gritando? Mi hijo tiene examen mañana.
Lucía señaló hacia el piso.
—Hay alguien dentro de casa de Silvia.
Sonia parpadeó varias veces antes de contestar.
—Bueno… Silvia también vive ahí, técnicamente.
Incluso Marta terminó soltando una risa nerviosa antes de recomponerse y volver a mirar la puerta con la misma tensión que llevaba acumulada desde que había bajado al tercero. Sergio seguía pendiente del interior de la vivienda mientras se pasaba una mano por la barba húmeda. Marcos se dio cuenta entonces de que, por primera vez desde que lo conocía, no parecía disfrutar del conflicto ni tener ganas de discutir con nadie. Más bien daba la impresión de estar calculando distancias, sonidos y movimientos dentro del piso, como alguien acostumbrado a fijarse demasiado en los detalles del edificio y a guardarse siempre una parte de lo que sabía.
—¿Robles sigue sin contestar? —preguntó Eva, sin apartar la vista de su perro.
Marta comprobó el móvil con gesto tenso.
—Nada.
—Pues si alguien sabe quién entra y sale de aquí, es él —murmuró Víctor.
—Robles sabe hasta quién compra papel higiénico de oferta —dijo Sonia.
—También tiene llaves de media comunidad —añadió la mujer del quinto.
Marta la miró enseguida.
—De zonas comunes.
—Eso esperamos todos, cariño.
La frase no llegó a provocar una discusión porque un móvil empezó a sonar dentro del piso, vibró apenas unos segundos y se cortó antes de que nadie pudiera reaccionar. Las voces fueron apagándose poco a poco hasta dejar únicamente sonidos pequeños y dispersos: Sonia recolocándose la manta sobre los brazos, Víctor carraspeando, la lluvia golpeando las ventanas del rellano y el zumbido metálico del ascensor desplazándose varios pisos más abajo.
Carlos aprovechó aquel silencio para acercarse de nuevo a la puerta.
—No pienso esperar aquí como un idiota.
Marta intentó detenerlo otra vez, pero esta vez Carlos bajó el picaporte y empujó la puerta del 3ºD antes de que nadie pudiera reaccionar.
La vivienda apareció delante de todos con las luces encendidas, la cocina funcionando y un hilo fino de humo saliendo de una olla olvidada sobre el fuego. La televisión iluminaba parcialmente el salón con un concurso absurdo en el que una mujer sonreía mientras giraba una ruleta brillante, ajena al grito, a la sangre y al grupo de vecinos apelotonados en la entrada como si acabaran de asomarse a una escena que no deberían estar viendo.
Había un bolso abierto sobre el sofá, una copa de vino medio vacía junto a otra rota en el suelo y una chaqueta colgada al lado de la entrada. La mancha oscura que empezaba cerca de la puerta continuaba hacia el interior del piso hasta perderse en el pasillo.
Lo extraño era que, si el perro de Silvia había estado ladrando toda la tarde, ahora no se oía nada dentro del piso. Raquel explicó casi en un susurro que Silvia a veces se lo dejaba cuando trabajaba fuera, pero a Marcos le incomodó que nadie pareciera saber con seguridad dónde estaba aquella noche.
Durante unos segundos nadie se atrevió a cruzar del todo. Después, varios vecinos empezaron a entrar casi sin darse cuenta, empujados por la curiosidad, los nervios y esa necesidad absurda de mirar incluso aquello que uno sabe que no quiere ver.
Marta entró detrás de ellos completamente desesperada.
—No toquéis nada. En serio, no toquéis absolutamente nada.
Nadie parecía escucharla del todo.
Sonia fue hacia la cocina con la manta todavía en la mano, observando alrededor como si estuviera entrando en una casa que llevaba años queriendo ver por dentro.
—Pues el piso es bastante más bonito de lo que imaginaba.
Marta se volvió hacia ella, incrédula.
—¿En serio estás pensando en eso ahora mismo?
—Solo digo que Silvia aparentaba vivir peor de lo que vivía. Mira esas copas. Eso no es Ikea.
Carlos soltó una risa breve desde el salón mientras recorría el piso con la mirada, incapaz de quedarse quieto incluso allí dentro.
—Silvia nunca enseñaba la parte buena de las cosas.
El comentario dejó una incomodidad rápida en el ambiente, y Marcos vio cómo Raquel, que se había quedado en el umbral sin atreverse a entrar del todo, apartaba la mirada demasiado deprisa después de escucharlo.
Eva entró sujetando a su perro, aunque antes de avanzar se limpió automáticamente las zapatillas sobre el felpudo.
—No quiero pisar sangre —admitió casi avergonzada.
Lucía se movía alrededor del salón intentando mirar demasiadas cosas a la vez.
—Yo siempre pensé que escondía algo. No algo criminal, quiero decir… pero sí algo. Silvia tenía esa manera de hablar como si estuviera a punto de contar algo y luego se arrepintiera.
Marta la señaló de inmediato.
—Lucía, deja de tocar cajones.
—No estoy tocando. Estoy mirando.
—Eso tampoco ayuda.
—Depende del cajón —murmuró Sonia desde la cocina, aunque esta vez ni siquiera llegó a abrirlo.
Un chico joven del 2ºA llevaba varios minutos grabándolo todo con el móvil.
—Tío, esto parece Netflix…
Carlos se volvió hacia él de golpe.
—Baja el teléfono ahora mismo.
—Solo se lo estaba enseñando a mi novia.
—Pues dile a tu novia que deje de mirar y ayude en algo útil.
Marcos observaba la vivienda intentando entender qué detalle lo incomodaba más. No era solo la sangre ni el grito que habían escuchado minutos antes. Era la olla encendida, el bolso abierto, la chaqueta masculina, la televisión funcionando como si nada y todas aquellas cosas dejadas a medias, como si Silvia hubiera interrumpido su vida en mitad de un gesto cotidiano y alguien hubiera entrado después a desordenar únicamente lo necesario.
En la pared del salón había una pequeña cámara interior, apagada o inutilizada, colocada sobre una estantería como esas que se instalan para vigilar mascotas. Marcos tardó un momento en verla porque estaba medio oculta detrás de una planta artificial. No dijo nada. No sabía si era importante, pero le llamó la atención que una mujer que supuestamente veía fantasmas, cambiaba cerraduras y bajaba al garaje mirando atrás hubiera decidido vigilar también su propio salón.
Sonia abrió la nevera y levantó las cejas.
—Vale, tiene leche de avena.
Marta la miró desde el salón.
—Sonia.
—Ya está. Cierro.
La mujer del quinto se sentó directamente sobre el sofá.
—Yo necesito sentarme o empezaré a odiaros a todos.
Su marido se volvió hacia ella con nerviosismo.
—No toques nada.
—No estoy tocando nada. Estoy sobreviviendo.
Víctor empezó a curiosear unas fotografías antiguas apoyadas sobre una estantería, sin llegar a cogerlas.
—Silvia antes sonreía más.
Marta se quedó unos segundos mirando las fotos antes de responder.
—Últimamente estaba rara.
Sonia apareció desde la cocina con una copa en la mano, sujetándola por el borde como si no quisiera comprometerse del todo a haberla tocado.
—No rara. Tensa. Yo la veía bajar al garaje mirando hacia atrás.
Lucía reaccionó enseguida.
—Eso me lo dijo a mí también. Bueno, no con esas palabras, pero sí dijo que a veces sentía que alguien la seguía cuando llegaba tarde.
Sergio apoyó el hombro contra el marco del salón mientras seguía observando el pasillo oscuro.
—Aquí todos os observáis constantemente.
Nuria habló por primera vez desde la entrada.
—Sí, pero no todos cambiamos cerraduras tres veces en un mes.
Marta tensó la expresión.
—¿Silvia cambió la cerradura?
Nuria asintió despacio.
—La última vez me pidió el teléfono de un cerrajero porque decía que ya no sabía quién podía entrar en su casa.
Carlos levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace dos semanas.
Sergio apoyó una mano en el marco de la puerta del salón y habló casi para sí mismo, aunque lo bastante alto para que todos lo escucharan.
—Qué casualidad.
Carlos se encaró con él enseguida.
—¿Qué significa eso?
Sergio sostuvo su mirada varios segundos antes de responder con una calma que resultaba casi irritante.
—Nada. Solo digo que Silvia llevaba tiempo viendo fantasmas donde no los había.
—Pues alguien ha dejado sangre en su entrada, Sergio.
—Y alguien también está disfrutando señalando siempre a los mismos.
La tensión entre ambos empezó a endurecer el salón otra vez. Carlos parecía cada vez más cerca de perder por completo la paciencia, mientras Sergio mantenía aquella tranquilidad incómoda que daba la sensación de esconder algo incluso cuando quizá no estaba escondiendo nada.
Marta evitó mirar directamente a ninguno de los dos mientras el perro volvía a gruñir, más bajo esta vez, con la mirada fija en el pasillo oscuro. Las conversaciones se fueron apagando a medida que varios vecinos seguían la dirección de la mirada del animal.
Eva tensó ligeramente la correa.
—No le gusta algo de ahí dentro.
Carlos volvió a avanzar.
—Hay alguien.
—Carlos, no —dijo Marta.
Pero él ya estaba entrando parcialmente en el pasillo.
La luz del salón apenas llegaba hasta el fondo y la oscuridad se tragaba gran parte del piso. Había varias puertas abiertas, ropa tirada en el suelo y algo oscuro extendiéndose junto a la pared.
Entonces Lucía apareció saliendo del baño con una caja de medicamentos entre las manos.
—Silvia tomaba ansiolíticos bastante fuertes.
Marta se volvió hacia ella completamente agotada.
—¿Por qué estabas mirando sus medicinas?
Lucía se quedó quieta.
—Solo estaba buscando toallas… bueno… y abrí un cajón sin querer.
—Tú un día vas a entrar accidentalmente en una secta y ni te vas a dar cuenta.
Lucía abrió la boca para responder, pero el perro de Eva empezó a tirar con fuerza de la correa hacia el fondo del pasillo.
Eva intentó sujetarlo.
—Quieto, vamos. Quieto.
El animal ladró una vez y después otra justo en el momento en que el bolso de Silvia cayó al suelo al engancharse con una silla. Varias cosas terminaron desperdigadas sobre la alfombra.
Carlos se agachó para recogerlas y, entre tarjetas, pañuelos, un pintalabios abierto y unas llaves pequeñas, apareció una libreta negra llena de frases escritas a mano.
La primera página estaba arrancada.
En la segunda había una frase repetida varias veces con una letra cada vez más torcida.
NO ME DEJAN SALIR.
El concurso de la televisión seguía avanzando sin sonido y la lluvia golpeaba las ventanas del salón con una insistencia que parecía crecer por momentos.
Nuria se acercó poco a poco hacia Marta.
—Silvia llevaba semanas fatal. El otro día me dijo que estaba durmiendo con un cuchillo en la mesita.
Marta la miró despacio.
—¿Cuándo te lo dijo?
—Después de la reunión previa del martes. La de las facturas raras, las cámaras y las puertas del garaje. Todavía no sabíamos lo de los doce mil euros, pero Silvia ya estaba removiendo algo.
Carlos levantó la cabeza desde el salón. Eva dejó de acariciar al perro. La pareja del quinto dejó de discutir sobre el horno y Víctor empezó a romper distraídamente otra galleta entre los dedos.
Sergio permanecía quieto, mirando a Nuria.
Marcos observó entonces algo raro: Nuria evitaba mirar directamente a Sergio, y Sergio llevaba demasiado rato evitando mirar a Marta. Aquello se le quedó pegado en la cabeza mientras el salón volvía a llenarse lentamente de conversaciones nerviosas.
—¿Qué pasó en esa reunión exactamente? —preguntó Eva.
Marta se pasó una mano por la frente.
—Nada importante.
Sonia soltó una risa breve.
—Marta, si Silvia acabó discutiendo por cámaras, puertas del garaje y facturas raras, igual sí era importante.
La presidenta tardó unos segundos en contestar. El humo de la cocina empezaba a espesarse y el olor metálico de la sangre se mezclaba con la humedad que entraba desde el rellano, pero nadie parecía dispuesto a moverse hasta escuchar su respuesta.
—Silvia empezó a revisar facturas y pagos raros —acabó admitiendo Marta—. Y señaló cosas delante de todos.
Carlos levantó la vista.
—¿Qué cosas?
Marta dudó apenas un instante.
—Empresas de mantenimiento. Transferencias. Gastos que no cuadraban.
—¿Mantenimiento de qué? —preguntó Marcos.
Marta no contestó enseguida, y esa pausa fue suficiente para que varios vecinos se miraran.
—Garaje, cámaras, ascensor, puertas comunes… esas cosas.
Sonia levantó las cejas.
—Vamos, medio edificio.
—He dicho esas cosas, Sonia.
—Sí, y yo he dicho medio edificio.
Lucía intervino demasiado rápido.
—Y Sergio discutió con ella ese día.
Sergio se volvió lentamente hacia ella.
—Porque Silvia llevaba semanas acusando a cualquiera de cualquier cosa.
—Bueno… contigo discutía especialmente.
—Silvia sabía perfectamente cómo provocar a la gente.
El salón se quedó más quieto, y Marcos vio cómo Marta levantaba la cabeza hacia Sergio, como si acabara de reconocer algo en su tono que no le gustaba nada.
Entonces Sonia habló desde la cocina, aparentando una ligereza que no terminaba de disimular la tensión.
—Pues para no soportarla, pasabas bastante tiempo aquí arriba.
Sergio la miró con una frialdad que no había mostrado hasta entonces.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada. Solo digo que coincidíais mucho para odiaros tanto.
Carlos dejó escapar una risa seca.
—Hostia…
Marta cerró los ojos apenas un segundo.
—Sonia, no empieces.
—Yo no empiezo nada. Aquí la gente se lía sola y luego finge sorpresa.
El perro dejó de tirar de la correa y se quedó completamente inmóvil frente al pasillo oscuro, mirando hacia dentro sin ladrar ni gruñir. Eva intentó apartarlo con suavidad, pero el animal no reaccionó.
La televisión continuó iluminando el salón con destellos azules mientras varios vecinos evitaban mirar directamente hacia el fondo de la vivienda. El humo de la olla seguía subiendo en la cocina, la libreta negra permanecía abierta sobre la alfombra y, desde el rellano, la cámara del techo continuaba grabando una puerta que nadie se atrevía ya a cerrar.
Entonces las luces parpadearon.
No se apagaron del todo al principio. Primero bajaron de intensidad, como si el edificio hubiese tomado aire, y después volvieron con un zumbido eléctrico que hizo vibrar la lámpara del salón. Sonia dejó caer las manos sobre la encimera, como si necesitara sujetarse a algo, Marta levantó la vista hacia el techo y Carlos retrocedió desde el pasillo con la mandíbula tensa.
—¿Eso ha sido la instalación? —preguntó Raquel, aunque sonó como si no quisiera escuchar la respuesta.
Sergio miró hacia el rellano.
—Puede ser una bajada de tensión.
Lucía negó inmediatamente con la cabeza.
—Siempre dicen eso antes de que algo falle de verdad.
Marta se giró hacia ella.
—Lucía, te lo suplico.
La luz volvió a parpadear.
Esta vez sí se apagó.
Durante unos segundos todo quedó sumido en una oscuridad atravesada únicamente por la pantalla muda del televisor, la lluvia contra las ventanas y el gruñido bajo del perro. Varias personas hablaron a la vez. Alguien tropezó con una silla. Sonia soltó una maldición porque se había golpeado con la encimera y la mujer del quinto empezó a pedir que nadie se moviera porque no pensaba caerse “por culpa de una tragedia ajena”.
Marcos sacó el móvil para encender la linterna, pero en ese mismo instante escuchó un golpe sordo en el rellano.
No fue dentro del piso de Silvia. Venía de fuera, cerca del ascensor o de la escalera.
—¿Lucía? —preguntó Marta en la oscuridad.
Nadie respondió.
La luz regresó con un chasquido eléctrico y el salón apareció de golpe ante ellos, desordenado, lleno de caras pálidas y objetos fuera de lugar. Sonia estaba junto a la cocina, Carlos en la entrada del pasillo, Raquel al lado del sofá, Víctor apoyado en la estantería y Eva sujetando al perro con ambas manos.
Lucía ya no estaba.
Marta giró sobre sí misma, buscando primero en el baño, luego junto al sofá y después en el rellano.
—¿Dónde está Lucía?
Raquel negó muy despacio, con la boca entreabierta.
—Estaba aquí hace un segundo.
El perro empezó a ladrar hacia las escaleras.
Y entonces todos entendieron que la noche acababa de cambiar otra vez.
CAPÍTULO 3
Las cámaras
La desaparición de Lucía provocó un caos inmediato en el rellano.
Un instante antes seguían todos dentro del 3ºD, con el perro de Eva mirando hacia el pasillo oscuro, la televisión encendida sin sonido y la libreta negra abierta sobre la alfombra como si acabara de dejar allí una amenaza escrita a mano. Después hubo un parpadeo de luces, un golpe seco en el rellano y varias voces hablando al mismo tiempo. Cuando el suministro volvió a estabilizarse, Lucía ya no estaba donde todos creían haberla visto.
Al principio nadie entendió bien qué había pasado. Marta miró hacia el baño, Sonia hacia la cocina, Carlos hacia el fondo del pasillo y Raquel hacia la puerta del piso, como si cada uno necesitara encontrar una explicación distinta para no aceptar la más inquietante. El perro empezó a gruñir de nuevo, esta vez mirando hacia el rellano, y Eva tiró de la correa con ambas manos mientras repetía su nombre con una voz cada vez más aguda.
—Lucía —llamó Marta desde la entrada—. Lucía, deja de hacer el idiota y contesta.
Nadie respondió.
El silencio que siguió fue breve, pero bastó para que el piso entero pareciera cambiar de temperatura. El humo de la olla seguía acumulándose en la cocina, la televisión continuaba iluminando el salón con destellos azules y la sangre junto a la puerta parecía más oscura bajo la luz del pasillo, pero todo aquello quedó desplazado por una certeza mucho más inmediata: Lucía había estado allí hacía apenas unos segundos y ahora no estaba.
Carlos reaccionó antes que nadie y salió al rellano con tanta brusquedad que casi empujó a Marcos.
—¡Lucía!
Su voz bajó por el hueco de la escalera y volvió deformada por los pisos abiertos, los vecinos asomados y el zumbido del ascensor detenido más abajo. Varias puertas comenzaron a abrirse en otras plantas. Un hombre del primero preguntó medio dormido qué demonios estaba pasando, alguien protestó desde dentro de una vivienda porque eran horas de dormir y, detrás de otra puerta, empezó a llorar un niño.
Marta bajó dos escalones casi corriendo, volvió a subir, miró hacia el ascensor y después hacia el interior del 3ºD, incapaz de decidir dónde mirar primero.
—No puede haber desaparecido así —dijo, más para sí misma que para los demás.
—Pues no creo que se haya ido a comprar tabaco.
—Sonia, ahora no —le soltó Marta.
—Lo sé. Pero alguien tiene que decir en voz alta que esto ya no es normal ni para este edificio.
Raquel seguía pegada a la pared, sujetando una plancha del pelo desenchufada que había debido de traer sin darse cuenta desde su casa. Estaba tan rígida que Marcos necesitó un instante para comprender que no se había quedado paralizada solo por el susto. Sus ojos iban de la escalera al ascensor, del ascensor al pasillo de Silvia y del pasillo a la puerta cortafuegos del fondo, como si ya estuviera pensando en todos los lugares por los que alguien podía moverse dentro del Mirador Este sin ser visto.
Los dos agentes que acababan de llegar al tercero intentaron recuperar el control con una rapidez que resultó insuficiente desde el primer segundo. La agente joven pidió a todos que salieran del piso de Silvia, el policía mayor ordenó que nadie tocara nada y Marta empezó a repetir que Lucía tenía que estar escondida en alguna parte, aunque cada vez sonaba menos convencida.
—Que nadie vaya solo —ordenó el policía—. ¿Me habéis oído? Nadie se mueve solo por el edificio.
Carlos bajó otro tramo de escaleras llamándola a gritos.
—¡Lucía!
—Carlos, espera —le advirtió la agente.
—Hace un segundo estaba aquí.
—Precisamente por eso vas a esperar.
Carlos se giró hacia ella con la mandíbula apretada.
—¿Y si está abajo? ¿Y si se la han llevado?
La pregunta dejó a varios vecinos mirándose entre sí, porque ninguno quería admitir que había pensado exactamente lo mismo. Marcos siguió observando el hueco de la escalera con una incomodidad creciente. Lucía no era precisamente discreta. Hablaba demasiado, se tropezaba con sus propias frases y llenaba cualquier silencio con teorías sacadas de documentales criminales, pero también era de esas personas que hacían ruido al moverse, al respirar, al asustarse y hasta al intentar callarse. No encajaba que hubiera desaparecido sin que nadie la oyera.
Una semana antes, durante una cena improvisada en la terraza comunitaria, Lucía había explicado cómo detectar mentiras fijándose en los hombros de la gente y terminó analizando los gestos de media comunidad mientras Marta intentaba hablar de una derrama.
—Lucía, ¿puedes dejar de convertir todas las reuniones en un episodio de true crime? —había protestado Marta.
Ella se había reído con ganas.
—El día que desaparezca alguien en este edificio os acordaréis de mí.
Marcos recordó aquella frase mientras todos volvían a hablar encima de todos. Aquello ya no tenía gracia. La frase había dejado de ser una broma absurda de una vecina nerviosa para convertirse en una especie de aviso ridículo que nadie había sabido escuchar.
Sonia discutía por teléfono con su marido mientras intentaba enterarse al mismo tiempo de lo que ocurría.
—Te estoy diciendo que no pienso dormir aquí sola con el niño si hay un loco suelto, Javier.
—¿Qué loco? —preguntó un vecino del segundo.
Sonia señaló las escaleras sin dejar el teléfono.
—Pues el que hace desaparecer gente, cariño.
Ramón, el vecino del primero B, volvió a sacar el tema del ascensor con la solemnidad de quien llevaba semanas esperando que una tragedia le diera la razón.
—Lleva días haciendo ruidos raros y nadie me hace caso nunca.
—Ramón, ahora no, por favor —dijo Marta, mirando de nuevo hacia abajo.
Marcos intentó ordenar mentalmente los últimos minutos: la libreta de Silvia, el perro mirando al pasillo, el apagón breve, la confusión, la puerta del piso abierta, la cámara del rellano apuntando al sitio equivocado. Entonces reparó Carlos. Antes incluso de que nadie propusiera bajar, ya estaba mirando hacia las escaleras, como si el golpe le hubiera hecho pensar de inmediato en el garaje.
—¿Por qué quieres bajar al garaje? —preguntó Marcos.
Carlos ni siquiera contestó al principio. Solo apretó los labios y siguió mirando hacia el hueco de la escalera.
—Porque aquí todo acaba abajo —dijo al fin.
La frase provocó una incomodidad inmediata. Sergio, que permanecía junto a la barandilla con los brazos cruzados, levantó apenas la cabeza. No parecía asustado, y eso era precisamente lo que más molestaba de él en aquel momento. Tenía la expresión de alguien que estaba escuchando el edificio, no las voces. Como si intentara identificar una puerta concreta, una chapa, un mecanismo, algo que los demás ni siquiera sabían distinguir.
Entonces sonó un golpe metálico desde abajo.
No fue un ruido enorme, pero sí lo bastante seco y pesado para cortar varias conversaciones a la vez. Pareció llegar desde el garaje o desde la zona de cuartos técnicos, amortiguado por las plantas y por la lluvia que golpeaba las ventanas del patio interior.
Sonia dejó de hablar por teléfono. Carlos se tensó. Raquel soltó un pequeño grito cuando la plancha terminó escapándosele de las manos y golpeó un escalón antes de detenerse. La luz roja del aparato siguió encendida sobre el suelo, absurda y doméstica en mitad de aquel desastre.
La agente volvió a imponerse.
—Bajamos nosotros primero.
—Lucía puede estar ahí —insistió Carlos.
—Y usted puede fastidiarlo todo si toca algo —respondió ella con dureza.
En mitad de la confusión, el móvil de Marcos vibró dentro del bolsillo. Lo sacó discretamente mientras todos se organizaban alrededor de la escalera y sintió un nudo frío en el estómago al ver otra vez el aviso del número desconocido.
BAJAD AL GARAJE.
Un segundo mensaje apareció justo después.
LUCÍA ESTÁ ABAJO.
Marcos levantó la cabeza intentando descubrir quién podía estar enviándole aquello, aunque nadie parecía fijarse en él. Todos seguían pendientes de la escalera, del ascensor, de Carlos, de la policía y del perro, que no dejaba de tirar de la correa con una insistencia desagradable.
Guardó el teléfono.
La decisión le pesó de inmediato.
—Hay que bajar —dijo Marcos.
Marta se volvió hacia él.
—Eso ya lo estamos haciendo.
—No. Al garaje.
Carlos clavó la mirada en él.
—¿Por qué dices eso?
Marcos sostuvo la pregunta apenas un segundo antes de mentir.
—Porque el golpe ha venido de abajo.
Sergio lo observó con una atención breve, demasiado precisa, pero no dijo nada. La agente decidió bajar acompañada por el policía mayor, Marta, Carlos, Sergio, Marcos y un par de vecinos que no aceptaron quedarse arriba pese a las órdenes. Sonia juró tres veces que no iba a moverse y terminó bajando detrás de todos con la manta en la mano. Raquel dudó junto a la puerta del 3ºD, descalza y con los ojos húmedos, hasta que Marta la cogió del brazo y la obligó a seguir al grupo.
El garaje los recibió con una humedad más fría y densa. El olor a gasolina, cemento mojado y productos de limpieza viejos se pegaba a la garganta. Los fluorescentes parpadeaban sobre las plazas, dejando zonas enteras del parking en una penumbra irregular, y la puerta automática estaba abierta apenas unos centímetros, lo suficiente para que la lluvia se filtrara desde la rampa y formara una línea brillante sobre el suelo.
El coche de Silvia estaba abierto junto a una de las plazas centrales. Las luces interiores permanecían encendidas y dentro, había una bolsa abierta con varios fajos de papeles sujetos con gomas, sobres arrugados y documentos doblados de una forma tan evidente que durante un segundo todos pensaron lo mismo. Nadie dijo en voz alta que aquello pudiera ser parte del dinero desaparecido, pero todos pensaron lo mismo. Carlos se acercó lo justo para mirar dentro con una ansiedad que a Marcos le pareció demasiado concreta.
—¿Eso estaba abierto antes? —preguntó Marta señalando la puerta del garaje.
Víctor, que había bajado más despacio y respiraba con dificultad, se abrazó mejor la rebeca.
—Yo juraría que no.
—Aquí abajo hace un frío horrible —murmuró Sonia.
—Porque está abierto —dijo Sergio.
—Gracias, Sherlock —respondió ella.
La agente pidió silencio con un gesto, pero el silencio duró poco. Desde el fondo del garaje llegó otro sonido, esta vez más leve, como un roce o una puerta que no hubiera terminado de encajar. Todos miraron hacia la zona de trasteros.
Carlos avanzó un paso.
—Lucía.
—Quieto —ordenó el policía.
—No pienso quedarme aquí parado.
—Pues va a hacerlo.
Marcos levantó la vista hacia las cámaras. Había varias repartidas por las esquinas del garaje, algunas nuevas y otras tan viejas que parecían parte del edificio desde siempre. Una apuntaba hacia la rampa. Otra, hacia los ascensores. Una tercera cubría parte de la zona de trasteros, aunque la columna central tapaba un ángulo importante.
—Las cámaras —dijo Marcos—. Han tenido que grabar algo.
Víctor tensó la boca.
—¿Siguen funcionando esas cosas?
—Hace meses fallaban —respondió Sonia.
—No fallaban todas —dijo Sergio.
Marta se volvió hacia él.
—Tú llevas mantenimiento. ¿Dónde se revisan?
Sergio no contestó al instante. Fue una pausa pequeña, pero suficiente para que Carlos la oliera como si fuera gasolina.
—En el cuarto de contadores —respondió al fin.
Carlos soltó una risa breve.
—Qué tranquilidad.
Sergio no reaccionó.
—¿Vamos o seguimos aquí haciendo teatro?
El cuarto técnico estaba al fondo, detrás de una puerta gris llena de golpes viejos y restos de pegatinas arrancadas. Sobre la cerradura había una etiqueta amarillenta con la letra de Robles: “CONTADORES / CÁMARAS / LUCES GARAJE”. Marcos recordaba haberla visto muchas veces al bajar con su padre, aunque nunca le había prestado atención. Aquella noche, en cambio, todo lo escrito en las paredes parecía una advertencia.
Sergio abrió con una llave pequeña que llevaba en el llavero. El gesto fue rápido, automático, demasiado natural. Carlos también se fijó.
—¿Tú tienes llave de esto? —preguntó Sonia.
—Soy vocal de mantenimiento.
—Sí, eso lo llevas diciendo toda la noche como si fuera una orden religiosa.
Marta levantó una mano para cortar otra discusión antes de que arrancara.
—Entrad y dejad trabajar a la policía.
Dentro había herramientas, cajas antiguas, cables, productos de limpieza y un monitor conectado al sistema de cámaras. El espacio era estrecho y olía a polvo caliente, plástico viejo y lejía mal cerrada. En una pared colgaba un tablero con llaves de zonas comunes, casi todas etiquetadas con rotulador negro. Varias estaban torcidas, otras directamente ausentes, y alguien había escrito “NO TOCAR” sobre un papel plastificado que empezaba a despegarse por las esquinas.
Marcos reparó en un gancho vacío debajo de una etiqueta que decía “PORTERÍA”. No tuvo tiempo de pensar demasiado en ello porque el policía apartó varias cajas para acceder al teclado.
—¿Cómo funciona esto?
Sergio se apoyó contra la pared.
—Con paciencia.
—Pues hoy vamos justos.
El monitor tardó en encenderse. Durante esos segundos, Sonia encontró una botella de agua en una caja y la abrió sin pedir permiso. Víctor empezó a quejarse del calor y Raquel se quedó junto a la puerta, mirando constantemente hacia el pasillo de trasteros como si esperara ver aparecer a Lucía en cualquier momento.
—Aquí dentro no se puede respirar —murmuró Víctor.
—Pues salte fuera —le dijo Sonia.
—Fuera hay alguien que ata vecinas en trasteros, según parece.
—Todavía no sabemos eso.
—Pues mi imaginación ya ha avanzado bastante.
Finalmente aparecieron las imágenes divididas en varias cámaras: entrada del garaje, zona de ascensores, trasteros y rampa exterior. El policía empezó a rebobinar. Primero aparecieron vecinos entrando y saliendo durante la tarde. Después Silvia bajando sola. Carlos cargado con bolsas. Sonia discutiendo por teléfono junto a los ascensores.
Sonia arrugó la nariz al verse en pantalla.
—Madre mía, qué pelos llevaba.
Marta se pasó una mano por la cara.
—De verdad, Sonia…
—Estoy nerviosa. Déjame tener mis prioridades.
La grabación continuó. Pasaron coches, sombras, el ascensor abriéndose y cerrándose, un repartidor entrando con un paquete y Robles cruzando el plano durante apenas unos segundos, con una carpeta bajo el brazo y la cabeza inclinada hacia el suelo. Al verlo, todos callaron.
—Retrocede eso —pidió Marcos.
El policía volvió atrás unos segundos.
Robles cruzaba el garaje sin mirar a la cámara. No hacía nada extraño, y quizá por eso resultaba más inquietante. Llevaba el paso tranquilo, la carpeta apretada contra el costado y una seguridad que no encajaba con un hombre supuestamente desaparecido de la noche.
—¿Hora? —preguntó Marta.
—Veintitrés cuarenta y dos —respondió el agente.
—Antes del grito —murmuró Sonia.
Carlos miró a Sergio.
—¿También venía a reiniciar algo?
Sergio no contestó.
El policía siguió avanzando hasta que apareció Lucía. Bajaba hablando por teléfono y moviendo las manos como hacía siempre que se alteraba. Parecía inquieta, pero no asustada, y aquello volvió la imagen más perturbadora. Se detuvo junto al coche de Silvia, miró alrededor y después sonrió hacia un punto fuera de cámara como si acabara de reconocer a alguien.
—Párala —pidió Marcos.
El agente detuvo la imagen.
Lucía miraba hacia la zona de trasteros.
—Cambia a la otra cámara —añadió Marcos.
El policía abrió la grabación del pasillo lateral. La calidad era peor, con interferencias y una mancha oscura en una esquina, pero podía distinguirse una figura moviéndose detrás de una columna. No se veía bien la cara. La persona permanecía parcialmente oculta, observando a Lucía desde una zona que la cámara cubría mal.
—Amplía eso —pidió Marta.
—No va a servir de mucho —respondió el agente.
La imagen se pixeló. Solo se apreciaba una sudadera gris y algo oscuro en la mano.
Carlos hizo una mueca amarga.
—Vaya.
Sergio levantó lentamente la cabeza.
—No soy yo.
—Nadie ha dicho que seas tú —respondió Carlos, aunque su tono decía lo contrario.
—Lo estás pensando desde antes de ver la grabación.
—Pues ayúdame a no pensarlo.
Marta intervino antes de que la discusión se endureciera.
—Seguid.
El policía avanzó la grabación. Lucía daba un paso hacia la figura. Después la imagen temblaba, aparecían interferencias y el contador saltaba directamente de las 00:41 a las 00:47.
Seis minutos completos habían desaparecido.
La agente se inclinó hacia el monitor.
—Eso no pasa solo.
Marta miró a Sergio.
—¿Las cámaras fallan así?
Sergio negó despacio.
—No.
La respuesta fue demasiado seca, demasiado segura.
Carlos apoyó ambas manos en una estantería.
—Pues alguien ha metido mano ahí.
—¿Y automáticamente soy yo? —preguntó Sergio, ya cansado—. ¿De verdad pensáis que voy borrando vídeos delante de media comunidad?
—Yo ya no sé qué pensar —admitió Carlos—. Pero todo acaba siempre cerca de tus llaves.
—Y cerca de Robles, y cerca de Silvia, y cerca de un montón de gente que de pronto recuerda cosas cuando le interesa.
Aquello dejó el cuarto en una tensión más agria. Raquel respiró hondo varias veces seguidas y Sonia miró hacia ella, aunque no dijo nada. Marcos siguió pendiente del monitor. Había algo muy limpio en aquel corte, demasiado directo. No parecía un fallo casual. Parecía una mano cerrando una ventana justo antes de que alguien pudiera mirar dentro.
—¿Se puede recuperar? —preguntó Marcos.
El policía lo pensó unos segundos.
—A veces quedan copias temporales.
Sergio se movió apenas junto a la pared.
—Estos equipos viejos duplican archivos antes de sobrescribirlos. No siempre, pero a veces.
Todos lo miraron.
Sergio añadió tarde, como si hubiera preferido callárselo:
—Lo sé porque soy el que viene a reiniciarlo cuando se queda colgado.
Carlos ladeó la cabeza.
—Claro. También sabes eso.
—Sé demasiadas cosas para tu gusto, sí.
El agente abrió varias carpetas del sistema mientras mascullaba que aquello era “una chapuza antigua”. Durante unos minutos no ocurrió nada espectacular, y precisamente por eso el ambiente se volvió más humano y más incómodo. Víctor pidió sentarse en una caja, Sonia protestó porque le estaba entrando frío por los tobillos, Marta llamó otra vez al administrador sin obtener respuesta y Raquel se quedó mirando la puerta del cuarto técnico con una expresión tan descompuesta que Marcos acabó acercándose un poco.
—¿Estás bien?
Ella tardó en responder.
—No.
Fue una de las pocas respuestas sinceras de aquella noche.
Antes de que Marcos pudiera decir nada más, el policía encontró una carpeta de archivos dañados y abrió la primera grabación. La imagen apareció llena de interferencias, pero después se estabilizó lo suficiente para distinguir el fondo del garaje.
Silvia caminaba deprisa apenas una hora antes del grito del 3ºD. Miraba constantemente hacia atrás y llevaba algo apretado contra el pecho.
—Para ahí —dijo Marcos.
El policía detuvo la imagen.
Silvia sujetaba la misma bolsa que habían visto en su coche, o una muy parecida.
Sonia abrió mucho los ojos.
—Madre mía…
La grabación continuó. Silvia llegó hasta la zona de trasteros, miró alrededor y se detuvo frente a una puerta concreta. Desde dentro, una mano abrió lentamente.
Víctor retrocedió sin darse cuenta.
—No me jodas…
Silvia entró rápidamente.
La puerta volvió a cerrarse.
El archivo terminó ahí, corrupto, sin nada después.
Durante unos segundos nadie habló. El sonido del cuarto técnico, con el ventilador del ordenador, el zumbido del monitor y la lluvia entrando por la rampa lejana, pareció hacerse insoportable.
—¿Qué número es ese? —preguntó Marta.
La calidad era mala, pero Marcos se fijó en un detalle junto a la cerradura.
Una pegatina roja.
El corazón le dio un vuelco.
Miró despacio hacia Sergio.
—Ese es tu trastero.
Ahora sí, nadie habló.
Sergio tensó la expresión.
—¿Qué?
—La pegatina roja. La pusiste tú porque decías que nunca encontrabas el trastero cuando se iba la luz.
Carlos rió sin ganas, más incrédulo que agresivo.
—Es que esto parece una broma ya.
—Estoy seguro —dijo Marcos.
Sonia apartó lentamente la botella de agua. Raquel volvió a pegarse a la pared y Víctor observó directamente a Sergio por primera vez en varios minutos.
Carlos avanzó un paso, aunque esta vez habló más despacio.
—Ese trastero hay que abrirlo.
Sergio se pasó una mano por la cara.
—¿Tú te escuchas cuando hablas?
—Perfectamente.
—¿Crees que tengo a Silvia ahí dentro?
Carlos necesitó contenerse antes de contestar.
—No lo sé. Pero necesito entender por qué todo termina llevándonos a ti.
Uno de los policías levantó la mano.
—Nadie va a hacer nada sin orden.
—Pues pidan la orden en voz alta, porque estamos todos oyéndolo —respondió Carlos sin apartar la vista de Sergio.
Sergio aguantó la mirada unos segundos. Después metió lentamente la mano en el bolsillo de la sudadera y sacó las llaves delante de todos.
Raquel, que hasta entonces había intentado no moverse, dio un paso mínimo hacia atrás.
Marcos lo vio.
Y también vio que Sergio, antes de salir del cuarto técnico, miraba de reojo a Raquel como si aquella reacción le importara más que todas las acusaciones de Carlos.
CAPÍTULO 4
El trastero
El hallazgo de la grabación del trastero de Sergio dejó al grupo suspendido durante unos segundos dentro del cuarto técnico. La imagen de Silvia entrando allí, la puerta metálica cerrándose a su espalda y los seis minutos desaparecidos pesaban más que cualquier acusación lanzada a gritos, porque esta vez no se trataba de una sospecha nacida del cansancio ni de una frase mal dicha en mitad del pánico. Había una cámara, una hora, una puerta concreta y unas llaves colgando de la mano de Sergio.
Él observó el llavero antes de levantar la cabeza.
—¿Ahora qué pasa? ¿También vais a decir que escondo cadáveres ahí dentro?
Carlos seguía pendiente de las llaves con una mezcla de rabia e incredulidad.
—Lo que sabemos es que Silvia acabó entrando en tu trastero. Y eso no tiene sentido.
—Y que faltan seis minutos de grabación —añadió Marta.
Sergio se frotó la barba húmeda, intentando contener una irritación que ya empezaba a atravesarle la voz.
—Lleváis media noche perdiendo la cabeza y ahora queréis registrar mi trastero como si esto fuera una película.
Carlos se encogió ligeramente de hombros.
—Pues abre la puerta y acabamos antes.
Sergio levantó las llaves con cansancio.
—Perfecto. Abramos.
La agente intervino antes de que nadie avanzara.
—Lo abrimos nosotros. Tú vas delante porque es tu llave, pero nadie entra hasta que lo diga yo.
—Como queráis —respondió Sergio.
Raquel bajó la vista en cuanto él dio el primer paso hacia la salida. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Marcos lo vio porque llevaba rato fijándose en ella. No parecía asustada únicamente por lo que pudieran encontrar dentro. Parecía temer que algo pudiera reconocerse allí abajo, algo que el resto todavía no sabía mirar.
El grupo volvió a desplazarse por el garaje entre columnas húmedas y fluorescentes que parpadeaban sobre el suelo mojado. Esta vez casi nadie hablaba alto. El cansancio empezaba a pesar más que los nervios y varios vecinos caminaban arrastrando los pies después de horas enteras subiendo y bajando escaleras, discutiendo, sospechando unos de otros y respirando aquel aire frío del parking que ya se pegaba a la ropa.
La zona de trasteros quedaba al fondo, detrás de una puerta metálica gris que llevaba años cerrando mal y que siempre producía un chirrido desagradable al abrirse. En la parte superior alguien había pegado una etiqueta plastificada, vieja y torcida, con la letra de Robles: “TRASTEROS. CERRAR SIEMPRE”. El borde estaba despegado por la humedad y una esquina se movía ligeramente cada vez que entraba aire desde la rampa.
Víctor fue el primero en hablar.
—Tu padre llevaba media vida diciendo que esta puerta parecía sacada de una película de asesinos.
Sonia soltó una pequeña carcajada cansada mientras se abrazaba el cuerpo.
—Tu padre tenía razón. Yo aquí abajo llevo sintiéndome secuestrada desde dos mil quince.
—Tú te sientes secuestrada hasta en Ikea —murmuró Marta.
—Porque Ikea también tiene pasillos sin salida y gente que desaparece con bolsas amarillas —respondió Sonia sin perder de vista la puerta metálica.
Cuando atravesaron el acceso, el pasillo apareció delante de ellos iluminado apenas por dos fluorescentes medio fundidos. Las puertas se extendían a ambos lados formando un corredor estrecho que olía a humedad, detergente viejo y cartón mojado. Había bicicletas infantiles apoyadas contra una pared, un carrito de compra con una rueda torcida, varias cajas de Navidad abombadas y una fregona olvidada que alguien había dejado allí tanto tiempo que ya parecía parte del decorado.
Marcos recordó enseguida las veces que había bajado a aquel pasillo de adolescente con su padre para guardar bicicletas, ventiladores rotos o cajas llenas de cosas que “algún día podían servir”. Antonio era incapaz de tirar absolutamente nada y llevaba años convencido de que cualquier objeto inútil terminaría siendo necesario tarde o temprano. Incluso ahora todavía podía imaginarlo protestando porque alguien había cambiado una bombilla sin avisar o porque algún vecino había vuelto a dejar basura donde no debía.
El trastero de Sergio estaba casi al fondo. La pegatina roja seguía junto a la cerradura exactamente igual que en la grabación, chillona y absurda en mitad de aquella hilera de puertas sucias. Carlos exhaló por la nariz al verla, aunque esta vez prefirió no decir nada.
Sergio se acercó y metió la llave. Antes de girarla, se detuvo apenas un instante y se fijó en la parte baja de la puerta.
Marcos lo notó.
Carlos también.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Carlos.
Sergio se agachó un poco.
—La puerta está marcada.
La agente enfocó con la linterna. Junto a la cerradura había varios arañazos recientes, pequeños pero claros, como si alguien hubiese forzado la entrada o hubiese intentado hacerlo con prisa.
—¿Eso estaba antes? —preguntó Marta.
Sergio negó.
—No.
Carlos soltó una risa seca.
—Muy cómodo.
Sergio se volvió hacia él.
—¿También he arañado mi propia puerta para parecer menos culpable?
—A estas alturas ya no descarto nada.
—Pues empieza por descartar que yo sea idiota.
La agente cortó la discusión con una sola mirada.
—Abre.
Sergio giró la llave. El sonido metálico rebotó por el pasillo y provocó que varios vecinos se acercaran entre sí de forma instintiva. Sonia se pegó más a Marta, Víctor dio un paso hacia atrás sin disimular y Raquel permaneció fuera del corredor central, como si aquella puerta la obligara a respirar peor.
—Pues sí que da alegría este pasillo, madre mía —murmuró Sonia.
—Huele fatal —dijo Raquel desde atrás.
Víctor arrugó la nariz.
—Huele a humedad.
—Pues humedad criminal —contestó Sonia.
Marta ni siquiera tuvo energía para responder.
Cuando Sergio abrió, el interior apareció completamente oscuro hasta que uno de los policías iluminó con la linterna. El haz de luz recorrió herramientas, cajas apiladas, ruedas viejas de bicicleta, una estantería llena de botes de pintura y varias maletas antiguas cubiertas de polvo. También había un perchero desmontado, una silla rota y decenas de objetos acumulados sin demasiado orden, como si durante años Sergio hubiera ido dejando allí cualquier cosa que ya no quería tener en casa pero tampoco se atrevía a tirar.
Al principio no encontraron nada.
Eso, lejos de tranquilizarlos, volvió el ambiente mucho más incómodo.
Uno de los policías empezó a mover cajas mientras la agente apartaba una escalera plegable apoyada contra la pared. La linterna siguió recorriendo el fondo del trastero sin encontrar rastro de Silvia ni de la bolsa que habían visto en la grabación. Carlos observaba cada movimiento con la expresión endurecida, pero su seguridad se iba deshilachando poco a poco.
—Pues ya no entiendo nada —admitió al fin.
Sergio terminó cruzándose de brazos.
—Qué sorpresa.
—Las cámaras siguen sin cuadrarme —respondió Carlos, aunque sonó menos convencido.
—A mí tampoco.
Marta recorrió el trastero con la vista, intentando encontrar algún detalle que justificara aquella absurda acumulación de sospechas.
—Aquí abajo podría haber entrado cualquiera.
La frase dejó al grupo más incómodo que antes. Raquel seguía junto a la puerta sin atreverse a cruzar del todo.
—Quiero irme a mi casa.
Uno de los policías se volvió hacia ella.
—Todavía no queremos que nadie vaya solo.
—Pues entonces me voy acompañada. Pero me voy.
Intentó sonar firme, aunque la voz terminó quebrándosele ligeramente.
Sonia miró alrededor con visible incomodidad.
—¿Soy la única que piensa que los trasteros dan muchísimo miedo?
Víctor señaló una caja llena de revistas húmedas.
—Dan miedo porque están llenos de porquería acumulada desde mil novecientos noventa y ocho.
—Pues eso también da miedo.
Aquella conversación absurda alivió apenas un poco el ambiente mientras uno de los policías seguía revisando el fondo. Marcos permanecía atento, cada vez más incómodo. Había algo en aquel espacio que no terminaba de encajarle, aunque no sabía exactamente qué era. No parecía un detalle evidente, sino una molestia pequeña escondida entre tantas cajas, como una pieza mal colocada dentro de una habitación demasiado llena.
Entonces escuchó un sonido débil.
No fue un golpe ni una voz. Fue algo mucho más pequeño, un roce apagado detrás de unas mantas viejas, como si alguien hubiera intentado moverse sin poder hacerlo.
La linterna del policía se detuvo.
—Quietos.
Sonia se pegó inmediatamente a Marta.
—No me gusta nada cuando alguien dice quietos.
Carlos avanzó medio paso.
—¿Qué ha sido eso?
Sergio se quedó rígido.
—No lo sé.
Y esta vez sonó sincero, o lo bastante bien como para parecerlo.
El policía apartó una caja grande de herramientas, después una maleta rota y finalmente una manta vieja que cubría el fondo del trastero. Al moverla, todos vieron una zapatilla blanca.
Lucía estaba encogida detrás de las cajas, con las manos atadas delante, la boca cubierta con cinta y los ojos abiertos por el pánico.
Durante un segundo el grupo no supo reaccionar.
Después todo ocurrió a la vez.
Marta soltó un grito ahogado, Sonia empujó a Víctor sin querer, Raquel se llevó las manos a la boca y Carlos avanzó tan rápido que uno de los policías tuvo que sujetarlo del brazo para que no contaminara más la escena.
—¡Lucía! —gritó Marta.
El agente se agachó junto a ella y empezó a quitarle la cinta con cuidado mientras su compañera pedía por radio una ambulancia y refuerzos. Lucía lloraba sin sonido, temblando tanto que apenas conseguía mantenerse sentada. Cuando por fin pudo respirar mejor, se agarró al brazo del policía como si tuviera miedo de que volvieran a dejarla allí dentro.
—No… no me dejéis sola —murmuró.
Sonia se arrodilló cerca de ella, aunque la agente le pidió que no se acercara demasiado.
—Cariño, estamos aquí. Te hemos encontrado. Ya está.
—No sé quién era —dijo Lucía con la voz rota—. No sé quién era.
Marta miró a Sergio despacio.
—Estaba en tu trastero.
Sergio permanecía completamente pálido.
—Yo no la he metido ahí.
Carlos soltó una risa amarga, casi incrédula.
—Claro.
Sergio se volvió hacia él con una rabia agotada.
—No me mires así. Te estoy diciendo que no la he metido ahí.
—Está en tu trastero, Sergio.
—Y Silvia también entró en mi trastero en una grabación que alguien cortó justo después. ¿De verdad no veis que esto está demasiado colocado?
La frase consiguió frenar un poco a Carlos, aunque no lo suficiente para borrar la sospecha de su cara. Marcos no intervino. Seguía mirando a Lucía mientras la sacaban despacio del fondo del trastero, envuelta en una manta vieja que Sonia había arrancado de una caja después de gritar que alguien buscara “algo que no pareciera salido de una mudanza maldita”.
El grupo se desplazó hasta la zona de ascensores del garaje. Allí había más espacio, más aire y algo parecido a una distancia de seguridad emocional. Lucía se sentó en un banco de cemento junto al cuarto técnico, temblando bajo la manta mientras la agente le hacía preguntas con una paciencia más humana que policial.
—¿Viste quién te ató? —preguntó la agente.
Lucía negó enseguida.
—No… había poca luz. Solo recuerdo que alguien me agarró por detrás. Olía raro. Como a humedad o lejía. O quizá gasolina. No lo sé. Todo olía fatal.
Sonia apareció con un vaso de café soluble entre las manos.
—Tómate esto, que tienes una cara horrible.
—Eso no ayuda mucho, Sonia —murmuró Marta.
—Pues que no desaparezca más veces.
Hasta la agente terminó soltando una pequeña risa cansada antes de volver a ponerse seria.
Lucía cogió el vaso con ambas manos, aunque apenas bebió. Tenía los ojos clavados en el suelo, como si todavía estuviera dentro del trastero. Raquel se quedó cerca de ella, pero no la tocó. Marcos notó algo raro en esa distancia. No era indiferencia. Era culpa. Una culpa pequeña y nerviosa que Raquel intentaba esconder mirando su móvil apagado.
—Te juro que pensé que no iba a salir de ahí —murmuró Lucía.
Marta se sentó a su lado.
—Ya estás fuera.
—No quiero volver a mi piso.
—Nadie va a mandarte sola a ninguna parte.
Lucía asintió, pero no pareció tranquilizarse.
Mientras tanto, uno de los policías siguió revisando el trastero de Sergio. Ya nadie hacía bromas. El hecho de haber encontrado a Lucía allí dentro lo había cambiado todo. La sospecha ya no era una idea flotando entre vecinos agotados, sino algo físico y concreto: una puerta abierta, unas cajas movidas y una persona atada en el fondo.
Sergio se quedó junto a la pared del garaje, apartado de todos. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la sudadera y la mandíbula apretada. Carlos no dejaba de observarlo.
—No me mires más —dijo Sergio sin levantar la cabeza.
—No estoy haciendo nada.
—Llevas diez minutos acusándome con la cara.
—Lucía estaba en tu trastero.
—Y yo he abierto delante de todos.
—Porque no te quedaba otra.
Marta se interpuso entre ambos con un cansancio cada vez más visible.
—Parad ya. Los dos.
Marcos volvió entonces al trastero acompañado por uno de los agentes. Había algo que seguía molestándole. Quizá era la forma en que habían encontrado a Lucía demasiado al fondo, casi como si alguien hubiera querido esconderla pero no matarla. Quizá era la ausencia de Silvia. O quizá era que todo aquello parecía diseñado para convertir a Sergio en culpable demasiado deprisa.
El interior del trastero estaba más revuelto que antes. Algunas cajas habían quedado abiertas, las maletas viejas se apilaban contra una pared y la manta donde habían ocultado a Lucía yacía en el suelo como una piel abandonada. Marcos observó las estanterías, los botes de pintura, las herramientas y los objetos amontonados sin saber qué buscaba exactamente.
Entonces vio la taza.
Estaba medio escondida detrás de una caja de herramientas, demasiado nueva para llevar años allí abajo, y el dibujo azul del lateral le resultó tan familiar que tardó un instante en reaccionar. Se acercó despacio, agachándose lo justo para verla mejor.
La taza pertenecía al piso de su padre.
—Esa taza no es tuya —dijo.
Sergio se volvió hacia él desde la puerta.
—¿Qué?
Marcos señaló directamente hacia el fondo.
—Es de mi casa.
Uno de los policías enfocó la taza con la linterna y Sergio tardó un segundo en responder mientras intentaba reconocerla.
—Ni siquiera la había visto.
—Pues estaba detrás de tus cajas —dijo Marcos sin apartar la atención de ella.
Carlos soltó una risa corta, más desconcertada que agresiva.
—Madre mía…
Sergio empezó a perder la paciencia otra vez.
—No sé qué hace eso ahí.
Pero Marcos apenas escuchaba ya la discusión. Seguía mirando aquella taza blanca mientras recordaba a su padre desayunando en el salón, escuchando la radio y criticando las noticias como si el país entero dependiera de él. Era una taza absurda donde ponía “HOY TAMPOCO ME APETECE MADRUGAR”, una de esas tonterías que Marcos había visto cientos de veces junto al periódico, las gafas y las migas de tostada sobre la mesa.
Ahora estaba allí abajo, escondida dentro del trastero de Sergio como si alguien la hubiera dejado a propósito, esperando que tarde o temprano alguien terminara encontrándola.
Uno de los policías preguntó si faltaban más cosas del piso y Marcos tardó varios segundos en responder.
—No lo sé.
Y era verdad.
Hacía semanas que evitaba mirar demasiadas cosas dentro de la vivienda. Dormía allí, comía allí, abría armarios y encendía luces, pero muchas veces seguía sintiendo el piso más como una casa detenida que como un lugar realmente suyo.
Marta debió notar algo en su expresión porque se acercó un poco más.
—Marcos…
Él seguía pendiente de la taza.
—Quiero subir arriba.
No lo dijo como una ocurrencia, sino como una necesidad repentina. Si alguien había dejado una taza de su padre en el trastero de Sergio, quizá también había entrado en su casa sin que él lo supiera.
—Ahora mismo mejor no vayas solo —dijo la agente.
Carlos habló desde el fondo.
—Pues subimos todos.
Aquella idea, aunque absurda, terminó imponiéndose porque ninguno parecía tener muchas ganas de quedarse separado del grupo. Lucía se quedó en el garaje con Sonia y la agente joven, envuelta en la manta y demasiado temblorosa para volver a subir todavía. Raquel permaneció unos segundos junto a ella, pero finalmente siguió al resto cuando Marta la llamó por su nombre.
Subieron hacia la quinta planta en un silencio más cansado que solemne. Algunos vecinos llevaban la ropa mojada, otros caminaban arrastrando los pies y Víctor se quejaba de la rodilla mientras Sonia, desde abajo, les gritaba que no tocaran nada raro “sin hacerle antes una foto mental”.
La puerta del piso de Marcos seguía cerrada.
Aquello, por algún motivo, lo descolocó todavía más.
Introdujo la llave lentamente. Cuando abrió, el recibidor apareció exactamente igual que siempre. La pequeña lámpara amarilla seguía encendida junto al espejo, el paragüero metálico continuaba lleno de revistas viejas enrolladas y el reloj del pasillo seguía adelantando cuatro minutos porque su padre llevaba años diciendo que así “la gente llegaba puntual sin darse cuenta”.
Marcos tardó unos segundos en entrar.
El piso olía como siempre: café viejo, ambientador barato, humedad y aquella colonia anticuada que Antonio utilizaba incluso para bajar la basura.
Todo parecía en su sitio.
Y eso, después de encontrar la taza de su padre en un trastero ajeno, no tranquilizó a Marcos en absoluto.
Si has llegado hasta aquí… ya sabes que en Mirador Este nadie dice toda la verdad.
Han desaparecido 12.000 euros de la cuenta de la comunidad.
Los vecinos empiezan a acusarse entre ellos.
Y lo peor no está en el dinero.
Está detrás de la puerta del 3ºD.
Puedes seguir la historia completa en Ellos.
Pero si decides entrar en Mirador Este… ya no mirarás igual a tus vecinos.