PRÓLOGO

La invitación

 

La tarde en que su madre apareció frente al instituto sin avisar, Dácil supo que algo grave estaba pasando antes incluso de abrir la puerta del coche. Marta nunca llegaba con tanta antelación, nunca aparcaba en doble fila y jamás se quedaba mirando la entrada con las manos clavadas al volante, como si esperara ver salir a alguien que no fuera su hija.

Llovía poco, pero lo suficiente para convertir la salida de clase en un caos de paraguas torcidos, mochilas abiertas, alumnos cruzando entre coches y padres tocando el claxon. Dácil atravesó el paso de peatones con la capucha puesta y la mochila colgada de un hombro, todavía pensando en el examen de Historia y en el mensaje que Adara le había mandado durante la última hora, pero todo eso perdió importancia al ver la cara de su madre a través del cristal.

Marta no la saludó ni bajó la ventanilla. Tenía el teléfono encendido sobre el asiento del copiloto y una palidez tan rara que Dácil sintió una presión incómoda en el estómago antes de sentarse.

—Mamá, ¿qué haces aquí? Hoy salía a las tres y media.

Marta miró primero el teléfono, luego la puerta del instituto y por último a ella, como si necesitara comprobar que estaba allí de verdad.

—¿Te ha llegado algo?

—¿Algo de qué?

—Un mensaje.

Dácil sacó su móvil del bolsillo, aunque ya sabía lo que iba a encontrar. La pantalla estaba negra. Llevaba tres días fallando, apagándose sin motivo y perdiendo batería en una hora. Hasta entonces había pensado que era viejo o que se le había estropeado por las caídas, pero la forma en que Marta miró el aparato le hizo sospechar que no se trataba de un simple fallo.

—No me llega nada porque sigue muerto. ¿Por qué? ¿Qué mensaje?

Su madre cerró los ojos un instante. No pareció tranquila, sino como si acabara de ganar unos minutos en una cuenta atrás que solo ella conocía.

—Entonces todavía no.

—¿Todavía no qué?

Marta arrancó sin contestar y salió de la zona del instituto con demasiada rapidez. En lugar de tomar la avenida que llevaba a casa, giró por una calle lateral y miró dos veces por el retrovisor. Dácil se volvió hacia la luneta trasera, pero solo vio coches, lluvia y alumnos caminando por la acera.

—¿Adónde vamos?

—A comprar otro móvil.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Dijiste que esperáramos al viernes.

—He cambiado de idea.

La respuesta fue demasiado seca. Dácil se quitó la capucha, dejó la mochila a sus pies y observó de perfil a la mujer que normalmente discutía con ella por los vasos sin recoger, cantaba fatal en el coche y le preguntaba tres veces si había estudiado aunque ya supiera la respuesta. Aquella tarde Marta no parecía su madre. Parecía una persona que llevaba muchos años escondiendo algo y acababa de descubrir que el escondite ya no servía.

—¿Tiene que ver con San Gabriel?

El coche dio un pequeño volantazo y el vehículo de detrás pitó con rabia. Marta corrigió enseguida la dirección, pero el gesto la delató mucho más que cualquier palabra.

—¿Quién te ha hablado de San Gabriel?

—Todo el mundo habla de San Gabriel.

—No como tú lo has dicho.

Dácil sintió una mezcla de miedo y enfado, porque su madre acababa de usar esa voz que siempre significaba no preguntes más, justo cuando lo único que podía hacer era preguntar.

—Lo nombraron ayer en clase. Marcos dijo que unos chicos fueron allí el fin de semana y escucharon una campana dentro, aunque el edificio está cerrado desde hace años. Adara dijo que eso era mentira, que su primo entró una vez y solo encontró ratas, colchones viejos y pintadas. Raúl se rió, Fayna cambió de tema y Rayco contó que su padre no le dejaba acercarse ni a la carretera. Ya está. Es una historia de instituto.

Marta no respondió, y ese silencio convirtió la historia de instituto en otra cosa.

Condujo hasta un aparcamiento medio vacío junto a un centro comercial pequeño, apagó el motor y se quedó mirando la lluvia que resbalaba por el parabrisas. Durante un momento pareció más joven y más cansada, como si el nombre de aquel internado hubiera abierto una puerta en su memoria.

—Yo estuve allí —dijo al fin.

Dácil tardó unos segundos en entenderla.

—¿En San Gabriel?

Marta asintió sin mirarla.

—No como alumna. No oficialmente. Fue una noche, cuando tenía tu edad, y nunca debería haber ido.

—¿Por qué no me lo has contado?

—Porque esperaba no tener que hacerlo nunca.

La frase cayó entre las dos con una fuerza extraña. San Gabriel siempre había sido una leyenda de ciudad pequeña, el típico edificio abandonado que los adolescentes usaban para hacerse los valientes y los adultos fingían no recordar. Que su madre acabara de colocarse dentro de esa historia lo cambiaba todo.

—¿Qué pasó allí?

Marta abrió la boca, pero el teléfono del asiento del copiloto se iluminó antes de que pudiera responder. Dácil bajó la vista casi sin querer y vio una pantalla blanca con una pregunta en el centro.

¿Aceptas?

Su madre reaccionó con tanta rapidez que la asustó. Cogió el aparato, lo apagó de golpe y lo guardó en el bolso como si acabara de quitar de en medio algo peligroso.

—No lo mires.

—Ya lo he visto.

Marta se volvió hacia ella con una seriedad que le cambió la cara.

—Escúchame bien, Dácil. Si alguna vez te llega una invitación, no contestes. No preguntes quién la manda. No pulses ningún enlace. No se la enseñes a nadie del instituto y no intentes averiguar nada por tu cuenta. Aunque ponga mi nombre, aunque te diga cosas de mí, aunque creas que puedes ayudarme, no aceptes. Prométemelo.

Dácil nunca había oído a su madre suplicar así. No era una orden ni una advertencia exagerada de adulto, sino miedo puro.

—¿Qué invitación?

Marta le agarró la muñeca.

—Prométemelo.

—Vale. Te lo prometo.

Su madre la soltó despacio y respiró hondo, aunque no parecía más tranquila. Durante unos segundos dio la impresión de que iba a contarle la verdad, pero al final hizo lo mismo que llevaba haciendo desde que Dácil tenía memoria cada vez que una conversación tocaba algo incómodo: cerró la puerta antes de que saliera nada.

—Vamos a comprar el móvil.

Aquella noche, la casa no sonó igual. El teléfono nuevo estaba sobre el escritorio, cargándose junto a los libros de Física, y Marta se comportó durante la cena como si no hubiera pasado nada. Preguntó por los deberes, se quejó de la factura de la luz y preparó una tortilla demasiado salada, pero cada pocos minutos miraba hacia el pasillo como si esperara oír algo.

Dácil fingió no darse cuenta. Por dentro, sin embargo, repasaba una y otra vez la pregunta de la pantalla, el nombre de San Gabriel y la forma en que su madre había pronunciado la palabra invitación.

A las dos y diecisiete la despertó el sonido suave de un cajón abriéndose en la cocina. Se levantó sin encender la luz y abrió la puerta de su habitación con cuidado. Desde el pasillo vio una franja amarilla bajo la puerta entornada y escuchó a Marta remover papeles.

Su madre estaba sentada a la mesa con una caja metálica delante. Dentro había fotografías viejas, una cinta de casete, una llave oxidada, varios recortes de periódico y un uniforme escolar doblado con demasiado cuidado para ser un simple recuerdo. Marta sacó una foto y la miró durante tanto rato que Dácil notó un nudo en el pecho. Desde donde estaba no pudo distinguirlo todo, pero sí vio una escalera de madera, varias chicas con uniforme y una mancha negra en un lado, como si alguien hubiera quemado parte de la imagen.

Entonces Marta susurró el nombre de Iris, y el modo en que lo dijo hizo que a Dácil se le enfriaran las manos.

El móvil nuevo vibró dentro del dormitorio.

La vibración fue larga, insistente, imposible de confundir con una notificación normal. Marta levantó la cabeza al instante. Dácil retrocedió, volvió a su habitación y cerró la puerta con el pulso acelerado.

El teléfono estaba encendido.

No aparecía ninguna aplicación abierta, ningún número ni ningún remitente. Solo había una frase escrita sobre fondo blanco.

Tu madre aceptó antes que tú.

La promesa que le había hecho a Marta le quemó por dentro. No debía contestar, no debía preguntar y no debía aceptar, pero debajo de aquella frase aparecieron dos botones muy claros.

Aceptar.

Rechazar.

Antes de que pudiera tocar nada, una segunda línea apareció bajo la primera.

Si rechazas, ella vuelve sola.

Al otro lado de la puerta oyó pasos rápidos en el pasillo y la voz de su madre, demasiado cerca ya.

—Dácil, no abras nada. No toques el móvil.

La pantalla cambió de golpe.

Parking trasero. Puerta de mantenimiento. Tres minutos.

Después apareció una imagen tomada desde la cámara de seguridad del garaje. Marta se veía en la cocina, de espaldas, todavía junto a la caja metálica. La imagen cambió a otro ángulo y mostró la entrada del edificio. Luego apareció un tercer plano, borroso, donde se veía el viejo internado San Gabriel detrás de una verja cerrada.

Alguien las estaba vigilando.

Dácil sintió que el miedo se convertía en rabia. Aquello ya no era una leyenda, ni una broma, ni un mensaje raro. Había alguien detrás. Alguien que conocía a su madre, sabía dónde vivían, había entrado en sus cámaras y estaba usando el pasado de Marta para obligarla a moverse.

Su madre abrió la puerta justo cuando ella agarraba el teléfono.

—Dácil, dame eso.

La chica retrocedió un paso.

—¿Quién es Iris?

Marta se quedó blanca.

—No hay tiempo.

—¿Quién es Noah?

La reacción fue todavía peor. A Marta se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no contestó.

—Tienes que confiar en mí.

—Llevo toda la noche intentando hacerlo, pero no me estás contando nada.

El móvil volvió a vibrar.

Última oportunidad.

Marta vio la pantalla y se lanzó hacia ella, pero Dácil ya había tomado una decisión que no entendía del todo. No podía quedarse quieta viendo cómo alguien manejaba a su madre desde una pantalla. No podía prometer obediencia cuando la única persona que podía explicarle algo llevaba años callando.

Pulsó aceptar.

El teléfono se apagó, y durante unos segundos solo quedó el ruido de la respiración de ambas en medio del dormitorio. Marta permaneció inmóvil, con una mano extendida hacia ella y una expresión de terror tan abierta que Dácil sintió por primera vez que tal vez acababa de cometer el peor error de su vida.

Entonces sonó el telefonillo de la entrada.

La pantalla pequeña del recibidor se encendió sola. La cámara mostraba el parking trasero del edificio, casi vacío, iluminado por tubos fluorescentes. En una esquina, junto a la puerta de mantenimiento que llevaba años cerrada, había una persona con capucha oscura y guantes negros. No se le veía la cara, pero levantó una mano y enseñó una llave roja.

Dácil dio un paso hacia el pasillo.

—Es una persona.

—Claro que es una persona —dijo Marta, y su voz se rompió—. Eso es lo que siempre fue.

La frase la golpeó más que cualquier otra cosa. Su madre no tenía miedo de fantasmas ni de leyendas, sino de alguien real que había vuelto después de muchos años.

El móvil volvió a encenderse en la mano de Dácil.

Baja sola o ella baja contigo.

Marta agarró a su hija por los hombros.

—Escúchame. Si vas, no creas nada de lo que te enseñen. Van a usar fotos, grabaciones, cosas que no entiendes y cosas que yo debí contarte antes. Van a hacer que dudes de todos. Sobre todo de mí.

—Entonces dime la verdad ahora.

Marta cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos parecía haber envejecido varios años.

—En San Gabriel desapareció una chica.

Dácil sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Iris?

—Nos hicieron repetir una mentira hasta que sonó verdad.

El telefonillo sonó por tercera vez. La figura seguía esperando junto a la puerta de mantenimiento.

—¿Y Noah? —preguntó Dácil.

Marta apretó los dedos sobre sus hombros.

—Pase lo que pase, no confíes en Noah.

Antes de que pudiera preguntar más, la luz del piso se apagó. No fue una oscuridad total, porque la pantalla del telefonillo seguía encendida y el móvil también, pero el pasillo quedó cubierto por una penumbra azulada. Se escuchó un golpe en la cerradura de la entrada, luego otro más bajo, y finalmente el sonido de la puerta abriéndose desde fuera.

Marta empujó a Dácil hacia su habitación.

—Métete dentro y cierra.

—No voy a dejarte sola.

—Hazlo, por favor.

La figura apareció al fondo del pasillo con capucha, mascarilla negra y guantes. En una mano sostenía la llave roja. En la otra llevaba el móvil antiguo de Dácil, el que supuestamente estaba roto y guardado en un cajón.

Marta ahogó un sonido de horror.

—No.

La persona dejó el teléfono viejo en el suelo y habló con una voz distorsionada.

—La invitación ha sido aceptada.

Marta se colocó delante de su hija.

—Se la has mandado a una menor.

—Igual que hicisteis vosotros.

—Esto no tiene nada que ver con ella.

—Tiene vuestro apellido.

La figura lanzó una fotografía al suelo. La imagen resbaló por el pasillo hasta quedar junto a los pies de Dácil. En ella aparecía Marta de adolescente, con uniforme de San Gabriel, delante de unas escaleras de madera. A su lado había una chica de pelo oscuro cuya cara estaba marcada con una cruz roja.

Detrás de la foto había una frase escrita con rotulador negro.

Tu madre salió porque Iris se quedó.

Dácil levantó la vista, pero ya era tarde. La figura avanzó hacia ella con una rapidez brutal. Marta intentó detenerla, hubo un forcejeo, algo cayó al suelo y una mano enguantada le tapó la boca antes de que pudiera gritar. La chica pataleó, mordió, intentó agarrarse al marco de la puerta, pero la persona que la sujetaba tenía demasiada fuerza.

Lo último que vio de su casa fue a Marta en el suelo del pasillo, intentando levantarse mientras repetía su nombre con una desesperación que la acompañaría mucho tiempo.

Luego una tela húmeda le cubrió la nariz y la boca, y el mundo empezó a volverse lento, borroso, lleno de luces que se estiraban hasta desaparecer.


CAPÍTULO 1

El ala este

 

Cuando Dácil abrió los ojos, lo primero que notó fue el frío de una silla metálica contra la espalda y un dolor extraño en las muñecas, como si alguien se las hubiera sujetado durante demasiado tiempo. Tardó unos segundos en recordar el pasillo de su casa, la figura con capucha, la voz distorsionada, la mano enguantada tapándole la boca y a su madre en el suelo, intentando levantarse mientras repetía su nombre.

Intentó ponerse en pie, pero las piernas no le respondieron a la primera. No estaba atada, aunque el cuerpo le pesaba y tenía la boca seca, la garganta irritada y una presión leve detrás de los ojos. Al moverse, la silla chirrió sobre las baldosas, y aquel sonido se extendió por el pasillo con tanta claridad que sintió que el edificio entero acababa de enterarse de que estaba despierta.

No estaba en su casa.

Estaba en un corredor largo, abandonado y húmedo, con taquillas metálicas a ambos lados, ventanas altas cubiertas de lluvia y luces de tubo que parpadeaban en el techo. Las paredes estaban manchadas, algunos carteles escolares colgaban torcidos y las puertas tenían números oxidados, pero había detalles que no encajaban con un edificio muerto: cables recientes pegados a las esquinas, una cámara pequeña junto a una tubería y una luz roja encendida sobre una puerta doble al fondo.

Alguien había preparado San Gabriel para recibirlos.

La idea le dio más miedo que cualquier leyenda. No había aparecido allí por una fuerza imposible. La habían llevado. Habían entrado en su casa, habían usado su móvil, habían amenazado a su madre y ahora la tenían dentro del internado que Marta llevaba media vida intentando no nombrar.

Dácil se levantó apoyándose primero en la silla y después en la pared. Frente a ella, seis taquillas brillaban bajo la luz temblorosa. Cada una tenía una placa metálica nueva, demasiado limpia para aquel pasillo sucio.

De nuevo, seis nombres: Dácil, Raúl, Adara, Fayna, Rayco y Noah.

La taquilla con su nombre estaba abierta. Dentro había una llave roja colgada de un cordón, una fotografía de Marta con uniforme de San Gabriel y una nota doblada en dos. La cogió con dedos torpes y leyó el mensaje escrito con rotulador negro.

Bienvenida a la habitación 12. Esta vez no saldrán todos.

El estómago se le cerró. Miró la fotografía y vio a su madre mucho más joven, quizá con la misma edad que ella tenía ahora, sentada en unas escaleras de madera junto a otras chicas vestidas con uniforme. Marta sonreía, pero no parecía feliz. Tenía los ojos puestos en la cámara con una tensión que Dácil reconoció demasiado bien, porque era la misma expresión que le había visto en el coche unas horas antes.

En la parte derecha de la foto había una zona quemada. El papel se había oscurecido justo donde debía de aparecer otra persona. Al darle la vuelta, encontró otra frase escrita con la misma letra.

Tu madre salió porque Iris se quedó.

Dácil apretó la foto sin querer. Iris. Su madre había susurrado ese nombre en la cocina, frente a la caja metálica, como si fuera una culpa enterrada. Ahora ese nombre estaba unido a San Gabriel, a la nota y a la amenaza de que no todos saldrían.

Se obligó a respirar. Primero tenía que encontrar una salida. Después buscaría un teléfono, una ventana que pudiera abrirse, una puerta sin candado o cualquier cosa que la acercara a su madre.

Cogió la llave roja y avanzó hacia la puerta doble del fondo, pero antes de llegar a mitad del pasillo una voz salió de los altavoces y la obligó a detenerse.

—La invitación ha sido aceptada. La ronda puede empezar.

Era una voz infantil, grabada y deformada, con un tono alegre que sonaba horrible en aquel lugar vacío. Dácil levantó la cabeza hacia la cámara de la esquina, que se movió apenas unos centímetros para apuntarla mejor.

—¿Quién eres? —preguntó, intentando que no se le rompiera la voz.

La pantalla sobre la puerta doble se encendió. Primero mostró interferencias, después una imagen borrosa de Marta en el suelo del pasillo de casa y, al final, una frase blanca sobre fondo negro.

Si quieres volver a verla, sigue las normas.

La rabia le subió tan rápido que casi le quitó el miedo.

—¡Déjala en paz!

La pantalla se apagó. Durante un momento solo se escucharon la lluvia contra los cristales y el zumbido de los fluorescentes. Después, al otro lado de la puerta doble, alguien golpeó la madera con fuerza.

Dácil retrocedió un paso.

El golpe se repitió, acompañado de una voz de chico.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡Abrid!

La voz parecía real, no una grabación. Había alguien encerrado al otro lado, y aunque no sabía si eso era bueno o malo, la idea de no estar sola le dio el valor suficiente para acercarse.

—Está cerrada —dijo, tirando de uno de los pomos.

—Pues apártate.

—¿Qué vas a hacer?

No tuvo tiempo de recibir respuesta. Al segundo impacto, una de las hojas se abrió hacia dentro con un chirrido seco y un chico entró casi cayéndose al corredor, empapado, con la chaqueta torcida y una mochila colgando de un hombro.

Dácil lo reconoció enseguida. Era Raúl, uno de los chicos de su instituto. No eran amigos, pero todo el mundo sabía quién era porque siempre estaba metido en alguna broma, alguna discusión o algún comentario que hacía reír a media clase. En los pasillos parecía seguro de sí mismo, incluso demasiado. Allí, con la camiseta mojada pegada al cuerpo y la respiración acelerada, el miedo se le veía aunque intentara taparlo con enfado.

—Vale, ya está —dijo, abriendo los brazos—. Me habéis traído al colegio fantasma, me habéis encerrado y casi me parto el hombro para salir. Ahora dime dónde están los demás.

Dácil tardó un segundo en contestar.

—No hay demás. O al menos yo no he visto a nadie.

—Claro que hay más gente. Esto tiene que ser cosa de alguien.

—Alguien sí. Pero no creo que sea quien tú piensas.

Raúl miró mejor el pasillo, la silla metálica, la taquilla abierta y la nota que ella sostenía en la mano. Después reparó en la fila de nombres. Cuando encontró el suyo, dejó de moverse.

—Eso no estaba ahí cuando he entrado.

—Ya estaba cuando he despertado.

—¿Despertado?

—Me han traído drogada desde mi casa.

La frase lo descolocó. Durante un instante se le borró la arrogancia, y lo que quedó debajo era un chico asustado intentando entender si acababa de escuchar algo real.

—A mí también me taparon la cara en el garaje de mi edificio —dijo al fin, con la voz más baja—. Lo último que recuerdo es que alguien me preguntó si aceptaba.

Dácil sintió un pequeño golpe de alivio, no porque aquello fuera bueno, sino porque ya no estaba sola dentro de la locura.

—Mi madre sabía que iba a pasar.

Raúl volvió a mirar las taquillas.

—¿Qué quieres decir?

—Me dijo que no aceptara ninguna invitación. También me dijo que no confiara en Noah.

El nombre hizo que los dos miraran la última placa.

Noah.

Raúl se acercó un poco, aunque no tocó la taquilla.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Pues tu madre parece que sí.

A Dácil no le gustó el tono, aunque sabía que tenía razón. Marta le había ocultado San Gabriel, Iris, la invitación y el nombre de Noah. Cada secreto era una puerta cerrada, y ahora ella estaba al otro lado de todas.

La megafonía volvió a crujir.

—Primera norma: cada invitado debe recoger lo que le pertenece.

Raúl levantó la cabeza hacia el altavoz.

—¿Invitado? ¿De verdad está llamando invitado a alguien que han secuestrado?

La cámara de la esquina giró hacia él, y su taquilla hizo un clic limpio, mecánico. La puerta metálica se abrió unos centímetros.

Raúl no se movió.

—Ni de coña voy a tocar eso.

La pantalla sobre la puerta doble se encendió de nuevo. Esta vez mostró la imagen de un garaje, un coche oscuro y una mujer sentada al volante, llorando mientras hablaba por teléfono. Raúl dejó de respirar con normalidad.

—Mamá —murmuró.

Debajo de la imagen apareció una frase.

Si Raúl no recoge su llave, ella recibe la segunda llamada.

El chico avanzó hacia la taquilla con la cara blanca. Dentro había una tarjeta magnética quemada por un extremo, una pulsera de tela con el escudo de San Gabriel, una llave negra colgada de un hilo gris y una fotografía pequeña de un hombre joven vestido con mono de mantenimiento. El hombre sonreía junto a unas escaleras de madera y sostenía una caja de herramientas.

Raúl cogió la foto antes que la llave, y Dácil supo que lo había reconocido por la forma en que le cambió la cara.

—¿Quién es? —preguntó ella.

—Mi padre.

La respuesta salió seca, pero a él le temblaban los dedos.

—Mi madre siempre dijo que él nunca trabajó aquí —añadió—. Decía que San Gabriel era una historia inventada para asustar niños.

Dácil le enseñó la fotografía de Marta.

—La mía dijo que nunca había estado aquí.

Raúl comparó las escaleras de las dos imágenes. Eran las mismas. No había duda. El pasado de sus familias se cruzaba en aquel lugar, y alguien lo sabía.

—Nos han traído por ellos —dijo él.

La frase era tan sencilla que dio más miedo que cualquier explicación complicada.

La pantalla volvió a encenderse. No mostró a sus madres, sino una sala con varias pantallas, cables y una mano con guante apoyada sobre un teclado. Alguien estaba controlando el ala este en directo.

Raúl dio un paso hacia la cámara.

—¡Da la cara!

La voz infantil respondió por los altavoces.

—Gritar no abre puertas.

—Pues ven aquí y te abro yo la cabeza.

Dácil lo agarró del brazo antes de que siguiera.

—Raúl, para.

—¿Que pare? Hay un tío con guantes mirando desde una habitación llena de pantallas.

—Y sabe dónde están nuestras madres.

Eso lo hizo callar.

Dácil se acercó a la puerta doble por la que él había entrado y miró al otro lado. El pasillo continuaba hacia una zona de dormitorios, con puertas numeradas y paredes cubiertas de humedad. En el suelo había huellas mojadas que no eran solo de Raúl. Alguien más había pasado por allí hacía poco.

—¿Por dónde has entrado?

—He despertado en una sala con literas viejas. La puerta estaba cerrada y he empezado a golpear hasta que ha cedido.

—¿Viste a alguien?

Raúl dudó antes de contestar.

—Oí pasos.

—¿Pasos de quién?

—No lo sé, pero no eran míos.

Dácil miró hacia el pasillo de dormitorios. No quería avanzar, pero quedarse junto a las taquillas tampoco era una opción. Su llave roja tenía una etiqueta pequeña donde alguien había escrito habitación 12. La de Raúl era negra y él la sostenía por el hilo gris, como si el metal pudiera quemarle.

—Mi llave abre la habitación 12.

Raúl soltó una risa nerviosa.

—Maravilloso. Sigamos las instrucciones del secuestrador, que seguro que nos cuida muchísimo.

Dácil se giró hacia él, cansada de su forma de atacar para no admitir que estaba asustado.

—No sé quién nos ha traído aquí, no sé qué pasó en 1999 y no sé por qué mi madre me ocultó todo esto. Pero esa persona tiene cámaras, cerraduras, nuestros móviles, fotos de nuestras familias y acceso a nuestras casas. Si quiere que vayamos a la habitación 12, podemos ir con cuidado o podemos quedarnos discutiendo hasta que active otra cosa.

Raúl miró la pantalla apagada, la cámara de la esquina y las otras taquillas cerradas.

—Faltan Adara, Fayna, Rayco y Noah.

—Y todos van a nuestro instituto.

—Esto no puede ser casualidad.

—Nada de esto parece casualidad.

La megafonía crujió de nuevo, pero esta vez no habló la voz infantil. Sonó una melodía suave, antigua, como una canción de cuna grabada con mala calidad. Dácil la reconoció al instante. Era la misma que su madre tarareaba algunas noches en casa, cuando creía que nadie la escuchaba.

—Esa canción la conocía mi madre.

Raúl miró hacia el pasillo de dormitorios.

—Pues alguien quiere que la oigas.

Al fondo, una luz se encendió sobre una puerta con el número 12. Para llegar tenían que cruzar todo el pasillo, pasar junto a habitaciones cerradas y alejarse de la única zona que habían visto hasta entonces. Aun así, la luz sobre el marco no dejaba dudas. Los estaban guiando.

Raúl agarró la llave negra por el cordón y empezó a caminar.

—Vamos rápido.

Dácil lo siguió. Algunas puertas tenían arañazos cerca del pomo. Otras estaban marcadas con números casi borrados. En la 7 se oía un pitido débil, como el de un aparato encendido detrás de la madera. En la 9 olía a cloro, un olor fuerte y limpio que no encajaba con la humedad del internado.

Al pasar junto a la 10, algo golpeó al otro lado y Raúl se detuvo.

Dácil le agarró la manga.

—No abras.

—Puede haber alguien.

—O puede ser una grabación.

El golpe volvió a sonar, seguido de una voz muy baja que pidió ayuda.

Raúl miró a Dácil. Ella sintió el impulso de abrir, porque la voz parecía de una chica, quizá Adara, quizá Fayna. Pero también recordó la pantalla, las cámaras, las normas y la facilidad con la que quien controlaba el edificio había usado a su madre para obligarla a aceptar.

—Di tu nombre —pidió Dácil, acercándose un poco a la puerta.

Al otro lado hubo un silencio corto, y luego la misma voz repitió exactamente la misma palabra, con el mismo tono y la misma respiración.

Raúl apretó los dientes.

—Es una grabación.

—Eso creo.

Siguieron avanzando. La habitación 12 estaba al final, iluminada por una bombilla desnuda sobre el marco. La llave roja entró con demasiada facilidad en la cerradura para una puerta supuestamente abandonada. Dácil giró y oyó el clic de un mecanismo nuevo escondido dentro de madera vieja.

La habitación se abrió hacia dentro.

No era grande. Tenía dos camas estrechas, un escritorio, un armario antiguo, una ventana cubierta por lluvia y una cámara pequeña colocada en una esquina del techo. Sobre la cama izquierda había una libreta verde. En la pared, justo encima, alguien había pegado una fotografía grande del internado antes del cierre.

Raúl entró primero, miró la cámara y levantó el dedo corazón hacia ella.

—Por si nos están viendo.

—Nos están viendo seguro.

Dácil cerró la puerta sin bloquearla y se acercó a la libreta. En la portada había un nombre escrito a mano.

Marta Ruiz.

Debajo, con otra letra, aparecía una segunda línea.

Primera ronda. Año 1999.

Dácil abrió la libreta con cuidado. Las primeras páginas tenían horarios de clase, nombres de profesores y apuntes normales, como si de verdad hubiera pertenecido a una alumna. Pero hacia la mitad la letra cambiaba. Se volvía rápida, torcida, llena de frases escritas a escondidas.

No todos han sido invitados.

La llave negra no abre salidas.

Si Noah aparece, no le creas primero.

Raúl leyó por encima de su hombro.

—Tu madre conocía a Noah.

—O conocía a alguien que usaba ese nombre.

—Eso no me tranquiliza nada.

Dácil pasó otra página y encontró un sobre pegado con cinta. Dentro había una fotografía pequeña. Mostraba a Marta junto a una chica de pelo oscuro y ojos grandes. Ambas llevaban uniforme. Marta miraba a la cámara, pero la otra parecía estar mirando a alguien fuera de la imagen, con miedo.

En el reverso había un nombre escrito.

Iris.

Dácil sintió que el pecho se le apretaba.

—Es ella.

Raúl se acercó a la fotografía grande de la pared.

—Aquí también sale tu madre.

La imagen mostraba a un grupo de alumnos delante de San Gabriel, cuando el edificio todavía estaba limpio y abierto. Dácil encontró a Marta en la segunda fila, cerca de las escaleras. A su lado tendría que estar Iris, pero alguien había raspado su cara con tanta fuerza que casi había roto el papel.

Raúl señaló una esquina inferior.

—Y ahí está mi padre.

El hombre del mono de mantenimiento aparecía medio girado, como si no formara parte de la foto y hubiera quedado atrapado por accidente. Llevaba la misma caja de herramientas que en la imagen de la taquilla. La expresión de Raúl cambió al verlo allí, no con sorpresa, sino con la sensación de que una sospecha que llevaba años sin nombre acababa de encontrar una prueba.

La tableta del escritorio se encendió de golpe.

No era un ordenador viejo. Era un dispositivo moderno colocado sobre un soporte, con un cable que entraba por un agujero abierto en la pared. Primero apareció la imagen de una carpeta de archivos. Después se reprodujo un vídeo antiguo.

La grabación se veía mal, con interferencias y cortes, pero la escena era clara. Un grupo de adolescentes corría por el ala este muchos años atrás. Marta aparecía con una llave roja en la mano. Iris iba delante, llorando, mientras alguien gritaba que cerraran la puerta antes de que llegara la vigilante. Se oían risas nerviosas, pasos y una voz masculina diciendo que aquello solo era una prueba.

Raúl se inclinó hacia la pantalla.

—Ese es mi padre.

En la imagen, Samuel sostenía una llave negra y discutía con otro chico al que la cámara no enfocaba bien. Alguien fuera de plano le gritó que usara la llave, y Samuel obedeció.

La puerta de una habitación se cerró con Iris dentro.

La grabación se cortó justo cuando Marta empezaba a gritar.

Dácil se quedó inmóvil. No había fantasmas, ni habitaciones imposibles, ni leyendas. Había una grabación real, una prueba guardada durante años y usada ahora contra ellos.

Raúl apagó la tableta de un golpe.

—No sabemos qué pasó antes.

—No he dicho nada.

—Pero lo has pensado.

—He pensado que alguien nos está enseñando solo una parte.

Eso lo frenó. El chico respiró hondo, todavía mirando la pantalla apagada.

—Mi padre no era un asesino.

—Mi madre tampoco.

La tableta volvió a encenderse, seguramente controlada desde fuera. En la pantalla apareció una nueva frase.

Segunda ronda: abrir la puerta correcta.

Debajo se encendió una cuenta atrás de diez minutos.

Raúl miró el número con rabia.

—¿La puerta correcta de qué?

La respuesta llegó por los altavoces, esta vez con una voz adulta distorsionada, no con la grabación infantil.

—En una de las habitaciones hay una invitada. En otra hay una mentira. Elegid mal y una de las dos se quedará cerrada.

Dácil se acercó a la puerta de la habitación 12 y pegó el oído a la madera. En el pasillo, la canción de cuna seguía sonando, pero ahora se mezclaba con golpes lejanos y una voz de chica que gritaba desde algún punto del ala este.

—¡Abrid! ¡Por favor, abrid!

Raúl agarró la llave negra por el cordón.

—Esa voz no es una grabación.

Dácil abrió la puerta y miró al corredor. La luz parpadeaba sobre las habitaciones. La número 10, de donde antes había salido aquella voz falsa pidiendo ayuda, tenía ahora una línea de claridad bajo la puerta. La número 8, que antes estaba cerrada con cinta, mostraba un piloto rojo recién encendido sobre el marco.

El contador de la tableta siguió bajando.

La voz de la chica volvió a sonar, más desesperada.

—¡Soy Adara! ¡Me han encerrado!

Raúl miró a Dácil con la llave negra colgando entre los dedos.

—Ahora dime cuál abrimos.


 


 

CAPÍTULO 2

La puerta correcta

 

Dácil miró la habitación 8, después la 10, y sintió que el contador de la tableta le golpeaba dentro de la cabeza aunque el aparato estuviera detrás, sobre el escritorio de la habitación 12. La voz de Adara seguía llegando desde el pasillo, mezclada con aquella canción de cuna que alguien había puesto por los altavoces para hacer que todo pareciera más antiguo, más cruel y más difícil de pensar.

—¡Soy Adara! ¡Me han encerrado! ¡Por favor!

Raúl dio un paso hacia la habitación 10. La línea de luz bajo la puerta temblaba como si hubiera movimiento dentro, y Dácil también habría elegido esa opción si no hubiera escuchado antes aquella misma súplica repetida dos veces con el mismo tono exacto. No había sido una chica pidiendo ayuda. Había sido una grabación.

—Es la 10 —dijo Raúl—. La voz viene de ahí.

—No. Quieren que parezca eso.

—¿Y cómo lo sabes?

Dácil tragó saliva. No lo sabía. No del todo. Pero en San Gabriel todo estaba pensado para empujarlos a actuar antes de pensar, y aquella puerta llevaba llamándolos desde que habían cruzado el pasillo.

—Porque antes esa habitación ya nos pidió ayuda, y lo hizo igual cada vez. Sin cambiar una respiración. Si ahora usa el nombre de Adara es porque saben que vamos a dudar.

Raúl miró hacia la 8. La puerta tenía cinta adhesiva cruzada en el marco y un piloto rojo encendido encima. No salía luz por debajo ni se oían golpes claros, solo un ruido bajo, muy débil, parecido a una respiración mal captada por un micrófono.

—¿Y si la 8 es la mentira?

Dácil no contestó enseguida. No quería decidir. No quería cargar con una elección preparada por alguien que los observaba desde una sala llena de pantallas. Pero la voz adulta había sido clara: en una habitación había una invitada y en otra había una mentira.

Entonces recordó algo.

—Adara me mandó un mensaje esta tarde en clase.

Raúl la miró como si no entendiera por qué aquello importaba.

—¿Y?

Dácil avanzó hasta colocarse entre las dos puertas, procurando no acercarse demasiado a ninguna.

—Si es ella, sabrá qué decía.

Levantó la voz, intentando que no se le rompiera.

—Adara, si eres tú, dime qué me mandaste en la última hora.

Primero hubo silencio. Después un golpe seco, una tos y una voz más baja, más real, que no parecía salir de los altavoces sino de un sitio cerrado.

—Te dije que Marcos había subido una foto de San Gabriel y la había borrado a los dos minutos. También te dije que no se lo enseñaras a nadie porque mi primo salía en una esquina.

Dácil sintió un alivio tan fuerte que casi le aflojó las piernas.

—Es la 8.

Raúl no discutió. Corrió hacia la puerta y tiró del pomo, pero el cierre no cedió. La cinta adhesiva era solo teatro; lo importante estaba dentro del marco, en algún mecanismo oculto que ellos no podían ver. Dácil sacó la llave roja con manos torpes, la metió en la cerradura y tuvo que levantarla un poco hasta que algo encajó.

Desde dentro, Adara empezó a golpear con más fuerza.

—¡No abráis la otra! ¡La 10 no soy yo!

El último giro liberó el cierre. Raúl arrancó la cinta y abrió la puerta. La habitación 8 olía a encierro, humedad y plástico quemado. Adara estaba sentada en el suelo junto a una cama vieja, con las manos libres pero marcadas por bridas cortadas, el pelo pegado a la cara y el uniforme lleno de barro seco. Tenía una mejilla arañada y los ojos brillantes de rabia.

—Ya era hora —dijo, aunque le temblaba la voz.

Dácil entró para ayudarla, pero Adara se apartó primero, como si todavía no supiera si podía fiarse de ellos. En clase siempre hacía lo mismo: mirar un segundo más que los demás, buscar el truco de cada frase antes de contestar. Allí, sin embargo, el miedo se le veía demasiado claro.

—Somos nosotros —dijo Dácil.

—Ya lo sé. Lo que no sé es si habéis venido solos.

Raúl soltó una risa nerviosa.

—Nos han secuestrado igual que a ti, así que podrías bajar un poco el tono.

Adara se puso en pie con ayuda de Dácil y miró el pasillo. Al ver la cámara de la esquina, la tableta encendida dentro de la habitación 12 y las luces sobre las puertas, entendió demasiado rápido.

—Nos están grabando.

—Desde que hemos despertado —respondió Dácil.

Entonces la voz de la habitación 10 volvió a sonar, repitiendo la misma súplica con el mismo ritmo.

—¡Soy Adara! ¡Me han encerrado! ¡Por favor!

Los tres se quedaron mirando la puerta. Adara perdió color al escuchar su propia voz desde una habitación cerrada.

—Esa soy yo.

—Es tu voz, pero no eres tú —dijo Dácil.

—Me grabaron en el coche.

Raúl se giró hacia ella.

—¿Qué coche?

Adara se apoyó en el marco de la puerta 8, respirando con dificultad.

—Me metieron en una furgoneta. Al principio pensé que era un atraco o una broma horrible, pero me hicieron leer frases. Dijeron que, si no lo hacía, llamarían a mi hermano pequeño y le enseñarían una foto que no debía ver. Yo no sabía que iban a usar mi voz aquí.

La puerta 10 se cerró con un golpe automático. La línea de luz desapareció y el piloto rojo se apagó. Desde la habitación 12, la tableta emitió un pitido largo. Dácil volvió y vio que la cuenta atrás se había detenido a los tres minutos y doce segundos. En la pantalla apareció una frase nueva.

Habéis abierto la puerta correcta. La mentira queda cerrada.

Raúl miró hacia el techo.

—Qué detalle. Ahora solo falta que nos den una merienda.

Adara entró en la habitación 12 con pasos inseguros. Se detuvo al ver la libreta verde, las fotografías y la imagen antigua del internado pegada a la pared. Su cara cambió apenas, pero Dácil lo notó. No era solo sorpresa. Era reconocimiento.

—Tú sabes algo —dijo Dácil.

Adara levantó la vista.

—Todos sabemos algo, aunque algunos hagáis como que no.

—Yo no sabía nada de esto hasta esta noche.

—Pues tu madre sí.

La frase dolió porque era verdad y porque Adara la dijo sin cuidado, como si no hubiera una mujer amenazada en algún lugar fuera de allí. Raúl señaló la tableta apagada, cortando la tensión antes de que creciera.

—Antes de empezar a acusarnos, podrías contar por qué te han traído a ti.

Adara se sentó en una de las camas. No parecía descansar. Parecía elegir cuánto iba a contar.

—Me llegó una invitación hace dos semanas.

Dácil se quedó inmóvil.

—¿Dos semanas?

—No era como la vuestra. A mí no me llevaron al principio. Solo me mandaban cosas. Fotos antiguas, planos, una dirección. Pensé que alguien intentaba asustarme porque yo había preguntado por San Gabriel.

—¿A quién? —preguntó Raúl.

—A mi primo.

Raúl entrecerró los ojos.

—El mismo primo que dijiste que había entrado y solo encontró ratas.

Adara apartó la mirada.

—Eso era mentira.

No sonó ninguna alarma. Ninguna puerta se cerró. Ninguna luz cambió de color. El silencio que siguió fue casi peor, porque demostró que las normas solo se activaban cuando a quien los vigilaba le interesaba.

—Mira qué curioso —dijo Raúl, señalando el altavoz—. Ahora mentir no cierra puertas.

—Quizá porque ya lo sabían —respondió Dácil.

Adara respiró hondo.

—Mi primo no entró una vez por hacer el idiota. Entró varias. Estaba obsesionado con este sitio. Decía que en el ala este había una sala cerrada con grabaciones antiguas y que alguien había tapado un accidente para proteger a varias familias. Yo no le creí hasta que desapareció tres días el verano pasado.

Dácil se acercó un poco.

—¿Desapareció?

—Volvió diciendo que se había ido con unos amigos, pero no era verdad. Tenía marcas en las muñecas, como las mías, y durante semanas no pudo dormir con la puerta cerrada. Después me pidió que, si alguna vez recibía un mensaje con la palabra invitación, no lo borrara.

Raúl dejó de bromear.

—¿Y no se lo contaste a nadie?

—¿A quién? Mi primo se marchó a vivir con mi tía, mis padres no querían oír hablar del tema y en el instituto cualquiera habría pensado que estaba inventando una historia para llamar la atención.

Dácil recordó cómo Adara había negado importancia a San Gabriel delante de todos. No lo había hecho porque no supiera nada. Lo había hecho porque sabía demasiado.

—¿Qué había en los mensajes?

Adara dudó, pero la tableta se encendió antes de que pudiera responder. En la pantalla apareció un vídeo grabado de noche. La imagen mostraba la verja exterior de San Gabriel, oxidada y cubierta de maleza. Dos figuras entraban por un hueco lateral. Una llevaba una linterna. La otra era Adara.

Raúl se volvió hacia ella.

—¿También has estado aquí?

—Una vez.

—Genial. Otra que tiene secretos.

—Aquí todos tenemos secretos —respondió ella—. La diferencia es que algunos todavía no sabéis cuáles son.

Dácil no quiso perder tiempo discutiendo. Cogió la libreta de Marta y buscó la página donde aparecían las frases escritas con prisa.

—Mi madre puso que no todos habían sido invitados. También escribió que la llave negra no abre salidas y que, si Noah aparece, no hay que creerle primero.

Adara se puso rígida.

—¿Noah está aquí?

—Su taquilla está ahí fuera —dijo Raúl—. Cerrada, por si te ayuda a ponerte más dramática.

—No la abráis.

Dácil levantó la vista.

—¿Tú también lo conoces?

—No personalmente.

—Entonces ¿por qué hablas así?

Adara se levantó y fue hacia la fotografía grande de la pared. Buscó entre los alumnos, los profesores y las escaleras de la entrada hasta señalar una zona del borde izquierdo, donde el papel estaba doblado y casi fuera del marco. Allí aparecía un niño pequeño sentado en el último escalón. No llevaba uniforme. Tendría seis o siete años. Miraba a cámara con una seriedad que no encajaba con su edad.

—Mi primo encontró esta foto en un archivo municipal —dijo—. La misma, pero sin recortar. Detrás ponía varios nombres: Marta, Iris, Samuel, Elena, Héctor… y abajo, escrito a mano, aparecía otro nombre.

Raúl se acercó.

—Noah.

Adara asintió.

—Ese niño no puede ser nuestro Noah, porque la foto es de 1999. Así que alguien está usando ese nombre ahora, o Noah nunca fue solo una persona.

La frase dejó la habitación llena de preguntas. Dácil pensó en Marta suplicándole que no confiara en Noah. Quizá su madre no hablaba de un chico de su edad. Quizá hablaba de un nombre, de una identidad, de algo que alguien había usado antes y estaba usando otra vez.

La tableta emitió un pitido. En la pantalla aparecieron seis círculos con sus nombres debajo. Dácil, Raúl y Adara estaban iluminados en rojo. Fayna y Rayco seguían en gris. Noah no tenía color.

Debajo apareció una instrucción nueva.

Tercera ronda: que entre la que recuerda.

Raúl miró a Dácil.

—¿Fayna?

Adara negó despacio.

—Fayna no recuerda. Fayna sabe.

—¿Y eso qué significa?

Antes de que pudiera responder, sonó un golpe en algún lugar del ala este. Después se oyó una voz de chica por los altavoces, pero esta vez no parecía una grabación limpia. Sonaba agitada, rota por interferencias y respiración real.

—No quiero jugar. Ya os dije que no quiero jugar.

Dácil reconoció la voz de Fayna.

La tableta cambió de imagen y mostró una sala estrecha con estanterías, archivadores y cajas de cartón. Fayna estaba sentada en el suelo, con las manos libres y la cara llena de lágrimas. A su alrededor había decenas de carpetas con nombres de antiguos alumnos. En la puerta de la sala se veía un cartel: Archivo.

Debajo de la imagen apareció una cuenta atrás de quince minutos.

Raúl se pasó una mano por el pelo mojado.

—¿Y cómo se supone que vamos a encontrar un archivo en este sitio?

Adara ya no miraba la pantalla, sino la libreta de Marta.

—Yo sé dónde está.

Dácil se giró hacia ella.

—¿Cómo?

—Porque mi primo llegó hasta allí.

Raúl abrió los brazos, desesperado.

—¿Algo más que quieras contar antes de que nos maten de un susto?

Adara no respondió. Fue hacia la puerta de la habitación 12, miró el corredor y señaló hacia el fondo contrario al que habían venido.

—El archivo está detrás de la capilla vieja. Si la han metido allí, quieren que crucemos medio internado.

Dácil guardó la fotografía de Iris dentro de la libreta y cogió la llave roja.

—Entonces vamos.

Raúl levantó la llave negra por el cordón.

—¿Y si es otra trampa?

—Seguro que lo es —dijo Adara—. Pero Fayna está llorando de verdad.

La frase bastó para moverlos.

Salieron al corredor principal. Las tres taquillas abiertas parecían esperarles. La de Adara se había desbloqueado mientras estaban dentro de la habitación. En su interior había una llave amarilla, un recorte de periódico plastificado y una fotografía de una escalera.

Adara se detuvo al verla.

Dácil leyó el titular por encima de su hombro:

Alumna de San Gabriel sufre una caída durante una actividad nocturna.

El periódico no mencionaba a Iris. Decía que la menor había sido trasladada al hospital y que el internado colaboraba con la investigación. La fecha era de 1999. La fotografía de la escalera tenía una mancha oscura en el tercer peldaño.

—¿Eso es lo que encontró tu primo? —preguntó Raúl.

Adara cogió la llave amarilla con cuidado.

—No. Esto es lo que mi familia fingió no haber visto.

Dácil quiso preguntarle más, pero la pantalla sobre la puerta doble volvió a mostrar a Fayna, ahora de pie junto a una estantería. Estaba leyendo una carpeta con manos temblorosas. Cuando levantó la vista hacia la cámara, su expresión cambió por completo.

—No vengáis —dijo por el altavoz—. Aquí están vuestros padres.

La imagen se cortó.

Durante unos segundos nadie habló. Dácil sintió que el miedo cambiaba de forma. Ya no se trataba solo de salir de San Gabriel. Había algo en aquel archivo que unía a Marta, a Samuel, a Iris y quizá también a las familias de todos los demás.

Adara empezó a caminar hacia la capilla vieja.

—Si Fayna ha encontrado esas carpetas, tenemos menos tiempo del que parece.

Raúl la siguió, sin dejar de mirar las cámaras.

—¿Menos tiempo para qué?

La respuesta no vino de Adara, sino de una voz de chico que sonó desde un altavoz distinto, más cercano, menos distorsionado, como si alguien hubiera conseguido colarse en el sistema durante unos segundos.

—Para que os separen.

Los tres se detuvieron.

Dácil levantó la vista hacia la cámara.

—¿Noah?

Hubo una interferencia fuerte. Después una respiración agitada.

—No sigáis todas las normas. Algunas están hechas para que culpéis al que menos sabe.

Raúl apretó la llave negra.

—¿Dónde estás?

La luz del pasillo parpadeó y una puerta de servicio se abrió al fondo, estrecha y casi oculta junto a un armario eléctrico. Desde dentro salió una mano temblorosa, manchada de polvo, y después apareció un chico de su edad, muy pálido, con el labio partido y las muñecas marcadas.

No llevaba llave ni tarjeta, nada que lo presentara como invitado.

Dácil sintió que todas las advertencias de su madre regresaban a la vez, pero el chico parecía tan agotado que durante un instante le costó verlo como una amenaza. Entonces él levantó los ojos hacia ellos y dijo algo que hizo que el pasillo entero pareciera cerrarse alrededor del grupo.

—Yo soy Noah, pero no he aceptado ninguna invitación.


 

CAPÍTULO 3

La primera mentira

 

El chico que acababa de salir por la puerta de servicio parecía demasiado cansado para ser una amenaza, pero Dácil no pudo quitarse de la cabeza la advertencia de su madre. No confíes en Noah. Marta lo había dicho como si aquel nombre no perteneciera solo a una persona, sino a algo que llevaba años escondido en San Gabriel y que ahora volvía a abrirse paso entre ellos.

No llevaba llave, tarjeta ni ningún objeto que lo presentara como invitado. Tampoco parecía estar allí para asustarlos. Tenía polvo en la ropa, el labio partido y las muñecas marcadas, como si hubiera forcejeado contra algo o contra alguien antes de encontrar aquella salida. Aun así, había aparecido justo cuando más necesitaban un camino, y eso lo convertía en sospechoso.

Raúl reaccionó antes que nadie. Se plantó delante de él con el cuerpo tenso y la llave oscura colgando del cordón, dispuesto a cerrarle el paso aunque no tuviera claro qué podía hacer si Noah intentaba avanzar. Adara lo observó sin decir nada, con esa forma suya de mirar que parecía guardar cada detalle para usarlo después. Dácil permaneció quieta, con la libreta de Marta bajo el brazo y la otra llave apretada entre los dedos, intentando decidir si el miedo que tenía delante era verdadero o estaba demasiado bien representado.

—No te acerques —dijo Raúl.

Noah levantó las manos despacio.

—No iba a hacerlo.

Dácil lo miró a los ojos. Había imaginado muchas veces cómo sería Noah desde que su madre pronunció aquel nombre con tanto terror, pero no encontró en él la calma inquietante de alguien que controla una trampa. Vio cansancio, rabia y una urgencia que parecía más difícil de fingir.

—Has dicho que eres Noah, pero que no has aceptado ninguna invitación —dijo ella—. Explícalo.

—Ese es el problema. Quieren que penséis que soy parte de esto.

Raúl soltó una risa seca.

—Qué casualidad. El sospechoso dice que quieren que sospechemos de él.

Adara miró el pasillo estrecho que quedaba a la espalda del chico.

—¿De dónde vienes?

—De una sala de comunicaciones. He conseguido colarme unos segundos en el audio para avisaros. Fayna está en el archivo y Rayco en los vestuarios.

El nombre de Rayco cayó entre ellos con una gravedad nueva. Hasta ese momento habían pensado en Fayna, en Noah, en las carpetas, en las advertencias de Marta, pero faltaba otro de los suyos en alguna parte del edificio. Otro encerrado. Otro esperando a que alguien decidiera por él.

—Si has visto a Fayna, sabrás llegar al archivo —dijo Adara.

Noah señaló el pasillo de servicio.

—Por mantenimiento llegamos antes. El camino principal está lleno de cámaras.

Raúl levantó la llave que llevaba colgada.

—¿Y esta sirve para algo o es solo decoración traumática?

Noah la miró, y su expresión cambió apenas un segundo.

—Esa era de Samuel.

Raúl apretó el cordón.

—Samuel era mi padre.

—Lo vi en una carpeta. Salía con esa llave y una pulsera de San Gabriel. También había una nota. Decía que había cerrado la puerta equivocada.

Raúl avanzó hacia él con la cara encendida.

—No vuelvas a decir eso.

Dácil se interpuso antes de que la discusión creciera. No podía permitirse que el grupo se rompiera justo allí, delante de un chico que quizá era víctima, quizá cebo, quizá las dos cosas a la vez.

—Fayna está encerrada y el contador sigue bajando. Podéis pelearos cuando la encontremos.

Adara no apartaba los ojos de Noah.

—Si nos estás mintiendo, nos metes en una zona que no conocemos.

—Nos están viendo en casi todas partes —respondió él—. Ahí dentro hay puntos muertos.

Dácil se fijó entonces en un plano plastificado junto a una caja eléctrica. Era antiguo, pero alguien lo había llenado de marcas recientes: flechas, círculos rojos y palabras escritas junto a varios pasillos. Cámara. Bloqueo. Altavoz. Puerta falsa. Sin señal. Aquello no era una pesadilla sin lógica ni una leyenda de instituto. Era un edificio preparado con cables, cierres y grabaciones. Alguien había convertido San Gabriel en un tablero y los estaba moviendo pieza a pieza.

—Vamos por mantenimiento —decidió.

Raúl la miró con incredulidad.

—Tu madre dijo que no confiaras en él.

—No estoy confiando en él. Estoy confiando en el plano.

Noah no sonrió, pero aceptó la diferencia con un leve movimiento de cabeza.

Entraron por la puerta de servicio. El pasillo era bajo, con tuberías en el techo, cables sujetos con bridas nuevas y huellas recientes sobre el polvo. No parecía una zona abandonada, sino un camino usado a menudo por alguien que sabía moverse por el edificio sin ser visto. La humedad olía a pared vieja, pero debajo había otro olor más limpio, más reciente, como plástico calentado y metal.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —preguntó Dácil en voz baja.

—No lo sé. Desperté en una habitación pequeña, con una cámara encima y una nota que decía que no tenía derecho a llave.

—¿Por qué?

Noah tardó en contestar.

—Porque mi nombre ya estaba usado.

Adara se detuvo.

—Eso mismo dijo mi primo.

—¿Tu primo es Joel?

La chica se volvió hacia él de golpe.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Estaba en una carpeta. Había una foto suya entrando por la verja el verano pasado, otra donde salías tú con él y otra donde alguien lo sacaba por una puerta lateral con una capucha puesta.

A Adara se le borró el color de la cara.

—¿Quién lo sacaba?

—No se veía.

Raúl soltó aire con impaciencia.

—Qué sorpresa. Aquí nadie ve nunca la cara de nadie.

Noah no respondió. Continuaron hasta una puerta metálica con una etiqueta antigua donde se leía acceso archivo. Adara probó primero su llave amarilla, pero el cierre no se movió. Raúl acercó la suya al lector y una luz verde se encendió. Después Dácil introdujo la de Marta en la cerradura inferior. El mecanismo se abrió con un clic demasiado limpio para pertenecer a una puerta abandonada.

Al otro lado apareció una sala estrecha que comunicaba con el archivo. Había bancos viejos apoyados contra la pared, cajas de material religioso y varias fotografías pegadas con cinta en una columna. En una salía Marta junto a Iris. En otra, Samuel sostenía la misma llave que ahora llevaba Raúl. En una tercera, una mujer joven con bata de enfermería miraba a la cámara con expresión dura.

Adara se quedó clavada delante de aquella imagen.

—Esa es Elena.

—¿Quién es Elena? —preguntó Dácil.

—Mi tía. Mi primo decía que estuvo aquí, pero mi familia siempre lo negó.

Raúl miró las fotografías con una mezcla de enfado y cansancio.

—Parece que todos teníamos familiares que nunca estuvieron aquí, hasta que aparecen en todas partes.

Noah se había quedado mirando otra imagen, pegada casi al final de la columna. En ella aparecía un niño pequeño sentado en unas escaleras. No llevaba uniforme. Tenía el pelo oscuro y una seriedad impropia de su edad. Dácil reconoció la fotografía recortada de la habitación 12.

—¿Ese eres tú? —preguntó Raúl.

—No.

—Se te parece.

—Lo sé.

La respuesta fue demasiado tranquila para no esconder algo, pero un monitor instalado junto a la puerta del archivo se encendió antes de que pudieran insistir. La imagen apareció con interferencias. Fayna estaba rodeada de carpetas, sentada en el suelo, con las mejillas mojadas y los ojos clavados en algún punto fuera de plano.

—No entréis aquí —dijo, y su voz llegó rota por el sonido del aparato—. Han puesto nuestros nombres en cajas. Hay fotos de nuestras casas, horarios, matrículas, cosas de nuestras familias. Esto no empezó hoy.

La imagen tembló. Fayna miró hacia un lado, como si hubiera oído algo dentro de la sala.

—Hay alguien fuera.

Sobre la grabación apareció un contador: nueve minutos.

Noah se agachó junto al marco de la puerta y señaló un cable fino que bajaba hasta una caja pequeña.

—Si abrimos sin tocar esto, sabrán que hemos cruzado.

Raúl lo miró con desconfianza.

—¿Sabes quitarlo?

—Sé desconectarlo.

Noah sacó del bolsillo un destornillador pequeño. El gesto no ayudó a que pareciera menos sospechoso.

—Si quisiera haceros daño, no estaría avisando —dijo.

—O nos avisas de una cosa para que no veamos otra.

Dácil miró a Raúl.

—Necesitamos llegar a Fayna.

Por primera vez, Noah levantó la vista con verdadero enfado.

—No me creas si no quieres. Mira las cámaras, los cierres, los sensores y las rutas marcadas. Todo está hecho para que parezca que elegimos, pero cada opción nos empuja a una pelea. Si queréis discutir, hacedlo, pero no finjáis que eso nos protege.

Raúl no contestó. Adara se arrodilló junto a Noah.

—Dime qué hago.

Trabajaron rápido. Noah aflojó la tapa de la caja, Adara soltó el cable y Raúl sostuvo la linterna con una mano que no dejaba de temblar. Cuando el sensor quedó desconectado, un panel estrecho se iluminó sobre dos puertas: una marcada como archivo y otra como entrega.

La megafonía crujió.

—Noah se ha unido al grupo sin invitación. El grupo debe decidir si lo conserva o lo entrega.

Raúl miró al chico.

—¿Qué significa entregarte?

Noah sostuvo su mirada.

—No lo sé.

Dácil entendió el juego con una claridad desagradable. Otra vez querían poner a Noah en el centro. Otra vez querían que la advertencia de Marta les pesara más que lo que tenían delante. No confiar no significaba entregar a alguien a ciegas.

—Vamos al archivo —dijo.

Adara asintió enseguida. Raúl tardó un poco más, pero finalmente avanzó hacia la puerta metálica.

—Como nos estés metiendo en una trampa, vas tú primero.

—Me parece justo —respondió Noah.

La llave de Adara liberó el primer cierre. La de Dácil encajó en el segundo. El tercero pedía un código de cuatro cifras que apareció escrito en la parte de atrás de la fotografía de Iris cuando Dácil la sacó de la libreta. Marcó los números con cuidado, y la puerta se desbloqueó.

Fayna estaba dentro.

Se encontraba sentada en el suelo, entre dos estanterías llenas de carpetas, con una caja abierta delante y varias fotos extendidas sobre las rodillas. Era una chica pequeña, de pelo rizado y ojos enormes, y en clase solía hablar poco, como si siempre estuviera midiendo el ruido de los demás antes de entrar en una conversación. Allí parecía destrozada.

Dácil se agachó junto a ella.

—Fayna, ya estamos aquí.

La chica levantó la vista, pero no pareció aliviada. Miró a Dácil, después a Raúl, luego a Adara y, al ver a Noah, se puso todavía más pálida.

—Él no debería estar aquí.

Raúl extendió una mano hacia ella como si acabara de ganar una discusión.

—Gracias. Por fin alguien lo dice claro.

Dácil tocó el hombro de Fayna con cuidado.

—¿Por qué dices eso?

—Porque en las carpetas no aparece como invitado.

Fayna señaló las cajas que la rodeaban. Cada una tenía un apellido escrito con rotulador negro: Ruiz, Santana, Medina, Cabrera, Torres, Díaz. Dentro había fichas, fotografías, informes, recortes y documentos familiares. Algunas pruebas eran antiguas. Otras, demasiado recientes.

En una hoja aparecían sus nombres actuales: Dácil Ruiz, Raúl Santana, Adara Medina, Fayna Cabrera y Rayco Torres. Junto a cada uno había una fotografía tomada en un momento cotidiano. Dácil entrando en el instituto. Raúl en una parada de guagua. Adara saliendo de una biblioteca. Fayna en una tienda de barrio. Rayco en una cancha. En el hueco donde debería estar Noah no había imagen, solo una línea escrita a mano.

No invitado. Usar solo si el grupo duda.

El aire del archivo pareció volverse más frío.

Noah cerró los ojos un segundo.

—Os lo dije.

Raúl leyó la frase varias veces.

—¿Usar cómo?

Fayna pasó otra página con manos temblorosas. Allí estaba la foto del niño de 1999, el mismo que habían visto recortado en la habitación 12. Debajo aparecía un nombre completo.

Noah Díaz. Menor no escolarizado. Testigo protegido tras el incidente.

Adara soltó aire despacio.

—El Noah de la foto era un niño que vio algo.

—Y alguien está usando su nombre ahora —dijo Dácil.

Fayna negó con la cabeza y señaló otra hoja.

—No solo su nombre. Mirad la fecha.

El informe hablaba de 1999, de una actividad nocturna no autorizada, de una caída en la escalera y de una menor llamada Iris trasladada fuera del centro antes de que llegara la policía. Al margen, en una anotación escrita a mano, alguien había añadido que el niño Noah declaró haber visto a una persona adulta cerrando una puerta.

Raúl tragó saliva.

—Una persona adulta.

—No mi padre —dijo Noah.

Todos lo miraron.

Él tardó un momento en seguir, como si aquella verdad también le costara a él.

—El niño era mi padre.

La frase cayó entre las estanterías como una pieza que encajaba demasiado tarde.

Dácil lo observó de otra manera. El chico no era el Noah de la fotografía. Era el hijo de aquel niño, alguien arrastrado al mismo nombre, al mismo edificio y a una culpa que no le pertenecía del todo.

—Te llamas como él —dijo.

—Mi madre no quería, pero él insistió. Decía que un nombre no podía quedarse enterrado en San Gabriel.

Noah miró hacia la fotografía del archivo, pero habló para todos.

—Cuando tu madre te dijo que no confiaras en Noah, quizá no hablaba de mí. Quizá hablaba del nombre. De lo que ese nombre había visto.

Adara bajó la vista hacia el informe.

—Mi primo tenía razón. Noah no era solo una persona. Era el testigo.

Fayna cerró la carpeta de golpe.

—Y por eso quieren que desconfiemos de él. Si su padre vio quién cerró la puerta, quizá Noah sabe algo aunque no lo sepa.

No tuvieron tiempo de asimilarlo. Un monitor viejo colocado al fondo del archivo se encendió con un chasquido. La imagen mostró a Rayco sentado en una sala amplia, con las manos sujetas a una mesa mediante una brida gruesa. Detrás había azulejos blancos, taquillas de piscina y un cartel oxidado que decía vestuarios. Tenía sangre en la ceja y miraba hacia la cámara con una mezcla de miedo y enfado.

—¿Hola? Si alguien me oye, que venga ya, porque han puesto agua bajo la puerta y está entrando por todas partes.

La cámara bajó un poco y mostró el suelo. Una capa fina de agua avanzaba desde una rejilla, lenta pero constante.

El altavoz del archivo soltó una frase distorsionada.

—Cuarta ronda: el que miente se queda sin aire.

En otro panel apareció un mensaje que hizo que todos miraran a Rayco de otra manera.

Rayco sabe quién envió la primera invitación.

Dácil guardó la carpeta de 1999 junto a la libreta de Marta.

—Vamos a buscarlo. Si quieren que confiese, puede hacerlo mientras llegamos.

Noah señaló un plano antiguo colgado junto a la puerta.

—Los vestuarios están detrás del gimnasio viejo. Hay un paso de servicio desde aquí. No lleva directo, pero evita el corredor principal.

Raúl lo miró con dureza.

—¿Y por qué deberíamos creerte?

—Porque si quisiera que perdiéramos tiempo, os mandaría por el pasillo largo.

Esta vez nadie discutió más.

El camino hasta el gimnasio fue rápido y tenso. Cruzaron un corredor bajo, cerraron una válvula que alimentaba el agua de los vestuarios y siguieron una manguera negra hasta una sala de material deportivo. No hizo falta hablar demasiado. Las tuberías, los cierres nuevos y las herramientas abandonadas demostraban que quien controlaba San Gabriel no improvisaba. Había preparado rutas, cámaras y trampas en un edificio que supuestamente llevaba años cerrado.

Cuando llegaron al gimnasio, el grito de Rayco salió desde la puerta doble de los vestuarios.

—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí dentro!

Raúl corrió hacia la entrada, pero se detuvo al ver la cadena nueva y el cierre electrónico. A través de una pequeña ventana de cristal armado, Rayco aparecía al fondo, atado a la mesa, empapado y temblando.

Dácil se acercó al cristal.

—Rayco, somos nosotros.

Él giró la cabeza. Era el mismo chico que en clase hacía bromas aunque nadie se las pidiera, el que siempre parecía tener un comentario preparado, pero ahora tenía la ceja abierta, la camiseta pegada al cuerpo y un miedo imposible de esconder.

—Sacadme, por favor.

El panel situado encima de la puerta se iluminó.

El código es la primera mentira de Rayco.

Raúl cerró los ojos un segundo.

—Rayco, habla.

—No sé qué quieren.

—Sí lo sabes —dijo Dácil—. Dice que sabes quién envió la primera invitación.

Rayco negó varias veces con la cabeza. Parecía más enfadado consigo mismo que con ellos.

—No fue así.

—Entonces dinos cómo fue.

El chico tragó saliva. Detrás de él, una luz roja empezó a parpadear sobre la rejilla del suelo. El agua ya no subía tan deprisa, pero la amenaza seguía allí, extendida bajo sus pies.

—No puedo decirlo.

Adara dio un paso hacia el cristal.

—¿Por qué?

—Porque entonces vais a pensar que todo esto es culpa mía.

Raúl levantó la voz.

—Si lo es, ya estamos tardando en saberlo.

Dácil le lanzó una mirada para que bajara el tono y volvió a centrarse en Rayco.

—Ahora mismo lo único que importa es abrir esa puerta. Después veremos qué hiciste.

Rayco respiraba deprisa. Miró a Dácil, luego a Adara, después a Noah, y al verlo se quedó un segundo más quieto.

—Tú no deberías estar aquí.

Noah no se acercó al cristal.

—Eso me dicen todos.

—No lo entiendes. Tu nombre salía en el primer mensaje.

El gimnasio pareció quedarse sin aire.

—¿Qué primer mensaje? —preguntó Dácil.

Rayco cerró los ojos.

—El que recibí yo.

Raúl se acercó tanto al cristal que su aliento lo empañó.

—¿Tú recibiste la primera invitación?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace casi un mes.

Adara se volvió hacia él, herida antes incluso de entenderlo.

—Tú sabías algo desde hace un mes y no dijiste nada.

—Pensé que era una broma.

—Siempre pensáis que todo es una broma hasta que alguien acaba pagando.

Rayco bajó la cabeza.

—No fue solo eso.

Dácil habló más despacio.

—Rayco, ¿quién envió la primera invitación?

Él tardó varios segundos en contestar. Durante ese tiempo solo se escucharon el goteo del agua, el zumbido del cierre electrónico y la respiración agitada de Fayna.

—Joel —dijo al fin.

Adara se quedó inmóvil.

—No.

—Salió del móvil de Joel.

—Eso es imposible.

—Yo también lo pensé. No digo que lo hiciera él. Digo que el primer mensaje llegó desde su número.

El cierre emitió un pitido, pero la puerta siguió bloqueada.

Raúl golpeó el marco con la palma.

—No es suficiente. Quiere tu mentira, no solo el nombre de Joel.

Rayco apretó la mandíbula.

—Yo contesté.

Una primera letra apareció sobre la puerta. Después otra. El mecanismo parecía obligarlo a seguir, pero lo peor no era el código. Lo peor era Adara mirándolo como si cada palabra le rompiera algo.

—El mensaje decía que San Gabriel tenía una prueba de lo que pasó con Joel el verano pasado —continuó Rayco—. Me mandaron una foto del archivo, otra de Adara entrando con él y una frase: “Si quieres saber quién lo sacó de allí, acepta”.

Adara tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque en la foto también salía yo.

El silencio que siguió fue más duro que cualquier grito.

Rayco siguió hablando, ya sin fuerza para esconderse.

—Yo fui con Joel aquella noche. No entré hasta el fondo. Me quedé en el patio porque me dio miedo. Él bajó solo al archivo y me pidió que esperara diez minutos. Tardó casi una hora en volver. Cuando salió, no era el mismo. Me dijo que no contara que habíamos estado allí.

Adara avanzó un paso hacia la puerta.

—Me dijiste que no sabías nada.

—Lo sé.

Las letras continuaron completándose a medida que hablaba.

—Después reenvié el mensaje —confesó Rayco.

Adara dejó escapar una respiración rota.

—¿A quién?

Rayco la miró con una vergüenza mucho más real que el miedo.

—A ti.

La palabra quedó completa sobre el cierre.

ADARA.

La puerta no se abrió.

Durante unos segundos nadie entendió nada. Luego apareció una nueva frase debajo del código.

La primera mentira de Rayco no fue aceptar. Fue culpar a Adara.

Adara retrocedió como si le hubieran pegado.

Rayco empezó a llorar, aunque intentó esconderlo bajando la cara.

—Cuando la cuenta empezó a enviar más cosas, pensé que si todos miraban hacia ti nadie sabría que lo había empezado yo. Me dio miedo. Fui un cobarde.

Raúl lo miraba con una mezcla de asco y desconcierto.

—Nos has metido en esto.

—No —dijo Noah, muy serio—. Él abrió una puerta, pero alguien estaba esperando al otro lado.

Dácil necesitó agarrarse a esa frase para no perder el control. Rayco había hecho algo terrible, pero no había instalado cámaras, no había secuestrado a nadie, no había entrado en sus casas ni había llenado un vestuario de agua. Había sido usado. Y aun así, aquello no borraba lo que acababa de confesar.

El panel volvió a pitar.

Decidid si entra o se queda.

Fayna habló por primera vez desde que habían llegado al gimnasio.

—No podemos dejarlo ahí.

—Nos mintió —dijo Adara, con la voz rota.

—Sí, pero si lo dejamos, somos como ellos.

Aquello dejó a todos callados. Dácil miró a Adara, porque era ella quien tenía más derecho a odiarlo en ese momento. La chica respiraba con dificultad, con los ojos clavados en Rayco, y durante un segundo pareció que iba a decir que lo dejaran allí.

Pero no lo hizo.

—Abrid —dijo al fin—. Y luego no quiero que me hable.

Noah se acercó al cierre electrónico. Dácil introdujo su llave en la cerradura inferior, Adara acercó la suya al lector lateral y Raúl, después de dudar, sostuvo la de Samuel junto al segundo sensor. Los tres mecanismos sonaron casi a la vez.

La cadena se soltó.

La puerta del vestuario se abrió con un golpe pesado y un olor frío a agua estancada. Raúl entró primero, aunque Rayco fuera la última persona a la que quería ayudar en ese instante. Sacó una navaja pequeña del bolsillo, cortó la brida y lo agarró por el brazo para levantarlo.

—Como vuelvas a mentir, no hará falta que te ate nadie.

Rayco no respondió. Apenas podía mantenerse en pie. Tenía los labios morados, la ceja abierta y la vergüenza pegada a la cara con más fuerza que el agua.

Adara se apartó antes de que él pudiera mirarla.

—No me pidas perdón ahora. No aquí.

Rayco asintió, destrozado.

—Vale.

Salieron del vestuario justo cuando el monitor del gimnasio volvió a activarse. Esta vez mostró una grabación de la cuenta falsa que Rayco había creado: el primer mensaje enviado a Adara, las fotos adjuntas y la frase copiada del número de Joel.

Aceptaste la invitación.

Después la imagen cambió. Se vio una conexión remota entrando en la cuenta minutos más tarde. Una dirección desconocida. Un acceso desde una red interna. Un nombre de dispositivo hizo que Noah diera un paso hacia delante.

SG-DIRECCIÓN.

Adara lo leyó en voz alta.

—San Gabriel Dirección.

Fayna abrazó la carpeta contra el pecho.

—Alguien entró desde dentro del internado.

Raúl miró a Rayco con odio.

—Y tú le dejaste la puerta abierta.

Rayco cerró los ojos, hundido.

—La cuenta era falsa, pero era mía. Usé una contraseña fácil, entré desde mi móvil y dejé guardado el acceso. Pensé que solo estaba asustando a Adara. No sabía que alguien desde San Gabriel podía entrar después.

La megafonía volvió a encenderse con una calma insoportable.

—Quinta ronda: el despacho de Dirección se abrirá cuando todos los invitados estén presentes.

En el panel aparecieron sus nombres. Dácil, Raúl, Adara, Fayna y Rayco se iluminaron en rojo. Noah siguió sin color.

Entonces apareció una última línea.

Falta el invitado que no existe.

Dácil miró a Noah.

Él estaba pálido, pero no parecía sorprendido.

—No se refiere a mí.

Raúl torció la boca, agotado y furioso.

—Pues ilumínanos.

Noah miró hacia la puerta del gimnasio, hacia el pasillo oscuro que llevaba de vuelta al ala este, y respondió con una voz tan baja que todos tuvieron que acercarse para oírlo.

—En la ronda de 1999 eran siete.

El cansancio desapareció de golpe.

—¿Quién era el séptimo? —preguntó Dácil.

Noah no llegó a contestar. Todos los altavoces del gimnasio empezaron a reproducir una respiración débil, infantil, grabada muy de cerca. Luego, entre interferencias, una voz de niña dijo una sola frase.

—Yo también acepté.


 

CAPÍTULO 4

La séptima invitada

 

La voz de niña quedó flotando en el gimnasio mucho después de que los altavoces dejaran de sonar, y durante unos segundos ninguno de ellos supo qué hacer con aquella frase que acababa de romper otra vez lo poco que creían entender.

—Yo también acepté.

Dácil miró a Noah, esperando que él tuviera una explicación, pero el chico seguía pálido, con la vista fija en la pantalla apagada y el labio partido todavía manchado de sangre. Raúl sostenía a Rayco por el brazo para que no se cayera, Adara permanecía apartada de todos con los ojos llenos de una rabia demasiado reciente, y Fayna abrazaba la carpeta del archivo contra el pecho como si dentro llevara algo vivo que pudiera escaparse si lo soltaba.

—Eso era una grabación —dijo Noah al fin—. Tenía ruido de cinta vieja.

Raúl lo miró con una mueca cansada.

—Gracias por aclarar que no acabamos de escuchar a una niña fantasma. Muchísimo más tranquilizador.

—Lo digo porque alguien la ha guardado durante años —respondió Noah—. No la han puesto solo para asustarnos.

Dácil volvió a mirar la pantalla donde antes habían visto a Rayco encerrado en los vestuarios. Ahora solo aparecía una imagen negra, con una línea blanca parpadeando en una esquina, como si la conexión se hubiera cerrado a propósito. Quien los vigilaba quería que siguieran una pista, pero Dácil empezaba a entender que cada pista tenía dos caras: una verdad y una trampa.

—Has dicho que en la ronda de 1999 eran siete —recordó ella—. ¿Quién faltaba?

Noah se pasó una mano por la boca.

—No pude leer todos los nombres. En la carpeta que encontré salían Marta, Samuel, Elena, Héctor, Iris y otro apellido que no vi entero. Después había una casilla sin nombre, solo con una nota escrita en rojo.

—¿Qué nota? —preguntó Adara.

—Invitada no registrada.

Fayna dejó de moverse. Fue un cambio pequeño, pero Dácil lo notó porque la chica apretó tanto la carpeta que el cartón se dobló por una esquina.

—Fayna —dijo Dácil con cuidado—. ¿Sabes algo?

Fayna negó demasiado rápido, como si la mentira le hubiera salido antes que la fuerza para decir la verdad. Luego bajó la vista a la carpeta, respiró hondo y la abrió sobre una grada plegada del gimnasio.

—Mi madre no fue alumna de San Gabriel —dijo—. Mi abuela trabajaba en la lavandería. Mi madre venía algunas tardes porque no tenía con quién quedarse. Oficialmente no existía para el internado, pero se pasaba media vida aquí dentro.

Adara se sentó a su lado sin decir nada. Raúl abrió la boca, quizá para meter prisa, pero se calló al ver la cara de Fayna. Ella sacó una fotografía antigua. En la imagen aparecía una mujer muy joven, casi una niña, sentada sobre una pila de sábanas junto a Iris y Marta. No llevaban la sonrisa rígida de las fotos oficiales. Parecían amigas de verdad, atrapadas en un descanso breve antes de que todo se torciera.

—Esta es mi madre —dijo Fayna—. Sara Cabrera.

Dácil miró la foto y sintió un golpe suave, doloroso. Marta aparecía distinta allí. Más tranquila, más viva, menos llena de miedo. Por un segundo no era la mujer aterrada del pasillo de casa ni la adolescente de una prueba macabra. Era solo una chica que aún no sabía que una noche iba a perseguirla durante veinticinco años.

Fayna le dio la vuelta a la fotografía. Detrás había una frase escrita con bolígrafo azul.

Las que no estaban en la lista también jugaron.

—Cuando era pequeña, mi madre tenía pesadillas —continuó Fayna—. A veces se despertaba diciendo que ella también había aceptado. Yo pensaba que hablaba de otra cosa, de una culpa que no entendía. Pero esta noche, cuando he oído esa voz por los altavoces, he reconocido la frase.

Raúl miró hacia el techo, pero esta vez no bromeó.

—Entonces la séptima invitada era Sara.

—No basta con decirlo —dijo Noah—. Si quieren abrir Dirección, necesitarán una prueba.

La pantalla del gimnasio respondió como si hubiera estado esperando aquellas palabras. Los nombres se apagaron y apareció un plano del edificio. Una zona baja, situada detrás de las gradas y conectada con un pasillo de servicio, parpadeó en amarillo.

Lavandería.

Adara cerró con cuidado la carpeta de Fayna.

—Si Sara no era alumna, su rastro no estará en las listas oficiales. Estará donde trabajaba su madre.

Rayco, empapado y temblando, se separó de la pared con dificultad.

—Voy con vosotros.

Adara ni siquiera lo miró.

—Nadie te ha preguntado.

—No pienso quedarme solo aquí.

—No es por ti. Es porque ahora mismo, si hablas, me dan ganas de encerrarte otra vez.

La frase le dolió, pero Rayco no protestó. Dácil lo vio bajar la mirada, con la ceja abierta, los labios todavía morados y la culpa pegada a la cara con más fuerza que el agua. Había mentido, había usado a Adara y había abierto una puerta que otros aprovecharon, pero también acababa de estar a punto de ahogarse delante de todos.

—Vendrá con nosotros —decidió Dácil—. Nadie se queda solo.

Adara la miró con dureza.

—Qué fácil es decirlo cuando no te ha usado a ti.

—No lo estoy perdonando. Estoy intentando que salgamos vivos.

La respuesta no arregló nada, pero bastó para que Adara no siguiera discutiendo. Fayna se guardó la fotografía de Sara dentro de la carpeta, Raúl ayudó a Rayco a caminar y Noah abrió la marcha hacia el pasillo de servicio.

La lavandería no estaba lejos, pero el camino pareció más largo porque todos avanzaban con una tensión diferente. Ya no corrían solo para superar pruebas. Ahora cada nueva sala les devolvía una parte de sus familias, y ninguna de esas partes era limpia. Marta había callado. Samuel aparecía junto a una llave negra. Sara había aceptado sin existir oficialmente. Elena había negado su vínculo con el internado. Héctor, el padre de Rayco, estaba en alguna parte de esa noche antigua que nadie quería contar entera.

Dácil caminaba junto a Fayna.

—No tienes que contar nada que no quieras.

Fayna soltó una risa triste.

—Aquí eso no funciona. Si no lo cuento yo, lo cuenta una pantalla.

—Aun así, puedes elegir cómo contarlo.

La chica la miró un segundo, agradecida y asustada a la vez.

—Mi madre no es mala persona.

—No he pensado eso.

—Pero calló. Eso sí lo hizo. Calló toda su vida.

Dácil pensó en Marta, en la caja metálica, en las fotos, en la llave roja y en el nombre de Iris escondido durante años. Quizá sus padres no habían empezado aquello, pero todos habían construido el silencio que ahora los estaba encerrando.

La puerta de la lavandería era metálica, grande y pesada. Había una cámara sobre el marco, aunque alguien la había cubierto con cinta negra hacía tiempo. Noah se fijó enseguida.

—Esta cámara no la han tapado los que controlan esto ahora.

Raúl dejó a Rayco apoyado contra la pared.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de quién la tapara.

El candado era antiguo. Entre Noah y Raúl consiguieron forzarlo con una navaja y un destornillador, procurando hacer el menor ruido posible, aunque a esas alturas todos sabían que San Gabriel los oía incluso cuando intentaban respirar despacio.

La lavandería era amplia, con lavadoras industriales oxidadas, carros metálicos, estanterías llenas de sábanas viejas y un olor fuerte a jabón rancio. Había una mesa larga en el centro, cubierta por una lona gris, y varias cajas apiladas junto a una pared. Al fondo, una puerta pequeña llevaba a un cuarto de descanso.

Fayna entró despacio.

—Mi madre hablaba de este olor.

Nadie respondió. No hacía falta.

Dácil levantó la lona de la mesa y encontró una grabadora antigua, varios casetes, una libreta de tapas blandas y un sobre amarillo con el apellido Cabrera escrito a mano. La grabadora estaba conectada a un altavoz moderno mediante un cable nuevo. Nada era imposible. Nada era sobrenatural. Solo había alguien usando recuerdos viejos con tecnología nueva.

Fayna abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro encontró otra fotografía de Sara adolescente junto a Iris y Marta, esta vez en la puerta trasera de la lavandería. Las tres estaban despeinadas, cansadas y sonrientes. Fayna la miró durante varios segundos, como si estuviera viendo a su madre por primera vez.

—Conocía a Iris de verdad —susurró.

Raúl encontró la libreta bajo los casetes y la abrió sobre la mesa. Al principio solo había turnos de lavandería, listas de sábanas y avisos de limpieza, pero hacia la mitad las anotaciones cambiaban. La letra se volvía más rápida, más nerviosa.

Viernes, 23:40. La señora Vidal pide que nadie suba al ala este.

Sábado, 00:15. Los chicos siguen arriba.

Sábado, 00:32. Sara ha vuelto llorando y dice que Iris no sale.

Dácil sintió que las manos se le quedaban frías.

—Inés Vidal.

Noah asintió.

—Era la directora. Salía en el informe de mi padre.

La grabadora se encendió con un clic.

Fayna dio un respingo. Noah se acercó, pero no tocó nada. El aparato empezó a reproducir una cinta ya colocada. Primero se oyó ruido, luego respiración y después la misma voz fina de antes, mucho más clara.

—Me llamo Sara Cabrera. No estoy en la lista, pero también acepté porque Iris me dijo que era una prueba y que después nos dejarían entrar en el grupo.

Fayna cerró los ojos.

La voz de su madre adolescente siguió sonando.

—Marta no quería. Samuel dijo que no pasaría nada. Elena dijo que la directora lo hacía todos los años con los nuevos. Héctor cerró la puerta de abajo para que no subiera nadie. Iris tenía miedo, pero entró porque yo entré primero.

La cinta se cortó con un golpe.

Luego apareció otra voz, adulta, femenina y muy tranquila.

—Repite solo lo que hemos practicado, Sara. Iris se cayó en la escalera y nadie cerró ninguna puerta.

Fayna abrió los ojos despacio.

—Esa no es mi madre.

—Tiene que ser Vidal —dijo Adara.

La cinta siguió.

—Iris se cayó en la escalera —repitió Sara, llorando—. Nadie cerró ninguna puerta.

La grabadora se detuvo.

Durante unos segundos solo se oyó el zumbido de las luces y la respiración rota de Fayna. La madre de Fayna no solo había callado. La habían obligado a aprender una mentira. Igual que Marta. Igual que Samuel, Elena y Héctor. Dácil sintió que la rabia que llevaba dentro cambiaba de forma. Seguía enfadada con su madre, pero empezaba a entender que San Gabriel no había destruido a una sola chica. Había enseñado a muchos adolescentes a sobrevivir mintiendo.

La pantalla instalada sobre una de las lavadoras se encendió.

Fayna Cabrera debe responder por Sara Cabrera.

Raúl miró a Fayna, incómodo.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

Ella soltó una risa seca.

—Hace un rato me gritabas porque no abría una carpeta.

—Sí, bueno, hace un rato era igual de idiota pero sabía menos cosas.

La respuesta no arregló nada, pero consiguió que Fayna respirara un poco mejor. Dácil se puso a su lado.

—No sabemos qué pasa si respondes.

—Sí lo sabemos —dijo Fayna—. Pasa que abren otra puerta y nos meten en algo peor.

—Entonces podemos no hacerlo.

Fayna miró la foto de su madre junto a Iris y Marta.

—Mi madre lleva años viviendo como si no hubiera estado aquí. Si yo también hago como que no existe, ellos ganan otra vez.

Nadie intentó detenerla. Noah levantó la carcasa transparente del teclado instalado bajo la pantalla y Fayna escribió el nombre con dedos firmes.

Sara Cabrera.

La pantalla tardó unos segundos en responder. Después el círculo vacío se iluminó en rojo y se colocó junto a los demás nombres. Noah siguió fuera, apartado por una línea gris.

Séptima invitada identificada.

La puerta de Dirección se ha desbloqueado.

Durante un instante, Dácil pensó que aquello era todo, pero la pantalla añadió una segunda frase.

La hija ocupa el lugar de la madre.

Fayna dio un paso atrás.

—Eso no me gusta —dijo Raúl.

—A mí tampoco —respondió Dácil.

Una cerradura sonó en algún lugar lejano del edificio. Luego otra. Después, por los altavoces, regresó la voz adulta distorsionada.

—Todos los invitados están presentes. El despacho de Dirección espera.

El plano apareció en la pantalla. Una ruta roja salía de la lavandería, cruzaba un pasillo de servicio, subía por unas escaleras y terminaba en la zona central del internado. Dácil reconoció el lugar por las fotografías antiguas: era el despacho que estaba sobre la entrada principal, con un balcón desde el que la directora podía ver el patio entero.

Guardaron lo imprescindible. Fayna metió la foto de Sara en su carpeta. Noah cogió la cinta de la declaración. Adara tomó el recorte sobre Inés Vidal. Raúl se guardó la libreta de lavandería en el bolsillo interior de la chaqueta, y Rayco recogió la grabadora pequeña aunque nadie se lo pidió.

Adara lo vio.

—Eso no arregla nada.

—Ya lo sé —respondió él—. Pero puede servir.

Salieron de la lavandería siguiendo la ruta marcada. El edificio parecía distinto ahora que sabían más. Las cámaras ya no eran solo cámaras. Las puertas ya no eran solo puertas. Cada cable, cada altavoz y cada pantalla formaban parte de una mentira nueva construida sobre otra más antigua.

Al llegar a la escalera central, la canción de cuna empezó otra vez, pero se cortó a la mitad. En su lugar sonó una grabación antigua de alumnos cantando el himno de San Gabriel. Las voces infantiles, gastadas por el tiempo, llenaron el hueco mientras ellos subían hacia Dirección.

El despacho estaba al final de un pasillo ancho, mucho mejor conservado que el resto del internado. La puerta era de madera oscura, con un cristal opaco en la parte superior y una placa metálica que todavía conservaba el nombre de Inés Vidal. Debajo, alguien había pegado una etiqueta nueva.

Ronda actual.

Dácil metió la llave roja en la cerradura. Adara acercó la amarilla al lector escondido bajo la placa. Raúl sostuvo la negra junto al sensor lateral. Los mecanismos tardaron unos segundos en reconocerlas.

La puerta se abrió hacia dentro.

El despacho no estaba vacío.

Había pantallas en tres paredes, cables por el suelo, archivadores abiertos, fotografías pegadas en paneles y teléfonos móviles colocados sobre una mesa larga. Algunos eran antiguos. Otros eran recientes. Dácil reconoció el suyo, el viejo, el que la figura con capucha había dejado en el pasillo de su casa antes de llevársela.

Pero lo que la dejó sin aire fue la pantalla central.

Mostraba la entrada principal de San Gabriel, grabada desde una cámara exterior. La verja estaba abierta. Un coche acababa de detenerse bajo la lluvia, con las luces encendidas y la puerta del conductor mal cerrada.

Marta bajó del vehículo.

Llevaba la ropa de casa, el pelo empapado y una linterna en la mano. Caminaba hacia el edificio sin mirar atrás, como si supiera exactamente adónde tenía que ir.

—Mamá… —dijo Dácil.

La voz adulta distorsionada sonó desde un altavoz colocado sobre la mesa.

—La ronda anterior acaba de llegar.

Dácil se quedó delante de la pantalla con la sensación de que el despacho acababa de encogerse. Marta avanzaba por el camino de grava con la ropa pegada al cuerpo, mirando de vez en cuando hacia las ventanas superiores, como si supiera que alguien la observaba desde dentro.

—Ha venido por mí —susurró Dácil.

Raúl se acercó a otra pantalla. El coche de Marta seguía con una puerta abierta y, detrás, la carretera vieja parecía vacía. Pero unos segundos después aparecieron otros faros.

—No ha venido sola.

Otro coche se detuvo junto al de Marta. Bajó una mujer con un paraguas cerrado que ni siquiera abrió. Raúl dejó de respirar con normalidad.

—Mi madre.

En otra pantalla, una mujer de pelo corto bajaba de un taxi al otro lado de la verja. Adara se puso rígida.

—Esa es mi tía Elena.

Fayna se acercó a la imagen con la cara cada vez más blanca.

—Mi madre no vendrá. Ella no vendrá aquí.

Nadie se atrevió a contestarle, pero unos segundos después Sara Cabrera apareció en la cámara del patio, bajando de un coche con una chaqueta mal puesta, llorando y llevándose una mano a la boca al ver la fachada.

Rayco, todavía empapado, miró todas las pantallas con una culpa nueva.

—Los han llamado a todos.

Noah examinaba la mesa larga, los teléfonos, las grabadoras, las tarjetas de memoria y la centralita conectada a un portátil. Aquello no parecía el despacho de una directora, sino el puesto de mando de alguien que había mezclado el pasado de San Gabriel con tecnología reciente para convertirlo en una trampa.

—No han venido solos —dijo.

Señaló una pantalla pequeña. En ella se veía una furgoneta negra aparcada bajo unos árboles, fuera del recinto, con las luces apagadas. Estaba demasiado lejos para parecer parte del grupo, pero demasiado cerca para ser casualidad.

—Ese vehículo ya estaba cuando yo desperté. Creo que ahí hay alguien más.

Raúl fue hacia los teléfonos.

—Entonces llamamos a la policía.

—No hay cobertura —dijo Adara.

—Pues usamos uno de estos.

Cogió un móvil, pero la pantalla se encendió antes de que pudiera marcar.

Las llamadas salen por Dirección.

Probó otro. Luego otro más. Todos estaban bloqueados. Algunos mostraban cámaras. Otros tenían grabaciones preparadas. En uno apareció la cara de su madre en directo, empapada y temblando junto a la verja. Raúl dejó el aparato sobre la mesa con más cuidado del esperado.

—Nos están dejando mirar, no pedir ayuda.

Dácil se acercó al panel situado bajo la pantalla central. Había un micrófono pequeño y varias etiquetas escritas a mano. Una decía vestíbulo.

—Quizá puedo hablar con ella.

Noah se acercó rápido.

—O pueden grabarte y usar tu voz contra ella.

Dácil no apartó la mano del botón.

—Ya están usando todo contra nosotros.

Pulsó el canal marcado y acercó la boca al micrófono.

—Mamá.

En la pantalla, Marta se quedó inmóvil.

—Dácil.

La voz llegó al despacho con un pequeño retraso, rota por la interferencia, pero real. A Dácil se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque no se permitió llorar.

—Estoy bien. Estamos varios. No estoy sola.

Marta miró alrededor del vestíbulo, buscando la cámara correcta.

—No salgáis de Dirección. ¿Me oyes? Pase lo que pase, no bajéis.

Dácil se quedó helada.

—¿Cómo sabes que estamos en Dirección?

Marta tragó saliva. Parecía agotada, empapada y asustada, pero había en su cara una decisión que no había tenido en casa.

—Porque así empezó todo la otra vez. Primero nos llevaron al ala este. Después al archivo, la lavandería y los vestuarios. Al final nos reunieron en Dirección.

Adara se acercó al micrófono sin tocarlo.

—¿Qué pasó allí?

Marta miró hacia la escalera.

—Que nos hicieron elegir a quién culpar.

El despacho entero pareció quedarse sin aire. Fayna se llevó una mano al pecho. Rayco bajó la vista. Raúl miró a Noah, luego a la pantalla, como si de pronto entendiera que todos los juegos anteriores estaban conduciendo hacia una repetición.

Dácil apretó el botón con más fuerza.

—¿A quién culpasteis?

Marta tardó demasiado en responder.

—A Iris.

Dácil no se movió. Había imaginado muchas cosas desde que había despertado en San Gabriel, pero no esa. Su madre no solo había callado. Había participado en una mentira que había convertido a Iris en culpable.

—¿Por qué?

Marta dio un paso hacia la escalera, aunque seguía mirando hacia la cámara.

—Porque nos dijeron que, si no lo hacíamos, todos pagaríamos. Porque éramos críos. Porque teníamos miedo. Porque Vidal nos encerró en ese despacho hasta que repetimos una versión que no era verdad.

La voz adulta distorsionada interrumpió desde el altavoz del vestíbulo.

—Marta Ruiz altera la ronda.

El canal se cortó con un chasquido. Dácil volvió a pulsar el botón, pero ya no llegaba sonido. En la pantalla, Marta miró hacia arriba como si hubiera oído algo fuera de cámara.

Una puerta lateral se abrió detrás de ella.

Dácil se pegó a la pantalla.

—Mamá, detrás.

Marta no podía oírla.

De la puerta salió una figura con capucha oscura, mascarilla negra y guantes. No corría. Avanzaba con seguridad, igual que en el piso. Marta se giró cuando ya la tenía a pocos metros, y lo peor fue que no pareció sorprendida.

—Tú —dijo.

El sonido no llegó al despacho, pero Dácil leyó la palabra en sus labios.

La figura levantó un dispositivo. El altavoz del despacho volvió a activarse, aunque no con la voz de Marta.

—La ronda anterior debe subir sola.

Marta miró hacia la cámara una última vez.

—No bajéis —dijo, aunque el sonido no llegó.

Después empezó a subir la escalera principal con la figura detrás.

Dácil sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Voy a por mi madre.

Adara la agarró del brazo.

—Si bajas ahora, te llevan exactamente donde quieren.

—Entonces dime una opción mejor.

Adara miró el despacho, las pantallas, el panel de control y los archivadores abiertos. Luego señaló un plano antiguo del edificio colgado en la pared, con una chincheta roja clavada sobre Dirección.

—Las directoras de internado no usaban una sola puerta. Este despacho tiene que tener una salida privada.

Raúl empezó a abrir armarios. Fayna revisó detrás de un biombo cubierto de polvo. Rayco buscó entre los archivadores, aunque temblaba. Dácil ayudó a Adara a mover un panel de madera situado detrás del escritorio.

Al empujar una moldura, algo cedió.

La pared se abrió unos centímetros.

No era una puerta grande, sino un acceso estrecho oculto detrás del revestimiento antiguo. Olía a polvo cerrado y humedad fría. Una escalera muy estrecha bajaba por dentro del muro.

—Bajamos por aquí —dijo Dácil.

Noah negó.

—No todos. Si salimos todos del despacho, perdemos las pantallas.

La idea era insoportable, pero correcta. Desde allí podían ver a Marta, a los adultos que habían llegado y quizá a quien los vigilaba.

Fayna levantó la mano con timidez, aunque su voz sonó más firme de lo esperado.

—Yo me quedo.

Dácil la miró.

—No tienes que hacerlo.

—Sí. He pasado media vida callada porque mi madre callaba. Ahora puedo mirar pantallas y avisaros si algo cambia.

Rayco se separó de la mesa.

—Yo también me quedo.

Adara lo miró por primera vez desde el vestuario.

—No lo haces para compensarme.

—No. Lo hago porque estoy empapado, tengo la ceja abierta y bajando escaleras voy a retrasaros. Además, sé usar cuentas falsas y conexiones mejor de lo que os gustaría admitir.

Raúl resopló.

—Por fin una utilidad para tu desastre.

Rayco aceptó el golpe sin defenderse.

Adara le dio el mapa a Fayna.

—Si la pantalla cambia, nos avisas por el altavoz más cercano. Si se corta el sonido, toca tres veces por la tubería.

Fayna asintió, seria.

Dácil, Raúl, Adara y Noah entraron en el paso oculto. Antes de que el panel se cerrara, Dácil miró una vez más la pantalla central. Marta subía la escalera principal. La figura con capucha caminaba detrás. Cristina Santana entraba por la puerta principal. Sara Cabrera cruzaba el patio llorando. Elena hablaba por teléfono junto a la verja.

Y en la esquina inferior de una pantalla, casi fuera de plano, apareció una mujer mayor con abrigo oscuro, pelo blanco recogido y un bastón negro en la mano.

No miraba la entrada.

Miraba directamente hacia la cámara exterior.

Fayna también la vio desde el despacho.

—Dácil —llamó, con la voz alterada—. Hay alguien más fuera.

Dácil se detuvo en el primer escalón del paso secreto.

—¿Quién?

Fayna amplió la imagen con torpeza. El sistema tardó unos segundos en reconocer el rostro, como si hubiera tenido guardado aquel nombre durante años y acabara de sacarlo de una tumba.

—Inés Vidal.

Nadie habló. Incluso Raúl, que siempre encontraba una frase para romper la tensión, se quedó callado.

En la pantalla, la antigua directora de San Gabriel sonrió apenas, como si supiera que acababan de reconocerla.

Después levantó una tarjeta roja hacia la cámara.

Y todas las puertas del despacho se cerraron a la vez.